Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante…
Translator
miércoles, 18 de marzo de 2026
MEMORIAS DE UN PENSIONADO (parte cuatro)
lunes, 23 de febrero de 2026
MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte tres)
Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante…
3. DE REGRESO A SUS RAÍCES
Se le pasaba entonces por delante de sus ojos mentales el viaje que hizo a su pueblo original a mediados del 2022. Desviando su Ford de la Central, poco antes de llegar a Pamplona, había tomado un carreteable, (que no se recomienda), hacia Cucutilla; donde se quedaría una noche, antes de seguir para Arboledas. Desde hacía mucho tiempo había abrigado la esperanza de andar libre como un niño, otra vez, por las calles de su población natal, por cuanto ella, además de ser la depositaria de sus más tiernos recuerdos, había sido no sólo asiento y desarrollo de la abundante familia Becerra de su señora madre, sino también la cuna de la nueva estirpe boteliana, de la cual sería, con el pasar de los años, el último varón, gracias a la llegada, en su respectivo momento, de su coartífice masculino, don Marcos, proveniente de Gramalote, otro municipio especial que también llegaría a ser protagonista de esta historia.
Mientras rodaba a paso de tortuga por la carretera, infestada de baches, brincando y penando en los tramos perversos, se le vinieron a la cabeza muchos recuerdos. Por ejemplo el de que su padre les había confiado a él y sus hermanos, información interesante del pasado de la familia Becerra, como por ejemplo, la de que ella, Alejandrina, cuando la conoció, era una joven buena moza, (forma ancestral de decir decentemente que una mujer era de buen ver y decente), además de hogareña y de recias virtudes, que había nacido el día de la Inmaculada, en 1912, en el piadoso hogar campesino de don Primitivo y de doña Raimunda Sandoval, ocupantes de una casa grande y bonita, que dominaba una de las esquinas del parque principal. Que también eran dueños de una finca cafetera próspera, llamada La Reforma, a escasos kilómetros del pueblo, donde crecían ricos frutales, caña y plátanos y se hacía panela, (si mi debilidad por la dulzura no recuerda mal); pero sobre todo, se cosechaba religiosamente uno de los mejores cafés de la región.
Una vez tostados permanecían un rato en reposo y cuando ya las manos podían apañarlos, a nosotros, los musculosos, nos correspondía también ordenadamente triturarlos en el viejo molino corona para convertirlos en el adorable polvo negro, el cual, mezclado con agua panela hirviente, se transformaba en ambrosía que nos forzaba a torcer los ojos al cielo, sobre todo a la hora grata de estrenar las luces de un nuevo día.
A los granos bien dotados, por su parte, les aguardaba un futuro distinto. Iban a parar a costales de alto linaje que se inflaban hasta los bordes, tras extensas faenas. El tío Luis los almacenaba en un sitio propicio y, llegada la hora, con paciencia y ciencia, los aseguraba sobre las bestias previamente aparejadas. Pero mientras hacía eso, sacaba a relucir su resabio de todos conocido, el de hablar solo y en voz alta, como para acompañarse a sí mismo. Decía: 'Ahora tengo que ir al pueblo a la Federación de Cafeteros. Después de que lo pesen en la romana (la báscula) y me paguen, entro a la Caja Agraria y luego voy a la plaza de mercado. ¿Tengo algo más que hacer?' Nosotros contemplábamos el monólogo y sonreíamos comprensivos"
Este pintoresco tío Luis era un hombre de pocas palabras para los demás, de aspecto delgaducho, de rostro serio, gustoso de enfundarse en ropa blanca, de ajustarse bien las alpargatas, de ceñirse a lo bien el machete a la cintura. Todos lo celebraban como labriego honesto y fiel cumplidor de sus deberes como administrador. Jefe por antonomasia, por cuyos méritos se acuñó una directiva un poco paradójica, bien conocida en el ámbito familiar: "Lo que diga Luis", denotando con ello que había que consultarlo antes de hacer cualquier cosa, incluso había que hacerle caso.
