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miércoles, 29 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte siete)

 Anheló pronunciar en el almuerzo de su despedida laboral, delante de sus compañeros, un discurso histórico; le fue imposible por falta de talento, por psicología, por tiempo; sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, antes de pasar al retiro pensional, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante

6. Botellito y su escudo; dolores de la madre y del hijo mayor

Y, en efecto, en esos últimos instantes de la despedida, a la vista de sus extrañadas colegas de inglés y matemáticas, se le pasaron por delante las fachas de sorpresa de tan lindas compañeras cuando por primera vez escucharon el principal apellido del pensionado. Empezaron a pronunciarlo en diminutivo, (y se les quedó la maña), intentando suavizarlo porque creían que era una especie de apodo. Se dirigían diplomáticamente entonces al pensionado, diciéndole: "Botellito ésto, Botellito aquéllo". Le correspondería entonces al botellito paciente ponerse en la tarea de explicarles a ellas y a cuantos se mostraban asombrados por la existencia del masculino de botella, como apellido, que descendía nada más y nada menos que de la añeja clase alta portuguesa. 

"Este es, les escribió en su blog, después de haber escudriñado las raíces de su árbol genealógico, de la mano de Edgar, el sobrino más ansioso por saber de sus ancestros—, Este eun apellido de mucho abolengo. Propiedad de una familia fundada en el siglo XIV por don Alonso Tello de Meneses, hombre adinerado de Portugal, a quien por su caballerosidad y heroísmo lo llamaban 'el buen Tello', en portugués 'Boo Tello', de cuyas dos palabras se formó el respetable apellido en cuestión. Sus descendientes se extendieron por España,  las islas Canarias, Brasil y por varios países de América, hasta llegar a establecerse en el interior de Colombia, inicialmente en asentamientos como Cúcuta, Gramalote, Lourdes y Arboledas, a mediados del siglo XVII. Hoy día esta noble casta sigue extendiéndose por todas partes, con personajes que dejan su huella como 'buenos Tellos', es decir como “Botellos”, por su lustroso pasado y su destacado presente. Tuvieron lógicamente su escudo de armas, similar al de la gráfica".

Se quedó el pensionado en ese entonces con la duda de que esa especie de panegírico sobre su apellido de noble cuna hubiera sido exitoso, por cuanto muchos profesores continuaron, sin venia alguna, llamándolo Botello; incluso los alumnos frescos omitían el habitual, profesor, para llamarlo directamente Botello, con airecillo burlón. La profesora de Biología que a veces los sorprendía en esas, los corregía diciéndoles: "¡Llámenlo como debe ser! ¡Díganle: Profesor Luis Eduardo!" Ella misma y algunos otros queridos profesores lo hacían, como gesto de cercanía. La memorable compañera Cecilia Salas, (q.e.p.d.), también se dirigía a él utilizando sólo los dos nombres. En el extremo estaban algunos bromistas que exageraban hasta la irreverencia, cuando él ingresaba al salón o pasaba por los pasillos, saludándolo, a voz en grito: HolaBotellón!". Con indulgencia entonces y mirada serena, les devolvía el saludo con normalidad, mientras comentaba para sus adentros: "Tienen razón, soy uno de los Botello más grandes del linaje. Punto y aparte. ¡Vamos a clase!".

Y, otra vez, el magín del pensionado encendió la máquina del tiempo, para ubicarlo sorprendentemente dos años adelante, en pose protocolaria para una foto con la familia de la exprofesora de biología, delante de su finca de recreo, compartiendo escenario con las dos profesoras mencionadas al principio de este capítulo. Una de ellas, con sus padres; la otra, con su hija danzarina, la internacional pole dancer; más el próspero profesor filósofo, con su señora e hija; más el ocurrente profesor de Español con sus primorosas dos gotas de agua. La finalidad de tan sensacional ágape familiar, con aroma navideño, era precisamente reavivar las brasas, medio apagadas por la distancia y el tiempo, de la amistad que se cultivó entre ellos, durante mucho tiempo, en Llano Grande, el colegio veredal donde precisamente el pensionado ejerció sus labores como docente  de inglés por más de veinte años. Una vez conseguido el objetivo de tan afortunado suceso, y antes de la separación inexorable, los asistentes se apresuraron a tomarse las fotos indispensables con sus móviles, para que las evidencias felices quedaran congeladas, como con vida eterna. Ésta es entonces una de esas evidencias. Lógicamente el pensionado quedó muy agradecido con el evento y recordará siempre a sus protagonistas estelares. 

