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lunes, 21 de octubre de 2013

LA POLÍTICA DEL "DEJAR HACER, DEJAR SER", "LAISSEZ FAIRE"

Forma de "ayudar" a que otros desarrollen sus proyectos y lleven su vida según sus propias determinaciones

La contraparte negativa del "Laissez faire"
en Educación:No hay que dejarlos que
hagan todo lo que se les dé la gana.

Por Lebb

 Cuando uno estaba de balde, en el lugar y en el momento equivocados, mientras otros sí se consagraban a sus propias faenas, nuestros predecesores nos aplicaban uno de los refranes más comunes de todos los tiempos: "Mucho ayuda el que no estorba". 

  Entonces uno se quitaba de ahí mientras humildemente iba asimilando la lección de que en muchas ocasiones cualquiera que no tenga a bien colaborar, no debe convertirse en obstáculo o en espinas en el camino de las acciones buenas que los demás estén haciendo o quieran emprender.

 Al lado del anterior, también tenían otro, un tanto desafiante pero que comportaba una autorización de mala gana: "¡Haga, entonces ––decían–– lo que se le dé la gana!" Pero había otro más benigno: "Como usted quiera está bien". Uno entendía entonces que sin obtener un patrocinio efectivo y declarado podía contar por lo menos con la "autorización" de quienes tuvieran relación contigo para actuar o para ejecutar cualquier buen plan que hubieras craneado.

  En la mente del ilustre Adam Smith, el laissez-faire ("dejar hacer" en francés) era toda una doctrina económica que impulsaba una política de no intervención indebida del gobierno en los asuntos comerciales como premisa mayor para producir la prosperidad y la libertad. Era algo así como permitir que la suma de los egoísmos responsables se pusiera al servicio del bienestar de toda la sociedad.

  Ese ("Laisser faire"),"dejar hacer" a los otros las cosas a conciencia, también fue estrategia de san Agustín según su frase inmortal: "¡Ama y haz lo que quieras!" Como si dijera: "El amor es bueno y es sabio, no puede equivocarse cuando obra en consecuencia". Por lo tanto, no sería sensato interferir en sus actuaciones porque sería oponerse a "Dios que es Amor".

  Gamaliel, maestro del Apóstol Pablo, también sin saber francés les habló a sus compatriotas del "laissez-faire" cuando éstos pretendían matar a los difusores de la nueva doctrina: Les dijo sabiamente: "¡Correligionarios, 'laissez faire', déjenlos predicar porque si este proyecto de vida viene de Dios, no hay poder humano capaz de impedirlo!" (Claro que no lo dijo con estas palabras, pero fue más o menos parecido).

  El mismo Jesús también se adelantó al laissez-faire cuando les ordenó a esos discípulos opositores que no aceptaban bien a  los niños: "¡Laissez faire, ––les ordenó con autoridad––Déjenlos que se acerquen. No se lo impidan!" Y a los celosos del ministerio también les dio posteriormente otra lección: "Déjen a esos profetas que también prediquen y no se conviertan ustedes en estorbos o en demonios" (No dijo exactamente eso, pero también fueron palabras bastante parecidas).

  Finalmente, en Inglés la traducción de "Laissez faire" es "Déjenlos hacer", y en un sentido más amplio: "¡Deje SER!" Como  en la canción de los Beatles "Let it be". En este sentido, recuerdo una travesura de niños cuando los pajaritos bajaban al patio a picotear ansiosos los granos de alpiste. Nosotros, en acecho previo, saltábamos sin piedad sobre ellos por el solo gusto de verlos volar despavoridos. Escuchábamos entonces paralizados el grito justo pero feroz de alguno de nuestros mayores: "¡Déjenlos comer, no sean maldadosos!"

 Con el tiempo caeríamos en la cuenta, contritos de corazón, de que uno, si bien no quiere o no puede, debe permitir que los demás satisfagan las necesidades de su vida: cuanto quieran hacer y lo que quieran  ser.

viernes, 11 de octubre de 2013

LA MUERTE LO ESPERA EN SAMARCANDA

Llega a tiempo cuando quiere y a quien quiere

He aquí el eterno drama de la lucha entre la vida y la muerte con la victoria final de la única compañera fiel del hombre, que nunca faltará a la cita definitiva en el lugar predeterminado

Por Lebb

  Del trajinar sentimental de mi padre, derivó indudablemente su espíritu poético y ensoñador. Y de sus andanzas y constantes intercambios verbales con tantos amigos, vieron la luz sus cuentos y anécdotas los cuales lo convirtieron en personaje digno de escuchar. En el primer caso, era necesaria la compañía de un tiple aprendiz de bohemio, sonoro y nostálgico, sobreviviente de tantos años que sí fueron capaces de enterrar sus enamoramientos imposibles y de cremar sus fallidas ilusiones difuntas, mas no su visión de encanto y entusiasmo por la vida.
 
  En el segundo caso, era forzosa nuestra presencia en torno suyo por ese contagioso hábito de contar, de reírse, de compartir las incidencias joviales de su jornada. Para nosotros, que todavía no éramos víctimas de añoranzas vanas, resultaban estimulantes aquellos momentos cuando precisamente descolgaba el memorable instrumento de una puntilla de la pared y empezaba a rasgar con sus grandes dedos sus finas cuerdas que, en el acto, sembraban el aire de notas, junto con versos y rimas. Pero igualmente eran placenteros los momentos cuando, dejando de lado la música del amor, empezaba a narrar sus historias como aquella, bajo las lunas de octubre, al comienzo de la noche...

