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domingo, 19 de octubre de 2014

SUEÑO PERDIDO


Me rendí finalmente a la seducción hecha mujer, comprendiendo al tiempo, en un éxtasis inesperado de pasión celestial, que la chica me estaba adoctrinando sabiamente con sus ojos, su sonrisa y su presencia en el encanto absoluto del amor. Entonces quise para ella el mundo, la dicha, mi tiempo, mi eternidad, mis brazos, mi humanidad...


Por Lebb

Soñé que era un ducho en el amor, en cuanto a piropos, consejos y conquistas se refiere. Y así, con tal presunción me dirigí a la cocina a echarle algo de amor caliente al estómago. Una vez allí, le manifesté mis ganas a la chef, chica de cabello amonado, largo y lacio, ojos canelos, encantos embriagantes y muchos corazones que hasta se le salían por los poros:

­–Deseo Te. Y ella exaltada de súbito, sonriente y sugestiva, me replicó:

–¡Aquí estoy de una, para cumplir todos tus deseos! 

Pero enseguida, con leve sonrisa y algo de malicia allá dentro de mi verde corazón, le aclaré a la ferviente apasionada el sentido de las palabras:

–Lo que quiero decir es que: Deseo tomar la bebida llamada té.

–La chica chef, con sonrisa recién apagada, un tanto ruborosa pero con ojos capaces de enamorar al mundo entero, aceptó mi enmienda, diciendo:

–Maestro, definitivamente, debes hablar claro y concreto. Fue entonces cuando volví a la petición original, diciendo:

–En realidad lo que quiero es saborear Té. Ante lo cual la chica con ojos brillantes, sonrisa complaciente y movimiento explosivo de caderas en salsa, exclamó:

–Cuando de sabores se trata yo ofrezco los mejores. ¡Comencemos! 

Volví a mirarla simulando extrañeza pero en realidad con el alma entusiasmada. Pero, como maestro honorable de amores, hube de inventarme un dulce llamado de atención:

–Otra vez, jovencita —dije serio— me estás malentendiendo. Eso está mal hecho.

 Ella entonces, al parecer arrepentida y silenciosa se quedó mirando el piso. Entonces, como mi estómago no aguantaba la abstinencia, le expresé despacio, por tercera vez, mi petición inicial:

–Quiero Té. Y mucho.

 Y la chef que era linda, amante de la vida y adoratriz del amor, inevitablemente, se exaltó de nuevo, levantando los ojos, botando por ellos corazones:

–Maestro —exclamó— Yo también te quiero. Pero dímelo al derecho, así suena MÁS bonito.

Viendo entonces en mis sueños que la hermosa chef no quería saber de la bebida sino de amores, se me olvidaron los antojos de Té y de cuanto existía en el mundo. Agradecí en el acto al Dios del universo e inventor del Paraíso, la abundancia de placeres y bendiciones y también lo alabé con júbilo por la superpoblación de mujeres bellas e irresistibles, no sin antes, para complacer a mis entrañas, expresar por cuarta vez mi siempre malentendida solicitud:

–Mujer bella, quiero en verdad tomar Té.

Entonces, la chef retomando la emoción de una mujer enamorado, gritó con entusiasmo:

–Oh, maestro. Haberlo dicho antes, desde el principio. No hablemos más. ¡AQUÍ ESTOY LISTA, TÓMAME!

Me rendí finalmente a la seducción hecha mujer, comprendiendo al tiempo, en un éxtasis inesperado de pasión celestial, que la chica me estaba adoctrinando sabiamente con sus ojos, su sonrisa y su presencia en el encanto absoluto del amor. 

Entonces quise para ella, olvidándome del dichoso té, quise para ella el mundo, la dicha, mi tiempo, mi eternidad, mis brazos, mi humanidad. Desgraciadamente en esos momentos me desperté. (No me creerán, pero he intentado infinitas veces volver a tener el mismo sueño).

lunes, 7 de julio de 2014

Y LA LEYENDA EDUCATIVA CONTINÚA

Por Lebb  

Doña Berenice ya cumplió admirables 30 años de ejercicio docente, y piensa seguir haciéndolo más allá, hasta el infinito, mientras Dios le conceda la licencia. 

   Nos cuenta orgullosa que en los duros bancos de su escuela se han sentado ilustres parroquianos de varias generaciones históricas, entre los cuales vale destacar al actual alcalde, alumno suyo de mente inquieta y bajas notas, igual que el personero del municipio, también de cuatro y medio en conducta y la secretaria del despacho, con 4.8.

   Precisamente el mismo jerarca de la Administración el otro día nos recordaba, evocando tiempos maravillosos, que doña Berenice todavía enfunda sus densas y blancas piernas en unas gruesas medias de franjas ordinarias que le llegan hasta las corvas, así como solía hacerlo cuando él y el personero montaban gorro en la escuela. No son las mismas, por supuesto, aunque la verdad sea dicha las modeló largos años hasta el día en que, por arranque insólito de generosidad, resolvió dárselas como ofrenda a una beata pobre del pueblo. 

  Nos recibió allí, detrás de su escritorio atestado de pergaminos y libros de vieja data, donde recibian veneración, entre otros textos, una cartilla "Charry", el Catecismo del Padre Astete, la urbanidad de Carreño y un volumen deshecho de Baldor. El secretario con un poco de picardía complementaba diciendo que hace poco, en la Izada de Bandera en conmemoración de las hazañas de los Comuneros, le escucharon unas coplas similares a las que ellos tuvieron que recitar en el acto patrio de un 20 de Julio tan perdido en el tiempo que  los historiadores se inclinaban a creer que para la fecha todavía Rafael Núñez entonaba el Himno Nacional.

  Nos contaba doña Berenice, entre ayes de pesadumbre, que se angustió mucho en aquellos tiempos de novedades, cuando el Gobierno promulgó con pitos, tambores y fanfarrias la Ley General de la Educación aspirando a revolucionar pacíficamente el sistema educativo del país. Añade que hasta se le subió peligrosamente la tensión, pero que de ese mal se le estilizó la figura sin ejercicio, ni bebedizos ni dieta. Se le escurrieron por entonces también los ánimos y las medias, porque no podía aceptar que su metodología valiosa, su santa experiencia, su "sapiencia suma" y su tradición docente sucumbieran ante el ventarrón reformista del Ministerio, como dio en apodar despectivamente la iniciativa gubernamental.

 Sin embargo, amenazada con perder el sueldo y por su ilusión sacra de alcanzar sus bodas de oro docente, inclinó resignada su cabeza cana, para acoger sumisa las tareas oficiales que la obligaban a la dura tarea de redactar el proyecto educativo institucional así como el de rellenar diferente y con términos nuevos algunos formatos protocolarios viejos.

