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jueves, 2 de julio de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte Décima)

Le fue imposible pronunciar en el almuerzo de su despedida pensional, delante de sus compañeros, un discurso histórico. Sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante.

10.  SECRETO AL DESCUBIERTO Y VOCACIONES

Otra imagen interesante que se le vino a la cabeza, mientras transcurría su despedida, fue ésta de abajo, captada en la sala de profesores, en julio del 2022, en una de sus acostumbradas celebraciones comunitarias, en momentos de efervescencia cuando la mayoría de sus compañeros acordaron tomarse la foto con la intención feliz de que la historia los recordara. (¡Ojalá se alcanzara el milagro!). Fue un instante divertido de unión, de celebración, circunstancia grata para experimentar el acercamiento y el calor humanos. Creemos que de esto último puede dar mejor fe el rector, el cual, como siempre, estaba asediado por el  aprecio cálido de sus profesoras.


Pero luego, nuestro incorregible viajero mental se devolvió nuevamente a los momentos posteriores de su matrimonio secreto en la parroquia de las Victorias. Después de tomarse la foto y dejar el atrio de la iglesia, ya en el taxi hacia la casa de los padrinos, iba alternando la mirada hacia su enamorada y hacia lo desconocido, (con aire de inquietud interna), por cuanto, esa decisión de casarse así, de improviso, sin contarles a los amigos y a las respectivas familias, le empezaba a parecer un poco contraproducente, tal vez fuera de foco. Podría generar a los ojos de propios y extraños, apenas supieran la noticia, críticas y hasta condenación.  

Y no sólo eso, también, sobre todo en el caso particular de doña Alejandrina, la madre del pensionado de 70 años, con diabetes y con un corazón débil, que lo tenía en la cumbre de sus afectos, podría exponerla a una impredecible crisis de salud. En cambio, la reacción de su padre, don Marcos, no lo asustaba tanto. Sabía que era más bien impávido, como él mismo se calificaba, es decir, que no se inmutaba gran cosa así lo sorprendieran con noticias muy fuertes. Y, efectivamente, así fue, cuando se enteró del hecho. Lo único que exigió, como Tomás el incrédulo, (y eso por instancias de un hermano), fue la presentación de la respectiva acta matrimonial, no fuera que el hijo se quisiera pasar de listo, fingiendo casamiento sólo para disfrutar las mieles de una relación ilícita. 

Una vez presentada la partida, don Marcos, no sólo aceptó a la nuera, sino que también los invitó a que compartieran con ellos la casa del barrio Girardot. Acarició la oportunidad de hallarle compañía a su señora en esa casa tan grande, mientras él se ausentaba gran parte de la semana, por estar atendiendo su consultorio dental en Pamplona. Por el lado de la novia, no se preveía rechazo o censura. El padre adoptivo que tenía en esos momentos, (Ever se llamaba), era como un san José, fuerte y valiente, y de hecho, asimiló la noticia con actitud sabia. Igual que doña Mercedes, una madre muy práctica, de talante imperturbable, quien seguramente deseaba que todas sus seis hijas, casi todas hechas y derechas, se hicieran a buenos maridos. Y así fue. La noticia, aunque le produjo la natural impresión, la recibió sin ningún trauma; aunque, hay sospechas de que no le gustó mucho, por cuanto su hija Ruby invertía casi todo su sueldo en ella y en la casa.

Sin embargo, todavía quedaba el problema de revelarle a la madre del pensionado el nuevo estado civil de su hijo menor. Todos pensarían que los más indicados eran los mismos esposos secretos, los cuales, como adultos, deberían asumir la responsabilidad de sus propias decisiones. Pero no era así. No se atrevían, les asustaba la idea de que podría reaccionar muy mal. Entonces, estimaron conveniente delegarle la misión a una persona cercana a ella, de confianza y que usara bien la palabra. Fue entonces cuando el pensionado pensó en la abogada perfecta, en su tía Adela, que vivía en el barrio El Jardín; y de inmediato, los dos bien de acuerdo, fueron a visitarla para contarle primero lo que habían hecho y para pedirle el favor de que, no sólo le contara a su hermana Alejandrina, sino que también intercediera ante ella, para alcanzar su aceptación. 

Y así fue. El pensionado, le anunció en la casa que la tía Adela la necesitaba para comunicarle un asunto importante. Entonces, ella se apresuró a coger el bus, Pan de azúcar, (así se llamaba la ruta), y se presentó en la casa de la hermana. Les confesaría luego la tía que doña Alejandrina, una vez enterada del asunto, se había quedado muda y pensativa, y que luego se había puesto a llorar.

