Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante…
4. DE NUEVO EN EL PUEBLO NATAL Y EN LOS VECINOS
El pensionado, mientras se alineaba
para la foto de los celulares, con otros compañeros que también se
marchaban de la institución ese fin de año, reanudaba la película de su vida. Pero antes, había recibido de sus compañeros un cotizado whisky de manos del rector César, a quien él apodaba con cariño, el Emperador; no tanto por su semejanza física y política con ese célebre dictador; sino más bien, por llevar su pomposo nombre. De hecho, cada vez que le salía al paso, al pasar por su oficina o en los corredores, nuestro pensionado, con esa inocente tomadera de pelo que lo caracterizaba, alzaba la mano en posición firme, para ofrecerle sus respetos, mientras vociferaba: "¡Ave, César!" Y, de pronto le agregaba: "¡Los que venimos a trabajar te saludamos!" Parodiando la expresión "¡Ave, Caesar, morituri te salutant!", con la cual, según el mito popular, los sumisos gladiadores, se dirigían al César, antes de ir a dejar la piel en la arena. Es menester agregar que, a la sazón, en el colegio, había dos profesores con el nombre de César: A uno de ellos, que solía pontificar de filósofo, el pensionado también les rendía la flexión respetuosa y el consabido: "¡Ave, César!". El buen hombre sonreía bonachonamente, pasando a recordarme que estaba escribiendo un libro o experimentando con éxito alguna invención académica con los estudiantes. Con el tercer César, buen volante en la cancha de fútbol, mantenía cuidadosa distancia, porque lo veía muy serio, grandote y no muy dado a recibir bromas flojas. Pero, tenía fe de que, en el fondo, debía de tener buen corazón.
Equipados entonces con sus teléfonos, Ruby, la vivaracha profesora de matemáticas, de incesante labor; y, Claudia Patricia, la profesora de inglés, de fina personalidad; y de pronto también, la cautivante profesora de Español, tomaron los registros gráficos de los agasajados que dejaban el colegio. Ellas, con su forma amena de ser, de desempeñarse y de relacionarse con el pensionado, tatuaron, —para decirlo en lenguaje rebuscado—, su nombre propio en las entretelas de su corazón. (Esto último no quería el pensionado que apareciera en sus memorias, por considerarlo cursi. Pero, el autor omnisciente, que lo sabe todo y nada se le escapa, le denegó el deseo). En verdad, usando lenguaje llano, fueron almas relevantes para él, —en su corta lista de favoritos—, durante sus años laborales en Llano Grande, que siempre resplandecerán en sus recuerdos.
Al costado izquierdo del pensionado cariacontecido, obviamente brillaba un elenco de cuatro personajes de la docencia que, o bien estaban cubriendo alguna provisionalidad y serían reubicados el año nuevo; o bien, habiendo ganado un concurso, partían del colegio, con muchos méritos, a practicar sus virtudes laborales en otros escenarios. Eran los casos de Claudia, la chica de la mitad, de sonrisa resuelta, diestra en formalizar estructuras institucionales. Y, el caso del eminente Alberto, de trato festivo y palabra virtuosa, quienes, al año siguiente, ascenderían a sendos tronos institucionales en virtud de sus altos puntajes en concursos docentes.
Tan pronto como se tomaron las fotos de quienes se marchaban, la imaginación del pensionado volvió a activarse y a retirarse de la escena. Fue cuando, se transportó, como en la máquina del tiempo, nuevamente a junio del 2022, cuando iba de viaje aventurero a la población la cual, muchísimos años antes, lo vería inquieto, —una vez estrenado su poder de andar erguido—, desplazarse descalzo y desgreñado, por sus calles, mal
enfundado en una franela rayada de talla larga, en ocasiones con las nalgas sin
protección, "nada por aquí, nada por allá". Así tomaba sus
caminatas o sus carreras juguetonas o sus paseos adictivos encaramado en una
carreta que sus hermanos mayores habían construido para ese fin; éstos se esforzaban
bastante, porque el muchachito se tomaba bien la sopa y se hartaba de
"chocheco", una variedad codiciada de plátano verde pequeño, popular en las cocinas de su departamento. "¡Mamá, quiero más checo!": era el grito recurrente que la familia solía escuchar en la mesa y provenía de ese muchachito, exigiendo su alimento más codiciado del menú casero, a la hora del almuerzo.