Tras dos años, estos amigos se reencontraron en la finca de la profesora Rosalba para atizar la amistad un tanto apagada

Pero como el tiempo no se estanca, una vez más, la inquieta imaginación del pensionado puso en marcha los engranajes de la máquina del tiempo, ubicándolo nuevamente en su patria chica, en enero de 1941, justo a un costado del parque, cuando los recién casados, don Marcos y doña Alejandrina, descendían del bus intermunicipal, a la vista de sus familiares más cercanos, los amigos más fieles y varios curiosos que los rodearon para desearles un matrimonio bienaventurado. En seguida, fueron a guardar las maletas para dedicarse a los trámites de entregar el local de la dentistería y, de trastear el instrumental y los enseres para la casa de la ahora señora de Botello.  

Hacia el anochecer, acabada la importante faena de ese día, fueron a dar una vuelta por el parque, aprovechando entonces no sólo para refrescarse con la brisa, sino también para apreciar las hileras floridas de las plantas. Fue asimismo motivo para detenerse al pie de las estatuas imponentes de la Santísima Trinidad y de la Señora de Fátima, con sus tres pastorcitos; al final, optaron por descansar merecidamente en uno de los escaños, bajo la mirada tímida de una farola romántica. Seguramente, en su charla tratarían asuntos varios, temas mundanales; pero doña Alejandrina, mujer de fe sencilla y de palabras precisas, evocaría necesariamente las imágenes queridas de sus padres, lamentando que no estuvieran allí para poder compartir con ellos el acontecimiento de su matrimonio. Habían sido asesinados diez años atrás, en la finca La reforma, por un grupo de fanáticos liberales, recién comenzado el gobierno de Enrique Olaya Herrera. Así que, a sus 18 años, experimentó la mayor tragedia de su vida, siendo el primer gran eslabón de la cadena de dolores que habría de soportar la señora de Botello. 

Otro eslabón de la cadena podría ser, tiempo más adelante, la extinción de su más preciada esperanza, la de ver a su hijo mayor convertido en sacerdote, después de que cursara ciclos de preparación en el seminario de Pamplona. Cuando ya el joven promesa estaba a las puertas de consagrarse, tras el año final de prueba en Cúcuta, les comunicó a su regreso que, había cambiado de intención y que ya, tras meditarlo calmadamente, no quería ser sacerdote. Colgó entonces los hábitos y se estableció en Bucaramanga, en casa de la tía Adela y sus primos, dedicándose a dictar clases en algunas instituciones. Fue, sin duda, una frustración para la señora Alejandrina, que había deseado verlo como sacerdote eterno ante el altar, y no como un maestro más delante de un tablero. Sin embargo, pudo superar el desencanto y asumir la gran diferencia, gracias a su fortaleza interna alimentada por su fe, por sus misas frecuentes y por su devocionario negro.

Pero las noticias indeseables volvieron a someter a prueba su aguante de madre, su resiliencia, como al justo Job. El nuevo profesor exseminarista, resultó dizque muy enamorado de una vecina de su tía; cosa que incomodó a doña Alejandrina, incapaz de descubrir en ella, los méritos básicos para ser tenida en cuenta, según su juicio, como candidata a la mujer con mejores calificaciones para su hijo. Sin embargo, el exseminarista miopemente enamorado, inexperto en asuntos funcionales de la vida, le pareció que esa sí era su chica, y su vocación en el mundo, era casarse pronto con ella para formar un hogar. 

Por su lado la muchacha, obstinada en no quedarse soltera, se mostraba con él muy querendona e interesante, mientras transcurría el noviazgo, hasta que consiguió seducirlo y llevarlo, como un cordero, al altar. Una vez casados, después de trajinados primeros meses de luna de miel, empezó a reflejar su verdadera identidad. En realidad, era dominante y santandereana en su forma de hablar, y así empezó a tratar a su marido habituado a obedecer sin chistar palabra. Con todo y eso empezaron a llegar los hijos; primero el Javier, luego la Cristina y finalmente la María Helena. Ya por este tiempo a él le salió trabajo en el Distrito de Cundinamarca y se fue, pero ella y sus tres hijos se quedaron viviendo en Bucaramanga. Era tanta la devoción de este hombre por su familia que cada fin de semana recorría en moto en ida y vuelta los ochocientos kilómetros que los separaban para venir a verlos. Por suerte, terminaron fijando su residencia propia en la capital donde el antiguo seminarista pasaría sus últimos años como profesor, resignado a su suerte, bajo el rígido bastón de mando de su señora Yolanda.