  Mientras duró la preparación del sonado proyecto doña Berenice fue toda una heroína: Asistió a miles de reuniones, hizo parte de cuanto comité se inventaba la secretaría de Educación y como el mejor carro viejo entraba y salía de cuanto taller de actualización le proponían. A todo eso decía que sí. Se le olvidó inclusive decir que No. (Hasta el lechero andaba contento). 

   Por fin estuvo listo el famoso P.E.I. de su plantel y pudo doña Berenice respirar dichosa y tranquila y triunfante. Ya entonces existe, al lado de aquellos otros libros excelsos un libro descomunal con las letras P, E, I, doradas y en alto relieve, que además de adorno testimonial sirve de base para sostener ese florero de porcelana fina que le regalaron cuando celebró el primer cumpleaños de servicio.

Y mientras distraídamente hojea la cartilla Charry y prepara clases con Baldor, Astete y Carreño, nos mira por encima de las gafas, con pupilas pensionadas tres veces y con la oligarquía de sus arrugas, diciéndonos que ese libro quedó perfecto y que ha contribuido, acorde al santo espíritu de la Ley, a subir a la gloria la Enseñanza y, obviamente a disparar la calidad de la Educación. 

   Lo único que ha subido -pensamos con ironía para nuestros adentros- son las flores barrocas de su jarrón, en su clásico escritorio donde todavía su espíritu docente prepara clases con métodos ancestrales.

   Los niños se han dado cuenta de que las cosas antiguas, como la misma escuela, las casonas donde viven, como ese florero viejo y los libros que los adoctrinan son como las piezas valiosas de un museo a las cuales hay que brindarles honra, afecto y cuidado. Y por eso mismo, viven tensos ahora cuando rodean a su maestra Berenice, a sus cosas y a cuanto ella significa para su historia.  Si esa antigüedad se desplomara al piso, (me refiero al jarrón), eso SÍ sería una "tragedia" para toda la escuela que cambiaría radicalmente la Historia.




martes, 10 de junio de 2014

LA IMPORTANCIA de llamarse ESTUDIANTE, y de serlo realmente

El éxito está en ser fiel a la identidad

Por Lebb

  Es cuestión también de identidad, como lo afirmaría el registrador del estado civil. Sin identidad no puedes presentarte ni a reclamar un cheque. Serías anónimo, un desconocido, o como lo dice el lema de un programa: “No existes”. La identidad genera un íntimo convencimiento de que puedes ser protagonista de los hechos, de que puedes figurar, producir e intervenir significativamente en los asuntos de tu entorno social. 

  Sentirse identificado con una vocación tan interesante como la de manejar información y conocimiento, la de cultivar y desarrollar talentos a fin de ser artífices de la construcción de una sociedad mejor, es fundamental para alcanzar, no sólo el sentido de pertenencia al establecimiento que bien te acoge, sino que también es el punto de partida para comenzar a construir y a gestionar tu fundamental proyecto de vida.

  El estudiante necesita interiorizar, como dirían los motivadores hoy día, interiorizar su identidad como tal. No es suficiente firmar en el libro de matrículas, no basta el presentar un carné estudiantil, no lo acredita el solo hecho de sentarse en una silla dentro de un salón de clase. Para que realmente se denomine “estudiante” y para que auténticamente lo sea, necesita hacer un profundo y sagrado acto de consagración de todo el ser al estudio.

  Viéndolo de esta forma, la matrícula no podría seguir siendo un simple registro, sino una verdadera acta de bautismo escolar que te compromete a vivir con dignidad y eficiencia no solamente dentro de los muros institucionales, sino también donde quiera que vayas.

Esa dignidad estudiantil te impulsará a estudiar por convicción, no por obligación; a cumplir los trabajos académicos, no de cualquier forma ni remedando los ajenos. Esa dignidad no conoce la evasión ni los pretextos para irse al supuesto baño en lugar de presentarse al aula puntualmente, a participar en la construcción del conocimiento, a ser disciplinado, a obrar con orden y a convivir, entre otras virtudes, pacífica y felizmente con sus compañeros y profesores.

  Sin embargo, establecer identidad y generar dignidad académica hoy día en los estudiantes, es una tarea que bien podría descorazonar a los más corajudos. Tal producto parece estar al final de un proceso formativo que hunde raíces en el seno de los respectivos hogares. De allí brota la semilla del encanto e inclinación de los chicos por el estudio, por la cultura y la búsqueda del bien obrar y del buen vivir. Los observadores agudos cada vez que se inicia el año escolar casi automáticamente reconocen a los jóvenes con predisposición a la verdadera identidad estudiantil y se reconfortan; pero, a la vez, también detectan candidatos difíciles propensos por naturaleza a convertirse en falsos  estudiantes. 

  De todas maneras, la escuela está ahí para ofrecer las oportunidades de estudio y formación a todos. Con unos tendrán más trabajo los docentes, puesto que deberán comenzar por intentar sembrar en ellos la conciencia de la verdadera identidad estudiantil. Gastarán sin duda las mejores energías en una brega incansable por despertar o crear en ellos el  estilo propio de quienes legítimamente están respondiendo a la dignidad no sólo de llamarse simplemente estudiantes, por el hecho de sentar una matrícula, sino de serlo realmente por convicción, por hechos, por resultados.

  Los esfuerzos que se emprendan en este sentido, los capitales que se inviertan para producir tal efecto, serán siempre determinantes; pues mientras no se resuelva a satisfacción el problema de identidad estudiantil y de dignidad académica al interior de las instituciones, aun los mejores métodos de estudio o la aplicación de las mayores ayudas tecnológicas, servirán bien poco. Es el típico caso viejo de la semilla que  cae en terreno no bien dispuesto. Pero tal parece que esa antiquísima mentalidad de algunos según la cual las cargas se arreglan por el camino, de que nos casemos sin amor pero con pasión, y que más adelante el amor brotará mágicamente, seguirá predominando. Muchos conservan la ilusa creencia de que la simiente del estudio, abonada por inoperantes paños de mejoramiento académico, podrá seguir cayendo en mentes infértiles y que de todas maneras fructificarán por generación espontánea.

Así es como se alarga la lista de aquella raza de estudiantes sin identidad, sin dignidad académica, a la cual perteneció un tal Lucio Freskales. (Identidad verdadera, del nombre falso no me acuerdo). Fue llevado una vez al consultorio del doctor Eric, quien inició el tratamiento psicoterapéutico con la pregunta sobre qué estaba haciendo después de haber sido proclamado bachiller con toga y birrete el año anterior. Se quedó el psicólogo medio traumatizado apenas recibió la respuesta de Lucio, una respuesta rápida, fresca, cínica, demoledora:

  --“¡Lo de siempre: 'mamando gallo'!”.


