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miércoles, 1 de julio de 2015

A estudiar más... ¡Y sí habrá realmente ganas!

Por Lebb

Los hinchas del horario extendido están pregonando que ahora sí van a llover las bendiciones al sistema educativo colombiano, como por ejemplo, el descenso de la deserción escolar, el ascenso en los resultados académicos, el bálsamo de la violencia escolar. Otros mesías, no menos triunfalistas, profetizan que incluso también caerán los indicadores de embarazo de las colegialas... Y no faltan los pronósticos de los analistas bromistas que también predicen que hasta el mercado de la despensa va a rendir más, y que habrá por fin mayor paz en los hogares... ¿Será posible tanta belleza?


(Bueno, eso último de la alacena y de la paz sí lo aceptamos como correcto, porque aplicamos la lógica espontánea:  si los estudiantes prácticamente se van a vivir  al colegio entonces no dispondrían de mucho tiempo en su casa ni para requisar el mercado, (en el colegio les darían todo), tampoco para despilfarrar allá luz, agua o internet inalámbrico. Y, en segundo lugar, darían menos motivos a las iras paternas y a las controversias fraternales; no les alcanzaría el tiempo para las peleas callejeras ni para juntarse con los vagos viciosos del vecindario... (Eso suena genial). 
Pero, en perjuicio, no tendrían, entre muchas otras cosas, tiempo disponible para mimar a las mascotas que se deprimen a causa de la soledad, como lo denuncia el estudiante de arriba en su cartel de rechazo a la jornada única.)

  Lo que todavía no nos convence es el punto según el cual la deserción escolar por efecto de la jornada única va a disminuir. Argumentan que es preciso desarrollar proyectos sobre el uso del tiempo libre para que no piensen en abandonar. Pero ¿para qué proyectos si es que con ese horario de casi todo el día no les va a quedar tiempo para desarrollarlos? (A no ser que sean proyectos de fin de semana o nocturnos).

Custodiar a estos estudiantes más tiempo en el colegio haciendo más de lo mismo o forzándolos a estudiar más si apenas son capaces de estudiar lo mínimo, acabaría por producir catastróficamente el efecto contrario: Mayor deserción. O, por lo menos, más ausentismo.
 
  La más valiosa tesis del gobierno en este asunto es que la jornada extendida va a multiplicar el buen desempeño estudiantil. Sin embargo, la calidad académica no siempre ha sido producto de la cantidad de tiempo en un aula de clase; más bien ha sido efecto de la calidad de un tiempo razonable dedicado al aprendizaje con juicio y con interés. Es más, la excelencia académica, hunde sus raíces en la motivación intrínseca del estudiante, en su voluntad y concentración. El tiempo no lo es todo en el proceso hacia mejores resultados académicos. Puede ser que esas horas adicionales, como algunos docentes comentan, no representen puntos positivos en materia de calidad, si se sigue haciendo al interior de las instituciones lo mismo de siempre, en más horas; si persisten las mismas rutinas de enseñanza, los mismos recursos y los mismos docentes sin actualización profesional. Los mismos con las mismas darían los mismos resultados.

  En cuanto a que la jornada completa disminuirá los índices de agresividad escolar, los realistas son escépticos. ¿Será que a más horas de clase menos violencia escolar? ¿Será que al intensificar español, inglés, ciencias y matemáticas se resolverán los añejos problemas de bullying, de acoso y agresividad que tanto aquejan ahora a nuestros escolares?

 Es un desatino presumir que con más horario escolar las instituciones automáticamente se volverán lugares pacíficos, inmunes a la violencia rampante del país y ajenas a los abrumadores abusos intrafamiliares. La premisa de que "más tiempo en la escuela evita que los niños se desarrollen en esos entornos violentos en los que crecen" (la propia sociedad a la cual pertenecen y la propia familia de la cual son miembros) deja en el aire una sensación de que el gobierno quiere convertir a los colegios en guarderías o refugios blindados contra la realidad exterior.

  Hay más funciones para el colegio. También deben ser entidades de control de la natalidad. Deben pues generar mecanismos de protección para que las adolescentes vivan y disfruten la sexualidad pero sin quedar embarazadas. Suponen que las colegialas, como pasarán más tiempo en el colegio bajo el cuidado de sus sacrificados profesores, estarán más protegidas contra los embarazos precoces. (Un gasto necesario entonces: Instalación de cámaras de seguridad en sitios amorosos estratégicos).
 Definitivamente la campaña de la jornada única parece campaña política: llena de promesas y de quimeras para que las instituciones como novias feas digan sí a sus pretendientes. 

  No somos refractarios a las buenas intenciones del gobierno, en el sentido de propender por mayor calidad académica. Sin embargo, no comulgamos piadosamente con sus estrategias para materializarla. 

En nuestro medio concreto, consideramos un deber sagrado hacer campaña de la buena en aras de una cultura de estudio, para despertar en los estudiantes el apetito por el saber y el aprender, por infundir en su cerebro la voluntad de forjarse ideales y ser disciplinados para conquistarlos. Mientras ellos sigan distraídos, con aire juguetón e inmaduro, chateando o navegando con su celular, imaginando que el colegio es un hospedaje a donde se viene más que todo a comer, a jugar, a tener amigos y a conquistar amores prematuros, no habrá jornada corta ni larga que sea efectiva para elevar el bajo coeficiente de desempeño académico.