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lunes, 18 de abril de 2011

LOS 20 MOSCOS Y PREPARANDO SU DESGRACIA

Hacendosas llamaban las abuelas a las personas que se acomedían a la prestación de servicios varios en la casa. Eso y más eran los miembros de la generación de nuestro padre, como factor común, aunque también como ahora existían muchas excepciones; pero no se refería el término tanto a los menesteres mujeriles como trapear, barrer, restregar ollas y platos. Esos trajines no eran concebidos aptos para el consumo masculino de energías. Pero sí otros menesteres hogareños como pintar paredes y enseres, ajustar puertas; o apersonarse de ministerios artesanales como componer un perol averiado, una porcelana desportillada, un techo caído o una canal con gotera tal como lo quiso hacer Marbolleán, –así firmaba sus escritos domésticos– una mañana con poca suerte, o mejor, con poco equilibrio, porque no más cuando se aprestaba a revisar de cerca el cuerpo del delito, se vino escalera abajo, tal vez por omitir las normas básicas de mirar bien donde se pisa.
Lógicamente estallaron las alarmas en la casa, el asombro y la angustia por parte de nosotros. Nuestra madre, mujer de gran control emocional, un poco menos dramática, acudió presto en su ayuda con la diligencia visible que calificaba a las mujeres de su generación también. En contraste con nosotros que no pasamos del simple mantener la boca asombrada y los músculos completos inmóviles, característica casi exclusiva de las estatuas. (De ahí que muchas madres acuñaron la expresión para los hijos que no se acomedían a nada: "No se queden ahí como estatuas. Hagan algo").
Ella lo levantó y se lo llevó con ayuda de vecinos solidarios a la sala de emergencias del consultorio del doctor Lozano. Urgía que le revisaran toda su mumanidad, después de semejante suelazo, sobre todo una oreja por donde parecía brotar sangre aterradora.
Siguieron minutos largos transformados luegos en horas de suspenso y de espera ansiosa, hasta que por fin nuestra madre cruzó el umbral de la casa con los primeros informes médicos. Uno de nosotros, preocupado por la suerte del accidentado se apresuró a preguntarle a tan inolvidable y buena samaritana –fue una pregunta que hizo célebre entre nosotros a ese muchachito de entonces–. Y la pregunta fue: "Y ¿qué le dijo Lojano?" Vino la natural corrección de los otros que como siempre creían saber más y mejor el idioma que Cervantes: ¡Mira, chinito, no se dice LOJANO!
Pero en esas, sin haber llegado la respuesta, apareció nuestro padre con una venda exagerada a la altura de la oreja derecha si mal no recuerdo que no le impedía presentarnos una sonrisa socarrona de oreja mala a oreja buena. "¿Quieren saber –preguntó– que me hizo el doctor?"
Todos movimos de arriba abajo la cabeza y él entonces nos propinó una especie de cocotero verbal, –o sea coscorrón verbal– diciéndonos: "Me sacó veinte moscas de la oreja"
Quien había preguntado de nosotros se quedó como el estudiante que jamás estudió las figuras literarias ni esas cosas del lenguaje figurado, se quedó pasmado. Sí, literalmente pasmado: "¿Cómo así? ¿Le sacó veinte moscas de la oreja? Y ¿cómo lo hizo", Se atrevió a salir del pasmo porque ese dato entrañaba un misterio científico, profundo y desafiante.
Y otra vez los sabihondos semánticos lo estrujaron –o ¿lo estrujamos?– con nuestras rudas correcciones idiomáticas. "¡No seas tonto –creo que le dijimos– no se refiere a las moscas del comedor!"
Creo que este hermano, un poco más arriba mío, a estas alturas de la vida tampoco recuerda que nuestro padre, tomando del pelo, quería darnos a entender que el médico, por hacerle una simple curación, le había pelado veinte valiosos pesos que a la fecha representaban de pronto medio salario mínimo o cuanto él se ganaba durante toda una jornada de sudores. Pero ese era nuestro padre. Era como él mismo lo reconocía con humor: "Mamoncito, Mamoncito".
Luego, por la noche, –nosotros sentados a su alrededor y él, en el centro, sin demostrar congoja por la caída,– nos contaría la historia de un tal Valentín, el cual, una mañana de fiesta, tras una recia alborada de morteros y voladores, se dedicó a inspeccionar los alrededores de la finca:
"Más tarde –narraba nuestro padre– lo veríamos sospechoso, saliendo y entrando de la cocina, sin razones aparentes, como si estuviera tramando algún tipo de conspiración o estrategia de espionaje. Iba luego hasta una mata de plátano, donde rápidamente se camuflaba entre sus hojas. Pero, así son las cosas cuando están para suceder. Insisto en que uno no debe ser 'impávído' , es decir, no callarse y guardarse las 'vainas'. Uno debe ser comunicativo"
(Insistía en ese punto y nuestra madre lo secundaba, porque sabía que cuando los hijos hacen las cosas a escondidas –sin contarle a nadie e incluso sin cómplices– corren el riesgo de meter las patas. (Eso exactamente decía: meter las 'patas' o meter las 'quimbas', apuntaba en otras ocasiones empleando un sinónimo, algo así como meter las patas con todo y zapatos.)
"Pero también andábamos muy entretenidos nosotros –remataba la historia nuestro padre– también "impávidos" porque a nadie se le ocurrió parar al pequeño sospechoso para interrogarlo sobre sus entradas y salidas".
Hasta que por fin, el asunto misterioso literalmente reventó: Allá, en el fondo detrás de la mencionada mata de plátano, se escuchó una soberbia explosión. Y, tras ella, en medio del humo y del chispero que generó el colosal estropicio, apareció tiznado y doliente el malaventurado valentín con un pedazo de veladora en la mano.
Fue cuando la tía Josefa, cuando todos todavía estaban pasmados por el estruendo, comentó con su voz grave, lenta, mamona y detectivesca:
"Yo sí veía que Valentín entraba y salía. Pues qué iba a ser: Estaba preparando su desgracia"