Todo empezaría a terminar definitivamente para él en julio del 91, (un año de racionamiento eléctrico), el día de la Virgen del Carmen, cuando, por una supuesta imprudencia suya con la estufa de gasolina, se desató un incendio casero que le causó quemaduras devastadoras en todo su cuerpo. A los dos días de martirio en cuidados intensivos, falleció. Contaba entonces con 47 años. El 20 de julio, curiosamente día de la independencia, su cuerpo fue a compartir la tumba con su madre Alejandrina, en los Jardines del Recuerdo. No se había podido elegir el lugar más apropiado que junto a ella, la gran madre que lo había amado tanto.

Fue el segundo en partir de la familia del pensionado, de los nueve originales, incluidos el papá y la mamá. Fue el hermano mayor en todo el perfecto sentido de la palabra; mayor en virtudes, mayor en amor hacia los padres y el resto de hermanos, hacia sus hijos, hacia su esposa, mayor en pasión hacia la vida.

lunes, 13 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte seis)

 Anheló pronunciar en el almuerzo de su despedida laboral, delante de sus compañeros, un discurso histórico; le fue imposible por falta de talento, por psicología, por tiempo; sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, antes de pasar al retiro pensional, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante

6. ESCARBANDO EN SU PASADO REMOTO

Esta es una foto histórica del Gramalote antiguo. Al costado derecho del vehículo se extendía el parque. Nuestra casa grande y con solar quedaba al final de la gran subida, cruzando a la izquierda. Ahí vivimos cómodos por espacio de varios años. 

Mientras se extinguían los aplausos de los asistentes, el pensionado nuevamente partió de viaje, en el tiempo, hacia Arboledas, ubicándose en la calle de El Pailón, justo en el interior de la miscelánea que atendía su futura madre, mujer "buena moza", de 28 años, edad considerada en esa época más que conveniente para que las mujeres de buenas familias se casaran. Dejó fluir entonces la magia de la imaginación sorprendiendo una conversación suya con una vecina de plena confianza: "¿Se ha dado cuenta —le comentaba animosa la vecinaque llegó un dentista de Gramalote, soltero y buen hablador? Y ella, como quien no quiere la cosa, le replicó que ya lo había conocido, que era un gramalotero errante, un "pobre dentista", que venía a su tienda a tomar aguardiente, aunque le gustaba más la cerveza: "Yo vendo sólo aguardiente, —le agregó ademásy no esa 'pichera', (la palabra despectiva que se usaba, en el ambiente de las puritanas, en lugar de cerveza, porque estaban convencidas de que cuando los maridos exageraban alzando el codo, o sea bebiendo demasiado esa "pichera", no sólo malbarataban la plata que deberían llevar a sus mujeres, sino que también se volvían agresivos, mal hablados y hasta destructores de las vajillas y de otros enseres de la casa. "También viene a buscarme la conversa" —añadió fingiendo indiferencia mientras frotaba con un limpión el mesón donde se llenaban las copas. Esa tal "conversa", también tenía una connotación especial, era parte del armamento usado por un conquistador del siglo pasado para ablandar un corazón y caerle en gracia. Y, de hecho, eso ocurrió relativamente rápido con la dueña de la tienda, no sólo se le ablandó el corazón, sino que se le derritió en el pecho por ese sacamuelas —como se les decía a los dentistas de dudosa reputación universitaria, porque, al cabo de tres meses de estar en conversas y en aperitivos de aguardiente ("jugo de mandrágoras", como jocosamente solía llamarlo el dentista), viajaron a Cúcuta, a la iglesia de san Antonio, y, sin marcha nupcial, sin ni siquiera hacer cursillo de preparación, contrajeron matrimonio. El calendario señalaba: Jueves dos de enero de 1941.  