  –¿Se acuerdan de un tal Anselmo? ––nos preguntaba para que no respondiéramos–– ¿Ese hombre diminuto, fatal, encaprichado con la muerte, sin instantes para vivir en paz? Cada vez que debía marcharse de viaje, se trepaba en su tarima, un montículo a la salida del pueblo, a pronunciar su discurso de despedida, que remataba así:

––¡Me voy muy triste, amigos míos, adiós... porque no sé si volveré! ––y concluía  con la frase:

––La muerte es tan tirana que no sé si volveré. ––Pero aparecía de nuevo la semana siguiente. Y ese era todo el chiste. Regresaba a los pocos días. Sin embargo, le llegó la hora un día gris, lluvioso, que no tuvo público, quizá por tanta repetición o por simple broma de la misma muerte, en el cual no echó el sermón y se fue así, sin protocolo alguno. En esa ocasión, don Anselmo, el hombre mortuorio, de neuronas alentadas por el licor Sí no volvió.
 
  Y cuando no habíamos digerido todavía el final de la historia, nuestro narrador  anunciaba el título de la famosa leyenda del Ángel de la muerte quien llegó una mañana a la plaza de mercado de Andiján, ciudad de Uzbekistán, allá en un país de Asia.

  "Resulta que ––iniciaba el cuento–– ese día el primer ministro vio que su principal funcionario, el visir, se presentaba ante él en un estado de gran agitación y desespero. Y al indagarlo por la razón, el hombre le dijo:
 -Te suplico, mi señor, me dejes marchar de la ciudad ahora mismo.
  ––¿Por qué? ––le preguntó el califa.
  ––Al cruzar la plaza para venir al palacio, sentí un golpe frío en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.
–– ¿La muerte?
–– Sí, la muerte en persona. La he reconocido por su figura cadavérica y por estar toda vestida de negro con un chal rojo. Ahí estaba mirándome muy seria para intimidarme. Estoy seguro que ha venido por mí. Permite que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y huiré de ella. Esta noche puedo llegar lejos, a Samarcanda.
  ––¿De veras que era la muerte? ¿Estás seguro?
  ––Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tú y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego. Voy a huir de ella.

  El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. Éste, entonces, creyendo poder eludir la cita infalible con aquélla, regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarcanda, atravesó raudo al galope una de las puertas de la ciudad. 

  Un instante más tarde el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como lo hacía a veces, y  salir así, de incógnito, de su palacio. Fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, en busca de la muerte. Tras una breve exploración con la mirada la vio y la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte: de figura alta y complexión delgada, vestida de negro, el rostro medio cubierto por un chal rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, posando el dedo frío en el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.

  El califa de inmediato se dirigió hacia ella, la cual, al  reconocerlo, a pesar de su disfraz, se inclinó en señal de respeto.

  ––Tengo que hacerte una pregunta -le dijo el califa en voz baja.

  ––Te escucho.

  ––Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y honrado. Merece vivir mucho más tiempo. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él iba para mi palacio, lo has tocado y elegido? La muerte, ligeramente sorprendida,  contestó al califa:

 ––No, no quería asustarlo. No lo he mirado con ojos amenazadores. Sencillamente, cuando por casualidad nos chocamos yo lo reconocí. Ya es su día, ya es su hora. Sin embargo, no he podido ocultar mi asombro y mi preocupación.

  ––¿Por qué asombro? ––preguntó el califa intrigado–– ¿Por qué preocupación?

  ––¡Sencillo, --contestó la muerte––: Asombro porque no esperaba verlo aquí en la plaza, tan desentendido. Y preocupación porque los dos tenemos programado nuestro encuentro esta noche en Samarcanda, y no aquí en Andiján.

lunes, 2 de septiembre de 2013

OPTANDO POR LOS AUMENTATIVOS

Con el propósito de incrementar la autoestima, ––potenciador de los logros humanos–– y apreciar mejor las gracias de la vida 


Por lebb (Editorial de El Observador 22)

  Entre las mañas buenas y curiosas de un inolvidable párroco, que legaron herencia de sonrisas y buen ánimo a las " ovejas" de su grey, recuerdo ahora una que nos ayudó a modificar jocosamente la forma de valorar la gente y al mundo a nuestro alrededor.

  Poco amigo de los diminutivos, nada permisivo con los gestos de apocar a las personas y a cuanto a ellas se refería, bregaba siempre por aplicarle a todas las cosas, así sonara a veces chistoso, la lupa de los aumentativos.

 Línea similar de actitud optimista trazó mi padre. Y la observábamos como factor de aprendizaje nosotros sus naturales discípulos cuando, recostado en un taburete junto a la puerta de la casa, a merced de la seductora brisa vespertina, pronunciaba una de sus habituales frases dotadas de buen genio: "¡Ah, ––suspiraba risueño––, esto no es vida, esto es un VIDÓN" (No confundir con "Bidón").

  Indudablemente, eran lecciones breves de un maestro sencillo, convincente, que nos empujaban a valorar en su magnitud práctica las opulentas gracias de la vida.

  Y, (sin salirme del tema), algo semejante y fabuloso pasó en aquella asamblea amistosa de legumbres (Esto sí es cuento), legumbres tiernas y muy positivas, quienes movidas por un disparatado amor propio, bromeaban haciendo planes para un futuro genial, si acaso lo permitía la ensalada del día o la del siguiente. Uno de ellos, el tomate, de mayor iniciativa, brincaba entonces hasta el borde de la ensaladera donde se hallaban platicando, y vociferaba: "Yo tengo un sueño: cuando sea grande,  seré un tomatón!" En el acto brincaba también a su lado la lechuga, fresca como es lógico pensar, la cual, con vocecilla inferior, declamaba: : "¡Yo también tengo un sueño: Yo seré un lechugón!" Su compañero, el tomatón en potencia, silbó fuerte en señal de aprobación.

  Pero abajo, en el fondo de la fuente, se quedaba sin ganas de saltar nada menos que el huevo. Sus compañeros desde arriba lo interrogaron con la mirada. El huevo, entonces, entre amargado y sin corazón, se quejó diciendo: "¡No sean tan pingos, mano, --él era santandereano-- mejor juguemos a otra cosa!"