  Lucio definitivamente había hecho perder el tiempo a muchos malgastando más de seis años de su vida, dando guerra tonta, sin identidad estudiantil, con déficit de dignidad académica, y vegetando hasta el último nivel, sin cambio ni provecho, cuando por obra y gracia de algún artículo legal lo premiaron con el título de bachiller.

 Hay un dato más. Era excelente con los guayos. Varias veces puso en alto el nombre del colegio. Salió en los diarios. El problema era que su identidad en el colegio no era precisamente la de futbolista, sino la de estudiante. Concluyo entonces diciendo que, en un sistema educativo, el ideal de hacer excelentes personas a sus estudiantes, de crearles conciencia de su dignidad profesional, de infundirles hasta los tuétanos la identidad bautismal de ser realmente estudiantes, es de suma prioridad. Todo lo demás es linda añadidura.

jueves, 5 de junio de 2014

Sobre la deuda personal con la sociedad

   Que cada uno con los valores recibidos se ponga al servicio de los demás

Por Lebb

Al nobel que se acaba de ir de este mundo le han llovido a raudales las justas ovaciones y los homenajes terrenales, porque tuvo a bien ejercer exitosamente uno de los talentos más influyentes y valiosos que pueda ostentar un ser humano, como lo es el de saber escribir. Pero a la vez, como llovizna, también han humedecido su tumba las críticas sobre cuanto materialmente pudo haber hecho de bueno por sus conciudadanos y por la sociedad que lo albergó, y no lo hizo.

   Dicen por ejemplo que Aracataca, su patria chica y fuente determinante de su inspiración laureada, hoy continúa en la soledad de la dejadez y del atraso primitivo, sin que él hubiera movido un dedo por su prosperidad pudiéndolo hacer generosamente. 

   Dicen que hubiera sido altamente influyente su palabra poderosa y sus potentes oficios medianeros en la solución del conflicto interno del país, dada su simpatía por la Izquierda y su amistad entrañable con Fidel. Sin embargo, por razones de seguridad personal, tal vez; o por ahorrarse preocupaciones, no hizo tan necesaria tarea.

   Agregan además, algunos jueces mundanales que Marquez, por haber vivido tantos años en México, su nacionalismo tricolor, o los propios amores patrios, por la ausencia y la distancia, se habían convertido en mera energía potencial, ausente y lejana, sin uso alguno en  obras de cambio y solidaridad en pro de sus compatriotas.

   Sus fervientes seguidores, como es de imaginarse, saltan en seguida, como resortes, en defensa de su santo literato, argumentando algo así que al cojo genial hay que ponderarlo más por su genialidad que por su cojera, dejando entrever que ciertamente la vida de García Márquez, bajo la óptica del arte por el arte, es una maravilla única, un prodigio para aplaudir de rodillas. Y, en consecuencia, al reconocer la genialidad y la grandeza como hombre de letras, le rinden el culto respectivo. Pero cuando ya se trata de sopesar las obras de sus manos en beneficio de la sociedad que lo hospedó, se quedan un poco pensativos por cuanto, si bien es cierto que quien crea literatura de calidad humana da inspiración a sus devotos para cambiar las cosas, para mejorar su vida, no genera los créditos pertinentes que justifiquen o santifiquen su paso por el mundo a los ojos de la Historia.

   Se requiere entonces más que eso. Más que palabras escritas, obras de vida. Aún hoy día las perentorias propuestas de caridad del Catecismo siguen contemporáneas por cuanto todavía es menester contribuir de manera sólida y visible a la calidad de una sociedad óptima, no sólo a través de la palabra, oral o escrita, por muy bella y creativa que ésta sea, sino también mediante la inversión solidaria, en cuanto nos sea posible, de todo nuestro patrimonio material y espiritual en el remedio o mitigación de tantas pobrezas y pesares humanos concretos.

   Es más. Por simple lógica económica uno espera intereses de los capitales asignados. Es de elemental gratitud devolver al medio social parte del mundo de todos los bienes materiales y personales que hayamos recibido. El perenne llamado paulino de ponernos al servicio de los demás con las capacidades que nos adornan es siempre moderno. Eso es para nosotros como una cláusula del contrato personal, contrapartida del derecho a ser miembros de una sociedad.

   Hay que contribuír pues a su evolución, a su vitalidad, a su prosperidad, a su florecimiento colectivo con el empujón de nuestros valores personales. Pero si, a lo corrupto, --como está de moda hoy día en nuestro país-- anulamos ese deber y codiciamos a cambio el mero beneficio propio a costillas de quienes nos rodean, automáticante configuramos un individualismo violento y destructor y, por ende, una sociedad pobre, agresiva, enrarecida e infeliz.

   En cuanto a Márquez, supongo que está en el cielo de los literatos, --si es que hay cielo aparte para esa gente de alto nivel--, gozando para siempre del Premio, al lado de su Macondo y del realismo mágico. Desde el punto de vista cristiano, supongo que los fieles rezan por él y exclaman, sacándose el sombrero o calándose el rebozo, igual que las comadres de camándula, ante el parroquiano difunto, pagano confeso, que no iba a Misa, que no se confesaba ni comulgaba, ni practicaba convencido las obras de misericordia: "¡Ojalá Dios lo haya perdonado y lo tenga en su Gloria!" 

martes, 13 de mayo de 2014

UN POCO DE HUMOR

***Mamá, ¿qué haces en frente de la computadora con los ojos cerrados? –Y la mamá inteligente y tecnológica le responde:
- Nada, hijo, es que Windows me dijo que cerrara las pestañas...

**** En un Censo.
Estaba la encuestadora en una casa haciendo las respectivas preguntas:
--¿Su nombre?
---Adán.--Respondía el residente.
¿El nombre de su esposa?
--Eva. -contestó Adán.
--¡Increíble! -comentó la encuestadora que le gustaban los chismes-- ¿Por casualidad la serpiente también vive aquí?
--Sí, por supuesto, aguarde un momento. Volviéndose al interior de la casa, gritó:
--¡Sueeegraaaa, aquí la BUSCAN !

***** Doctor, últimamente me siento más gordo y feo, y más en el pasado cumpleaños, ¿qué tengo?
- Y el doctor lo estudia con la vista de arriba abajo, de un lado a otro, y sentencia:
--Tienes "mucha razón". Y para eso no hay remedio que valga.

