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jueves, 7 de mayo de 2020

"SI PIDEN ES PORQUE NECESITAN"


En medio de la visita a la casa de una de sus vecinas, mi padre se quedó examinando las cosas a su alrededor como para que le dijeran cómo estaba ahí la situación. Al final, como conclusión, extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella gratamente sorprendida–, no quería contarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”         

Por Lebb                                           


   Una de las lecciones prácticas más cotizadas de la valiosa herencia moral de mi padre fue precisamente la de no desatender las peticiones verbales de cuantos estaban pasando privaciones, la de ofrecer pronto asistencia a las personas necesitadas, pidieran ayuda de viva voz o la pidieran así fuera sólo con la mirada.

   Y, además, había que hacerlo bien, sin hacer preguntas ni, menos, mala cara. La ayuda de nuestro lado podía ser de diferente tipo, desde material, financiera, espiritual, hasta psicológica. Dependía entonces del momento, de la clase de necesitado y de los haberes al alcance de la mano.

   Mi noble progenitor nunca se bañó en dinero, tampoco tuvo el vicio del ahorro obsesivo, menos administró un supermercado de gran superficie. Sin embargo, le abundaron eso sí las buenas intenciones y el aporte modesto de su parte, rápido y festivo a quien se lo solicitara de voz o con un mero gesto de necesidad.

   Recuerdo vivamente la ocasión providencial que dio origen a la frase proverbial de arriba, “si piden es porque necesitan”. Y la que provocó que nosotros acuñáramos en son de broma, mirando a un pollito bullicioso del patio, esta otra: "Si pía es porque necesita".

   El episodio ocurrió mientras él marchaba despreocupado, con zancadas atléticas por una de las calles principales del pueblo. Fue cuando se le aproximó un fulano maloliente, quien, con voz lastimera le pidió dinero:

   ―“¡Por el amor de Dios, para comprarme un pan, porque en todo el día no he comido nada”.

   Y él ni corto ni perezoso, sin objeción alguna, desenfundó la cartera, extrajo de ella los únicos dos mil pesos  que llevaba consigo   –mucho dinero para la época–, y se los entregó deprisa.

   A uno de nosotros, al ver la escena, se le despertó el mal genio, el juez interno alérgico a las injusticias, y lo criticó inmediatamente: “¿Por qué bota esa plata –le dijo con voz cruel– Ese tipo la usará seguramente para comprar cerveza o vicio”. Mi padre, sin inmutarse y con la arrogancia sana de quien es consciente de haber hecho lo correcto le replicó como un santo: “Si pide es porque necesita”.

   Sin ser pastor o teólogo él sabía aplicar a la realidad el dictamen del libro de los Proverbios: “Nunca niegues un favor a quien te lo pida, cuando en tu mano esté el hacerlo”.

   Nos comentaría después, al atardecer, en torno a la mesa, que ya el uso o el abuso que el beneficiario haga con nuestras ofrendas o con nuestros servicios no es propiamente de nuestra incumbencia: “Eso ya pertenece al criterio de cada uno. Y cada quien dará cuenta de sus propias decisiones. No le corresponde a mis bondades saber y enjuiciar cuanto otros hagan con ellas". Quien lo criticó no tuvo ánimos para controvertir su manera de aplicar en la vida práctica el mandamiento de la caridad. Y aunque no era hombre de rezos, de jaculatorias y de prédicas, nos iba adoctrinando con experiencias y ejemplos vivientes. 

  En otra ocasión, en medio de la visita a la casa de una de sus vecinas, mi padre se quedó examinando las cosas a su alrededor como para que le dijeran cómo estaba ahí la situación. Al final, como conclusión, extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella gratamente sorprendida–, no quería contarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”  Nosotros nos quedamos con ganas internas de criticarlo, porque la señora tenía hijos grandes que podrían y deberían socorrerla; y un marido que también ganaba. Pero tanto éste último como aquéllos no tenían ni ley ni consciencia. Sin embargo, ninguno de nosotros se atrevió a censurar su actitud. Ya sabíamos cuál era su mecanismo de defensa.

   Cuando él ya no estaba definitivamente con nosotros, íbamos al corral de las aves en busca de un elemental ejercicio de escucha. Escuchábamos entonces el piar escandaloso de los pollitos que sobresaltaba a sus pobres madres gallinas. Nos dábamos cuenta de que, en vez de la indiferencia e incluso de la ira de sus progenitoras, ellas corrían a ofrecerles gusanitos o lo que tuvieran a su disposición. Nos sonreíamos al recordar nostálgicos aquellas palabras memorables de nuestro padre: "Si piden es porque necesitan". 

   Y, ahora, cuando tengo ya muchos años encima y cuando alguno de mis hijos o cualquier otro observador, me mira mal cuando respondo materialmente a las peticiones de cualquier necesitado callejero, de facha sospechosa, recuerdo con orgullo y sentimiento de gratitud a mi padre por haberme dejado, entre otras lecciones, esa de examinar la situación de los demás, a ver si necesitan algo de mí para yo responder enseguida con lo que soy o esté a mi alcance. Me parece verlo, en un pedestal, como una estrella, diciéndome como un sabio: 

   "¡Tú solamente debes hacer el bien, sin mirar a quien. Las preguntas y los juicios  sobre cómo gastan los bienes los otros, son competencia únicamente de los jueces".