"Mi madre -pensaba el pensionado- lo tenía entre sus más caros afectos. Y seguramente eso determinó mi primer nombre. No se le conocieron romances, ni hijos naturales en Arboledas, en Barrientos ni en los pueblos circunvecinos. Menos se le notaron mañas suspicaces o pecados veniales: jamás una borrachera, ni la aspiración de un tabaco siquiera. Por eso y por ayudarnos a recolectar frutas, y a ser útiles y felices en la finca, lo considero uno de mis personajes inolvidables".
Fue en estos momentos, cuando tuvo que detener la marcha antes de un riachuelo que invadía ampliamente la calzada, representando un reto extremo para la Ford, por las piedras y el barrial profundo. Imaginó desencantado que debía retroceder y rendirse, volver atrás a coger la ruta más larga por Cúcuta, Zulia, Santiago y Salazar de las Palmas y, por fin Arboledas. Fue entonces cuando, para honrar la memoria del tío Luis, descendió de la camioneta y dio unos pasos hacia el obstáculo, mientras se iba preguntando, en voz alta, "¿Paso o no paso?'¡Lo que diga Luis!'" Tras examinar el área, pisando aquí y allá, se contagió de audaz esperanza. Volvió entonces a la cabina y, tomando aire, empezó a hundir suavemente el acelerador, hablando otra vez en voz alta: "!Sea lo que Dios quiera!", como solía repetir la mamá. En seguida, otro proverbio del recuerdo, esta vez, de su padre, le dio el coraje que necesitaba: "¡Al mal paso, darle prisa!" Y así lo hizo. Un leve estruendo se produjo en la suspensión derecha del vehículo, seguida de una momentánea detención. Temió lo peor, que se había estropeado alguna pieza de la amortiguación pero no fue así. El vehículo logró salir avante del atolladero, sin demostrar ninguna anormalidad mecánica.
Siguió entonces rodando y recordando que el papá había escrito, (porque él escribía bastante, declamaba versos, rasgaba el tiple, narraba muchos cuentos), que doña Alejandrina, de soltera -y ese dato se le había olvidado apuntarlo antes-, "fue maestra de escuela primaria en una de las fracciones del municipio (hoy mejor llamadas veredas). Pudo haber sido en la escuela rural de Cínera, fracción donde estaba localizada la finca". Eso aclaraba mejor su disposición natural para enseñarle a nuestro pensionado las primeras letras y los primeros números. También había sido educada con celo tradicional en la fe de sus ancestros: Con Rosario diario, Misa cotidiana en lo posible, aprendizaje y cumplimiento estricto del Catecismo del Padre Gaspar Astete. Por su parte, Don Marcos, de los godos de Gramalote, respetaba e incluso acolitaba sus manifestaciones religiosas, pero sin llegar a ser una especie de beato como ella.
Y, como era de esperarse de un madre católica, sierva de su fe, nos sometía por sus respetables convicciones a practicar sus hábitos sacros, convocándonos, por ejemplo, todas las noches en la alcoba principal, al rezo obligatorio del Rosario. Proyecto en mi recuerdo el video asistiendo a una noche de esas, frente al altar doméstico, de crucifijo, de Virgen, de santos y veladora taciturna: Papá inmerso ya en las cobijas del sueño previo. Mamá en el borde de la cama, desgranando las gruesas cuentas de la camándula. Yo, sentado en un baúl cercano, musitando entre dientes las avemarías, al igual que mis otros hermanos, aperezados donde mejor se acomodaran sus asentaderas. Mientras íbamos coreando las '¡Ave, María, gratia plena!', distraídamente, nuestra imaginación volaba desenfrenada por los espacios siderales. Después del "¡Dadnos, Señor, buena vida, para tener buena muerte!" Mi hermano Mario, que se había aprendido, de la cabeza hasta la cola, las letanías largas de la Virgen, las encabezaba una tras otras, alternadas con nuestro coro "¡Ruega por nosotros!"
