Translator

martes, 6 de enero de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte dos)

Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante…


2. ANTIGUOS RECUERDOS DEL INICIO FAMILIAR Y ESCOLAR


En este restaurante gironés fue la francachela de despedida de los principales compañeros con quienes habíamos compartido memorables jornadas académicas, culturales y deportivas durante muchos años. Aquí los momentos posteriores al inolvidable banquete, previos al momento de los discursos de reconocimiento, de los obsequios, a modo de laureles; de los abrazos, en señal de fraternidad sin fin; de los besos nostálgicos en la mejilla, en son de afecto eterno, promesas de no olvido… Así no se cumplan pasado un tiempo.


Entonces se remontaba en su imaginación a los principios candorosos de sus pinitos docentes en el círculo íntimo de sus hermanos, cuando, entusiastas, se juntaban con el propósito infantil de jugar al maestro y al salón de clase rodeado de sábanas, simulando paredes, con alguna mesa tosca haciendo de escritorio, en algún rincón acogedor de las casonas donde inicialmente transcurrieron, en compañía de sus hermanos, sus primeros años de inocencia.

"Allí nos turnábamos —recordó— el encargo divertido de ser maestro y el rol inquieto de ser estudiantes, sentados en el suelo simulando escribir en cuadernos invisibles. Cuando la "campana" sonaba, (creo que era el choque tintineante de unos cubiertos de cocina), salíamos a recreo, a cambio de clase o a la inversión anhelada de papeles. Supongo que esas actuaciones infantiles bajo aquellos toldos académicos y teatrales, sazonado con presentaciones artísticas o números de humor o de ocurrencias de los cuales también éramos actores, fueron presagios y preparativos primitivos de la vocación de volvernos maestros la mayoría de nosotros, cuando ya nos tocara ser grandes".

"Papá y mamá también acudían invitados cuando se programaban reuniones de acudientes o 'eventos culturales'", en aquellos escenarios de sábanas colgantes a manera de telones. 

"Una vez, —siguió recordando—, (y fue para risas eternas), me tocó improvisar un número para ocupar la atención del 'público', o sea, a nuestros padres y hermanos. Fue entonces cuando tuve la ingrata ocurrencia de tomar una toalla grande, pararme en el centro del escenario y mirar preocupado hacia el techo. Los ojos de la 'multitud' se fijaron en mí, embrujados, a la espera de una sorpresiva genialidad mía. Fue cuando lo único que se me vino a la cabeza fue decir; 'Yo me iba a bañar, pero la regadera está muy alta'. Creo que semejante bobada corrompió para siempre la credibilidad familiar en mis talentos creativos. De todas maneras, las risas de burla y los aplausos compasivos ocuparon un espacio interesante aquel día en la convivencia familiar que ahora, sonriendo, añoro tanto.

Alejandrina Becerra Sandoval 1912-1986

Se le sumaría a los recuerdos, la reacción de su hermanita mayor, una vez terminada la función. Pronunciaría a media lengua, —porque en ese momento no era tan hábil para hablar—, la frase que la haría famosa: "¡Eso sí fue pa' lija!"  Donde "lija" significaba "risa" . Hoy día, ella es una monja benemérita, verdadera celebridad de la palabra rápida, ante la cual me inclino con admiración y afecto".

Pero ahora, la memoria de nuestro protagonista se inspira en la amplia sonrisa de la mamá Alejandrina, al rematar esa atontada actuación suya. En consecuencia, se transporta en seguida a sus aprendizajes elementales con ella, su maestra primordial, devotamente interesada en sus estudios, porque le inculcaba vehemente la importancia de estudiar: Le conseguía los cuadernos, la cartilla de leer y los útiles básicos como lápices, reglas, compases y transportadores. También se ocupaba de fabricarle en su entrañable máquina de coser Singer, con su toque de moda alejandrina, un bolso de tela, con alguno que otro bolsillo, para que resguardara allí esas valiosas herramientas de aprendizaje, así como la merienda protocolaria. Pero también ella, mujer excepcional, sentía el deber de ser, no sólo madre, sino también maestra. Y se tomaba el papel muy en serio. Pero, a semejanza de los modelos que le habían enseñado a ella las primeras letras, era rígida, dura e implacable en su fijación de enseñarle al hijo menor, antes de que pisara la escuela, los rudimentos de su formación académica, la lectura, la suma, la resta, la división.
 

Una de las fotos memorables, en Pamplona, gracias a la afición fotográfica de Enrique (arriba, primero, a la izquierda). Corresponde a uno de los momentos de descanso durante un paseo familiar. (Debajo de Enrique, está Mario. Debajo de él, estoy yo, divertido. La hermana menor, Yolanda, en el medio. De camisa blanca y corbata, nuestro padre, Marco Antonio. A su lado izquierdo, mamá Alejandrina, seguida por Ihlia, la de "¡Eso sí fue pa' lija!" Faltaron Alirio y Jesús, por alguna buena razón). Éstos dos últimos ya están en la eternidad, lo mismo que papá, mamá, Enrique y Mario. Siguen muy vivos y elocuentes en nuestra historia terrenal.


