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martes, 26 de mayo de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte Octava)

  Anheló pronunciar en el almuerzo de su despedida laboral, delante de sus compañeros, un discurso histórico; le fue imposible por falta de talento, por psicología, por tiempo; sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, antes de pasar al retiro pensional, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante

8. El Matrimonio secreto 

¿Serán acaso manos sinceras?
Al apreciar el gran número de compañeros congregados para despedirlo a él y a sus otros colegas, no pudo evitar conmoverse agradeciendo el gesto. A la par, le recorrió el cuerpo un sentimiento de pesar, porque, a partir del siguiente año, ya no contaría más con su cálida compañía. De hecho, los iba obligatoriamente a recordar con nostalgia cuando ya estuviera ausente del colegio, sin horarios ni obligaciones, e incluso en sus sueños reviviría escenas propias de la rutina escolar o de los eventos académicos en los cuales había tomado parte.

En sus breves películas oníricas, por ejemplo, se vería en el salón de clase repartiendo guías de cien pesos a sus estudiantes, bromeando con ellos o con sus colegas más cercanos; tal vez, haciendo enojar al rector por jugar dominó con el profesor de deportes, con el de música y el de Física. Otras veces, aparecería en el papel estelar de vendedor de periódicos, con sus Observadores y llaveros en bolsas blancas, de salón en salón, donde unos profesores lo recibirían con buenos ojos y otros con mala cara. En las horas de vigilia lo asaltarían las dudas tentadoras sobre si su declaración de que extrañaría mucho a sus compañeros era similar a la de ellos por él, o sea que también lo echarían de menos. Entonces, mirando la caricatura de arriba, se interrogaba: "¿Serán acaso manos sinceras?" Y él mismo se contestaba. "Es posible que por un tiempo seamos sinceros. Pero pronto seremos olvido"

Pese a la amenaza del olvido, a largo plazo, ese fenómeno regresivo de los sueños sobre temas del pasado, sobrevendría después. Y el pesimismo de volverse olvido, podía esperar hasta que acabara de escribir sus memorias. 

De tal modo que, de momento, al finalizar el agasajo de la despedida, —gracias a la magia de su imaginación—, se abandonó, (como era vicio suyo), al ocio de evocar también su matrimonio secreto en la parroquia de Las Victorias, en el 82, que se caracterizó por la ausencia absoluta de amigos con regalos y familiares con sonrisas. Voló entonces hasta ese año, precisamente hasta el 27 de marzo, ubicándose en la nave central de la iglesia, mirando hacia el presbiterio, donde recién habían encendido las dos velas de los ángulos del altar, como preámbulo para la ceremonia. 

Allí estaban, pues, muy juntos, el pensionado y su prometida Ruby; y a su lado, los testigos, esperando a que el Ministro sagrado apareciera, revestido para la ocasión, y los convocara. 

Pero antes de llegar el instante crucial, de expresar ante el sacerdote los votos matrimoniales, en cuanto a ser fiel en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte haga lo suyo, los contrayentes habían aprobado previamente, con disciplina y fervor, su curso prematrimonial con el párroco Alfredo Afanador, que estaba probablemente emparentado con el altísimo linaje eclesiástico de Pamplona, donde todavía se ponderan los logros de monseñor Rafael Afanador y Cadena, como el de haber importado desde Francia a los hermanos cristianos para regir con éxito el colegio Provincial San José de Pamplona. Y habían conversado confidencialmente con David y María, dos grandes amigos suyos del barrio, para persuadirlos de que los apoyaran como padrinos encubiertos de esa boda, algo así como clandestinay lo habían logrado. (Más adelante entenderemos las razones por las cuales ellos lo quisieron así. Mientras tanto, sigamos hablando de los padrinos secretos).

Fueron bien seleccionados, ciertamente, estos siervos de Dios para ese ministerio de apadrinar a esos novios temerosos de que el mundo se enterara abiertamente de sus serias responsabilidades conyugales. El padrino David se desempeñaba como carpintero cotizado en su barrio y era aplaudido en su parroquia por ser un laico comprometido. Aparte de leer mucho y aconsejar a las personas, le gustaba ir y venir por la ciudad, haciendo sus diligencias en su bicicleta corriente, que manejaba con mucha propiedad. Sin embargo, años después de convertirse en padrino, bajando por una de las calles a la cual le habían suprimido su condición preferencial, —que tal vez él por descuido no tuvo en cuenta—, colisionó violentamente contra un taxi. Fue el final trágico del gran padrino del pensionado, el cual se mantendría en su memoria como una de las figuras más significativas de su historia. La madrina, sobrellevando con mérito su viudez, lo sobreviviría por varios años, antes de partir también. 

Tales hechos lamentables ocurrirían muchos años después, como suelen acontecer a los mortales. Y causarían en su momento las respectivas penas. Pero, ahora parece adecuado seguir hablando del asunto que nos ocupa, bastante más grato, como es el matrimonio secreto del pensionado. Hablemos entonces ahora de la la novia y de algunos otros datos interesantes que provocaron la decisión de la pareja de casarse a escondidas.