Por otra parte, cumplíamos también el decreto de la Santa Iglesia, en cuanto a santificar las fiestas: "Oír Misa entera los domingos y fiestas de guardar". Nos era preciso también asistir a las catequesis de la parroquia, reverenciar a profundidad las solemnidades de semana santa, recibir, bien dispuestos, los sacramentos ordenados por la santa madre Iglesia, y, lo que no podía faltar, practicar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.
Ésta vivencia religiosa suya, podría también justificar el porqué el hermano mayor, Enrique Antonio, estuvo hasta bien avanzada su preparación sacerdotal en el seminario de Pamplona, antes de retirarse y casarse, no con mucho acierto. Y también daría luces sobre cuáles podrían ser los resortes que movieron a este pensionado, a sus tempranos 14 años, a embocarse por el camino religioso también sin llegar muy lejos, salvo hasta el seminario de La Mata, con los redentoristas, en Piedecuesta; luego, hasta Granada, en el Meta; y hasta el noviciado salesiano, allá en la tierra hermosa de Llano Grande, Antioquia, para ser más preciso. Experiencias que si bien no convirtieron al pensionado en un presbítero o en obispo, le ayudaron positivamente en su preparación para la vida posterior.
martes, 6 de enero de 2026
MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte dos)
Mucho antes de llegar la
fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese
día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta
de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras
para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto
universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo
hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda
su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante…
"Allí nos turnábamos —recordó— el encargo
divertido de ser maestro y el rol inquieto de ser estudiantes, sentados en el
suelo simulando escribir en cuadernos invisibles. Cuando la "campana"
sonaba, (creo que era el choque tintineante de unos cubiertos de cocina),
salíamos a recreo, a cambio de clase o a la inversión anhelada de papeles.
Supongo que esas actuaciones infantiles bajo aquellos toldos académicos y
teatrales, sazonado con presentaciones artísticas o números de humor o de
ocurrencias de los cuales también éramos actores, fueron presagios y
preparativos primitivos de la vocación de volvernos maestros la mayoría de
nosotros, cuando ya nos tocara ser grandes".
"Papá y mamá también acudían invitados cuando se programaban reuniones de acudientes o 'eventos culturales'", en aquellos escenarios de sábanas colgantes a manera de telones.
"Una vez, —siguió recordando—, (y fue para risas eternas), me tocó improvisar un número para ocupar la atención del 'público', o sea, a nuestros padres y hermanos. Fue entonces cuando tuve la ingrata ocurrencia de tomar una toalla grande, pararme en el centro del escenario y mirar preocupado hacia el techo. Los ojos de la 'multitud' se fijaron en mí, embrujados, a la espera de una sorpresiva genialidad mía. Fue cuando lo único que se me vino a la cabeza fue decir; 'Yo me iba a bañar, pero la regadera está muy alta'. Creo que semejante bobada corrompió para siempre la credibilidad familiar en mis talentos creativos. De todas maneras, las risas de burla y los aplausos compasivos ocuparon un espacio interesante aquel día en la convivencia familiar que ahora, sonriendo, añoro tanto.
![]() |
| Alejandrina Becerra Sandoval 1912-1986 |
Se le sumaría a los recuerdos, la reacción de su hermanita mayor, una vez terminada la función. Pronunciaría a media lengua, —porque en ese momento no era tan hábil para hablar—, la frase que la haría famosa: "¡Eso sí fue pa' lija!" Donde "lija" significaba "risa" . Hoy día, ella es una monja benemérita, verdadera celebridad de la palabra rápida, ante la cual me inclino con admiración y afecto".
lunes, 27 de octubre de 2025
CUENTOS CRIOLLOS DE MARBOLLEÁN
Allá, "detrás de la montaña, donde se oculta temprano el sol", tras un cariñoso amanecer, en la finca del Edén, sentados a la mesa, listos para saborear un chocolate espeso, con pan y queso hechos en casa, nuestro padre, Marcos Botello, solía entretenernos, a manera de aperitivo oral, con anécdotas de su vida, o con relatos que extraía de su propia cosecha o que se habían sumado a su acervo narrativo gracias a la conversación jocosa con sus vecinos, amigos y compañeros de tragos. Apenas comenzaba a hablar, todos le lanzábamos una mirada de distinción como a patriarca de la narrativa, de memoria feliz y de estilo original, por su destreza para contar cuentos, con estilo propio, con el picante de su propio ingenio.