Tanto pesaba el cuerpo de nuestro tiernito pensionado que algunas lenguas irreverentes a veces lo ofendían con el mote propagandístico de "Pipelón", el jarabe que le daban tanto al niño flaco -no era su caso-, como al barrigón, -ése sí era el suyo-, para sacarle las lombrices. Creo que se ese alias se lo acuñó su hermano Mario, dos años mayor que él, algo experto en el descubrimiento y aplicación de otros sobrenombres que de alguna manera, con inocente malicia, describían al hijo menor de don Marcos. Claro que ese tal "Pipelón" no se dejaba poner apodos impunemente. Cuando se trenzaban feroces en una pelea verbal por cualquier asunto de chicos, le gritaba con rabia: "Eres un cabezón", (aunque la verdad era que tenía una cabeza normal). Con todo y eso, continuaron siendo los hermanos que más compartían complacidos, tiempo, charla y diversiones.
"Recuerdo, -se decía para sí el pensionado-, una forma suya de ofenderme cuando yo le sacaba la rabia, por cualquier causa, era aplicarme una larga letanía de apelativos grotescos como "paletón", "enano", "cachetón", "negro humo"... Inventos de niños que en ese tiempo me causarían alguna incomodidad, pero que ahora me producen hasta nostalgia, porque me gustaría que él volviera de Arriba y pudiera yo escuchar nuevamente de sus labios esos frutos verbales de sus enojos infantiles conmigo".
Pero, antes de llegar nuevamente a las calles arboledanas, donde comenzó su vida de peatón, el viaje agitado y lento, se prolongó por una carretera larga y desafiante, hasta el punto de que, cuando tenía la dicha de encontrar una casa, en medio de tanta soledad, se detenía a preguntar si ya estaba cerca de Cucutilla. Recargado de fe por las respuestas positivas, continuaba la ruta hasta que, finalmente, tras mucho rodar por la agitada trocha, empezó a descubrir casas a diestra y siniestra, hasta ingresar al centro de un pueblo con muchos parroquianos en sus calles. En una esquina dobló a su derecha, quedando justamente a una cuadra de una iglesia colonial, sin torres altas. Parqueó entonces la camioneta a un costado del parque Juan Bautista Bejar, (lo vio en una placa), y, como era su costumbre, se dirigió hacia el atrio de la iglesia, cuyo nombre de pila escuchó de labios de una devota bien informada, de rebozo negro, cuando él le hizo la respectiva pregunta. La cucutillense se apuró a responderle, con mucha amabilidad y orgullo: "Se llama Inmaculada Concepción".
Se fijó luego en el letrero gigante, al pie de los escalones, típica de los pueblos de Colombia: "¡Yo (corazón) a Cucutilla!" Entró entonces al templo, por el pasillo central hasta el altar, a manifestar ante el Sagrario sus afectos de creyente agradecido; también para bendecir por la oportunidad de disfrutar de tantas bellezas. Rituales inspiradores en su vida que, gracias a su familia, había adoptado desde niño.
Empuñó luego el celular para tomar fotos detalladas desde el presbiterio hasta el baptisterio, así como de los santos entronizados en las naves laterales. Otra liturgia profana que no dejaba de practicar por cuanto toda su vida había cultivado la vocación de fotógrafo. De hecho, muchos años antes, cursaría con éxito un curso de fotografía por correspondencia; y poco después de casarse, instalaría en su casa su propio laboratorio donde procesaría instantáneas en blanco y negro, incluso de color, tras ir por un lado y otro saciando su sed de capturar escenas, personas y paisajes, con su Pentax u otras cámaras que conseguía, a bajo costo, con amigos o en prenderías.
Al salir del lugar sagrado, se ocupó de una de sus especiales preocupaciones cuando visitaba a una población, la de buscar un buen hospedaje, ojalá acogedor pero no necesariamente de cinco estrellas. Y, efectivamente, logró encontrar e instalarse en uno muy familiar, en una casona enorme, que exhibía en sus corredores, como museo informal, variados objetos de vieja data, interesantes que exaltaban el viejo encanto del pasado. Una vez concertado con el dueño del lugar el precio de la habitación, tuvo una breve charla con él sobre el pueblo, en el patio de atrás, mientras examinaba con aires de experto, una gran extensión de pepas de café expuestas a los ardientes amores del sol.
Tras una noche fresca y reparadora, después del desayuno criollo con caldo, papa y huevos, el pensionado retomó la misión de apreciar los atractivos coloniales del pueblo, y de guardarlos dentro de la memoria de su celular. Lógicamente no pudo visitar todos los atractivos naturales del municipio, sólo fue a conocer el rio Cucutilla, que discurría suavemente por un costado de la población, así como a recorrer algunas de sus calles y los alrededores, presto a registrar las mejores tomas. Desde las partes más altas a las cuales pudo llegar, registró los más bonitos panoramas del municipio Y, a continuación, su estómago lo obligó a buscar algún restaurante familiar. Una vez satisfecha su humanidad con la mitad de un almuerzo de peón (ése que es desbordado, sin guía nutricionista), prosiguió su viaje al pueblo natal, a Arboledas, el cual añoraba visitar de corazón.



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