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jueves, 18 de junio de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte nueve)

8. El Matrimonio secreto (Parte 2)

Antiguos alumnos practicando la agricultura. Al fondo, 
a la izquierda, la sección primaria. A la derecha, la sección 
nueva, donde funcionaban algunas aulas del bachillerato.
Al destapar el obsequio del wiski, mágicamente destapó también el recuerdo del día aquel, cuando se presentó con su señora en la vereda Llano Grande, de Girón, con el fin de explorar el sitio donde iría probablemente a trabajar de profesor desde la mitad de ese año 98. 

Allí vio por primera vez al recién nombrado rector don Heliodoro, en compañía del profesor de ecología, tocayo suyo, Luis Eduardo; ambos estaban, en tiempo extra, en el desafío de cuadrar el pesado portón metálico de la entrada a la sección nueva del instituto.

Parando entonces unos momentos sus esfuerzos los saludaron y les preguntaron el motivo de la visita. El entonces licenciado en idiomas les informó que había estado laborando siete años y medio en varias veredas frías de Vetas, que había pasado el concurso docente de Girón con la deseada intención de llenar una vacante precisamente como profesor de inglés en el colegio del cual él era rector. Se mostró al instante, agradado por la noticia y le anticipó la bienvenida a Llano Grande. Igualmente, con una sonrisa, lo hizo el profesor Luis Eduardo.

La venerable casona, de tapias pisadas y pisos de ladrillo,
perteneciente a la dinastía Valderrama, cedida por su dueño para el 
funcionamiento del colegio
.
Acto seguido, por amable insinuación suya, pasó a conocer las instalaciones de la sección primaria, a su izquierda; y, a su derecha, la sección nueva. Saliendo de allí, al cruzar una cancha deteriorada por el tiempo, (hasta el sol de hoy), volvieron a la carretera estrecha por donde habían llegado. Al final de la misma, descubrieron una edificación antigua, de dos amplios corredores, con techos de teja colonial, sostenidos por estantillos de madera, conocida por años como la Casona, donde funcionaban la rectoría, la secretaría y la cafetería de los docentes. Asimismo, tenía salones pequeños para la sala de informática y para la mayoría de los cursos del bachillerato, en esa época. 

"Durarían poco en el colegio estas celebridades contaría después el pensionado—, porque don Helio —como se le nombraba en confidencia—, pronto saldría pensionado y lo sucedería en la rectoría, doña Ligia Avellaneda, proveniente de Mogotes. Apreciamos su forma atenta y respetuosa de relacionarse con los padres de familia, los alumnos y con los profesores, dejando de recuerdo no sólo esas virtudes sino el patrimonio musical del himno del colegio. El profesor Manuel Candela, Josué y Alfonso, creo que abusaban de su nobleza, haciéndole ocasionales travesuras disciplinarias.

Gran Patriarca del clan Valderrama, en cuyos predios, 
con aprobación suya, surgió el colegio Llano Grande.
En broma, 
decía que era dueño del mismo. Al fondo,
a la derecha, se aprecia el famoso carro rojo del  
profesor Misael. Durante muchos años, transportó
con alegre espíritu charaleño, a los profesores
desde Girón, cuando las vías eran trochas.
Por otra parte, el profesor Luis Eduardo, gran amigo mío también se iría con mucho pesar suyo, a ejercer en otra entidad educativa, dejando no sólo una huella de sentido de pertenencia y de consagración al colegio, sino también grandes y complejas amistades, como la especial que sostenía con la secretaria de entonces. Tenía una camioneta de platón y una finca cercana que visitaba casi todos los días. 

El pensar en esa amistad 'especial' del tocayo con Luz Marina, me forzaría a compararla con mis propios 'amores clandestinos', cuando convivimos un tiempo con mi señora, casados sí, pero en secreto; y en este caso, un poco diferente, por cuanto el profesor teniendo mujer, cortejaba, al tiempo, también a la secretaria; pero nadie decía nada en contra de eso, era un secreto a voces.
 
Años después, en Piedecuesta, acudiría a una sala de velación y tendría que ver allí a sus dos mujeres, despidiéndolo para siempre, sentadas junto al ataúd, mientras yo repasaba diversas escenas cuando trabajamos los tres ahí en Llano Grande. Cuando se marchó de allí para otras veredas, y nos veíamos ocasionalmente en cursos o asambleas, me expresaba sus inextinguibles deseos de volver a Llano Grande. Esa añoranza perenne y el conflicto de sus amores divididos marcaron la existencia poco dulce de mi inolvidable tocayo, quien paradójicamente sufrió gran parte de su vida de diabetes y murió por culpa suya". 

Y, en este punto, cuando mencionó la diabetes volvió a acordarse de las pupilas de miel de su novia, en aquellos momentos cruciales cuando estaban definiendo el futuro de su relación. Y se vio, nuevamente, fijando sus pupilas golosas en las de ella, resuelto a formalizar el pacto de casarse a escondidas. Y, en efecto, como poderosos imanes se atrajeron esos labios, antes en pausa, encendiendo el mecanismo de casarse sin siquiera informarle a familiar alguno, sin pregón público, sin prensa ni solemnidad. Acto seguido, (como dijimos antes), fijaron una fecha cercana, eligieron la parroquia de la Victoria, por ser de su agrado, y se apresuraron a llamar al respectivo despacho con el fin de ultimar los detalles. El padre Alfredo Afanador Pinzón, que ese año cumpliría trece años como párroco y se iría, les programó con rapidez el curso prematrimonial, (Pre-Caná, en inglés), les solicitó las partidas de bautizo y como los vio ya creciditos, bastante maduros, incluso pasaditos, no estimó necesario proceder a hacer las amonestaciones matrimoniales, ni ponerles reparo alguno. Quedaría ese matrimonio en los registros diocesanos, como uno de los últimos oficiados por él. Uno o dos años más tarde, partiría para la eternidad.