Años después, al evocar ese episodio tan sagrado para ella, con la lujosa retentiva que la adornaba, doña Alejandrina contaría con rastros de desilusión que no hubo ninguna apetitosa luna de miel, porque "él no tenía un centavo", y ella tampoco. Y no había nadie que les prestara para gastar celebrando. La tienda familiar no daba para un viaje o grandes festejos. El consultorio dental no estaba dejando muchas ganancias. Según la creatividad de los maliciosos, pasaron entonces resignados la noche buena de la boda, en un hotel de la ciudad. A la mañana siguiente, hicieron lo de cualquier parroquiano modesto, coger la flota para regresarse a Arboledas. Una vez allí, trastearon el gabinete dental del dentista a su casa, a compartir espacio con la miscelánea, para mayor economía. Y así comenzaron una vida de casados austera y con afanes. Los tiempos eran exigentes. El dinero se veía poco. Y, buena parte del dinero que se veía, el dentista lo gastaba en la tomata con sus amigos, una de sus perversas debilidades, por las cuales ya había sufrido su señora madre, doña Josefa, quien no cesó de aconsejarlo, de una u otra manera, para que dejara ese vicio. "Menos mal—se consolaba doña Alejandrina, quien iría a padecer hasta el extremo los efectos del alcoholismo de su esposomenos mal que don Gerardo, (Así se llamaba su padre), no vivió lo suficiente para enterarse de que a su hijo le iba a gustar mucho emborracharse, por cuanto en 1925, sin alcanzar los cincuenta años, murió a causa de las fiebres del tifo". Para la época, el tratamiento del tifus era rudimentario, y sólo empezó a ser exitoso a partir de 1940, con la aparición de un antibiótico adecuado. Don Marcos quedó entonces huérfano de padre, contando con tan sólo quince años. 

Cuenta la leyenda que a raíz de tan severa experiencia como lo es la muerte de un padre en una edad relativamente temprana, el chico Marcos tomó conciencia de la necesidad de ser útil para la numerosa familia, entre quienes se contaban personajes interesantes como Juan, (el mayor); Benito, (Activo y cándido), Francisco, (trabajador y paciente); Pablo, (el formal); Valentín, (el animoso); Josefa, (la fabricante de quesos); Margarita, (la charlatana); Brígida, José del Carmen y Jesús María, (los más quedados de la familia). Magdalena, (la mayor); un tal Expedito (sin calificativos). Más otro hermano, cuyos datos notariales no son conocidos por este escritor, porque fue el padre del pensionado el encargado de informar que habían sido 14 hermanos, sin contar registros de pueblos vecinos. El pensionado los conoció de oídas, gracias a las charlas de su padre, con excepción de sus tías Josefa y Margarita, y de su tío Jesús María, a quienes sí los conoció en vivo y en directo porque los visitaba cuando él, su padre y hermanos, subían a la enorme finca del Edén donde se mantenían. 

Fue entonces, tras esa dura experiencia de la muerte de su progenitor, que decidió, prácticamente obligado, aplicarse a las faenas propias del campo, precisamente allá, en la finca del Edén, mencionada arriba. (Era llamada así por sus moradores talvez por su parecido en el espejo con el bíblico paraíso terrenal). Todo parece evidenciar que efectivamente se dedicó largos años a los exigentes trajines agrícolas y ganaderos, hasta el día en que, seguramente con las vacas al frente, con el fuete en la mano, y mirando hacia el pasto, exclamó: "¡Basta ya, esto no es para mi!" Quiero decir, con otras palabras, que el futuro padre del pensionado se cansó de las labores campestres y, recapacitando, en confidencia y complicidad con doña Josefa, su progenitora que lo quería bastante, se propuso aprender un arte para independizarse. Estaba claro que no quería para él únicamente arrear bestias, ordeñar vacas, sembrar yuca o arracacha, componer cercas, velar por sus hermanas y codearse, a veces con discrepancias, con sus rudos hermanos. Era un hombre de aspiraciones, como les aconsejaría a sus futuros hijos que fueran en este mundo, cuando les repasaba esa parte de su vida.

Don Marcos: siempre elegante

El pensionado sonríe conmovido, precisamente al revivir esos consejos suyos sobre ser persona de aspiraciones. (O de buenas ambiciones). Le parece escuchar a sus vecinos y conocidos que se apresuraban a saludar a su padre, con esmero, donde se lo encontraran, con el título nobiliario de don: don Marcos. Y él, siempre elegante, encorbatado, con saco de paño, devolvía el saludo, añadiendo, con risas, algún comentario jovial. Esa había sido precisamente otra de sus aspiraciones, la de ser distinguido, con estampa opuesta a la de un campesino raso, de quien seguiría conservando las mejores actitudes laborales, así como también otros comprensivos y respetables modales de su ascendencia campesina.