LA ABSOLUCIÓN DEL AMERICANO

Editorial del OBSERVADOR ONCE

Muy convencido de que la presencia y la virtud de un estadounidense genuino me servirían de afrodisíaco para que mis estudiantes aumentaran su apetito por el aprendizaje del inglés, conquisté a uno de esos monos del Norte para que con esa misión viajara conmigo hasta la vereda en la cual se hallaba ubicado el colegio donde laboraba hace ya muchos años, en un lugar remoto del mundo, "de cuyo nombre no quiero acordarme".

La mañana escogida para la experiencia–, el ilustre importado soñó con acomodarse en la silla esponjosa de un campero elegante de mi propiedad, (suponía que yo había superado ya el subdesarrollo, gracias precisamente a la educación), pero como no era así y apenas tenía para pagarle el mero puesto en un bus pequeño, ruidoso, saltón, tuvo entonces que resignarse a hacer el viaje acosado, en un puesto duro, incluso con las rodillas aprisionadas contra el espaldar del pasajero de adelante que tampoco estuvo a gusto con las zancas punzantes del gringo.

El sufrido bus, como lo hacía habitualmente debía abrirse paso hasta el colegio por una trocha pedregosa, plagada de escombros, basuras y cráteres lunares. Y, era entonces cuando el Americano, al brusco son de los baches y al cruel compás de los vaivenes, cada que los amortiguadores gruñían, brincaba hasta el techo o se balanceaba hacia los lados. Yo, inquieto y asustado, lo detallaba no fuera de repente a salir despedido del vehículo. (¡Imagínense, no le había sacado Seguro!). Fue entonces cuando me lanzó el primer comentario, casi como un grito de angustia y socorro: "Hey, First, We've to fix this!" ("¡Primero debemos arreglar esto!") A lo cual, medio entendiendo, le contesté: "Yeah, Yeah! Tomorrow We'll do it!" (Que quiere decir, ¡yes, yes, mañana lo haremos!).

Pero quedaron resonando las palabras del norteamericano en mi cerebro como maracas, pues para él –como lo entendí después– era inconcebible que la ruta hacia un centro de estudio y cultura, presentara un estado tan salvaje y primitivo, no sólo a causa de un liderazgo defectuoso de los políticos del momento, sino también porque los actores principales de la región ––entre ellos naturalmente nosotros–– no estábamos desplegando suficiente actividad en ese aspecto. No era admisible para él, agente de desarrollo y cambio, que la educación de ciudadanos con valores totales no se tradujera, gracias a su gestión y protagonismo, en obras materiales de mejoramiento y bienestar con respecto a los entornos donde ellos existían y se movían.