Un día se presentaron --comenzó diciendo esta vez-- en manada, a la puerta de la alcaldía, un grupo de personas belicosas para exigirle al alcalde la solución inmediata de un problema que los atormentaba. Los ánimos alcanzaron niveles de efervescencia y calor tan altos que amenazaban incluso con afectar los cimientos desvencijados de la casona municipal.
Fue entonces cuando la máxima autoridad, desde la parte elevada de la casa, quiso imponer el poder de la ley antes que el poder de las masas, levantando los brazos y gritando varias veces "¡Silencio!" Luego, apenas hubo un pequeño boquete de silencio, tomó de una mesa un libro enorme con letras mayúsculas doradas, también enormes, que lo titulaban "Leyes colombianas", gritando enseguida:
"Voy a leerles el artículo 469 del código penal, para que lo escuchen con atención y reverencia!"
Fue hasta ahí un buen intento para superar el alboroto popular que se la había venido encima. No se sabe si por nervios o por la prisa o porque se sabía de memoria el artículo, tomó el libro que su secretario había dejado ahí al revés y comenzó supuestamente a leer tartamudeando el párrafo respectivo.
No había avanzado nada cuando uno de los principales revoltosos de manera irrespetuosa, sintiéndose incómodo por la paciencia torpe del mandatario municipal, lo interrumpió insolente, diciéndole:
"¡Dele la vuelta al libro, porque está al revés! ¿O es que no sabe leer!"
El alcalde, herido en su amor propio, en el acto, llamó a un policía armado de bolillo que estaba a su lado y le ordenó.
"¡Meta a este tipo en la cárcel, a pan y agua, mientras aprendo a leer!"
Parece que ahí acabó el desorden popular porque nadie más quería ayunar en la cárcel mientras el alcalde aprendía a leer, cosa que le iba a llevar algún tiempo porque ese hombre no tenía fama de ser muy inteligente.
miércoles, 27 de agosto de 2025
UN PADRE SABIO DE FELIZ INMORTALIDAD (4) El trauma del funeral
Para la época no existían locales exclusivos para velar y despedir a los muertos, por lo tanto, el velatorio se llevaba a cabo en la propia casa o en la de quien quisiera hacer la caridad a sus parientes o rendir homenaje póstumo al difunto.
Rondaba este modesto viviente que les escribe, los siete años, y mi padre estimó normal y hasta necesario que lo acompañara hasta el mismo cuarto de velación, porque seguramente el extinto era un personaje de la región, ya que muchas personas acudieron en masa a expresarle el último adiós y a ofrecerle el pésame a la familia, agolpándose frente al portón de su casa.
Se viene a mi memoria esa experiencia impactante no sólo por ser la primera vez que me acercaba a la ventanita de un féretro, a mirar la cara de un cadáver, sino por la angustia que, momentos antes, me produjo el encargado del portón, quien, dejando pasar rápidamente a mi padre, al notar mi presencia, se puso delante mío, en un intento por impedir mi entrada. Ante lo cual, quise entrar a la brava, con la mala suerte que el fulano fue más rápido que yo, dejándome atorado entre la hoja de la puerta y el marco, mientras me advertía con voz agresiva que tenía órdenes expresas de no dejar pasar a menores. Mi terror fue causado entonces por la viva imaginación de que estaba preso, perdiendo a mi padre, y quedándome solo entre desconocidos, por culpa de querer velar a un muerto.