"Otra de sus aspiraciones también había sido la de escribir poemas o cuentos —nos complementará el pensionado, habiendo escogido el seudónimo Marbolleán. Si bien no escribió libros, se destacó por su habilidad oral para narrar cuentos o reinventar historias. Cuando ya había superado la barrera de los noventa años, todavía seguía laborando en su gabinete dental en Pamplona. Seguía obstinado en no quedarse quieto, firme en su aspiración de ejercer el arte que había escogido hasta el final. Y lo consiguió hasta la noche del 2 de julio, la víspera de su viaje final.

Regresando entonces a la resolución marconiana, (es decir, de don Marcos), de aprender un arte para independizarse, se inclinó, no se sabe a ciencia cierta porqué, al arte de adecentar y trabajar por el bienestar de las muelas, o, mejor, de quienes las tienen o no las tienen, es decir, a la odontología. Y la llamó así, arte y no una simple profesión, por las razones que expone precisamente un artista, según las cuales, él crea una obra atractiva para el bien de otra persona, obra para la cual se ha preparado por vocación y se siente realizado llevándola a cabo. El dinero recibido por la misma es justo y viene por añadidura. 

"Fue entonces —nos cuenta el mismo pensionadoque puso inmediatamente en marcha su proyecto de vida, eligiendo de modelo y guía al dentista del lugar, un tal Bruno Escalante, veterano en la materia, no titulado pero competente en sus labores, (lo calificaba de tegua, sin ánimo de ofender), con el cual hizo el contrato de aprendizaje pagándole con el préstamo de cien pesos que su mamá, doña Josefa Molina le había hecho sin intereses. A partir de ahí se dedicó a observar atentamente cómo trabajaba su maestro empírico, a escucharlo devotamente, a llevar a la práctica sus instrucciones, ávido de que le transmitiera todas sus habilidades dentales, las cuales, a su vez, él había heredado de otro antecesor suyo, (otro "tegua", seguramente, que compartía sus saberes como una especie de económica tradición comercial. 

"Entre muchas destrezas, nuestro padre aprendió, de tan buen maestro, a forjar el oro para hacer puentes o encapsular dientes, para adecuar las bocas de tantos urgidos de sonrisas que mostrar; o angustiados por sus molares sin esperanzas de resurrección: Mentaría muchas veces con gratitud el nombre de ese personaje que lo encauzó por tal arte lucrativo de la dentistería, el bendito Bruno Escalante, su pedagogo no titulado, insistiendo también, con cierto tono triunfal, que había llegado a ser un odontólogo pragmático, con numerosa clientela satisfecha con su desempeño, y agradecida con sus buenos trabajos. Muchos años después, cuando ya empolvados, colgaban nuestros diplomas de la pared, apuntaría con orgullo que gracias a las muelas había sacado a su numerosa familia adelante. Una hazaña por la cual mantendremos su figura en un pedestal, como tributo a su ingenio, a esa admirable capacidad de trabajo que mantuvo hasta esa noche, que mencioné, del dos de julio, cuando iba de un lado a otro de su 'operatoria', rotando entre sus manos y lustrando, antes de irse a la cama, la última de sus prótesis dentales que deseaba entregar con gusto el día siguiente. 

El parque de Gramalote tal como lo conoció el padre del pensionado, don Marcos, quien promediaba sus treinta años cuando decidió mudarse a arboledas para ejercer allí su profesión de dentista.

jueves, 2 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (PARTE CINCO)

 Anheló pronunciar en el almuerzo de su despedida laboral, delante de sus compañeros, un discurso histórico; le fue imposible por falta de talento, por psicología, por tiempo; sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, antes de pasar al retiro pensional, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante

5. PISANDO DE NUEVO SU TIERRA NATAL

En este momento, el rector, una vez liquidadas las viandas del almuerzo,  —observen los platos y las bandejas—, se acerca medio pensativo a entregarle el wiski al pensionado emigrante, como ofrenda de gratitud y aprecio por sus servicios prestados como profesor de inglés, de religión y ética, por espacio de 21 años en el colegio Llano Grande. 