**** Un crítico se dirige a otro y le comenta:
--Señor, usted está bizco y bien bizco. --Y el otro, ofendido pero con buen humor, le responde:
- No, lo que pasa es que tengo un ojo más bonito que el otro y éste se le queda mirando.

domingo, 23 de marzo de 2014

CUERNOS FRESCOS en el día de la boda

Por (el fiel) Lebb

Hubo expectativa hasta la madrugada por saber el contenido de uno de los regalos más voluminosos enviado por alguien especial que no había podido estar presente. Era una caja pesada recubierta de papel brillante, cuya cinta roja a su alrededor remataba en un espectacular florón rojo.

  Bertha Espinel se casó con honores militares con uno de los hombres más destacados del regimiento. Y lo hizo feliz y enamorada, segura de haberse ganado la lotería en amores y en fortuna. Ella era joven y bella,  morena chispeante, jovial y, como muchas chicas se ponía firme y se excitaba cuando estaba al frente de uniformados. Y por eso tal vez le consagró su pensamiento y lógicamente el corazón al oficial cuyos compañeros marcharon en la iglesia, desenfundando sables y haciendo calle de honor, entre otras rutinas marciales.

  Pero a diferencia de los cuentos de hadas cuyas princesas empiezan la dicha al matrimoniarse con sus príncipes, para Bertha, aquella noche con tan funesto obsequio, comenzó una vida de incertidumbres, de miedos y de sospechas. El teniente de su corazón, por su parte, parecía carecer de explicaciones y de nada servía su inteligencia militar para descubrir a la bromista que les había enviado una cabezota de res, de filosos cachos aun sangrantes, escoltados por tres gruesos plátanos verdes. 

  Cuentan los observadores que ni en las telenovelas habían presenciado una escena tan salvaje como aquella. Pero diferente a las telebobelas, Bertha no se desmayó ni se entregó a morir. Esa misma noche hizo desaparecer los cachos y los plátanos, dio por terminada la fiesta y se fue a dormir sola. Y procuró olvidarse del asunto y llevar una vida lo más normal posible con su nuevo esposo a pesar del fatídico simbolismo de aquel regalón el día de su matrimonio.

  Un año después, vino a tener otra gran sorpresa al parecer relacionada con la primera. Estando atareada en las labores naturales de las amas de casa, sintió golpes apresurados en la puerta y el sonido alborotado propio de zapatos como cuando alguien escapa asustado. Halló en el portal, sobre un tapete donde se leía en inglés Welcome, un bebé de pocos meses en un canasto, envuelto en “pobres y humildes pañales”. 

  Bertha Espinel entonces, conmovida y con la caridad maternal disparada, resolvió acoger en su casa el pedido no solicitado de la cigüeña: conversó con el teniente de su corazón, le expresó su deseo de adoptarlo y, una vez cumplidas las formas legales, el chico aparecido misteriosamente como los cuernos aquellos de la noche de bodas, entró a formar parte de la casa.

  Y aunque suplió una necesidad familiar por cuanto Bertha no podía tener hijos y el teniente lo deseaba mucho, el matrimonio entró en una fase de deterioro y en vías de extinción. Aseguran las comunicadoras populares que por fin la señora de los cachos, ––es decir, la señora que había recibido de regalo unos cachos––, había atado cabos llegando a la conclusión de que en la vida del teniente existía lógicamente una mujer de cuernos tomar que se había propuesto acabar con su matrimonio.  

  No había contado al respecto que durante los años de convivencia con el teniente de su corazón, la joven señora había venido recibiendo llamadas de mujer alertándola sobre las supuestas infidelidades del marido. No se sabe si por quererlo mucho, o porque no deseaba armarle escándalo ni pelea, no le reclamó nada, mantuvo la compostura, guardó las apariencias. Al fin y al cabo, ese teniente prolongaba la fama ganada por el común de los militares según la cual ellos son machistas, se las dan de guapos e imponen su dominación y capricho con sable, bolillo y pistola. Otras comunicadoras independientes, es decir, que no pertenecían a ninguna agencia de noticias, alcanzaron a informar que le habían visto a Bertha rastros de sable en las costillas y resto de bolillo en las espaldas. Pero nada confirmado.

  De todos modos, el matrimonio terminó pronto. Él se fue con otra y ella le entregó el corazón a otro señor, el cual no había conocido para nada su historial. Nuestras informantes nos dijeron que no era raro que el teniente se hubiera quedado de pronto con la autora intelectual del chasco aquel. Por su parte, el chico hoy ya muy crecido y con imagen y semejanza de teniente,  vive con su supuesto padre adoptivo.

  En un encuentro inesperado, a la salida de una Misa, encontramos a Bertha Espinel, después de muchos años. Parece haber recuperado, (así tenga el colesterol un poco alto), la chispa de la vida, pues  nos saludó con una sonrisa amplia dejando al descubierto aquella buena dentadura que le admiramos cuando todavía no le marchaba al teniente. Su hablar había vuelto a ser rápido y entusiasta. Sus ojos habían recobrado gran parte del brillo original y su caminar hacia el vehículo que la esperaba fue atlético y llamativo. Todavía le quedaba mucho de sus grandes atributos como bailarina y morena expresiva. Eso era lo más importante. A pesar de haber quedado, en cierto modo, convertida en escombros por la infidelidad y el desamor, había sido capaz de volver a levantarse para amar otra vez y hacerlo mejor.

martes, 18 de marzo de 2014

SÍNDROME DE LOS VIDRIOS ROTOS


Los observadores  concluyen que si no se arregla a tiempo una ventana destrozada en un edificio sin uso, los vándalos continuarán rompiendo cristales, un día tras otro, hasta alcanzar su ruina total

En 1969, ––según recorte de prensa––la Universidad de Stanford, (USA), el Prof. Phillip Zimbardo puso en marcha un experimento de psicología social: Dejó dos automóviles idénticos, abandonados en la calle. Uno, en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York; y el otro en Palo Alto.

Palo Alto, es una zona rica y tranquila de California. Pues bien. Al cabo de cierto tiempo, como lo esperaría seguramente un observador común, el automotor del Bronx comenzó a ser desvalijado rápidamente, como presa atacada por pirañas, hasta quedar reducido a chatarra. El de Palo Alto, por el contrario, se mantuvo firme y elegante.


Para el profesor Phillip y sus asistentes, el hecho era previsible, por cuanto es normal atribuir a la pobreza ––tal vez no a toda pobreza–– las causas de la delincuencia, según los pensamientos más conservadores.