  Los comentaristas del episodio anterior se divierten opinando que la autoestima de los primeros (manifestada en los aumentativos) se constituía no sólo en resorte de sus saltos presentes, sino también en potenciador de sus posibles proyectos futuros. Mientras que para el tercero, o sea el huevo, la falta de fe y confianza en sí mismo le impedían no sólo brincar, sino que también vaciaban su interior prematuramente de sus justos ideales de grandeza.

  Y a propósito de grandeza: recuerdo que recién publicado uno de los primeros números del OBSERVADOR, un colega a quien se lo ofrecí personalmente, hizo que le facilitara un ejemplar. Tomándose todo el tiempo del mundo empezó a tentarlo con la yema de sus dedos, hoja tras hoja. Al término del conteo, devolviéndome brúscamente el periódico, me miró con ojos de experto economista y sentenció: "¡Este periodiquito vale por ahí, bien pago, unos setenta pesitos!"

  Desde luego aquella valoración con diminutivos incluidos fue un arma química que arremetió contra mi autoestima,  pero sin lograr envenenar mis pretensiones de sacar adelante el proyecto. Por el contrario, sirvió de entrenamiento y de "motivación" para poder soportar después otros muchos sinsabores que no es del caso citar en este instante.

  Y ya para concluir debo remitirme al comienzo de este artículo cuando me refería al párroco que abusaba cariñosamente de los aumentativos. Pues bien. Resulta que una noche, para poder resaltar las calidades de una película en el último día de su presentación, tomó entusiasta el micrófono y pregonó desde la torre de la Iglesia: "¡Gancho y más gancho para ayudar a la construcción del templo: dos personas con una boleta. Para que no se pierdan esta extraordinaria PELICULONA!".

  Lo comprendimos entonces, lo perdonamos y lo quisimos, porque resaltar valores, bendecir la vida, emocionarse con los bienes del universo comportan ciertos riesgos y tentaciones, pero ameritan amor. Pero bien vale la pena, amigos lectores, asumir resueltamente la actitud redentora de optar por los aumentativos. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

TODAS LAS MUJERES SON BELLAS


Por Lebb

   Cuentan que una vez don Sórdido Ardila hablaba con Sórdino Villadiego sobre temas comunes de la vida popular cuando en esas  una señora muy aseñorada pasó por el frente de ellos llevando de la mano una doncella volantona de belleza incipiente pero forzada, escena ante la cual don Sordino le comentó a la señora refiriéndose a la chica y haciéndose el admirado y en son de piropo:

--"¡Cuídele la señora!". Fórmula que caló bien en el ánimo de aquella, tanto que acarició a don Sordino con una sonrisa orgullosa.

    Pero como nada puede ser perfecto en este mundo, a don Sordino le picó el gusano de hacer un comentario adicional e inapropiado.  Y lo hizo en tono bajo para que lo escuchara el Secreto:

  --"Sí, claro, para que no se vuelva más feíta"

  Para su desgracia, también escuchó la tal señora aseñorada la blasfemia del impertinente, y entonces, volviéndose furiosa se le acercó como un huracán y, en defensa de la honrosa belleza de la hija, le plantó sonora la mano en la cara con la ira más bestial.

  Don Sordino no se sintió ya más de este mundo. Alcanzó sin embargo a proferir entre rezos una promesa de cuyo contenido supieron las paredes:

 "¡Jamás volveré a decirle feíta a mujer alguna, así se lo merezca. Y mucho menos a una hija delante de la suegra!

UNA "INOCENTE" PECADORA SE CONFIESA


El mayor pecado es el de OMISIÓN


Por Lebb

Una vez llegó al confesionario una linda penitente sin fe y sin remordimiento de nada que le manifestó al sacerdote que ella, además de pura belleza, no tenía ningún pecado porque no había hecho nada malo a nadie.

 Fue cuando, para su sorpresa, el confesor le replicó que precisamente no hacer nada por los demás es uno de los mayores pecados que pueda cometer el ser humano: "porque quien pudiendo hacer el bien y no lo hace, comete pecado por omisión", le aclaró citando a un célebre apóstol.

La muchacha se quedó pasmada un instante pero en seguida respondió que no estaba obligada a dar porque en su vida había recibido bien poco de sus padres y hermanos. Pero el cura la atacó de nuevo citando palabras de otra celebridad según las cuales todos estamos obligados a ponernos al servicio de los demás con los talentos multiformes que hayamos recibido. Pero la chica alegó otra vez que no le constaba haber recibido gracias o dones de nadie y que por lo mismo y tanto no estaba obligada a ayudar a nadie.

Pero el cura, como obstinado guerrero espiritual, contraatacó diciéndole a la falsa penitente que también su Maestro había curado a los ciegos que no veían nada bueno a su alrededor ni personas, animales o cosas que les hubieran hecho más grata y feliz la vida. La joven por fín guardó silencio y se sintió más bien ciega y paralítica, pecadora y moribunda. Poniéndose entonces la mano en el pecho bajó la vista y exclamó: "¡Yo pecadora me confieso..."

 El cura enseguida trazó en el aire una gran cruz orando para sus adentros: "¡Señor, haz que tus hijos veamos!"


domingo, 30 de junio de 2013

LOS AMIGOS SORDINO Y SÓRDIDO

Por Lebb

Algunos chismes comienzan con el mal oído de algunos y con la lengua exagerada de otros.



Cuentan que para entretenerse y matar el tiempo, dos abuelos, el uno de nombre Sórdido Ardila y el otro Sordino Villadiego, se sentaban en un escaño del parque a tocar temas comunes de la vida diaria.

El episodio que vamos a narrar tuvo lugar una mañana cuando, después de los saludos protocolarios y una vez sentados en la banca del parque, el primero le comentó al segundo:


--Sabes una cosa, don Sordino:  Esta mañana me levanté al alba a gozar de su frescura.

A lo cual, don Sórdido, respondió alarmado:

 "Cómo así, tu vecina se llama Alba?