Seminario mayor Santo Tomás de Aquino en Pamplona
La razón de su llanto, de su silencio pensante, sigue siendo para el pensionado un asunto no aclarado del todo, una especie de misterio sin resolver. Es probable que le doliera a doña Aleja el engaño del hijo, con tintes de traición. O, que le afectara no ser tenida en cuenta, por su hijo y por su nuera, en la toma de una decisión tan importante para la familia. O, quizá, la razón fue la amargura de haber perdido la última esperanza de contar con un sacerdote en la familia Botello, en la persona de su hijo menor. Tuvo, al término de la malograda vocación del hijo mayor, otra ligera oportunidad de alcanzar ese sueño, en el tal Jesús María, —tercero en la lista de los hermanos—, el cual también pasó por los claustros del seminario, con la tentativa de ser cura. Y también había desistido. Sólo restaba el menor que también había mostrado cierta inclinación a la vida religiosa, como lo veremos más adelante. Por ahora hagamos alusión al tal Jesús María. 

Los comentaristas de la época dijeron que esta deserción se había visto venir, como consecuencia directa del temperamento del muchacho. (Era "volado de genio"). Y, en cuanto a que el joven "mostrara emoción por ser cura, 'pocón, pocón'. —Eso dijeron literalmente, como parte de sus conclusiones. Y añadieron que "no le brotaba la piedad por los poros, sino que, por el contrario, abría los ojos de gusto ante el vino de consagrar y debilidad por cumplir el reglamento del seminario—. Y, como si lo anterior fuera poco, sus compañeros tampoco estaban a gusto con él, por cuanto se mostraba rebelde a la vocación, diciéndole a todo mundo que no le nacía ser cura. Por el peso de tantos argumentos tuvo que coger la bajada. (Es decir, retirarse del seminario mayor diocesano). 

Enrique, quien estuvo cerca de 
ser sacerdote diocesano
(En el modo de hablar pamplonés, coger la bajada, se refería a que como el seminario donde se formaban los presbíteros, quedaba en la parte alta de la población, quienes abandonaban el ideal de consagrarse, evidentemente tenían que cruzar la puerta principal, alcanzar la reja y coger la bajada para irse a su casa, a seguir el curso de la vida secular, como cualquier hijo de vecino. Pues bien. Este hermano del pensionado que lo apodaban el rubicundo, entre otros alias, tuvo que someterse al veredicto: Hacer la maleta, cruzar la reja, y coger la bajada hacia su casa).
Jesús: también cogió la bajada

La última ilusión entonces, para la madre, de que algún varón de la familia se hiciera sacerdote parecía recaer en el último candidato disponible, en el pensionado, el hijo menor. Es probable que al comprobar que ya no habría más esperanza, la decepción se hubiera convertido en lágrimas. Pero jamás podrá saberse con exactitud. Lo cierto es que ella terminó aceptando la nueva situación y conviniendo en que los dos recién casados entregaran la pieza que tenían arrendada y se trasladaran a vivir con ella a la carrera sexta del barrio Girardot. Después de todo, era buena idea porque todos los otros hermanos ya  habían tomado sus propios caminos. Yolanda se había ido para Bogotá a conseguir sus propios sueños. Enrique estaba casado. Jesús haciendo su licenciatura de Idiomas en la universidad de Pamplona. Mario ya era funcionario de una entidad estatal y tenía su propio hogar. Alirio, el radiotécnico, vivía y ejercía en Pamplona. Incluso, para la fecha, su hija Ihlia María, muy valiosa para ella, ya no estaba en la casa, debido a que varios años atrás, había ingresado a la comunidad de hermanas de la caridad del Cardenal Sancha, cuya  sede principal estaba en la República Dominicana.

Sor Ihlia María, ficha valiosa
de la familia Botello

 Desde el año 76, había profesado solemnemente sus votos tras la respectiva preparación para los mismos, dos años antes. Así que doña Alejandrina, así ella no estuviera a su lado, hallaba en ella un aliciente invaluable que seguramente la mantuvo firme y motivada hasta el final de su vida. Había adelantado sus años de primaria en el colegio de esas mismas monjas, en Sardinata, mientras iba estudiando también su vocación religiosa.

El pensionado la recuerda con particular afecto y admiración y sabe parte de su valioso historial, por ejemplo, que ella hizo todo su bachillerato en La Presentación de Pamplona y luego, ya en Bucaramanga, tomó la seria decisión de dejarlo todo para viajar a Bogotá, donde ingresó a la Comunidad sanchina. Desde entonces su papel como hermana y religiosa ha sido de suma importancia en el desarrollo de la familia, siendo soporte material y espiritual de sus padres y hermanos, particularmente, durante los periodos de crisis y de pena. 

Ahora en agosto será la celebración solemne de sus 50 años de vida consagrada, después de una meritoria trayectoria como docente y directiva de varios colegios importantes de la reconocida congregación cubana en Colombia. 

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