Pero el experimento no terminó ahí, junto a las ruinas del automóvil del Bronx. A la semana, el de Palo Alto que estaba intacto, los investigadores le rompieron adrede uno de los vidrios de las ventanas y,  como si eso hubiera despertado unos monstruos o, mejor, los bajos instintos de los vecinos, se desencadenó un proceso destructor contra el vehículo como el que se había producido en la calle del Bronx: el automóvil acabó pronto en ruina perfecta.

¿Por qué un vidrio roto ––se preguntaron luego los investigadores en sus meditaciones existenciales–– libera el espíritu destructor y delictivo de esta gente aparentemente tan honrada y  pacífica? 
Evidentemente se fueron a hurgar la respuesta en las raíces de la psicología de las personas para las cuales el vidrio roto de un auto abandonado es el pretexto que contagia sus mentes de desprecio agresivo, de "caos naciente", que va destrabando sus automecanismos de control ciudadano y emocional. Y, también va reafirmando la sensación pública anárquica de que aquí no hay leyes ni normas, de que aquí no pasa nada así haga y deshaga, como en la batalla de las almohadas o de la fiesta de la tomatina donde sin castigos o reprimendas los protagonistas esparcen desenfrenadamente montones de fibra o toneladas de esa verdura.

Este experimento más otros posteriores, sirvieron de base a dos investigadores para concebir la "teoría de las ventanas rotas", la misma que desde la mira delicuencial, concluye que el desacato a la ley es mayor en las zonas donde el descuido, el desorden y el maltrato son mayores.

Según esa teoría, ––que ya más bien parece ley–– si un vándalo estalla un vidrio de un edificio más o menos abandonado y no se repone de inmediato ni se le presta atención al inmueble, pronto se infesta el lugar de más ociosos, como moscas atraídas por la miel, y entonces todos los demás cristales sufren la misma tragedia. De ahí también se deduce que si se cometen pequeñas faltas de tránsito en un lugar como estacionar en prohibido, exceder la velocidad, no respetar el semáforo,  sin que las mismas sean detectadas y sancionadas por las autoridades respectivas, se instituye una especie de hábito social consistente en seguir cometiendo impunemente las mismas infracciones y aún peores.

Los estudiantes y yo, por nuestra cuenta, también hicimos a este respecto un análisis modesto en el salón de clase, justo después de volver de vacaciones, con intenciones de probar la existencia no ya de una teoría sino de un verdadero síndrome no de ventanas rotas sino de "peloticas de papel". 

Resulta que arriba del aula dos arañas habían tejido un mar de amplias y magistrales redes entre un aspa del ventilador de techo y la pared, ofreciendo como es de imaginarse un tupido espectáculo de dejadez y abandono, impregnando de lo mismo al salón completo. Se presentó entonces uno de los alumnos de comportamiento superior, de esos que jamás firman Observador, el cual, tras quedarse extasiado mirando el fenómeno, fabricó rápido una bola de papel que, sonriente, la arrojó hacia ese atractivo microcosmos.
El experimento de la telaraña y sus bolitas de papel comprobó una vez más el síndrome de los vidrios rotos, según el cual, un desaseo pequeño atrae más desaseo, un mal pequeño sirve de estímulo para males mayores. Por suerte, existe el "síndrome" inverso.

Al cabo de unos segundos llegó otro chico, también de cinco en conducta, quien, ni corto ni perezoso, volteó la cesta de la basura, extrajo un papel degenerado, hizo la bola, apuntó hacia arriba y le agregó feliz otro asteroide a ese universo de telarañas. Para no alargar la historia, al cabo de muy poco tiempo, ya habían danzando allí enredadas tres docenas de pelotas de papel, más la mía porque yo tampoco resistí la tentación de subir a esa nube mi propia bolita.

Luego, en mi foro interno, aún con las redes atestadas de bolitas y con las dos arañas hambrientas, bien aburridas por cierto, comprendí que de algún modo en la psicología humana las escenas de suciedad y anarquía logran soltar las débiles riendas que gobiernan todo el arsenal destructor y malandrín que seguramente anida en nuestro interior. De ahí que, tal como lo hizo el alcalde de Nueva York en su momento, hay que implantar la teoría contraria: tolerancia cero. Disciplina total. Y creer que si el mal tiene magnetismo bestial, el bien también puede ejercer una atracción de agujero negro.

Decidí entonces despachar a las pacientes tejedoras, eliminar el caos de telarañas y papeles en bola para luego aplicarme como Dios a la organización y al orden  general del aula, a fin de que los estudiantes al otro día palparan con la vista y los otros sentidos la pulcritud del espacio donde supuestamente nos entregamos al amor del conocimiento y de la ciencia ––al menos eso dicen los poetas––, y, en consecuencia, se portaran con altura como ángeles impecables.

Sin embargo, al día siguiente, después de la primera hora, el salón pareció regresar al caos original. De ñapa habían  bolsas vacías de agua y muchas peloticas de papel adornando desafiantes el piso. 

Suponemos, sin desanimarnos ni desesperarnos que es un poco difícil, paciente y largo reversar la enfermedad de los "vidrios rotos" por cuanto venimos desde hace una historia viviendo de placeres y de amores con el síndrome. 
Tengamos fe. Después de todo, este mundo tan bello que reclama nuestra contribución para ser mejor, comenzó precisamente siendo un verdadero Caos. 

viernes, 6 de diciembre de 2013

El urgente poder del ABRAZO


Este contacto físico además de  gratificante, provoca bienestar psicológico, emocional y corporal; estimula la alegría, la salud individual y la colectiva

  
 Los expertos en esta importante materia de los afectos llevados a la práctica, no tienen que esforzarse demasiado para convencer a las personas del beneficio omnipotente del abrazo, porque todos están de acuerdo en que cuando lo han prodigado a alguien, de forma sincera y buenas intenciones, ha generado en ellos y en sus destinatarios un sentimiento profundo de satisfacción y bienestar. 

   Otros recuerdan que el abrazo contiene entre sus ingredientes especiales uno capaz de bloquear la soledad de quienes lo protagonizan. En el peligro ayuda a vencer el miedo, en la aridez afectiva, abre las puertas a los sentimientos más fecundos. Cuando existe depresión porque nos creemos insignificantes nos devuelve el sentido de la autoestima; si nos han atacado los virus del egoismo, de la agonía por sentirnos viejos, de la inapetencia por no creernos necesarios o amados, el abrazo de un cálido amigo o aun el de un extraño afectuoso, nos vuelve desprendidos, nos recicla la juventud y nos despierta el apetito, no sólo el apetito de los sentidos sino también el de los deseos por bendecir la vida y todo lo santo que ella contiene.