Por suerte, la tragedia inventada por mí duró poco, por cuanto mi padre giró rápidamente sobre sus pasos y le aclaró al portero que yo era su hijo, que me dejara pasar. Sentí mucho alivio y rápidamente me aferré a su mano para ir en busca del ataúd. Una vez ahí, examiné sin parpadear, a través del pequeño cristal rectangular, el rostro pálido de aquel hombre inerte, atisbando el más imperceptible movimiento de sus párpados entornados o el temblor más leve en la comisura de sus labios. Concluía al cabo de largos segundos que la muerte era precisamente eso, quedarse en absoluto quietismo, en inercia irrevocable, a merced de la inminente corrupción en una bóveda o bajo la tierra del cementerio.
Algún tiempo después, mi madre, de común acuerdo con mi padre, permitió a otra madre y a los suyos, velar en nuestra casa a su angelito, (como se le dice a un muertecito bebé), víctima de un misterioso defecto congénito. Prepararon entonces una sala, con una pequeña mesa en el centro, cubierta con un mantel blanco, donde colocaron al bebé, todavía sin ataúd; rodeado por cuatro cirios encendidos. Entonamos las respectivas oraciones, los responsos, los rosarios y, al final, siendo ya tarde de la noche, todos se fueron a dormir. Menos yo, porque me dediqué, a hurtadillas, desde la puerta cercana al diminuto difunto, entornando una y otra vez el batiente de la puerta, a espiar al bebé, bajo la luz trepidante de los cirios, a ver si de pronto, detectaba en su cara un sutil gesto, bien fuera en sus ojos o en sus labios, tratando de sorprenderlo travieso ensayando una sonrisa minúscula.
Fue en vano. No tan tarde comprendí, aletargado por las sombras palpitantes de la habitación, ante el temblor mortuorio de los cirios, que ese bebé, así aparentara dormir con placidez, ya definitivamente no era parte de este mundo.
Poco a poco el asunto de la muerte se me fue haciendo algo así como un tema normal. Y cuando lo cuestionábamos expuestos a sentirnos medio trágicos y desesperados, nuestro padre nos tranquilizaba argumentado que ese era uno de los tantos trances que las personas debían pasar, tarde o temprano, sin excusas ni excepciones. "Eso ha sucedido", nos advertía cuando alguien rehusaba aceptar que una persona enferma y de edad avanzaba falleciera inevitablemente. Agregaba ese consejo de que "Al mal paso darle prisa", queriéndonos inducir a convivir poco tiempo con un conflicto, a no alargar una pena más de lo necesario, a no ser perezosos en la aplicación de las soluciones a los problemas que nos afectan. "A veces, —nos recomendaba también—, hay que ser impávidos ante el infortunio, sea de cualquier naturaleza", donde impávido significaba sereno o impasible. Y de hecho, él lo fue y lo demostró a lo largo de su vida, teniendo que presenciar los funerales relativamente tempranos de su padre y de la madre, sumados a los periódicos entierros de todo el resto de sus numerosos hermanos, así como de tantos contemporáneos suyos. Además, de unos tan importantes y dolorosos como el de mamá, y los dos de sus hijos mayores. Guardadas las distancias, se asemejaba a Job, el sufriente sabio que asentía, alentado por su fe, que el Señor les había dado a sus seres queridos, y se los había quitado, porque era su voluntad. Y así convino.
Ya hacia el final de sus 95 años comentaba con aires de preocupación y desconsuelo que se sentía harto de haber velado tantos muertos en su vida. Fue cuando, con terror, comprendí que, a pesar de valerse todavía por sí mismo, de poder incluso trabajar para mantenerse y de contar todavía con varios hijos vivos, ciertamente lucía aburrido y, así suene terrible, con ganas también de partir.
Cuando conversábamos casualmente de varios asuntos, siempre terminábamos refiriéndonos a los muertos. Era cuando expresaba su admiración de que fuera tan radical el paso de este mundo a la eternidad, hasta el punto de que ya no hubiera posibilidad de retorno, de comunicación o de información leve de su suerte. Siempre estarían presentes en su recuerdo, las muertes importantes ocurridas a lo largo de su historia. Seguramente, la trágica de su sobrino Elí Cobos, la aterradora del tío Marcelo, las sangrientas de los suegros en la finca La Reforma, a causa de la violencia política.
