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sábado, 1 de agosto de 2026

DOCENTE QUE HACE MUCHA FALTA Y VISITA AL CAMPO EL EDÉN (Capítulo 13)

Noticia publicada en El Observador 3
En esta ocasión se remontó a varios recuerdos emotivos, entre ellos, (uno de Llano Grande), el de la triste partida de su compañera Cecilia Salas, año 2009. 

Y otro, más atrás en el tiempo, cuando con su padre y hermanos, frecuentaba la idílica finca del Edén


13. MEMORIAS DE UN DOCENTE

Parece que con el brindis de aquella despedida docente, se inauguraron para el pensionado las olimpiadas de sus más selectos recuerdos existenciales. Y en esta ocasión, se fue hasta el primer día de agosto de 2009, cuando se conoció la noticia de la muerte de su compañera de docencia, Ana Cecilia Salas, gran amiga y benefactora de su proyecto editorial InterLebprensa. Cuando redactaba el editorial de su Observador 3 llegaba a su imaginación aquella típica sonrisa suya, moderada y dudosa, asociada a la actitud del sabio que no responde sino lo preciso. Entraba a su laboratorio, (que ahora es la sala de profesores), a saludarla y a comentarle lo que estaba escribiendo y ella, suspendiendo su quehacer, escuchaba sus palabras y hasta celebraba sus publicaciones. Sobre todo, aquel de la “cátedra oculta” del cual lo invitó a sacar copias para los compañeros. (Sobre la cátedra oculta acceso directo).

"Y cuando emprendí la idea de editar el Informativo Lebb, ––escribía entonces el pensionado–– fue la primera en felicitarme, pasando a ser una especie de “admiradora” en el mejor sentido de la palabra, porque cuando llegaba al laboratorio, donde se amañaba bastante, suspendía buenamente sus clases o sus experimentos para dejarme el espacio durante el cual le hacía la publicidad a los Interlebs, a los Informativos o al periódico El nuevo colegial, vendiendo bastantes ejemplares. Cuando nos inventamos el cuento de “accionistas culturales” para sostener el proyecto periodístico estuvo entre las más fieles y cumplidas en sus aportes de dinero. Incluso ella misma se ofrecía para hacer de distribuidora autorizada de las diferentes publicaciones".

EL OBSERVADOR TRES (Acceso directo exclusivo a la edición original)


Apunte luctuoso, registrado en el periódico El Observador 3, en agosto de ese año

"Es entonces preciso reconocer ahora ––continuaba redactando el pensionado en su editorial–– que he perdido una de mis mejores amigas y una de mis grandes modelos morales. Sin embargo, con el duelo de su partida nace, no una sensación de melancolía y vacío opresor, sino un estímulo de vida y de trabajo para continuar mejor la obra.  Supongo que la mejor herencia que nos legó fue la del aprecio máximo por la vida y la del compromiso de aprovecharla cumpliendo cabalmente nuestro papel humano en el mundo. Esa es también la mejor forma de mencionarla y de honrar su memoria. ¡Paz en su tumba!"

Compartiendo su último almuerzo con la familia
y compañeros, dos meses antes de su fallecimiento
El pensionado recuerda su trato bondadoso y apacible, su manera prudente de tratar los asuntos de sus alumnos y de su hogar. Y recuerda cuando fueron, con la señora Ligia y ella, al diplomado de Salud y bienestar en la universidad Industrial, experiencia extraordinaria que siempre recordarían los tres con mucho provecho y gusto.

El pensionado también adoptaría la justa costumbre, durante su enfermedad, de ir a visitarla de seguido a su casa del Carrizal a fin de enterarse de la evolución de su tratamiento.

Cecilia, por su parte, a pesar de la dureza de los procedimientos médicos y de las escasas esperanzas de vida que le daban, mantendría el buen ánimo y la esperanza indefectible de recuperarse de su enfermedad para volver a su rutina en la casa y al grato ejercicio de su cátedra de Química en el colegio. Sin embargo, el cáncer abrasivo, sin piedad y con terrible rapidez, fue devastando su vida  hasta límites indecibles. 

Intentó esbozar una leve
sonrisa, a modo de despedida
Se le quedó grabada al pensionado, como impronta, su última imagen, en su visita final, en Girón, en casa de un familiar suyo, yaciendo en su mecedora, al lado de su hijo mayor que la contemplaba desconcertado. Desfigurada por el extremo padecer, hizo el intento de dibujar con sus labios ya silenciados, una leve sonrisa, tal vez como despedida, pero sin conseguirlo. Entendió el pensionado entonces que la muerte de los mártires es admirable y que obligatoriamente su ejemplo perdura como una herencia inmaterial, de la cual uno debe sacar lecciones para vivir mejor y agradecidos. Y, de hecho, aquel día, antes de marcharse de su presencia, el pensionado, guardando silencio por respeto a su dolorbendijo y dio gracias desde su corazón a su compañera Ana Cecilia, por los años que habían compartido como colegas y amigos, con la certeza de que nadie mejor que ella se merecía un posgrado del Cielo.

