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miércoles, 15 de julio de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO CAPITULO 11

 Le fue imposible pronunciar en el almuerzo de su despedida pensional, delante de sus compañeros, un discurso histórico. Sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante.

10.  EN EL PASADO CON SU PADRE

Cálida e inolvidable celebración de compañeros

Mientras se entretenía descubriendo el obsequio que le habían entregado sus amigos docentes, en su despedida pensional, se transportó felizmente a otro momento histórico de celebración con un grupo escogido de colegas en la residencia de Ruby, la profesora de matemáticas, tratando de establecer sin éxito cuál había sido la bendita razón para reunirse a festejar a finales de octubre de ese año. Descartando la opción de que haya sido por la proximidad del Halloween, (no se ven escobas ni disfraces en la gráfica), cobró validez la posibilidad de que hubiera sido para conmemorar cumpleaños acumulados durante el año. Independientemente de las causas, se puede concluir que fue una oportunidad de oro para compartir tiempo, sonrisas, viandas y fortalecer los ojalá inmortales vínculos de amistad y compañerismo. En este momento capturado por la cámara, los ilustres compañeros entonces del pensionado están a punto de hacer el brindis ceremonial. Sentada está la madre de la anfitriona Ruby, luego está Rosalba, (adoradora de nietos); enseguida una de las Claudias, del colegio, (santandereana desparpajada). A continuación, los profesores Alberto, (el juguetón), Milinsa, (pan de Dios), Luis, uno de los Césares, (el pensador), Andrés, (el demócrata), otro de los Césares, (el Magno), el sosegado Raúl, Ruby, otra de las Claudias, (una bilingüe genial); y, en el extremo derecho, Luz Mila, la heredera de la sede de Barbosa. 

Después quedaría bajo investigación por qué no salió en esa foto el papá de Ruby, artesano genial, de grandes virtudes, a quien la profesora lo mantiene, (no en el sentido que están pensando), lo mantiene, junto a la madre, en un merecido pedestal. (Estaría tomando la foto o quizá organizando sus artesanías).

Y de la misma forma, así como la espontánea y activa profesora Ruby pone "en la cumbre de sus alegrías" al padre y a la madre, igualmente el pensionado ha elevado al altar de sus eternos recuerdos a su padre y a la madre. Es entonces muy fácil para él, más en este mes de junio, que fue el de su cumpleaños, cerrar los ojos y regresar gratamente al pasado, a reunirse con él y con su legado.

Evocaba, pues, la grata memoria de su padre, el cual, aparte de administrar con mucha propiedad el lenguaje oral, también reservaba tiempo, en la mesa del comedor, para redactar fervorosamente cartas o versos, con tinta clásica o "chuzando", con los índices de sus pesadas manos, las teclas bochincheras de su máquina de escribir. Al ritmo de las rondas cerveceras, le agradaba entonar las tonadas de despecho a cappella, o al ritmo de las cuerdas festivas de su inseparable tiple.

Para él los versos arrabaleros, de las hermanitas Calle, de los Relicarios y otros similares de cantina, ocuparon los primeros lugares de su preferencia musical. Como fiel admirador del lenguaje florido y de sus autores, recitaba de memoria largas líneas inspiradas e incluso nos declamaba parte de las estrofas compuestas por él, el cual, muchas veces, al pie de las ventanas nocturnas, dedicó, con ínfulas de Tenorio, a las mujeres que lo desvelaban.

Pero, primordialmente el botín más valioso de su herencia inmaterial, lo conforma su chispa y buen humor. Desde luego también tuvo sus tiempos de mal genio, tiempos de rabietas, de decir malas palabras, de cometer desmanes, sobre todo cuando se dejaba tentar por el diablo del licor. Sin embargo, el pensionado, prefiere recordarlo en su facha de bueno y sano, deleitando a los suyos con sus chistes recalentados, con sus historias trilladas, pero como nuevas, sus apuntes ingeniosos y sus chanzas, relacionados con su profesión de dentista o con sus experiencias de viajero y conocedor de mundo. 

Desde allá, desde la finca del Edén, en el Gramalote antiguo, la cuna del padre del jubilado, comenzaría el ejercicio de sus dotes de cuentero, tras la comida vespertina, cuando ya los arreboles se apagaban sobre el filo de las montañas y el trémulo resplandor de una lámpara de aceite intentaba insinuarse en el interior de la cocina. Era entonces el momento oportuno para que los ex comensales, a fin de burlar el aburrimiento y para no buscar tan temprano las esteras, dieran vuelo a la costumbre de conversar según sus antojos, de buscarle incluso juego a las sombras y gracia a las siluetas en los muros. Gustoso momento hogareño para gastar bromas y pasarla bonito en buena compañía. Fue desde allá entonces, por ausencia de luz eléctrica, de radio o televisión y de otras distracciones modernas, que el padre brillante en expresión oral empezó a compartir buena parte del menú de sus narraciones y experiencias jocosas. Si no era al principio de la noche, entonces era al inicio de la mañana, tras el cariñoso amanecer, en torno a la mesa, listos a saborear un chocolate espeso, con pan y queso manufacturados en casa. Y si no era tras el desayuno, porque muchas veces los abundantes quehaceres del campo los dispersaban pronto, había que buscar otros momentos de recreo, bien al mediodía o en las celebraciones especiales.