 Don Sórdido le aclaraba en seguida:

--No, amigo mio, escucha bien:

--Me levanté a la aurora a contemplar su hermosura. A lo cual dón Sordino replicaba de una:

--"Ah, viejo verde, no sólo es con Alba sino también con Aurora"

Con la paciencia que caracterizaba al primero, a don Sórdido, le aclaró al duro de entender:

--¡Nada de eso! Lo que quiero decir es que me levanté temprano a saborear la virginidad del día.

 Pero el viejo Sordino otra vez entendió mal:

--"Un momento, don Sórdido, --reviró–– no me digas groserías ni mentiras:

--Es que acaso esas fulanas todavía eran vírgenes? No lo puedo creer. De todas maneras, amigo Sórdido, tienes suerte.

EL COCUYO VICTORIOSO

Por Lebb

El cocuyo había llegado a creer, como lo hacen algunos humanos, que sin el amor de la cocuya su vida ya estaba concluída...


  Y entonces, cesando de volar sobre el arroyuelo, se tumbó derrotado en el pedregal de su orilla como a la espera de la muerte.

  Fue entonces cuando la luciérnaga amiga suya fue en su busca, y al verlo en ese estado deprimente, le dio consejos como un buen cristiano diciéndole que un cocuyo que se respete debe brillar lo mejor que pueda independiente de lo peor que le pase:

  --"Bello es el amor, ––añadió-- Pero más necesaria es la vida sin la cual no sólo es imposible al corazón palpitar, sino que también es imposible para el alma buscar y valorar nuevos amores.

  Y así fue razonando con él, pausada y sabiamente, a fin de que el mal amado cocuyo aceptara con firmeza interior la pérdida del amor de aquella luciérnaga cuyos encantos no eran para él sino para otro.

  El cocuyo comprendió al final que la correspondencia en los amores no siempre es favor que se le concede a todos los amantes. Y que gracias a las malquerencias y a las penas infligidas por los amores negados o imposibles, van surgiendo del espíritu energías superiores, esperanzas mayores, senderos insospechados para los viandantes de este mundo: "Van –agregó la consejera– van naciendo hasta versos lindos de nostalgia, incluso historias entretenidas, que pueden incluso servir como medios de salvación de muchos, o por lo menos, pueden usarse como guiones para las telenovelas.

  Y antes de que el agua desbordada del riachuelo apagara para siempre el relámpago de su vida, el cocuyo, se puso de paticas y agitó de nuevo las alas reemprendiendo el vuelo. Se sumó luego al carnaval intermitente de las luciérnagas fantásticas sobre el arroyo que serpenteaba por entre las sombras de la noche.

  Cuentan los observadores populares que más pronto de lo que dura el destello de su luz, el antiguo despechado tuco-tuco, –otro nombre que se les da a estos coleópteros–, se consiguió una linda y luminosa tuca-tuca. Y comentan además, jocosamente, que fueron para siempre felices.

miércoles, 17 de abril de 2013

No tantos conceptos, interesa más bien...

“APRENDER A QUERER Y A VIVIR”

Cuando la "ministra" del interior de la casa donde una vez estuve anidando mi sueño de ser religioso, me preguntaba sobre mi apetito intermedio entre el desayuno y el almuerzo, yo le respondía con ganas alegres: “Quiero Te”. Y la bondadosa señora cuya imagen hoy yace en las flores aromadas de mis recuerdos, me respondía con fingido acento conquistador:
--“Dímelo al revés, me suena mejor”.

   Y ambos emprendíamos el ejercicio de la amistad con sonrisas joviales importando para nada –como sí lo fue después para nuestro profesor de Español– el equívoco, esa figura de dicción que tanto quiso enseñarnos, según la cual hay palabras que pueden interpretarse con humor en varios sentidos.
 
   La “Ministra” en mención –título honorario en razón de la dignidad de sus grandes funciones domésticas– jamás estudió esas tales figuras literarias, ni se le pasaron por la imaginación sus definiciones. No disponía tampoco de la retórica propia de un poeta. Sin embargo, fue siempre una experta en la aplicación de la palabra cordial, ingeniosa y pertinente con todas las personas y en cada circunstancia. Al revés de los poetas que batallan por usar frases bonitas para expresar sus inspiraciones, mi interlocutora y yo a la sazón, simplemente disfrutábamos del juego de las frases para darle cariño y adobo a nuestras vidas, sin el agravante mental de profundizar en el arte lingüístico. Y aunque tal vez rezagados en el plano conceptual, se nos quedó algo de sal innata y de picardía de nacimiento cuando de alternar con otras personas se trataba.
 
   Y no es que sea malo volverse un duro en procesar datos infinitos en cualquier campo de la ciencia, –ojalá tú fueras un sabelotodo–. Lo que pasa es que a niveles individual o institucional siempre resulta más provechoso para nuestro presente y futuro que les asignemos preferencia a las áreas primordiales de nuestro formación humana como son las de aprender a querer y a vivir. 

   Si aprendemos a querer cuanto nos rodea: las cosas, la naturaleza, las personas, la familia, la patria, el colegio, la gracia de Dios de existir en el mundo, estamos cultivando el valioso sentido de pertenencia y de valoración. A la par estamos asumiendo actitudes positivas frente a la historia y caminando hacia la realización personal por cuanto el arte de amar ya es el método óptimo de manejar las cosas en este mundo.

Pero también el querer significa –según el equívoco de la anécdota de arriba–  tener ganas de algo, tener apetito de... –en el restaurante–; estar motivado, apuntaría un profesor; estar ansioso, diría una abuela. Y este querer hacer las cosas, querer o desear con mayúscula sí que nos está haciendo falta en las instituciones educativas. Existen chicos que ni quieren abrir un libro, otros casi ni quieren copiarle ya las tareas a sus compañeros. Tan importante es la voluntad de querer ser y hacer en los humanos que contra ese mal de no querer no parece existir remedio alguno en el universo. 

