Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante…
6. ESCARBANDO EN SU PASADO REMOTO
Mientras se extinguían los aplausos de los asistentes, el pensionado nuevamente partió de viaje, en el tiempo, hacia Arboledas—, ubicándose en la calle de El Pailón, justo en el interior de la miscelánea que atendía su futura madre, mujer "buena moza", de 28 años, edad considerada en esa época más que conveniente para que las mujeres de buenas familias se casaran. Dejó fluir entonces la magia de la imaginación sorprendiendo una conversación suya con una vecina de plena confianza: "¿Se ha dado cuenta —le comentaba animosa la vecina— que llegó un dentista de Gramalote, soltero y buen hablador?" Y ella, como quien no quiere la cosa, le replicó que ya lo había conocido, que era un gramalotero errante, un "pobre dentista", que venía a su tienda a tomar aguardiente, aunque le gustaba más la cerveza: "Yo vendo sólo aguardiente, —le agregó además— y no esa 'pichera', (la palabra despectiva que se usaba, en el ambiente de las puritanas, en lugar de cerveza, porque estaban convencidas de que cuando los maridos exageraban alzando el codo, o sea bebiendo demasiado esa "pichera", no sólo malbarataban la plata que deberían llevar a sus mujeres, sino que también se volvían agresivos, mal hablados y hasta destructores de las vajillas y de otros enseres de la casa. "También viene a buscarme la conversa" —añadió fingiendo indiferencia mientras frotaba con un limpión el mesón donde se llenaban las copas. Esa tal "conversa", también tenía una connotación especial, era parte del armamento usado por un conquistador del siglo pasado para ablandar un corazón y caerle en gracia. Y, de hecho, eso ocurrió relativamente rápido con la dueña de la tienda, no sólo se le ablandó el corazón, sino que se le derritió en el pecho por ese sacamuelas —como se les decía a los dentistas de dudosa reputación universitaria—, porque, al cabo de tres meses de estar en conversas y en aperitivos de aguardiente ("jugo de mandrágoras", como jocosamente solía llamarlo el dentista), viajaron a Cúcuta, a la iglesia de san Antonio, y, sin marcha nupcial, sin ni siquiera hacer cursillo de preparación, contrajeron matrimonio. El calendario señalaba: Jueves dos de enero de 1941.
Años después, al evocar ese episodio tan sagrado para ella, con la lujosa retentiva que la adornaba, doña Alejandrina contaría con rastros de desilusión que no hubo ninguna apetitosa luna de miel, porque "él no tenía un centavo", y ella tampoco. Y no había nadie que les prestara para gastar celebrando. La tienda familiar no daba para un viaje o grandes festejos. El consultorio dental no estaba dejando muchas ganancias. Según la creatividad de los maliciosos, pasaron entonces resignados la noche buena de la boda, en un hotel de la ciudad. A la mañana siguiente, hicieron lo de cualquier parroquiano modesto, coger la flota para regresarse a Arboledas. Una vez allí, trastearon el gabinete dental del dentista a su casa, a compartir espacio con la miscelánea, para mayor economía. Y así comenzaron una vida de casados austera y con afanes. Los tiempos eran exigentes. El dinero se veía poco. Y, buena parte del dinero que se veía, el dentista lo gastaba en la tomata con sus amigos, una de sus perversas debilidades, por las cuales ya había sufrido su señora madre, doña Josefa, quien no cesó de aconsejarlo, de una u otra manera, para que dejara ese vicio. "Menos mal, —se consolaba doña Alejandrina, —quien iría a padecer hasta el extremo los efectos del alcoholismo de su esposo— menos mal que don Gerardo, (Así se llamaba su padre), no vivió lo suficiente para enterarse de que a su hijo le iba a gustar mucho emborracharse, por cuanto en 1925, sin alcanzar los cincuenta años, murió a causa de las fiebres del tifo". Para la época, el tratamiento del tifus era rudimentario, y sólo empezó a ser exitoso a partir de 1940, con la aparición de un antibiótico adecuado. Don Marcos quedó entonces huérfano de padre, contando con tan sólo quince años.
Cuenta la leyenda que a raíz de tan severa experiencia como lo es la muerte de un padre en una edad relativamente temprana, el chico Marcos tomó conciencia de la necesidad de ser útil para la numerosa familia, entre quienes se contaban personajes interesantes como Juan, (el mayor); Benito, (Activo y cándido), Francisco, (trabajador y paciente); Pablo, (el formal); Valentín, (el animoso); Josefa, (la fabricante de quesos); Margarita, (la charlatana); Brígida, José del Carmen y Jesús María, (los más quedados de la familia). Magdalena, (la mayor); un tal Expedito (sin calificativos). Más otros dos hermanos, cuyos datos notariales no son conocidos por este escritor, porque fue el padre del pensionado el encargado de informar que habían sido 13 hermanos, sin contar registros de pueblos vecinos. El pensionado los conoció de oídas, gracias a las charlas de su padre, con excepción de sus tías Josefa y Margarita, y de su tío Jesús María, a quienes sí los conoció en vivo y en directo porque los visitaba cuando él, su padre y hermanos, subían a la enorme finca del Edén donde se mantenían.
