1. Forma onírica de recordar a su técnico favorito, su hermano Alirio. Desde los sueños honra su memoria y su talento como profesional y artista de la electrónica.
Concluido el almuerzo de despedida, seguido de las palabras y gestos finales del agasajo, el pensionado se quedaría con la seguridad de que esos momentos y muchos otros compartidos con sus compañeros durante tantos años de convivencia, no sólo ascenderían a la condición de imborrables, sino que también le otorgarían a su imaginación, sin alucinaciones, el don creativo de que, posteriormente, en vigilia o durante los sueños, fuera capaz de volverlos a ver y a sentir, hablando o interactuando con ellos, siendo partícipe de alguna práctica recreativa o institucional.
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Caricatura aproximada del complejo taller de Alirio, el hermano técnico que admiró tanto el pensionado. Le gustaba acompañar sus reparaciones con bromas, cigarrillo y cerveza. |
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| Institución educativa por correspondencia, leyenda del siglo pasado |
Este hermano había ocupado un pedestal en el mundo de sus complacencias, debido a su papel prominente como bromista y juguetón. Y, sobre todo, por haber coincidido con él en su pasión por reparar televisores y equipos de sonido, en la era de las válvulas al vacío, de televisores voluminosos, en su evolución hacia los transistores e integrados.
Este virtuoso de la electrónica que, según contaba su padre, no era de chico muy devoto del agua, porque, a mitad del baño, los rincones de la casa lo oían gritar desesperado: “¡la toalla, la toalla!”. Lógicamente era la estrategia claudicante del boxeador perdido que ya no quiere más paliza, sino que, ¡urgente! el entrenador lance la toalla al centro del cuadrilátero, en señal de rendición. Con el tiempo las cosas cambiarían. Ya en la escuela apostólica, de Bochalema, hoy colegio Andrés Bello, ganaría fama de excelente nadador. Hizo además carrera en otros deportes y habilidades como en el ciclismo y en el billar.
En la ardiente Sardinata, en una casa con techos de zinc, construyó a punta de papel periódico y madera, en uno de los rincones del segundo piso, su propia habitación, donde se concentró en asimilar religiosamente el contenido de las cartillas de autoestudio que recibía por el correo y a devolver los exámenes y las prácticas respectivas, a su apreciada academia Hemphill Schools.
En sus ratos libres de recreo y diversión solía cubrirse la cara con una sábana y entrar repentinamente al interior del balcón donde el pensionado y sus hermanos tenían sus camas, gritando con voz envalentonado: "¡Yo soy el Santo, el enmascarado de plata!" Como todos sabían que a semejante leyenda nadie le había visto el rostro, los hermanos en manada se lanzaban a despojarlo de la improvisada máscara, en una lucha frenética y chistosa, de la cual el falso enmascarado de plata escapaba a duras penas, abandonando la sábana, pero sin que sus agresores pudieran verle ni siquiera las narices. Al rato regresaba, haciéndose el tonto, preguntando:
"¿Ustedes, por casualidad, han visto por estos lados, al Santo, el enmascarado de plata?"
Sus hermanos nunca se ganaron el orgullo y el mérito de revelarle al mundo la identidad de ese célebre boxeador chiviado, pero, a cambio, lo inmortalizaron como el hermano chistoso y burletero, cuyo afectuoso recuerdo anidará para siempre en la historia familiar.
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La Modern Schools fue igualmente una famosa academia postal |
Fue precisamente allí, en su taller, donde ocurrió la escena que el pensionado describe tal como ocurrió durante sus sueños, con los ingredientes alucinatorios de una producción onírica.
"Mi hermano Marco Alirio, —escribiría al respecto el pensionado— en su época de técnico cotizado, durante la cual era incluso capaz de inventarse y adoptar repuestos como por arte de magia, se sonrió compasivamente delante del cliente de turno, el cual, mirando su televisor, como doliente a su difunto, le preguntaba con angustia: "¿Por qué se dañaría si estaba bueno?"