Por eso, movida por ese celo ardiente de que se instruyera al instante, le multiplicaba los regaños, los coscorrones, los pellizcos, para abrirle el cerebro y que aprendiera lo básico, así como seguramente lo hizo con los otros hijos. Fue efectivo su empeño y meritorio, aunque sí un poco traumático para el estudiante paciente, esa tarea docente de la mamá, que se sumaba a sus ya enormes tareas domésticas, por cuanto, durante las primeras clases, una vez matriculado en el primer nivel de la primaria, la señorita Blanca, la maestra Lucila, entre otros profesores, se impresionaron de que el niño estuviera en un nivel avanzado: Ya sabía leer de corrido y escribir bastante claro en el cuaderno. Conocía bastantes números, entre otras cosas. De una vez se granjeó no sólo la fama de ser inteligente y adelantado, sino también el voto académico para ser automáticamente promovido al siguiente nivel. 

A los pocos días, recibió la grata orden de salirse de la fila de los primerizos, con quienes compartiría ese último sábado los anuncios de la directora, para pasarse a la fila del grado siguiente. Recordaría vivamente ese sábado, no únicamente porque cambiaría de formación, sino porque la directora les recordó la severa obligación de asistir a la Misa dominical al día siguiente. Su compañerito de adelante se puso a bromear diciendo:

 "¡Tilín, tilín, ya están tocando las campanas! " 

"De momento, a ninguno le pareció divertida su frase, pero sería una de las últimas que escucharíamos de él, porque esa noche, se creció la quebrada por donde tenía que pasar hacia su casa. Y él, que por alguna razón se le hizo tarde, al intentar cruzarla. fue arrastrado por la corriente. Su cuerpo diminuto incompleto, aparecería dos días después muy lejos de allí. Fue traumático para todos esa tragedia, y nos enseñó a escuchar con respeto y pesar el pausado tañido de las campanas llamando a entierro".

Después de guardar el duelo, las labores académicas continuaron normalmente. El muchachito Botello, aprovechó entonces las circunstancias de su ascenso, para sacar pecho, con aires de superdotado, mirando sin pecado por encima del hombro a sus compañeritos envidiosos. Era buen estudiante, aprendía bastante, sacaba buenas notas, pero, tuvieron que disciplinarlo mucho sus maestros, con sus métodos arcaicos de pellizcos y reglazos, de arrodillarlo, sosteniendo ladrillos, y dejarlo sin recreo, porque daba motivos para ello, no se callaba, no se quedaba quieto y hasta llegaba tarde. 
Don Marcos, su padre, se presentó malhumorado varias veces en la institución educativa, a preguntar por qué regresaba su hijo tarde a la casa. Una de esas veces se le quedó grabada nítidamente en la memoria:

 “En una de esas ocasiones, -recuerda-, me encontró arrodillado sobre el pupitre, junto a otros penitentes, y él, ni corto ni perezoso, con algo de alcohol en su aliento, entró bruscamente al salón, y, ante la mirada atónita de todos, me hizo bajar del pupitre, me tomó de la mano y me sacó de la escuela, no sin antes regañar al profesor: ‘¡Esto no se debe hacer con nuestros hijos!’–le dijo- De momento pasé una vergüenza delante de los compañeros y sentí miedo a las represalias del profesor. Sin embargo, aquéllos no se burlaron de mi después. 

"Y el profesor, (de cuyo nombre no logro acordarme, de su apodo sí: Lo llamábamos el profesor Pulgar, porque era muy alto); al contrario de lo que yo esperaba, empezó a portarse mejor conmigo. (Tal vez para evitar problemas mayores con mi padre). Hoy, a tantos años de distancia, no registro ningún trauma ni resentimientos hacia mi padre o hacia mis maestros de la antigua pedagogía. Más bien los comprendo y los disculpo. Es más. En cierto modo, -como pasaba en el viejo Oeste, que los valientes salvaban a los indefensos-, más bien siento una especie de orgullo hacia mi padre, por esa célebre osadía suya de venir a rescatarme de uno de los tantos tormentos de los regímenes escolares de entonces".

"Pienso, finalmente, que todas las experiencias del pasado, en nuestras casas y en nuestras escuelas, han hecho aportes significativos a nuestro presente. En mi caso particular, esa disciplina áspera de la vieja escuela, me sirvió de vermífugo para curarme de parlotear, de ser juguetón en clase; aunque no tanto de llegar tarde a las aulas, a las asambleas, a los eventos, cuando ya me volví maestro"





No hay comentarios:

Publicar un comentario