Sin embargo, también incluiría el tema en el repertorio de sus cuentos e historias necesarias para aprender y aprovechar la vida. Más que nadie entendía que este mundo es como una representación durante la cual, muchos actores entran al escenario un rato con sus guiones propios y luego se bajan de él. Y no vuelven a subir; no obstante, la función debe continuar seguramente con nuevos actores y otros roles. Sabía que la vida en la tierra es como una contienda donde los participantes disponen de cierto tiempo para jugar, pero que, por reglamento, unos tienen que salir y otros entrar a la cancha. Los primeros, se han de despedir con honores y gracias. Y a quienes se incorporan, se les da la bienvenida y se sigue jugando, hasta que a uno también le toque salir. Pero antes de que eso fatal ocurra, estás invitado a desempeñarte a fondo durante tu espacio de partido. Si alguien sale antes, es justo despedirlo con lágrimas y aplausos, pero, enseguida, tú debes seguir jugando y jugando bien, con todo tu ser, con los jugadores que se quedan contigo.
Eso lo aprendimos de nuestro agudo cuentero favorito que, de hecho, había incorporado a su repertorio narraciones con respecto al tema que nos ocupa, sobre vivos y muertos, como el de "La muerte lo aguarda en Samarcanda"
–¿Se acuerdan de un tal Anselmo? ––nos preguntaba en esa misma sesión memorables de chistes y cuentos, para que no respondiéramos–– ¿Se acuerdan de ese hombre diminuto, fatal, encaprichado con la muerte, sin instantes para vivir en paz? Cada vez que debía marcharse de viaje, se trepaba en su tarima, un montículo a la salida del pueblo, a pronunciar su discurso de despedida, que remataba de esta manera:
––¡Me voy muy triste, amigos míos, adiós... porque no sé si volveré! ––y concluía con la frase:
––La muerte es tan tirana que no sé si volveré.
Pero aparecía de nuevo la semana siguiente. Y todos se le reían en la cara. Ese era todo el chiste. Sin embargo, sobrevino un día gris, húmedo, obviamente sin público, quizá por tanta repetición, por simple broma de la misma muerte, en el cual no echó el sermón protocolario. Y se fue así, callado, sin ceremonia alguna. En esa ocasión, don Anselmo, el hombre mortuorio, de neuronas recalentadas por el licor, efectivamente no volvió jamás.
Eso más o menos pasó con nuestro padre, a principios de ese funesto julio del 2005. Una vez terminados sus trajines de ese día, temprana la noche, se enfundó en sus cobijas pamplonesas, para marcharse al universo de los sueños. Estábamos acostumbrados a que volviera, a que temprano dejara el catre a preparar su imperativo caldo de papas para el desayuno. Pero, esta vez, ya no lo hizo. Su corazón no lo dejó despertar más.
sábado, 26 de julio de 2025
UN PADRE SABIO DE FELIZ INMORTALIDAD (3) "¡Que se vea movimiento!"
Cada vez que se aprobaba democráticamente una decisión familiar para iniciar un proyecto, un paseo, un trasteo, hasta el movimiento de un catre, nuestro padre, el gran jefe, decretaba con carácter de inmaculado cumplimiento, la siguiente resolución:
Aprendimos entonces que las obras son las que deben hablar en vez de las palabras, que lo práctico ha de probar la teoría; que el mundo se transforma y cambia más con el movimiento que con la pasividad, con las obras, mejor que con la simple teoría. Permanecer sentados en torno a una mesa, o reunidos solamente hablando, así sea sobre temas sagrados de salvar el mundo, de redimir pobres y consolar a los tristes, detrás de un escritorio, o meditabundos en la cama, haciendo pereza con las almohadas, era sencillamente perder el tiempo, o malgastar la vida: Era como cometer prácticamente pecados de omisión. Entendería yo muchos años adelante por qué, a nivel de ciudadanos aptos para votar, el ocupar dos o tres horas escuchando discursos populistas de políticos ociosos, de verborrea inútil, es una verdadera desgracia para el espíritu y de maldición para la vida, no sólo personal, sino también para la democracia vital de una nación entera.