   Son tantas las virtudes de un abrazo que un estudiante de psicología de California, Travis sigley,  lo convirtió en negocio lucrativo. Este joven ingenioso cobra 75 dólares por una hora de sesión a domicilio durante la cual abraza, charla, y se vuelve una consentidora madre con sus clientes.

Y aunque Sigley, aparte de estudiar psicología, trabajaba en ese asunto sexual de agradar con su cuerpo desnudo a los otros y otras, descubrió a través de su profesión  que muchos de sus contratantes lo buscaban más para hablar sobre sus problemas y sentirse acompañados, que para disfrutar de sus encantos musculares en su visible plenitud.

   El joven cree, como lo venimos diciendo, que el contacto físico con otra persona ayuda a superar estados de ansiedad y angustia, y que también contribuye a generar confianza en uno mismo y en los demás, motivos contundentes para volverse positivo y productivo en el medio donde se desempeña sea cual sea la profesión o el oficio.

   El otro día ––ya para acabar mi cuento––, mientras estaba en la tarea complicada de enseñar Inglés, tocaron a la puerta. Al abrir me encontré con un colega buena gente que me saludó risueño y me presentó en seguida  a un ramillete de lindas y fragantes chicas en plan de  apostolado gratuito de abrazos inspiradores: Sin más formalidad, una de ellas se me puso por delante, me saludó brevemente y, de una vez, me hizo prisionero de sus brazos. Una vez en libertad, le dí las gracias feliz y castamente apasionado, comprendiendo mejor que nunca la urgencia de asumir y aplicar en nuestras relaciones interpersonales los poderes de tan sorprendente gesto humanitario.

   Más en los colegios, donde el derecho al afecto debería tener formas concretas  de buen trato, de voces cordiales, de buen humor, de optimismo... y que ojalá se personificaran los besos y los abrazos. ¿A quién no le gustaría tanta belleza?

jueves, 5 de diciembre de 2013

El ARTE sirve para ser feliz y mejor

La producción artística contribuye al desarrollo feliz de la personalidad, en lo emocional, en lo cognitivo, por cuanto estimula y valora el potencial creativo de los jóvenes


   Hoy día los optimistas creen que animar y favorecer el poder creativo de los estudiantes en las instituciones, contribuye significativamente a proporcionarles una educación integral, amena y operativa dentro de la sociedad que necesita, más que de palabras, de acciones positivas y de productividad. 
En este sentido, el arte, como recurso para realizarse como persona valiosa para su entorno, convoca a los jóvenes a revelar sus capacidades de imaginación, de expresión oral,  de habilidad manual, de nuevas formas para manejar situaciones problemáticas y conflictivas, a tono con las actuales competencias ciudadanas.

  El arte es uno de los caminos que lleva al hombre al autoconocimiento y al desarrollo personal, pero además puede ayudar a tener buena salud y a mejorar la calidad de vida. Por eso algunos profesionales han decidido crear técnicas que junto al arte eleven el potencial de cada persona. 

Es tan bueno que algunos especialistas lo utilizan como terapia, fundiendo conocimientos, práctica del arte y psicología. En el momento ––explican––en el que la persona proyecta sus ideas o pensamientos internos en formas artísticas, el experto puede aprender a leer las claves simbólicas del subconsciente y ayudar al paciente a desarrollar todo su potencial, siendo creativo y espontáneo. A través del arte manual el paciente libera sus tensiones y encuentra alivio a sus afecciones físicas, mentales, espirituales y emocionales. 

Algunas ventajas de esta terapia es que al usar el proceso creativo como puente de comunicación, se genera un espacio libre de juicios estéticos, en el que la persona participa activamente manipulando y transformando materiales artísticos. Cuando el alumno va terminando de manera exitosa su trabajo, su autoestima crece, su motivación aumenta y empieza a hacer del arte un nuevo proyecto de vida.

Pero para todos nosotros el arte tiene una función práctica: Es un medio de interpretar la realidad y de actuar sobre ella. Y sirve también como vehículo de expresión de ideas, conceptos y valores, en sintonía con la época en la cual nos corresponde vivir. Pero también tiene una función Ideológica: Podemos transmitir creativa y placenteramente valores ideológicos, políticos, económicos, religiosos, de forma explícita o enmascarada. Y también tiene  uso estético: Para expresar y ponderar la belleza y el amor que nos rodea y sentimos en el alma. En resumidas cuentas: Sirve para ser feliz.

lunes, 21 de octubre de 2013

LA POLÍTICA DEL "DEJAR HACER, DEJAR SER", "LAISSEZ FAIRE"

Forma de "ayudar" a que otros desarrollen sus proyectos y lleven su vida según sus propias determinaciones

La contraparte negativa del "Laissez faire"
en Educación:No hay que dejarlos que
hagan todo lo que se les dé la gana.

Por Lebb

 Cuando uno estaba de balde, en el lugar y en el momento equivocados, mientras otros sí se consagraban a sus propias faenas, nuestros predecesores nos aplicaban uno de los refranes más comunes de todos los tiempos: "Mucho ayuda el que no estorba". 

  Entonces uno se quitaba de ahí mientras humildemente iba asimilando la lección de que en muchas ocasiones cualquiera que no tenga a bien colaborar, no debe convertirse en obstáculo o en espinas en el camino de las acciones buenas que los demás estén haciendo o quieran emprender.

 Al lado del anterior, también tenían otro, un tanto desafiante pero que comportaba una autorización de mala gana: "¡Haga, entonces ––decían–– lo que se le dé la gana!" Pero había otro más benigno: "Como usted quiera está bien". Uno entendía entonces que sin obtener un patrocinio efectivo y declarado podía contar por lo menos con la "autorización" de quienes tuvieran relación contigo para actuar o para ejecutar cualquier buen plan que hubieras craneado.

  En la mente del ilustre Adam Smith, el laissez-faire ("dejar hacer" en francés) era toda una doctrina económica que impulsaba una política de no intervención indebida del gobierno en los asuntos comerciales como premisa mayor para producir la prosperidad y la libertad. Era algo así como permitir que la suma de los egoísmos responsables se pusiera al servicio del bienestar de toda la sociedad.

  Ese ("Laisser faire"),"dejar hacer" a los otros las cosas a conciencia, también fue estrategia de san Agustín según su frase inmortal: "¡Ama y haz lo que quieras!" Como si dijera: "El amor es bueno y es sabio, no puede equivocarse cuando obra en consecuencia". Por lo tanto, no sería sensato interferir en sus actuaciones porque sería oponerse a "Dios que es Amor".