En medio de los aplausos de los asistentes, el pensionado, con facha de interna felicidad, recibió el obsequio del wiski. Expresó las gracias protocolarias y prometió para sus adentros, como un abstemio indomable: "¡Pondré esta botella elegante en la repisa de mi improvisado bar como trofeo, junto a la que me regaló hace unos diciembres el compadre David, ¡que en paz descanse!" Acto seguido, le dio vuelo a una antigua ilusión: "¡Ojalá, viniera acompañada, en atención a tantos años de docencia, de un diploma de reconocimiento, porque una placa al lado de la placa de doña Ligia, ni soñarlo!".  

El compadre en mención, levantó en alto a Sergio, su hijo mayor en el baptisterio de la iglesia Nuestra Señora de la Paz, después de que el finado padre Marcos lo ungiera como nuevo miembro de la Iglesia. Lo escogieron sus padres para tan alto ministerio por estar precisamente adornado de grandes virtudes: Hombre espontáneo y correcto en su trato y en sus asuntos, gustoso de los buenos vehículos. Como socio de su esposa Raquel se consagró fielmente, durante muchos años, a la administración de un almacén importante de llantas. A ellos acudía el pensionado, en compañía de sus hijos, cuando necesitaba préstamos inmediatos sin fiadores. Y ellos, cual ángeles bancarios, no sólo le disipaban las sombras de las deudas o le potenciaban su capacidad de invertir; sino que también granjeaban a sus hijos con grandes billetes. Se habían hecho amigos años atrás, por medio de su señora Ruby, quien ofició de secretaria del párroco del Gaitán, Pedro Elías, cuando ellos, (David y Raquel), muy ennoviados, solicitaron los servicios eclesiásticos para casarse. Ella, entusiasta y muy comedida, como ha sido siempre, les aceleró los respectivos trámites. 

A partir de ahí una relación de amistad importante y beneficiosa, empezó a consolidarse entre las dos parejas, (hasta el compadrazgo), que se festejaba en cualquier fecha con mutuos obsequios, con licores y tamales, hasta la llegada fatídica del Covid-19, cuando tuvieron que parar y aislarse. A partir de ese entonces se interrumpió el contacto con ellos, hasta varios años después, cuando el pensionado se enteró, para pesar y duelo tardíos, que la comadre, con dificultades para recordar, estaba aislada en un apartamento de la ciudad, por intereses egoístas de su hijastro; mientras que, en el césped de Las Colinas, sufría por sobresalir una lápida medio perdida, marcada sencillamente con el nombre de David Guarín. El pensionado bastante afectado volvería costumbre ir a esa tumba, a dedicarle a su amigo un responso en agradecimiento póstumo, por haber sido con él y con su familia un gran ser humano, de palabra y de obra. Así que, la reliquia de su  wiski, de algún diciembre, no podría quedar en mejor compañía que con la botella ilustre donada por sus compañeros. Hasta los podría ver, en su imaginación nostálgica, reflejados en su espeso vidrio verde.

Y mientras acababan de repartir los regalos a los otros profesores emigrantes, el pensionado iba detectando a los colegas que habían venido a su despedida. Entre ellos, los dos coordinadores de las secciones, el profesor Alex, (rebautizado por el bromista flojo, con el alias de Portálex, porque solía llevar su media mañana al colegio, en un portacomidas); y el profesor Doyler, con su porte animoso de nortesantandereano, junto con las aplicadas secretarias, los apreciados docentes de la primaria, la profesora ecológica, así como las catedráticas de los números, el rumboso docente de Química, el titular de la Sabiduría, entre otros compañeros que por emoción de la despedida, no consigo acordarme de sus nombres. Desde luego, faltaron muchos a la reunión, como pasa siempre. Algunos por razones muy válidas: negocios, citas, indiferencia, mejores ocupaciones. Pero, aun así, también se unieron en espíritu a la cruzada de que sus compañeros se fueran del colegio bien comidos y regalados. Buen gesto que también se aplaude y queda permanente en alguna parte de la memoria.  

A continuación, tuvo el jubilado un gentil pensamiento de elogio para los pensionados eméritos que habían partido antes que él, como doña Ligia, rectora por muchos años del colegio, doña Marlene, secretaria ejemplar de larga trayectoria, el profesor Víctor, Misael, Imelda, Mercedes, Lidia, Héctor, Felipe, Rubén, Rosalba, muchos otros cuyo recuerdo, así se ha ido desvaneciendo a causa del borrador del tiempo, siguen siendo personajes originales, cuyas palabras y obras enriquecieron la historia de la institución. También hubo una mención póstuma, en su foro interno, para los compañeros que ya habían partido a la eternidad: "¡Animas benditas! —exclamó devoto—, que descansen en paz!". Entre ellos, el profesor de Corregidor, Jesús, (Chucho), de Carlos, de Antonio, de Cecilia Reyes, de Cecilia Salas, del tocayo Luis Eduardo, los cuales seguramente aparecerán más adelante en sus memorias por haber desempeñado roles protagónicos durante sus años lectivos en la institución.