Voló entonces, de nuevo, hasta ese año, exactamente hasta ese sábado 27 de marzo, aterrizando, como veíamos en el capítulo anterior, en el pasillo central de la iglesia de las Victorias, mirando hacia la mesa sagrada, donde recién habían encendido las dos velas, como preámbulo para la ceremonia. Allí estaban, pues, muy juntos, el pensionado y su prometida Ruby; y a su lado, los padrinos, esperando y esperando a que el ministro sagrado apareciera solemnemente, y los invitara a ocupar los reclinatorios, dispuestos para la ocasión junto al altar.

Los confabulados en el matrimonio secreto del pensionado: De izquierda
a derecha: El padrino David Bautista, el joven pensionado, el Padre Alfredo
afanador, la Sra. Ruby y la madrina doña María. (Exceptuando los
casados, el resto de cómplices ya fallecieron). 
Y la causa de la demora era porque, en la sacristía, el cura Afanador —que, por cierto, no era tan afanado—, solía, antes de oficiar, ceñirse metódicamente el alba y la casulla, ponerse juicioso la estola y el cíngulo. Mientras tanto, los novios y los padrinos observaban con aires de desconsuelo, el interior de la iglesia, su vacío y soledad. 

Sólo notaron, en una de las bancas, el perfil único de una humilde devota, de rebozo y camándula; y, arriba, en el cielo raso, los traviesos aleteos de oscuras golondrinas, revoloteando de un lado para otro.

Pero la demora del experimentado celebrante se debía también a que había estado planeando para los novios una sorpresa bomba, como para mitigarles, en cierto modo, la desolación y la inasistencia de feligreses. Para ese efecto, había apelado a la tecnología del momento, mandando a su acólito distraído que sacara de uno de los cajones de la sacristía un tocadiscos portátil y lo llevara a la pequeña mesa de las vinajeras, al lado del altar, junto con un acetato pequeño que contenía en sus surcos la marcha nupcial de Mendelssohn. Una vez instalada tan sorprendente tecnología de punta, mientras se acercaba a los reclinatorios, le ordenó al muchacho, con un gesto de mano, que pusiera a sonar la música marcial, mientras invitaba sonriente, con otro gesto, a los contrayentes y a sus acompañantes a que desfilaran de manera improvisada hasta los reclinatorios. Y así lo hicieron, aunque desacompasados, mientras resonaban a todo volumen las chillonas notas marciales.     

Fue cuando se imaginaron que el tiempo empezaba a pausarse hasta el grado de congelar sus imágenes. El novio apareció con su atuendo simplón de universitario, (ver arriba la foto); mientras ella, con sus abundantes rizos castaños, modelaba su repetido vestido dominguero. El padrino, que se había sacudido de prisa el aserrín, faltando por la tarde a su taller de carpintería, venía de paisano: de manga larga, sin corbata y con pantalones de dril clásicos. La madrina lucía el peinado cotidiano y la pinta siempre escogida para las ocasiones excepcionales. Todos se acercaban como en cámara lenta mirando fijamente al cura, con la creciente expectativa de que se consumara pronto la boda.

Y, por fin, acallada felizmente la música, el celebrante se acerca a los contrayentes, ya al frente de los reclinatorios. Levantando la mano derecha, pronuncia la fórmula sagrada, que imitan los asistentes: "¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!" De esa manera da inicio al sacramento, el cual continúa tal como lo prescribe la santa madre Iglesia.

Mientras tanto la devota de rebozo negro, al fondo, en una de las bancas, sigue musitando sus rezos, las golondrinas, surcando incansables el cielo raso. Y, el pensionado, con pensamientos trémulos, va buscando las argollas de fantasía que había comprado en el centro para la ocasión, con la incumplida promesa de adquirir las de oro puro. Llegado el momento, pronuncian los votos de fidelidad y compromiso y se colocan los anillos. 

Terminada la boda, el oficiante y los padrinos felicitaron a los recién casados deseándoles la felicidad protocolaria y la eterna duración del enlace. (Hoy, a 44 años de distancia, el matrimonio continúa). Luego, los nuevos esposos convidaron al padre hasta el atrio de la iglesia donde se tomaron, con una muy modesta cámara, la foto para la historia. El padrino rodeó con su brazo izquierdo al serio recién casado. Y éste, a su vez, también se tomó la confianza de ponerle la mano en el hombro izquierdo al padre Afanador. (Ver arriba la foto). No está muy claro en la memoria del pensionado si hubo cena de celebración esa noche; aunque dicen que esa es una de las obligaciones de los padrinos. Lo que sí recuerda con claridad es que no hubo una luna de miel formal, con viaje incluido a un hotel caribeño de fantasía y playa. Aunque la verdad es que sí hubo hotel, pero no tan costoso, donde pasaron una noche inolvidable de luna de miel. Fue precisamente en uno esquinero del parque de Girón, donde se hospedaron en una alcoba del segundo piso, imaginando que era su primera gran noche de amor. 

Sin embargo, no fue una noche tan encantadora. Allí el ruido y el calor desvelaron a los hospedados. Abajo, una carnicería empezó bien temprano, a punta de porra y cuchillo, a preparar la costilla, el lomo, la rabadilla, entre otras presas de la vaca, para los clientes madrugadores que vendrían por la carne del almuerzo. Fue cuando, ella, entre dormida y despierta, murmuró una de las frases más recordadas por ellos, con mucho humor: Y fue: "¡Mucha bulla, papito, mucha bulla!

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