El pensionado Luis, la había conocido, de forma curiosa, iniciando sus prácticas docentes, el último año de su licenciatura en Idiomas, en una dependencia de la universidad, que sería luego la Fundación colegio UIS. Parqueó entonces su bicicleta, (el medio de transporte que prefería entonces), y la aseguró con candado en el ciclo-parqueadero, antes de ingresar al edificio respectivo, a cumplir su entrenamiento como maestro. Fue cuando descubrió acodada en una de las bardas, a una joven de corta estatura, pero elegante, vestida de negro, esperando el inicio de la jornada. La vio tan diferente a las otras estudiantes, que se le antojó compararla con una profesora. De hecho, le hizo la pregunta de si lo era, con el interés de ganarse su confianza. Ella confesó que no, que era estudiante. Acto seguido ella le devolvió la misma pregunta, de  quién era él. Y él contestó que iba a ser su profesor de Inglés. La joven que se mostraba muy despabilada, añadió que trabajaba como secretaria del padre Pedro Elías, en la parroquia de san Roque y que vivía cerca de la iglesia, en el mismo barrio Gaitán; que había ido a estudiar porque se había fijado la meta de terminar el bachillerato y porque —enfatizó su hábito— le gustaba cumplir con puntualidad sus compromisos: "A mí también me gustan las personas puntuales" Recordó el pensionado que entonces le dijo la futura esposa. Acabó por darle su nombre con alguna sonrisa sugestiva, antes de ir a ocupar su puesto. Fue esa misma noche de la primera práctica docente, que, al tomar la lista de sus alumnas mencionó a Cecilia Reyes, quien sería 16 años adelante buena amiga suya y compañera de trabajo en el instituto Llano Grande, de Girón. Fue en verdad un inicio de noche prometedor que cambiaría fundamentalmente el futuro de dos vidas, la del pensionado arboledano y la de la chica proveniente de Puente Nacional. 

Desde esa noche, de mucho futuro y poco de inglés, empezarían a verse seguido los dos, no sólo ahí en la clase, sino también aquí y allá, bajo un arbolito, en las gradas de los edificios o en los pastizales de la universidad, para cruzar palabras, sensaciones y experiencias, o sólo para tener la dicha de gustarse mutuamente. Y así, de charla en charla, de encuentro en encuentro, la relación inicial de amistad pasó rápidamente a cariño, y de cariño a mayor afecto, y de palabras simples y besos simples, hasta palabras más íntimas y besos más complejos. Empezarían a circular por el barrio y sus alrededores, notas picantes como la de que el universitario muy amartelado, próximo a graduarse de licenciado en Idiomas, la transportaba en la barra de la bicicleta hasta su casa del Gaitán. La verdad es que lo intentaron una vez, pero la idea, por incómoda, no prosperó. Resolvieron más bien caminar los dos con la cicla rodando al lado.
Pero ahí no pararon los reportes públicos picantes sobre los amores del profesor y de su alumna. Decían que los veían demasiado melosos, dando espectáculo público de afectos desmedidos. Con todo y eso, sin prestar demasiada atención al qué dirán envidioso, se la pasaron así todo el primer año desde que se habían visto por primera vez en el colegio de las prácticas docentes. Sin embargo, como nada es eterno en el mundo, a esos deleites sospechosos del noviazgo también les llegó su turno fatal. Y el ultimátum lo expresó la novia un día al pensionado, cuando inoportunamente le suspendió un beso prolongado, para apartarse y mirarlo duramente a los ojos. Acto seguido, le dictó la sentencia diciéndole que no quería más un noviazgo así, largo y de meras caricias, que debían casarse pronto. El pensionado, que todavía tenía la trompa estirada, se quedó congelado, de una sola pieza. Al recobrar todas las piezas, le expresó sus dudas, la inconveniencia de casarse sin tener él empleo y un lugar decente donde vivir con ella. Pero dejemos mejor que, al estilo de Laura en América, el pensionado nos cuente directamente la respuesta que le dio y cómo llegaron a ponerse de acuerdo. Entonces, "¡Que pase el amante!:" 

"Entiendo que quieras formalizar nuestra relación, para que podamos ya vivir como esposos; pero, nuestras condiciones actuales no lo permiten. Si bien tú tienes un empleo, yo no tengo el mío. Vivamos, así como marido y mujer, pero sin casarnos todavía. De ese modo podemos ahorrar hasta que estemos en condiciones de independizarnos. Por ahora lo más inteligente es que tú sigas en tu casa y yo en la mía. Arrendemos una pieza, como nido de amor".

La propuesta no le cayó del todo bien a la futura mujer del pensionado, sobre todo esa parte de "vivamos como marido y mujer, pero sin casarnos todavía" Entonces propuso la solución: "¡Casémonos a escondidas, sigamos en nuestras respectivas casas, vayamos comprando cosas y calentando nuestro nido de amor!" El pensionado acogió gustoso la propuesta de casarse a lo bien, ante la Iglesia y ante la ley, pero sin contarle a nadie. Y, ella, en consecuencia, fijando su pupila miel en la pupila golosa del pensionado, se mostró dispuesta a firmar el acuerdo reactivando el beso suspendido. El novio, ni corto ni perezoso, volvió feliz entonces a estirar la trompa.