Fue entonces cuando, enseguida, le acercó atento un banco —bueno a la vista— para que se sentara mientras él se entregaba a las inspecciones de rigor, como un médico a su paciente, a fin de establecer un primer diagnóstico y empezar el tratamiento o la cirugía, si le era menester.
Sin embargo, y para colmar las aflicciones del hombre, apenas posó su humanidad en el viejo mueble, una de sus extremidades estalló en pedazos, ocasionando en el taller una verdadera explosión, por cuanto el cliente que era de mucho volumen, cayó de espaldas contra una pila de aparatos viejos ya desahuciados. Nunca antes tanta chatarra junta había hecho tanta bulla.
Mi hermano corrió a su lado, ayudándolo con mucho esfuerzo a levantarse. Le ofreció disculpas y le expresó de inmediato su sentido pésame por el desafortunado incidente. Luego, alzando en alto lo que quedaba del butaco, se preguntó en voz alta, y con aire socarrón, mientras el cliente sufrido se sobaba con sus manotas los bolsillos de atrás:
"¿Por qué se dañaría este banco si estaba bueno?"
Pregunta irónica que no le gustó para nada al gran hombre que le reclamó malhumorado:
"Mejor yo le pregunto: ¿Por qué no compra cosas de calidad que sean buenas, que no se dañen?" A lo cual, replicó el técnico: "¡Esa misma pregunta les hago yo también a mis clientes cuando me traen, sin garantía, aparatos dañados a los pocos días de haberlos comprado!"
Y antes de que el cliente pudiera replicar, decir malas palabras o iniciar una batalla verbal, mi hermano de inmediato pasó a explicarle que todo aparato es una suma de sistemas. Y que bien puede suceder, —les explicaba como buen docente—, que algún componente, en cualquier momento, en cualquier sistema, muestre síntomas de fallas por sobrecargas de voltaje, por calentamiento tras largo uso, por abusos técnicos, o materiales internos de baja calidad.
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| Marco Alirio Botello, un técnico bueno, de buen humor y genial |
"Algunas partes —iba concluyendo— van 'sufriendo' de manera callada dentro de los sistemas, van desarrollando debilidades o predisposición a las fallas. Como le pasó a la pata del taburete —concluyó– ya tenía su mal interno por gorgojos, por haber soportado sobrepesos o por haber padecido malos tratos... ¡Pero hay algo más, amigo! Por lógica humana, las cosas para que se dañen ahora, obviamente deben estar previamente buenas. No se daña lo dañado, porque simplemente ya está dañado".
Filosofía era lo menos que necesitaba en esos momentos el dueño del televisor descompuesto. Lo único que quería oír era si tenía arreglo y cuánto costarían las maniobras de reanimación. Mi técnico favorito entendía eso perfectamente, así que, con palabras conciliadoras y amables, calmó a su cliente, tomándose a continuación varios minutos para diagnosticar debidamente al aparato paciente.
Al cabo de un rato, les explicó la evaluación final de los daños. el veredicto final: Un impulso de alta tensión, por carecer el aparato de estabilizador, había puesto en corto un componente esencial en la sección de alimentación. Había sido tan rápido que había quemado también el flyback, o sea el transformador que enciende la pantalla y produce voltajes secundarios para el enfoque, el brillo y otros circuitos, que a su vez también habían sido estropeados por la onda eléctrica desmedida.
El doliente del televisor comprendió que la cosa había sido grave, que tenía que meterse la mano al dril y sacar mucho billete. Pero se consoló cuando el técnico, que no era para nada carero, le hizo números y le pintó fácil su tarea de pagar en cuotas módicas. Cerrado el trato, el gran cliente, ya calmado y con buen humor en su cara, salió del taller, señalando la silla del accidente y diciéndole al técnico, en son de tomadura de pelo:
"Y ¿esa también se dañó por un sobre voltaje?"
Y Marco Alirio, sonriendo serenamente, asintió con la cabeza. Pero, para sus adentros, le contestó como Jesús a Judas:
"¡Tú lo has dicho, amigo mío, no resistió la sobrecarga!"





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