Translator

miércoles, 12 de mayo de 2021

EL LOBO SAMARITANO

Por Lebb

Un maestro inolvidable le proponía a su discípulo vivir  nuevas experiencias para que avanzara en su perfeccionamiento personal... 

 Por eso un día lo hizo salir del salón de clase para que se fuera de turismo espiritual por los pueblos cercanos a presenciar casos reales de comportamiento tanto humano como animal y sacara de todo eso conclusiones importantes para su vida.

El alumno entonces, feliz por no tener que estar metido en esas cuatro paredes, dejó la escuela, se terció un morralito con algo de merienda, y se fue a viajar de pueblo en pueblo. 

Lo primero que encontró y le hizo tanta gracia en una de aquellas comarcas, fue el caso excepcional de una perrita que recién había tenido cachorros propios, pero que también acogía en su regazo y amamantaba igualmente a un gatico enclenque y abandonado  que por desgracia había perdido en un accidente a su natural progenitora. La madre adoptiva atendía al pequeño minino de la misma forma como a un hijo suyo y hasta le lamía de arriba abajo su cuerpecito sin importarle que se le quedaran pegados sus pelos a la lengua. 

Indudablemente la escena –muy tierna, por cierto–– constituía un admirable ejemplo de solidaridad animal impresionante. Pero eso fue poco comparado con lo que más adelante descubrió. Y fue el  caso de un lobo temido en la región, el cual, al atardecer, le llevaba nada más ni nada menos que comida fresca a un enorme tigre malherido, abandonado a su suerte, que bien podría ser su gran enemigo, de no ser por esas circunstancias adversas. 

Este caso jamás registrado le costó tanto creerlo que tuvo que repetir la observación los tres días siguientes. Y, de hecho, regresó la tarde del otro día para ver si el comportamiento del lobo respondía a la casualidad, a la mera coincidencia o, más seguramente a una estrategia malintencionada de esa fiera peligrosa. Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: el lobo, –malvado para muchos pero una bendición para el tigre–, le traía parte de la cacería tenaz de la jornada y se la depositaba cerca donde el felino desvalido podía devorarla. 

Pasaron los días y el acto de caridad animal se repitió de un modo idéntico hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta. Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, exclamó entusiasmado:

–¡La salvación del mundo es un hecho! 

Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo podemos hacer nosotros, las personas". Y decidió enseguida hacer un experimento para probarlo.

 Se tendió entonces debajo un arbolito, junto a un camino muy transitado, no sin antes ponerse unas ropas andrajosas, enlodarse la cara y el cuerpo y poner cara de enfermo estúpido. Y se quedó así "sufriendo" entre gemidos, simulando las mayores penas del mundo, al acecho de que la caridad humana se le manifestara explosivamente. 

Sin embargo, transcurrieron lentamente las horas de soledad y aburrimiento, una tras otra, hasta el ocaso, sin que nadie, similar al lobo samaritano, se acercara a enterarse de sus males y se impusiera la tarea de remediarlos, al estilo de la parábola. Aunque la verdad es la cosa no estuvo tan mal, porque sí hubo excepciones por parte de algunos curiosos que de rapidez arrojaron algunas monedas a sus pies y se esfumaron. 

Hacia las siete de la noche, comprobó no aquello de que "la salvación del mundo es un hecho", sino de que sus asentaderas estaban muertas de sueño y de que su estómago se le retorcía maldiciendo el experimento de su dueño. 

Tuvo naturalmente que levantarse con las fuerzas que le quedaban e irse a buscar mangos o lo que fuera al interior de un huerto cercano. Pero de allí tuvo que salir como centella porque unos perros cuidanderos le mordieron precisamente las que estaban "muertas de sueño". Y así, con hambre y con heridas integrales de alma y cuerpo, se fue a dormir debajo de un puente.

A la mañana siguiente, maltrecho y pensativo, volvió a la presencia del maestro, a la Escuela, de la cual había extrañado la seguridad de sus muros, convencido de que la humanidad malvada era peor que las bestias y que no tenía salvación ni cura, que Dios "más bien debería destruirla y hacerse una mejor".

 Tan pronto remató el relato de su agridulce experiencia, el sabio Maestro sonrió a sus anchas satisfecho de que su alumno hubiera tenido unas clases prácticas de vida y sufrimiento. Sin discursos, amonestaciones o moralejas, aconsejó a sus otros maestros y condiscípulos que le brindaran las mejores atenciones al chico que "estaba lejos y había vuelto, que se hallaba experimentando pero que ahora sufría las consecuencias para su bien".

 Le hizo preparar un buen baño, una suculenta cena y un buen lecho donde descansar del viaje. A la mañana siguiente, mientras desayunaban, le comentó: 

––¡Ya sabes la metodología para la salvación del mundo! Los necesitados, los perdidos, los depresivos, los abandonados son muchos, sobran y sobran. Pero, los samaritanos, llamados a la primera línea de atención, de ayuda y socorro son pocos, excepcionales, providenciales...

 ¡Tú debes estar precisamente en ese grupo, porque no has venido a que te atiendan, a que te sirvan, a que te compadezcan, sino a todo lo contrario!

No estaba muy seguro de escuchar bien a su maestro. Lo que sí sabía era que ahora tenía que aprovechar perfectamente las atenciones que le estaban ofreciendo.