Herencia similar han sido también para el apesadumbrado pensionado en ese entonces, los resabios cuenteros de su padre, que comenzaron, cuando estaba apenas estrenando el uso de su razón, allá en los ocasos poéticos de la hacienda de El Edén, en torno a una mesa rústica con tazas encima, de aguapanela humeante, escoltadas por abundante pan y queso. Allí, pues, en esa cocina, ennegrecida por el hollín abundante de los tizones, iluminada humildemente por los parpadeos de una elevada lámpara de aceite, comenzarían sus sesiones de narrar cuentos y anécdotas con el propósito brillante de combatir el aburrimiento, de quemar sanamente el tiempo y de evitar buscar demasiado temprano las esteras.

El pensionado, cuya familia ocupaba una casa a dos cuadras del parque, tras una gran subida, solía emprender la caminata hacia la finca, con su padre y algunos hermanos, finca extensa a más de hora y media desde el Gramalote antiguo, ascendiendo bastante, hasta que el frío empezaba a metérseles en sus huesos cansados. Una vez allí, en la estancia campestre, se seguía una especie de programa de animación turística, como, por ejemplo, ir a visitar los potreros bajo el pretexto de aprender a ordeñar las vacas, pero con la intención gustosa de tomar leche caliente recién extraída de sus depósitos originales. También la programación incluía ir de vagos a inspeccionar los patios de viejo cemento donde se desparramaban los pergaminos del café para que se broncearan antes de pasar al trillado y luego al tiesto. El pensionado, por su lado, dejando de observar las pepas, se quedaba con rara curiosidad, sentado en las bardas del patio, atisbando la marcha ceremoniosa de los diminutos ciempiés. Luego los alzaba de allí para colocarlos allá, ahorrándoles camino; o los transportaba ––¡oh, perversión!–– hasta sus rodillas para que sus cien paticas experimentaran otro tipo de terreno sensual más blando. Revisaba además, con ojos cariñosos, como de enamorado, las robustas y coloridas hortensias, los novios, azaleas y azucenas que cabeceaban con el viento alrededor del patio. 

Muchos años después, en el noviciado salesiano, el padre maestro Ildefonso Gil, les pediría a sus discípulos con ganas primerizas de ser curas, ––entre los cuales se encontraba el pensionado–– que escribieran sobre sus manías sospechosas cuando eran niños; y él entonces describiría este asunto de los ciempiés, con tal esmero y gracia, que dejaría impresionado a ese santo varón hasta tal punto que, tras su original análisis del texto, terminaría diciéndole al final una de las frases que grabaría celosamente en su galería cerebral, como reliquia. Le dijo: "¡Tú tienes grandes habilidades narrativas. Naciste para ser escritor!" (El pensionado tiene muchos motivos para jamás olvidar a su maestro del noviciado, pero, por ese apunte, será un profeta venerado para él).

La guía campestre de El Edén, también incluía pasar por sitios agrestes a recoger tunas y a sobarlas para que aprendieran a ser brillantes y comestibles, operación alimenticia que sería una especie de ceremonia para los recolectores, sentados alegres en alguna piedra o montículo del paisaje.
 
Podrían asimismo presentarse de fisgones en el mesón donde la tía Josefa trituraba diestramente, con una gran piedra redonda, la cuajada fresca para embutirla en unos moldes circulares. Definitivamente los visitantes allí no se aburrían, porque también podían, mientras el sol estaba vivo, sondear el cielo inmenso y azul por donde surcaban aves lejanas y lentas, a las cuales había que enumerar y preguntar por sus nombres. Las tijeretas, con su cola bifurcada, alegraban la atención del pensionado, mientras la pericia de los cuervos para volar lo dejaban con la boca abierta.

El atuendo corriente
del pensionado, cuando 
visitaba El Edén
La tía Josefa, que no era muy efusiva ni locuaz y, de paso, oía con interferencia, abandonaba de cuando en cuando sus labores queseras para reunirse con los visitantes y lógicamente disfrutar de los placeres de la contemplación  del azul infinito y del devaneo entretenido de las aves. Alguna vez fue sorprendida por el paso lejano de una nave de propulsión casi invisible, que iba dejando de recuerdo una curiosa y alargada estela blanca que ella consideró una muy larga nube de espuma. Según la leyenda familiar, la tía, cuando le aclararon que desde que nació el pensionado empezaron a volar en Colombia ese tipo de aviones, último grito en aviación, expresó crítica e inocentemente, una palabra que la identificó para siempre; "¡Ociosos!" — Exclamó. No estaba lejos de acertar que realmente para llenar el mundo de inventos hay que estar desocupados y con la mente abierta.

Igualmente para contar cuentos, hacer música, como lo hacía su padre, había que hacerle venia al ocio, darle espacio, sobre todo, a la hora de expirar las luces del día y de reunirse para comer y hablar. Recuerda el pensionado cómo se quedaba él entonces observando perplejo sus manos gruesas y ordinarias, cuando ya no quedaba nada sobre la mesa. Perplejo porque no lograba explicarse cómo hacía para inyectar el anestésico a sus pacientes dentales, cómo meter esas manotas en sus bocas, cómo podía presionar con exactitud las cuerdas en los trastes del tiple para arrancarle acordes con qué acompañar sus canciones. Recordó que lo lograba, —no tanto como los virtuosos, sacarle armonías al tiple. Había una rasgueo que prácticamente sonaba como un sonsonete similar a "¡parrranda e pingos, parranda e pingos!". Luego, apagando las cuerdas con la palma, empezaba otro muy semejante: "Este rasgueo es la misma vaina, pero más rápido", bromeaba riéndose. 

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