En la parte de atrás, mientras seguíamos nuestro viaje tan sísmico y con vallenato estridente en los parlantes del bus, los estudiantes viajeros como nosotros reían a gran volumen y charlaban con entusiasmo, completamente acostumbrados al mal estado de la vía y ajenos obviamente a la problemática de las piedras, del polvo y de los huecos tenaces. Los demás pasajeros ya teníamos también los riñones bien entrenados y las narices con filtro. Después comprendería –soy de reacciones mentales demoradas– cómo existen pueblos cuya democracia es frágil y de pésima memoria, que aceptan mansos y mensos la miseria administrativa y la inoperancia escandalosa de los jefes que ellos mismos han escogido. (El colmo masoquista es que los reeligen hasta por cinco veces o más.)

Pero el cuento hasta ahora empieza. Cuando ya estábamos próximos al colegio, en los últimos treinta metros, unas depresiones abismales, hicieron que el bus al estilo mátrix detuviera el tiempo. Lo detuvo tanto que alcancé a meditar que si los conocimientos y las competencias adquiridas no ayudan a mejorar las condiciones de vida transformando la realidad, si no sirven de estímulo y aun de herramientas para resolver los problemas de malestar y de baja calidad de las circunstancias, merecen ser perentoriamente replanteados.

Pero adelantemos bastante la historia: Cuando el norteamericano tuvo ganas de refrescarse y de hacer una sencilla necesidad del cuerpo, (después de conversar animadamente con los estudiantes sobre la maravillosa importancia de hablar Inglés en este mundo globalizado, para conocer culturas, intercambiar experiencias, viajar y ser ciudadanos prestantes del mundo, etc., etc.), se quedó frenado, frente a las puertas del baño, ante los tubos sin grifos y sin agua, tratando de no respirar siquiera... ni de hablar tampoco.

Después, anduvo por los corredores sembrados de papelitos y restos multicolores... Y tampoco dijo nada. Desmenuzó con los dedos la tierra reseca de una jardinera vacía y luego llegó hasta la cancha donde unos chicos jugueteaban con una garra que alguna vez en otra reencarnación había sido balón. Pero tampoco dijo nada.

Yo me creí en la necesidad de hacer algo. Entonces, antes de que siguiera observando y se le ocurriera alguna sugerencia ingrata contra nuestro glorioso colegio, poseedor también de muchas virtudes, me adelanté a comentarle, señalando las nubes negras con ademanes de experto en el clima, que iba a llover muy pronto: "it's going to rain very soon. Isn't it?!" (Le dije en mi modesto inglés)

Al punto y con cierta picardía en sus ojos azules, el visitante me replicó: "It's better, because there is no water in the bathrooms" ("¡Es mejor que llueva, porque no hay agua en los baños!) ("Besides it's very good for all the plants you're growing here" (Además es muy bueno para todas las plantas que cultivan aquí")

Sonreí seriamente mientras iba desgranando en mi conciencia los pecados de obra y omisión cometidos como docente, especialmente por no ser impulsor de cambio. Luego, de manera inconsciente, como en la Misa, me llevé la mano derecha al lado izquierdo, justo sobre mi apenado corazón, y musité piadosamente: "¡Mea culpa, mea culpa!"

El mono que sabía también Latín y tenía buen oído, rió en inglés y comentó jocosamente en Castellano:

"Tus pecados están perdonados. Pero no vuelvas a pecar...

Y agregó: La Educación debe ser considerada como una gracia y como un poder. No como vana teoría de números o letras inaplicables; debe generar resultados: arreglar espacios, componer la vida de las personas, impedir la existencia de esquemas que las martiricen o empobrezcan. Incluso, fomentar ámbitos estimulantes de creatividad y producción"

No consideré erradas estas ideas del gringo para quien educar era similar a evangelizar. No tomé como sátira ni mala educación el que hubiera aludido con humor y precisión a los efectos de una educación que sólo se limite a buscar la potencia de la teoría, el almacenamiento de ideas o el solo trámite de sentimientos infecundos al margen de los problemas reales del medio. No nos estaba pidiendo que necesariamente dejáramos las aulas para empuñar los picos y las palas y nos pusiéramos a construir un acueducto, o nos pusiéramos con carretillas a tapar los huecos endiablados de la carretera. Seguramente estaba pensando en una educación que suscitara en los estudiantes un vigoroso espíritu productivo, de liderazgo, actuante, no indiferente a la problemática del entorno.

Pero tampoco me parecieron descorteses las insinuaciones realistas del americano sobre nuestra condición institucional en ese entonces, porque es necesario, como el ciego de nacimiento, empezar a reconocer con realismo los defectos y las fallas.

Al final, tras sostener una charla larga al respecto y, cuando ya estábamos convencidos de que habíamos arreglado el universo, abordamos el bus para reiniciar la aventura del retorno.