  Gamaliel, maestro del Apóstol Pablo, también sin saber francés les habló a sus compatriotas del "laissez-faire" cuando éstos pretendían matar a los difusores de la nueva doctrina: Les dijo sabiamente: "¡Correligionarios, 'laissez faire', déjenlos predicar porque si este proyecto de vida viene de Dios, no hay poder humano capaz de impedirlo!" (Claro que no lo dijo con estas palabras, pero fue más o menos parecido).

  El mismo Jesús también se adelantó al laissez-faire cuando les ordenó a esos discípulos opositores que no aceptaban bien a  los niños: "¡Laissez faire, ––les ordenó con autoridad––Déjenlos que se acerquen. No se lo impidan!" Y a los celosos del ministerio también les dio posteriormente otra lección: "Déjen a esos profetas que también prediquen y no se conviertan ustedes en estorbos o en demonios" (No dijo exactamente eso, pero también fueron palabras bastante parecidas).

  Finalmente, en Inglés la traducción de "Laissez faire" es "Déjenlos hacer", y en un sentido más amplio: "¡Deje SER!" Como  en la canción de los Beatles "Let it be". En este sentido, recuerdo una travesura de niños cuando los pajaritos bajaban al patio a picotear ansiosos los granos de alpiste. Nosotros, en acecho previo, saltábamos sin piedad sobre ellos por el solo gusto de verlos volar despavoridos. Escuchábamos entonces paralizados el grito justo pero feroz de alguno de nuestros mayores: "¡Déjenlos comer, no sean maldadosos!"

 Con el tiempo caeríamos en la cuenta, contritos de corazón, de que uno, si bien no quiere o no puede, debe permitir que los demás satisfagan las necesidades de su vida: cuanto quieran hacer y lo que quieran  ser.

viernes, 11 de octubre de 2013

LA MUERTE LO ESPERA EN SAMARCANDA

Llega a tiempo cuando quiere y a quien quiere

He aquí el eterno drama de la lucha entre la vida y la muerte con la victoria final de la única compañera fiel del hombre, que nunca faltará a la cita definitiva en el lugar predeterminado

Por Lebb

  Del trajinar sentimental de mi padre, derivó indudablemente su espíritu poético y ensoñador. Y de sus andanzas y constantes intercambios verbales con tantos amigos, vieron la luz sus cuentos y anécdotas los cuales lo convirtieron en personaje digno de escuchar. En el primer caso, era necesaria la compañía de un tiple aprendiz de bohemio, sonoro y nostálgico, sobreviviente de tantos años que sí fueron capaces de enterrar sus enamoramientos imposibles y de cremar sus fallidas ilusiones difuntas, mas no su visión de encanto y entusiasmo por la vida.
 
  En el segundo caso, era forzosa nuestra presencia en torno suyo por ese contagioso hábito de contar, de reírse, de compartir las incidencias joviales de su jornada. Para nosotros, que todavía no éramos víctimas de añoranzas vanas, resultaban estimulantes aquellos momentos cuando precisamente descolgaba el memorable instrumento de una puntilla de la pared y empezaba a rasgar con sus grandes dedos sus finas cuerdas que, en el acto, sembraban el aire de notas, junto con versos y rimas. Pero igualmente eran placenteros los momentos cuando, dejando de lado la música del amor, empezaba a narrar sus historias como aquella, bajo las lunas de octubre, al comienzo de la noche...

  –¿Se acuerdan de un tal Anselmo? ––nos preguntaba para que no respondiéramos–– ¿Ese hombre diminuto, fatal, encaprichado con la muerte, sin instantes para vivir en paz? Cada vez que debía marcharse de viaje, se trepaba en su tarima, un montículo a la salida del pueblo, a pronunciar su discurso de despedida, que remataba así:

––¡Me voy muy triste, amigos míos, adiós... porque no sé si volveré! ––y concluía  con la frase:

––La muerte es tan tirana que no sé si volveré. ––Pero aparecía de nuevo la semana siguiente. Y ese era todo el chiste. Regresaba a los pocos días. Sin embargo, le llegó la hora un día gris, lluvioso, que no tuvo público, quizá por tanta repetición o por simple broma de la misma muerte, en el cual no echó el sermón y se fue así, sin protocolo alguno. En esa ocasión, don Anselmo, el hombre mortuorio, de neuronas alentadas por el licor Sí no volvió.
 
  Y cuando no habíamos digerido todavía el final de la historia, nuestro narrador  anunciaba el título de la famosa leyenda del Ángel de la muerte quien llegó una mañana a la plaza de mercado de Andiján, ciudad de Uzbekistán, allá en un país de Asia.

  "Resulta que ––iniciaba el cuento–– ese día el primer ministro vio que su principal funcionario, el visir, se presentaba ante él en un estado de gran agitación y desespero. Y al indagarlo por la razón, el hombre le dijo:
 -Te suplico, mi señor, me dejes marchar de la ciudad ahora mismo.
  ––¿Por qué? ––le preguntó el califa.
  ––Al cruzar la plaza para venir al palacio, sentí un golpe frío en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.
–– ¿La muerte?
–– Sí, la muerte en persona. La he reconocido por su figura cadavérica y por estar toda vestida de negro con un chal rojo. Ahí estaba mirándome muy seria para intimidarme. Estoy seguro que ha venido por mí. Permite que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y huiré de ella. Esta noche puedo llegar lejos, a Samarcanda.
  ––¿De veras que era la muerte? ¿Estás seguro?
  ––Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tú y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego. Voy a huir de ella.

  El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. Éste, entonces, creyendo poder eludir la cita infalible con aquélla, regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarcanda, atravesó raudo al galope una de las puertas de la ciudad. 

  Un instante más tarde el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como lo hacía a veces, y  salir así, de incógnito, de su palacio. Fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, en busca de la muerte. Tras una breve exploración con la mirada la vio y la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte: de figura alta y complexión delgada, vestida de negro, el rostro medio cubierto por un chal rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, posando el dedo frío en el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.

  El califa de inmediato se dirigió hacia ella, la cual, al  reconocerlo, a pesar de su disfraz, se inclinó en señal de respeto.

  ––Tengo que hacerte una pregunta -le dijo el califa en voz baja.

  ––Te escucho.

  ––Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y honrado. Merece vivir mucho más tiempo. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él iba para mi palacio, lo has tocado y elegido? La muerte, ligeramente sorprendida,  contestó al califa:

 ––No, no quería asustarlo. No lo he mirado con ojos amenazadores. Sencillamente, cuando por casualidad nos chocamos yo lo reconocí. Ya es su día, ya es su hora. Sin embargo, no he podido ocultar mi asombro y mi preocupación.