Calle de las flores

Por ahora, volvamos al restaurante donde ya los diligentes meseros habían recogido los platos, vasos y demás utensilios de las mesas. Los profesores también alistaban sus cosas, las viandas que consumirían más tarde, sus bolsos y papeles. Algunos docentes aprovecharían estos minutos para sus discursos breves deseando al pensionado y a quienes se marchaban con él, éxito, bienestar y felicidad en su nuevo estilo de vida o en sus nuevos puestos de trabajo. Y finalmente el rector comenzó a improvisar sus bendiciones finales, antes de la marcha final. Les dimos las gracias y repartimos abrazos y besos. 

Fue entonces cuando la película del regreso del pensionado a su tierra natal, se reanudó en sus recuerdos, apareciendo de conductor, detrás del volante, girando a derecha e izquierda mientras la camioneta brincaba suavemente por una carretera destapada rumbo a Arboledas, sólo distante unos 18 kilómetros de Cucutilla, que traducido en tiempo equivaldrían a unos cuarenta minutos. 

Parque paradisíaco de Arboledas

Tal vez un poco más por cuanto el jubilado no es amigo de correr por las trochas y, encima, lo domina el antojo de bajarse del carro donde los paisajes embelesan, precisamente para deleitarse y almacenarlos luego en el corazón de su cámara.  
Interior de la Iglesia de la Santísima Trinidad

Pasados cuarenta minutos de rodar parsimonioso por una carretera de mediana reputación, el pensionado cruzó un pequeño puente sobre el río Arboledas, luego, a su derecha, vio la gruta de la virgen del Carmen y por la carrera primera ingresó muy emocionado al área urbana del pueblo. Doblando en la calle tercera creyó haber arribado al paraíso, pero en realidad había llegado al parque de su pueblo natal. La viva ilusión fue producida por su antigua fe en el encanto celestial de su pueblo, cuando lo recorría descalzo, gordito y feo. Lo de "descalzo" ya lo había superado. Igual que lo de "gordito", "En cuanto a la "feúra", se dijo, desahuciado, pero conforme: "¡Hasta la sepultura!".

Parqueó la camioneta a un costado y se dirigió en seguida a la Iglesia de la Santísima Trinidad. Allí pasó revista a los sitios significativos para él, como por ejemplo, la pila bautismal, donde lo iniciaron en su vida de fe, y el altar mayor donde comenzaría a ser asistente de la mayor celebración litúrgica de la Iglesia.

Una vez afuera, desde la parte alta del atrio empezó a detallar el parque. Lo adornaban altas y numerosas palmeras con cenefas verdes o blancas, flores variadas y plantas ornamentales, bancos de cemento, verdes y gruesos, custodiados por espigadas lámparas Allí, en el centro, donde confluían todas las sendas peatonales, sobresalía la estatua insignia de la población, la de la Santísima Trinidad. Al lado de otra de las sendas también se elevaba la imagen de la virgen de Fátima con sus tres devotos pastorcitos.

En el extremo izquierdo del parque, divisó la casa de la esquina perteneciente en el pasado a la familia Becerra; siguiendo a mano izquierda, la calle de las flores. Hacia abajo una calle de gran recordación, mencionada por su padre, la de El Pailón, donde estuvo ubicado el Hotel Central, contiguo a la miscelánea de la futura señora Alejandrina de Botello. Esa tienda de artículos varios les proporcionaba pequeños fondos con qué sostenerse a quienes todavía estaban solteros, a la joven Aleja, de 28 años y a su hermano Luis Gorgonio, (¡Qué segundo nombre! Menos mal que lo llamaban por el primero). 

Del hotel Central era comensal el recién “graduado” de dentista, no de la universidad de San José, sino de la universidad de la vida, que venía a probar suerte laboral, a sus 30 años, con formato de solterón. Abrió pues un consultorio modesto justo al lado de la miscelánea a donde acudía, después de atender a pacientes ocasionales, a tomarse algunos tragos y a charlar con la dueña del local, dándose aires de conquistador.