También nos serviría esta política existencial de "que se vea movimiento", para diagnosticar al instante que los proyectos o las promesas, sin acciones inmediatas, así se pregonen en con bombos y platillos, son cadáveres con anticipación. Nomás el hecho de asomarnos al escenario donde debería haber movimiento, y no detectar a los actores en acción, sólo meros personajes ornamentales, concluíamos que, sobre las tablas, no había indicios de productividad, nada por aquí, nada por allá, nada interesante o realista.
De hecho, si alguien nos solicitaba informes o pedía un reporte de resultados de determinado evento, o referencias positivas de algún personaje, no nos extendíamos en informes inoficiosos, describiendo detalles. Solamente declarábamos: "No se ve o no se le ve movimiento". Eso era suficiente.
lunes, 7 de julio de 2025
UN PADRE SABIO DE FELIZ INMORTALIDAD (2) Un dentista tegua, pero competente
Ya había hecho la respectiva anotación del abono final del cliente en su propio libro de contabilidad, con esa cuidadosa caligrafía que había aprendido en la única escuela donde había cursado las materias elementales de los primeros niveles únicamente. Cuando algún inspector almidonado irrumpía sorpresiva y oficialmente en su consultorio para constatar el diploma de su profesionalismo universitario, él, —bromeando para sus adentros—, le respondía que lo había obtenido, con méritos suficientes, en una universidad de cuyo nombre no podía acordarse, pero que un incendio, de vieja data en el consultorio, lo había reducido desgraciadamente a cenizas.
Más tarde, a nosotros nos contaba los pormenores de la visita, agregando que le había dicho al inspector —ni corto ni perezoso— que él había estudiado en la universidad de Pueblo viejo. A veces, —argumentaba, en las visitas periódicas de esos fiscales, que el diploma había quedado bajo los escombros del consultorio por la acción devastadora del famoso terremoto de Cúcuta, que de verdad ocurrió, no solamente en esa capital, sino en todos los pueblos circunvecinos. Pocos de esos fiscales ahondaban en el supuesto pasado académico de nuestro padre, ni cuestionaban en qué universidad en verdad supuestamente se había titulado, sospechando seguramente que ejercía, tras muchos años de práctica, su profesión de dentista, heredada de algún anciano maestro. Y lo dejaban en paz por algún tiempo. Pero siempre sabía don Marcos que ellos volverían pasado un tiempo después. Y para ese entonces él ya estaría listo y sin miedo, con una excusa perfecta para impedir que le sellaran la "operatoria". Al fin y al cabo, no existían quejas ni demandas contra la calidad de sus trabajos o por ejercer como odontólogo sin las respectivas credenciales.
Además, -y eso jugaba a su favor- había obtenido sus competencias odontológicas, (como ya lo mencionamos anteriormente), no sólo por las clases privadas recibidas de aquel odontólogo patriarcal, don Bruno Escalante, sino también, por su larga y meritoria dedicación al oficio capitalizada durante tantos años productivos.
Ya lo había afirmado un reconocido filósofo cuando le preguntaron cómo se asume y perfecciona una profesión: "Es cierto -dijo- que la teoría se puede asimilar en los claustros de las universidades, a través de textos pertinentes a las materias de la disciplina deseada, (Y de hecho, los diplomas testimonian el hecho), pero siempre la experiencia será ocasión y aportará pruebas de que se es competente en ese oficio. De tal manera que, bien podríamos validar la expresión de que la práctica positiva hace al maestro".
Ese fue el caso de Marbolleán, nuestro dentista empírico, no reconocido profesional por una Facultad, sino por su condición de autodidacta, más el aval de su experiencia probada y aceptada por el medio donde se desempeñó. Pero eso ahora es lo que menos importa. Lo válido ahora y lo meritorio es que fue capaz de desempeñar con eficiencia y éxito la profesión que adoptó por legítima vocación. A ciento quince años de su nacimiento en Gramalote, en el municipio original que se desestabilizó hace unos años, damos fe de que su vida fue meritoria, productiva y digna de alabanza, a pesar de los defectos o las deficiencias que como humano normal haya tenido.