Por suerte ese mal no va con nosotros. Por el contrario, el querer nos da el poder de aprender a vivir con una concepción práctica similar al del samaritano bíblico, –el cual se rajaría en la prueba Saber de Religión pues no había memorizado el mayor mandamiento de la Ley de Dios–. No pasarías, por lo tanto, de largo frente a las necesidades de tus congéneres. No serías un inmovilizado frente a las realidades negativas que puedes modificar, ni una estatua frente a las cosas que se deben emprender. El saber vivir nos lo enseñaron muchos ancestros quienes, –aunque escasos en títulos enciclopédicos–, tuvieron a bien aplicarle sentido común, amor natural y fe palpable a los quehaceres familiares y sociales. 

Es más. Saber vivir te propone el ideal original del Evangelio, la dinámica franciscana de armonizar con los amaneceres, con las criaturas, con el hermano sol, la hermana luna, con los vecinos difíciles inclusive. Cuando al fundador del Opus Dei le preguntaron cómo practicar el saber vivir respondió entusiasmado: “Quiero que ustedes siembren la paz y la alegría por todos lados; que no digan ninguna palabra molesta para nadie; que sepan ir del brazo de los que no piensan como ustedes. Que no los maltraten jamás; que sean fraternales con todos, dispensadores de paz y alegría”.

La estadía de nosotros en una institución educativa, secundaria o universitaria, debería servirnos no sólo para progresar socialmente, consiguiendo amigos, novios o novias, deberíamos también utilizarla como medio de entrenamiento humano, a fin de contestar correctamente los  interrogantes cruciales sobre el rumbo y el uso  de la vida, (Tarea: revisar proyecto de vida, antes que las preguntas teóricas de la prueba Saber)

De otra forma, --por carecer de esta especie de estándares vitales--, nos exponemos a reprobar temas existenciales claves como la toma de decisiones primordiales, la solución de conflictos, la gerencia de las relaciones interpersonales, la comprensión del puesto en el mundo, el sentido de los sentimientos, de nuestros esfuerzos, de los actos cotidianos... En el peor de los casos, podría uno perder –no sólo el año– sino incluso la razón de vivir, como por desgracia ha sucedido con tantos compañeros colegiales o universitarios quienes, habiendo transitado en vano por las aulas de muchos colegios, acabaron por evadirse trágicamente de la vida. 

De aquí se deriva la necesidad de que los proyectos educativos institucionales, más que buenas hipótesis humanistas de formación integral, deberían ser capaces de crear ambientes prácticos de vida, donde la espiritualidad se traduzca en obras y no en solo rezos o en meditar estéril; donde se aclimaten valores sinceros de equilibrio interior, de compasión, de alabanza y aprecio, de alegría por aprender, por compartir, por transfigurar los esquemas injustos del entorno. 

Sólo de ese modo, despertando en los jóvenes las pasiones por querer al máximo y por vivir en exceso desde ya en los mismos claustros académicos, la educación cobraría su sentido mesiánico de arte y vida, y los educadores no solo cobrarían bien el sueldo sino que también serían artífices de un mundo nuevo. Al menos en eso pensaba aquel famoso escritor cuando dijo: “La Educación no es simplemente una preparación para la vida; la educación es la vida misma”. 

(Ya para terminar, te diré aquí entre paréntesis, que el verso “hay que aprender a querer y vivir” pertenece a una célebre canción de la mejicana Consuelo Velázquez, quien compuso además la famosa “Bésame mucho”. 

Dicen que ésta última la cantó a los dieciséis años, cuando ningún pretendiente había besado ni poquito sus labios virginales. Claro que después recuperó con entusiasmo el tiempo perdido: se enamoró bien, le dieron hartos besos, tuvo en consecuencia hermosos bebés, compuso y entonó muchas otras canciones lindas, hizo grandes cosas con sus talentos, –para no hablar largo– ella aprendió a ser feliz compartiendo con quienes la rodearon sus bienes y sus mejores sentimientos.  

martes, 6 de noviembre de 2012

LOS FANTASMAS QUE ALGUNA VEZ NOS PRESENTARON (Segunda parte)


  Por Lebb (Exclusivo para el Observador 21)