Fue entonces, tras esa dura experiencia de la muerte de su progenitor, que decidió, prácticamente obligado, aplicarse a las faenas propias del campo, precisamente allá, en la finca del Edén, mencionada arriba. (Era llamada así por sus moradores talvez por su parecido en el espejo con el bíblico paraíso terrenal). Todo parece evidenciar que efectivamente se dedicó largos años a los exigentes trajines agrícolas y ganaderos, hasta el día en que, seguramente con las vacas al frente, con el fuete en la mano, y mirando hacia el pasto, exclamó: "¡Basta ya, esto no es para mi!" Quiero decir, con otras palabras, que el futuro padre del pensionado se cansó de las labores campestres y, recapacitando, en confidencia y complicidad con doña Josefa, su progenitora que lo quería bastante, se propuso aprender un arte para independizarse. Estaba claro que no quería para él únicamente arrear bestias, ordeñar vacas, sembrar yuca o arracacha, componer cercas, velar por sus hermanas y codearse, a veces con discrepancias, con sus rudos hermanos. Era un hombre de aspiraciones, como les aconsejaría a sus futuros hijos que fueran en este mundo, cuando les repasaba esa parte de su vida.
![]() |
| Don Marcos: siempre elegante |
El pensionado sonríe conmovido, precisamente al revivir esos consejos suyos sobre ser persona de aspiraciones. (O de buenas ambiciones). Le parece escuchar a sus vecinos y conocidos que se apresuraban a saludar a su padre, con esmero, donde se lo encontraran, con el título nobiliario de don: don Marcos. Y él, siempre elegante, encorbatado, con saco de paño, devolvía el saludo, añadiendo, con risas, algún comentario jovial. Esa había sido precisamente otra de sus aspiraciones, la de ser distinguido, con estampa opuesta a la de un campesino raso, de quien seguiría conservando las mejores actitudes laborales, así como también otros comprensivos y respetables modales de su ascendencia campesina.
"Otra de sus aspiraciones también había sido la de escribir poemas o cuentos —nos complementará el pensionado—, habiendo escogido el seudónimo Marbolleán. Si bien no escribió libros, se destacó por su habilidad oral para narrar cuentos o reinventar historias. Cuando ya había superado la barrera de los noventa años, todavía seguía laborando en su gabinete dental en Pamplona. Seguía obstinado en no quedarse quieto, firme en su aspiración de ejercer el arte que había escogido hasta el final. Y lo consiguió hasta la noche del 2 de julio, la víspera de su viaje final.
Regresando entonces a la resolución marconiana, (es decir, de don Marcos), de aprender un arte para independizarse, se inclinó, no se sabe a ciencia cierta porqué, al arte de adecentar y trabajar por el bienestar de las muelas, o, mejor, de quienes las tienen o no las tienen, es decir, a la odontología. Y la llamó así, arte y no una simple profesión, por las razones que expone precisamente un artista, según las cuales, él crea una obra atractiva para el bien de otra persona, obra para la cual se ha preparado por vocación y se siente realizado llevándola a cabo. El dinero recibido por la misma es justo y viene por añadidura.
"Fue entonces —nos cuenta el mismo pensionado— que puso inmediatamente en marcha su proyecto de vida, eligiendo de modelo y guía al dentista del lugar, un tal Bruno Escalante, veterano en la materia, no titulado pero competente en sus labores, (lo calificaba de tegua, sin ánimo de ofender), con el cual hizo el contrato de aprendizaje pagándole con el préstamo de cien pesos que su mamá, doña Josefa Molina le había hecho sin intereses. A partir de ahí se dedicó a observar atentamente cómo trabajaba su maestro empírico, a escucharlo devotamente, a llevar a la práctica sus instrucciones, ávido de que le transmitiera todas sus habilidades dentales, las cuales, a su vez, él había heredado de otro antecesor suyo, (otro "tegua", seguramente, que compartía sus saberes como una especie de económica tradición comercial.
"Entre muchas destrezas, nuestro padre aprendió, de tan buen maestro, a forjar el oro para hacer puentes o encapsular dientes, para adecuar las bocas de tantos urgidos de sonrisas que mostrar; o angustiados por sus molares sin esperanzas de resurrección: Mentaría muchas veces con gratitud el nombre de ese personaje que lo encauzó por tal arte lucrativo de la dentistería, el bendito Bruno Escalante, su pedagogo no titulado, insistiendo también, con cierto tono triunfal, que había llegado a ser un odontólogo pragmático, con numerosa clientela satisfecha con su desempeño, y agradecida con sus buenos trabajos. Muchos años después, cuando ya empolvados, colgaban nuestros diplomas de la pared, apuntaría con orgullo que gracias a las muelas había sacado a su numerosa familia adelante. Una hazaña por la cual mantendremos su figura en un pedestal, como tributo a su ingenio, a esa admirable capacidad de trabajo que mantuvo hasta esa noche, que mencioné, del dos de julio, cuando iba de un lado a otro de su 'operatoria', rotando entre sus manos y lustrando, antes de irse a la cama, la última de sus prótesis dentales que deseaba entregar con gusto el día siguiente.
![]() |
| El parque de Gramalote tal como lo conoció el padre del pensionado, don Marcos, quien promediaba sus treinta años cuando decidió mudarse a arboledas para ejercer allí su profesión de dentista. |

.jpg)

.jpg)









.jpg)