Apenas comenzaba a hablar, todos le lanzábamos una mirada de distinción como a patriarca de la narrativa, de memoria sorprendente y estilo jovial, que incluso se reía de sus propios chistes.

De allá seguramente, proviene el cuento del papá del pensionado cuyo protagonista era una señora, amante de las novedades, que se entusiasmó de remate con la noticia de que había llegado al parque del pueblo un vehículo que hacía bulla, echaba humo y rodaba rápido sin ayuda de caballos. Le hervían entonces, por dentro, las ganas de montarse en él y pasearse por las calles. Sin embargo, la información sobre semejante novedad no había sido muy completa para ella, ni muy clara tampoco. Además la semántica no era su fuerte. Y como, a la sazón empezaron a circular los términos de chofer, de carro, palanca, clutch y de todas esas nuevos vocablos que muchos escuchaban, pero ni sabían diferenciarlos ni aplicarlos. Por eso fue que la señora en mención, irrumpió en el parque, exaltada e impetuosa, gritando: “¡Quiero montarme en el chofer!” 

El chofer —cuenta don Marcos, riéndose—, se emocionó internamente con la idea. Pero, sin burlarse de ella o hacerle un comentario de doble sentido, pasó más bien, a explicarle con mucha pedagogía y educación, la diferencia entre carro y chofer. La señora, lejos de sentir vergüenza se dejó corregir y, en seguida, saltó al estribo del carro dispuesta a cumplir su sueño. 

Por otra parte, así como lo hizo la señora que quería montarse en el chofer, don Marcos — o Marbolleán, como solía firmar sus escritos— también dejó aumentar el caudal de sus cuentos urbanos y anécdotas campestres, con sus propias experiencias, con sus logros o fracasos. 

Por ejemplo, una vez fue acusado ante las autoridades de agredir verbalmente al sastre del pueblo por una desavenencia comercial entre los dos. Por ese motivo el alcalde lo citó a su despacho para que presentara descargos o se disculpara con el ofendido. A la citación se presentó, como la ley lo facultaba, con un tal Calixto Moros, para que hiciera de abogado o conciliador entre las dos partes. Era su compañero de farra, de su confianza, medianamente letrado y sin pelos en la lengua. 

En la audiencia  se acaloraron tanto los ánimos, porque el sastre insistía en declararse inocente y víctima del acusado. Don Calixto que también era un fósforo no dejaba de replicar y hostigar gritando a la parte acusadora. Fue entonces cuando el alcalde, muy contrariado por el desorden en la sala, a falta de martillo, palmoteó estruendosamente la mesa. Ante el estrépito, todos guardaron silencio. En seguida, le impuso al improvisado abogado defensor, una multa de diez pesos –cifra respetable para la época– . Don Calixto, con sorna y dignidad postiza, sacó dinero de la cartera. Y,  levantando aún más el tono, vociferó: 

¡Aquí  tiene los diez pesos de la multa. Y aquí tiene otros diez pesos más, para que me deje seguir hablando!

Al padre del pensionado lo entusiasmó tanto esa actitud explosiva de su defensor, su reacción rápida y certera que de él nos dejó otras historias, como aquella de peligro y pronóstico reservado, cuando a su prestante tienda esquinera, se presentó intempestivamente un mala paga, portando un viejo revolver oxidada, gritando furioso que venía a saldar una vieja deuda con el dueño, no con plata sino con plomo. 

Como es de imaginarse, el arma del desafiante, tal vez presente en la guerra de los mil días, había estado dormida mucho tiempo. Lo suficiente como para que la inacción pusiera óxido en sus entrañas. Resultó entonces que, tras ser accionada repetidas veces apuntando hacia el tendero, no disparó un solo tiro. Ante lo cual, don Calixto, imperturbable y pausado, extrajo de debajo del mostrador un brillante revolver en buen estado, de cañón largo, que de inmediato se lo puso entre ceja y ceja, con fingida pero creíble mirada asesina, gritándole en la cara: 

“¡Este sí prende!”.

En verdad, no existían en la mente del bondadoso Calixto Moros intenciones criminales de querer enviar a ese fulano al más allá. Como imitador de actor burletero del oeste, más bien, inclinó el arma, haciéndole varios disparos alrededor de sus alpargatas. El tipo, aterrorizado hasta los huesos, bailó mientras duraba el compás de los tiros, antes de salir despavorido de la tienda. Poco tiempo después regresó al mostrador de don Calixto, no altanero, sino más bien humilde y contrito, a pagar la deuda casi sin decir nada. Pero sus cotizas, otrora danzantes por temor al plomo, no volvieron jamás a pisar el tapete de fique de bienvenida. 

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