En aquel tiempo, ––como les venía contando––, nuestro padre, ––el cuentero mayor––, mis hermanos, y tal cual hijo de vecino, solíamos sentarnos a compartir nuestros mundos, a echar cuentos, a actualizarnos en noticias generales y en farándula de la comarca, preferentemente cuando el sol de los venados doraba suavemente las colinas del oriente en su trayecto final hacia su ocaso.
El turno era entonces para uno de los menores del grupo, el cual, cuando se apagaban las sonrisas y los comentarios de la intervención anterior, empezó a narrar pausadamente su propia experiencia de espantos en aquella época cuando en solitario debía hacer largas caminatas hacia una sede campestre, montaña arriba, no a divertirse sino a  trabajar por el mantenimiento de la familia y claro está también para responder por el deber de hacer progresar la patria.
Casi siempre se le hacía tarde por dos de sus costumbres tradicionales, la de dejar todo para lo último y la dejarse seducir por la charla de un amigo o por el chisme o el encanto de una amiga.
En consecuencia, las tinieblas jóvenes de la noche lo sorprendían precisamente en el tramo más boscoso y desolado y cuando sus resuellos se imponían al volumen del ambiente. Refería que en esa ocasión se había subido precisamente ese "volumen del ambiente", por cuanto la atmósfera había agregado la hostilidad del viento, la llovizna, el retumbar de los truenos y las luces intermitentes de los relámpagos.
"Por consiguiente, las matas y los árboles ––comentaba el hombre–– temblaban por lógica cobardía, mientras que yo, por el contrario, avanzaba valientemente montaña arriba con paso lento pero firme, "como mi General" ––Frase acuñada en los tiempos de la dictadura de un famoso General colombiano, que no fue tan "firme" porque lo tumbaron rápido––.
Sin embargo, el andar se hacía cada vez más parsimonioso: la vista, en medio de la creciente oscuridad, apenas lograba adivinar un camino borroso en medio de arbustos alborotados cuyos ramajes convulsionaban en todas las direcciones.
"En dado momento, ––continuaba el narrador, con ojos fuera de órbita y con cara de ultratumba–– al alzar la cara me pareció ser vidente de una singular aparición, arriba del cerro: recortado contra el cielo tempestuoso, nada menos que un OVNI, (no de aquéllos otros), sino un objeto viviente no identificado, o para ser más claro, una especie de  monstruo de grandes proporciones que me hacía señas con sus brazos largos y retorcidos como ordenándome desesperado que escalara rápido hasta la cima.
Reprimiendo el terror primitivo y con el empuje de las consignas: "retroceder nunca y rendirse jamás"; y aquélla otra: "¡Aguiluchos, a la cumbre!"que gritábamos en la formación del colegio, me aproximé a grandes zancadas ––así ustedes no lo crean–– hasta la supuesta aparición listo a saborear a fondo y con pasión mi primer encuentro fantasmal.
Una vez delante suyo, se me congeló la sangre... ––Y aquí el cuentero hizo una pausa y miró al auditorio. Luego remató la historia con un desenlace inesperado––: No se me congeló por el susto ni por una emoción mortal, sino más bien por el desencanto:
El tal monstruo, ––tal como le pasó al Quijote con sus molinos de viento––, resultó ser un simple árbol más alto que los otros, del color de la noche, con extremidades huesudas de hojas abundantes. Sólo que para mi fantasía calenturienta se transfiguró en un personaje  de terror cuyos brazos esqueléticos, al son del viento fuerte iban hacia adelante e iban hacia atrás en un falso positivo que yo interpreté como una invitación a que me acercara lo más pronto posible".
Aquí los concurrentes no sabían si chiflar al cuentero o sonreirse de su inocentada. Sin embargo, estuvieron de acuerdo en que las apariencias han engañado todo el tiempo a los humanos y de que para bastante gente los fantasmas los concibe la imaginación o sólo los crean algunas mentes típicas incitadas por energías misteriosas. Sin embargo, sobre este último punto, muchos no estaban completamente de acuerdo.
Alguien podría engañarse como en el caso del amigo de arriba que a partir de un árbol turbulento en una noche de borrasca se ingenió un espanto; pero no muchos podrían estar inventando imágenes o figuras cuando se trata de leyendas consagradas por los siglos o de apariciones que han venido perpetuándose en el imaginario común de las generaciones.
Uno de ellos, precisamente, que no se había reído mucho, tomó la palabra para contarnos cómo a ese respecto, desde los tiempos de Jesús, venía rodando por el mundo una respetable leyenda, según la cual un judío había sido objeto de una terrible maldición, el día de la crucifixión de Cristo,  por negarse a prestarle  al Mártir una pequeña caridad:
Una variante de la leyenda relata que un personaje judío, al pie del camino, le negó un poco de agua al Salvador en su doloroso ascenso al Gólgota, por lo cual, se había hecho acreedor a la condena de no morirse nunca para dedicarse desesperado a «errar por el mundo hasta el segundo retorno del Hijo de Dios».
Unos dicen que su nombre es Malco, el asistente del Sumo Sacerdote, a quien San Pedro, en uno de sus típicos arrebatos, le cortó la oreja.
Según el supuesto relato de un obispo armenio que alguna vez visitó Inglaterra, la leyenda registra una nueva versión, a saber, el tal judío errante era un ermitaño, antiguo criado de Pilatos, a quien maldijo Jesús, a semejanza de la higuera, porque ese día al verlo pasar con la cruz a cuestas, le gritó insolente y despectivo: "¡Vea a ver, si va más rápido!".
Fue entonces cuando Jesús, embargado por la fatiga y el dolor, lo miró duramente y le respondió:  "¡Yo voy a ir más rápido, pero tú te quedarás hasta que yo vuelva por segunda vez!"
A partir de entonces ––sigue la leyenda–– se convirtió en un fantasma que no se puede morir, a semejanza de Jack, el tacaño, el de la lámpara de nabo, porque debe cumplir primero la pena de vagar por el mundo buscando el perdón de la blasfemia, antes del segundo retorno de Cristo. El criado rejuvenece cada vez que llega a la edad de cien años, y así hasta el fin de los tiempos".
 De esa manera, ahí en los mejores espacios de la casa,  entretenidos con las palabras, pasábamos los  últimos minutos oficiales de luz antes de buscar la oscuridad de la cama. (Seguiremos hablando después, en el otro OBSERVADOR)

martes, 23 de octubre de 2012

¡SÁCALE "RADIOGRAFÍA" A TU NOVIO HOY, PARA EVITAR FRAUDES MAÑANA!


POR NO EXAMINARLO BIEN
AHORA, PASA DESPUÉS LO QUE PASA


Uno de los primeros aspectos que se deben considerar  en una relación con perspectivas de volverse permanente es el de la capacidad de comunicación de tu pareja, así como de la cantidad  de información que posee. Despójate un poco del entusiasmo del enamoramiento que impide ser objetivo en  esta materia. 

Si es mal estudiante, si no lee ni siquiera a Condorito, ni se preocupa de aportar ideas para la solución de cuestiones comunes, desconfía de que será una excelente pareja cuando se trate de manejar e intercambiar información que sirva para ocupar productivamente el tiempo conversacional y para atender la solución de problemas y conflictos. Jamás un cabeza hueca ha demostrado ser un buen partido para matrimonio o para una relación seria.  Cuando ya cesen  las mieles del lindo enamoramiento y se enfrenten a la rutina de los afanes y de las dificultades de la vida, tendrá mucha importancia la virtud de la conversación para, no sólo entretenerse hablando del estado del tiempo, sino para superar los conflictos interpersonales, resolver problemas que los afectan y enriquecerse con las experiencias mutuas. 