Me parece verlo ahí, en el patio de la casa, acomodándose los marcos grandes de sus gafas, para detallar mejor el producto de su trabajo, sosteniendo descuidadamente en sus labios cerrados el cigarrillo cuyo extremo se calcinaba larga e inútilmente hasta desplomarse. Cada vez que se derrumbaba la ceniza de su cigarro, se despojaba de sus gafas para dedicarnos una pausa y decirnos algo. Entonces dejaba la pieza dental sobre la mesa y se tomaba un receso para contarnos una historia o para dedicarnos alguno de sus dichos sabios que nos inculcaba también con sus actuaciones cotidianas, o sea, con su ejemplo.
"Uno en la vida no debe ser ni corto ni perezoso". ---Nos decía, por ejemplo. Para que evitáramos dos males psicológicos, que perjudican gravemente nuestra productividad: La timidez y la pereza. Y, de hecho, él no fue ni lo uno ni lo otro.
Recordaba acto seguido a nuestro tío Valentín, el hermano más adicto al cultivo de la tierra, a las faenas del Edén, como se llamaba la finca paterna donde crecieron. Tras una épica jornada de labranza, el tío, conocido por sus ocurrencias flojas, se apostaba en una de las altas colinas que dominaban la casona, para desde allí pegar un grito cuyo eco parecía resonar en el mundo entero: "¡Nacionales -vociferaba- tengan el chocolate listo!" Es de recordar que tomar chocolate era celebración. Y brindar chocolate, batido por nuestra madre en el fogón de leña, y servido por las hermanas en tazas humeantes, era ofrenda ilustre para agasajar personajes. El tío Valentín era modelo, primero, del trabajador abnegado; y, segundo, genio y figura del humor y la simplicidad. Una forma visible de proporcionar lecciones morales sin teoría sobrante, sin palabras superfluas. Había entonces, como san José, dignificar el trabajo y hacerlo con gusto, sin quejumbres. Y reunirse en familia a celebrar la unidad familiar, a dar gracias por las bendiciones cotidianas de la tierra, eran formas respirables de nuestra fe cristiana.
miércoles, 2 de julio de 2025
UN PADRE SABIO DE FELIZ INMORTALIDAD (1) Marbolleán y el amuleto de la calavera
![]() |
| Don Marcos en sus años mozos |
Pero ahora, mucho antes de esa fatídica fecha del 2 de julio del 2025, enfundado en su clínica bata blanca, encorbatado, aspirando perezosamente un cigarrillo, va girando en su mano, ahí en su "operatoria", y pulimentando la pieza dental prometida para la mañana siguiente. Iba hasta la ventana a detallar el paso de los vecinos tan apreciados por él, deseando asimismo, al regresar hacia la entrada, la llegada de bocas con plata, necesitadas de su talento.
Al no ver indicios de clientela, se devolvía a inspeccionar, frente al cancel de la ventana, su trajinada silla giratoria reclinable, ya de cuero arrugado a la cual sobaba afanoso con un trapo. Ojeaba de arriba abajo su espigada máquina de brazo, la máquina fresadora que enloquecía rotativamente los diminutas brocas, en su tarea estresante de batallar contra las caries; luego detallaba atento la mesita donde se perfilaban las dentuzas, los elevadores y otras herramientas de precisión destinadas a cantidad de procedimientos bucales. Detallaba, acto seguido, los trabajos ya terminados, de clientes que dilataban su decisión de estrenarlos por falta de billete.
Los pacientes en potencia, que venían por la calle y se aproximaban hasta la puerta a leer en la placa: Marco Antonio Botello – Dentista, habían sido atraídos por la publicidad de quienes ya habían experimentado las bondades de los trabajos dentales de nuestro padre. Claro que también se presentaban por motivo extremo de dolor de muelas y no tenían opción de elegir entre otros odontólogos ya que, por la época, no abundaban en la población.






.jpg)