Si el novio hoy solo es bueno para el besuqueo y los masajes, pero perezoso y poco aventajado para  crear y compartir ideas, en su radiografía te sale raquítico mental para el futuro. Tómate también tu propia radiografía al respecto.

Por lo demás, si has notado que tu pareja hoy es dada a las discusiones destructivas, no atiende ni respeta las opiniones pretendiendo tener siempre la razón, puede aparecer en su radiografía como una persona intransigente, no democrática y poco recomendable para sostener una relación de mutuo respeto y consentimiento en el futuro. 

Eso de que el novio borracho de hoy, lo corrige mañana el matrimonio es una locura. Lo mismo pasa con un novio de hoy que aparece en la radiografía escaso de personalidad comunicativa, el matrimonio mañana lejos de corregirlo, lo puede volver más obstinado y peligroso. En este campo también debes tomarte tu propia radiografía.  No sería honesto exigir en la pareja lo que uno no tiene o no quiere dar.

lunes, 22 de octubre de 2012

JACK, EL DE LA LINTERNA

Cuentan que una alma en pena  deambula eternamente por toda la tierra, portando una lámpara y buscando desesperada su salvación eterna

 Por Lebb

  Según cuentan, Jack, antes de convertirse en un fantasma andante con farol monstruoso, era un granjero irlandés de cero en conducta: tacaño en extremo, (defecto que no le gustaba para nada a los vecinos), además, borracho, mujeriego y tramposo como jamás había existido antes hombre alguno. Tan pésima era su reputación que incluso en concepto de algunos era capaz de superar la maldad del mismísimo demonio.

  Y este último chisme fue el que precisamente atrajo la atención del Amo de las tinieblas, el cual, disfrazado de granjero se le presentó una noche con intenciones de llevárselo definitivamente para los infiernos. Pero el engañador número uno de la historia no contaba con la astucia de Jack quien lo invitó antes de partir a tomarse en la taberna unos buenos tragos. Dicen que se los tomaron con gusto como viejos amigos y que, al final, el futuro fantasma no tenía con qué pagar, o mejor, no quería pagar. Fue entones, cuando invocando la amistad del Diablo y la promesa de acompañarlo con cuerpo y alma toda la eternidad, le pidió, como ejercicio de sus grandes poderes, que se convirtiera en moneda de oro para poder saldar obviamene la cuenta.

  Informa la prensa de entonces que Lucifer accedió y que en medio de una explosión con mucho humo se transformó en moneda. Pero que tan pronto ocurrió esto, el tal Jack cogió la moneda-diablo  y la guardó en su bolsa donde siempre llevaba como hacen muchos cristianos una cruz de plata.
Por supuesto que el diablo, a punto de sufrir un infarto con la cruz al lado y sin poder recuperar su identidad física, le propuso a Jack unos desesperados diálogos de paz que acabaron con una promesa solemne de aquél: "¡No te llevaré conmigo esta vez––le prometió––, pero sácame de aquí!"
Unos informantes aseguran que la tregua fue por un año. Los más generosos dijeron que el diablo lo iba a dejar cometiendo maldades por diez años más. Lo cierto es que, al cabo del lapso acordado, el demonio volvió ––esta vez más avispado que antes–– a llevarse a su amigo para el lugar que le correspondía.

  Según los informes de la época, cuando ya iban de camino, el astuto Jack fingió que tenía mucha hambre justo al momento de pasar por enfrente de un manzano. Entonces le pidió con palabras muy quejumbrosas que le concediera un último deseo como a cualquier condenado se le concede, que se subiera a lo más alto del palo y le bajara una manzana.
El diablo, como cosa bien rara, tuvo un arranque de bondad y se trepó como un mico al manzano, momento que aprovechó el malandrín de Jack para sembrar cruces alrededor del tronco que le impidieron al rey de los pecados bajarse de allá. Y otra vez hubo negociaciones. Y salió ganando Jack. El diablo le prometió que no se lo llevaría nunca para el Infierno.

  Desafortunadamente, jamás las travesuras son eternas. Y el pobre Jack, como cualquier mortal, se tuvo que morir. En un boletín celestial que data de la fecha, al Cielo no pudo entrar, porque lógicamente allá no se concede la entrada a tipos tan corrompidos como Jack. Dicen que apeló a su viejo amigo Lucifer para que lo dejara vivir en sus dominios. Pero que allí tampoco pudo quedarse, por cuanto el diablo respetó la vieja promesa de no apoderarse de su alma.

  Y es ahí cuando comienza a penar el difunto, es decir, cuando le toca irse por la tierra a deambular desesperado en busca de un sitio donde pasar su eternidad. Y fue tanta la tristeza de Jack y la cara de infinito dolor que le vio Satán que, como gesto increíble, le regaló una brasa del infierno que obviamente no se apaga para que le alumbrara su camino.

  Como todavía le quedaba inteligencia, Jack excavó un nabo, su comida favorita, y puso la brasa adentro, abriendo varios orificios bastos por donde salía la luz. Unos dicen que talló su misma cara o la del diablo y por eso quedó monstruosa.

  De cualquier manera, ahora ––según informes populares–– lo ven pasar errante por las noches, llevando a cuestas una condenación eterna peor que la del infierno, además de una linterna que no se apaga. No se extrañen entonces si se lo encuentran ahora en la noche de Halloween y los invita a un trago.


jueves, 18 de octubre de 2012

BUENAS HISTORIAS PERRUNAS

"Alicio", un perro devoto, aún sigue esperando en vano frente al centro de salud donde su amo murió en enero de 2010. Algo semejante le pasa a "Capitán", otro can admirable que todos los días, hace ya seis años,  al caer la noche, se acuesta al lado de la tumba de su antiguo protector

 Por Lebb 


 Para Canelo, mascota excepcionalmente fiel, la cita médica de su amo no terminó jamás. Él siguió esperándolo ahí en la puerta del hospital, por espacio de 12 largos años, hasta que un fatídico 9 de diciembre de 2002 al moverse de su sitio por alguna necesidad, murió al ser atropellado por un vehículo.

En un caso similar, en el Cementerio la Piedad de Rosario, Argentina, un perro de raza Collie todavía aguarda el regreso de su amo desde 1995, en el lugar al cual llegó el dia del fallecimiento de su dueño.

En Uruguay, está la historia del negro Gaucho, que recorrió más de 50 kilómetros hasta el hospital en el cual fue recluído su amo quedándose allí hasta su muerte; luego, lo acompañó a la funeraria y a todo el velorio. Después, al cementerio. Por razones perrunas sorprendentes que el humano no entiende pero sí admira, estableció su domicilio al lado de la tumba del amo, erigiéndose como su centinela, hasta el día de su propia muerte.

Pero el caso más asombroso de "virtud" animal lo constituye indudablemente la historia de Hachikó, un perro de raza akita, fiel a morir, a quien, en 1924, Eisaburó Ueno, un profesor del departamento de agricultura en la Universidad de Tokio, adoptó como su mascota y a la cual le profesó un cariño rayano en adoración.

Desde entonces, cada día Hachikó se estacionaba en la puerta delantera del terminal de Shibuya a recibir efusivamente a su amo al final de la jornada. Esta rutina de afecto y lealtad prosiguió sin interrupciones hasta el 20 de mayo de 1925. Desgraciadamente ya el 21 de mayo, el profesor Ueno no pudo volver a casa en el tren, como de costumbre, por cuanto en plena clase había sufrido un fulminante derrame cerebral y había muerto.

 Y Hashikó, lógicamente, se quedó esa vez en la estación esperando en vano su regreso. Pero no fue sólo esa tarde que aguardó inútilmente al profesor moviendo la cola, mirando expectante la puerta del tren, listo a prodigarle sus alegres brincos de celebración y los consiguientes besos de lengua. 

Pasó el tiempo y Hashikó siguió esperando ahí, puntualmente, los nueve años siguientes, en el sitial de costumbre, justo en frente de la estación, con la misma actitud, lloviera, nevara o tronara, hasta el día en que se durmió definitivamente, quizá soñando con la idea obstinada de ver llegar otra vez al amo afectuoso y sonriente. 


miércoles, 17 de octubre de 2012

NACIDOS PARA BENDECIR


Aquel discípulo anduvo errante durante mucho tiempo en busca de la razón de su paso por este mundo. Y al final, bajo un cielo fresco, se percató de que el color de la vida era fácil de apreciar y de aplicar: él había nacido para algo divertido y redentor.. había nacido, como todo el resto de la creación, sencillamente para BENDECIR!

Por Lebb

Cuentan que una vez un joven discípulo abandonó a su maestro y, por arrebatos de aventurero espiritual, se fue de andariego loco por el desierto, víctima del sinsentido de la vida. 

Tras andar muchas horas terminó  agotado, bajo la gravedad del sol y del polvo, con sed y hambre delirantes, ansiando con el alma y con el cuerpo los bienes oportunos del pan, del agua y de la sombra. Pero antes de que lo abrumara la desesperación y como respuesta gratuita a sus sentidas peticiones, descubrió a lo lejos, en medio de las ardientes dunas, la prodigiosa bendición de un oasis.

De una vez, sin mediar reflexión científica o razones prácticas para descartar un espejismo, emprendió carrera desenfrenada hacia el sitio donde ciertamente se erguían altas palmeras, crecían árboles frutales y la frescura de un arroyo de cristal se deslizaba musicalmente sobre guijarros blancos y arena. Allí, admirado y agradecido de corazón, tras inclinarse a beber, se recostó contra uno de aquellos árboles deliciosos a paladear sus frutos y a degustar extasiado el portentoso fresco del lugar.

Cuentan que cuando ya estaba a punto de partir, el discípulo lleno, satisfecho y descansado, se volvió hacia las palmeras, hacia los frutales, hacia el manantial, hacia el cielo y, con el alma iluminada, les dijo:
— ¡Oh, árboles y creación entera! ¿Qué bendiciones os puedo dedicar? ¿Que vuestros frutos sean dulces? ¡Ya son deliciosos! ¿Qué vuestra frescura y belleza sean abundantes? ¿Para qué si ya sois un paraíso?

Entonces guardó silencio, y resolvió dejarse acariciar por la poesía del oasis transfigurada en verde brisa y en sonoro silencio de amor. Y empezó entonces a interiorizar la lección sobre un valor fundamental que infunde sentido, gracia y color a nuestra presencia en este mundo: Empezó a entender que debía de imitar no al desierto sino al oasis: Había que bendecir con la propia vida.

Pero bendecir con hechos y frutos del corazón. Bendecir con obras y sentimientos sinceros, a quienes lo necesitan o no lo necesitan. Y aunque la palabra tiene magia y atrae energías saludables hacia las personas que bendecimos, primariamente hay que bendecir con nuestros bienes, con nuestra vida, con nuestro apoyo, con las sonrisas, con las manos, con la mirada, con los gestos, sin rehusar un favor, sin egoismos, sin odios, omisión, indiferencia, orgullo...

Entendió entonces su intimidad que él había sido producto de una bendición. Y que por lo tanto su vocación miraba a eso, a bendecir también. Al continuar la marcha, ––porque no podía quedarse allí para siempre––, observó la alegría en el vaivén de las hojas ante el buen humor del viento y no pudo menos que sonreir también. Observó asimismo la obra redentora del agua clara y el destino nutritivo de las especies vegetales. Y entonces no pudo aguantar las ganas de saltar, alabar y bendecir la vida, recordando las palabras del principal Maestro: "¡Venid al Reino, BENDITOS de mi Padre!"

Por fin podía volver a los suyos, donde el maestro y la comunidad, pues tenía clara la tarea de su vida:
Había nacido para algo divertido y redentor... había nacido, como el oasis y todo el resto de la creación, sencillamente para bendecir. Y, además, era apremiante empezar sin demora la tarea.