  ––¿Por qué asombro? ––preguntó el califa intrigado–– ¿Por qué preocupación?

  ––¡Sencillo, --contestó la muerte––: Asombro porque no esperaba verlo aquí en la plaza, tan desentendido. Y preocupación porque los dos tenemos programado nuestro encuentro esta noche en Samarcanda, y no aquí en Andiján.

lunes, 2 de septiembre de 2013

OPTANDO POR LOS AUMENTATIVOS

Con el propósito de incrementar la autoestima, ––potenciador de los logros humanos–– y apreciar mejor las gracias de la vida 


Por lebb (Editorial de El Observador 22)

  Entre las mañas buenas y curiosas de un inolvidable párroco, que legaron herencia de sonrisas y buen ánimo a las " ovejas" de su grey, recuerdo ahora una que nos ayudó a modificar jocosamente la forma de valorar la gente y al mundo a nuestro alrededor.

  Poco amigo de los diminutivos, nada permisivo con los gestos de apocar a las personas y a cuanto a ellas se refería, bregaba siempre por aplicarle a todas las cosas, así sonara a veces chistoso, la lupa de los aumentativos.

 Línea similar de actitud optimista trazó mi padre. Y la observábamos como factor de aprendizaje nosotros sus naturales discípulos cuando, recostado en un taburete junto a la puerta de la casa, a merced de la seductora brisa vespertina, pronunciaba una de sus habituales frases dotadas de buen genio: "¡Ah, ––suspiraba risueño––, esto no es vida, esto es un VIDÓN" (No confundir con "Bidón").

  Indudablemente, eran lecciones breves de un maestro sencillo, convincente, que nos empujaban a valorar en su magnitud práctica las opulentas gracias de la vida.

  Y, (sin salirme del tema), algo semejante y fabuloso pasó en aquella asamblea amistosa de legumbres (Esto sí es cuento), legumbres tiernas y muy positivas, quienes movidas por un disparatado amor propio, bromeaban haciendo planes para un futuro genial, si acaso lo permitía la ensalada del día o la del siguiente. Uno de ellos, el tomate, de mayor iniciativa, brincaba entonces hasta el borde de la ensaladera donde se hallaban platicando, y vociferaba: "Yo tengo un sueño: cuando sea grande,  seré un tomatón!" En el acto brincaba también a su lado la lechuga, fresca como es lógico pensar, la cual, con vocecilla inferior, declamaba: : "¡Yo también tengo un sueño: Yo seré un lechugón!" Su compañero, el tomatón en potencia, silbó fuerte en señal de aprobación.

  Pero abajo, en el fondo de la fuente, se quedaba sin ganas de saltar nada menos que el huevo. Sus compañeros desde arriba lo interrogaron con la mirada. El huevo, entonces, entre amargado y sin corazón, se quejó diciendo: "¡No sean tan pingos, mano, --él era santandereano-- mejor juguemos a otra cosa!"

  Los comentaristas del episodio anterior se divierten opinando que la autoestima de los primeros (manifestada en los aumentativos) se constituía no sólo en resorte de sus saltos presentes, sino también en potenciador de sus posibles proyectos futuros. Mientras que para el tercero, o sea el huevo, la falta de fe y confianza en sí mismo le impedían no sólo brincar, sino que también vaciaban su interior prematuramente de sus justos ideales de grandeza.

  Y a propósito de grandeza: recuerdo que recién publicado uno de los primeros números del OBSERVADOR, un colega a quien se lo ofrecí personalmente, hizo que le facilitara un ejemplar. Tomándose todo el tiempo del mundo empezó a tentarlo con la yema de sus dedos, hoja tras hoja. Al término del conteo, devolviéndome brúscamente el periódico, me miró con ojos de experto economista y sentenció: "¡Este periodiquito vale por ahí, bien pago, unos setenta pesitos!"

  Desde luego aquella valoración con diminutivos incluidos fue un arma química que arremetió contra mi autoestima,  pero sin lograr envenenar mis pretensiones de sacar adelante el proyecto. Por el contrario, sirvió de entrenamiento y de "motivación" para poder soportar después otros muchos sinsabores que no es del caso citar en este instante.

  Y ya para concluir debo remitirme al comienzo de este artículo cuando me refería al párroco que abusaba cariñosamente de los aumentativos. Pues bien. Resulta que una noche, para poder resaltar las calidades de una película en el último día de su presentación, tomó entusiasta el micrófono y pregonó desde la torre de la Iglesia: "¡Gancho y más gancho para ayudar a la construcción del templo: dos personas con una boleta. Para que no se pierdan esta extraordinaria PELICULONA!".

  Lo comprendimos entonces, lo perdonamos y lo quisimos, porque resaltar valores, bendecir la vida, emocionarse con los bienes del universo comportan ciertos riesgos y tentaciones, pero ameritan amor. Pero bien vale la pena, amigos lectores, asumir resueltamente la actitud redentora de optar por los aumentativos. 

domingo, 1 de septiembre de 2013

TODAS LAS MUJERES SON BELLAS


Por Lebb

   Cuentan que una vez don Sórdido Ardila hablaba con Sórdino Villadiego sobre temas comunes de la vida popular cuando en esas  una señora muy aseñorada pasó por el frente de ellos llevando de la mano una doncella volantona de belleza incipiente pero forzada, escena ante la cual don Sordino le comentó a la señora refiriéndose a la chica y haciéndose el admirado y en son de piropo:

--"¡Cuídele la señora!". Fórmula que caló bien en el ánimo de aquella, tanto que acarició a don Sordino con una sonrisa orgullosa.

    Pero como nada puede ser perfecto en este mundo, a don Sordino le picó el gusano de hacer un comentario adicional e inapropiado.  Y lo hizo en tono bajo para que lo escuchara el Secreto:

  --"Sí, claro, para que no se vuelva más feíta"

  Para su desgracia, también escuchó la tal señora aseñorada la blasfemia del impertinente, y entonces, volviéndose furiosa se le acercó como un huracán y, en defensa de la honrosa belleza de la hija, le plantó sonora la mano en la cara con la ira más bestial.

  Don Sordino no se sintió ya más de este mundo. Alcanzó sin embargo a proferir entre rezos una promesa de cuyo contenido supieron las paredes:

 "¡Jamás volveré a decirle feíta a mujer alguna, así se lo merezca. Y mucho menos a una hija delante de la suegra!

UNA "INOCENTE" PECADORA SE CONFIESA


El mayor pecado es el de OMISIÓN


Por Lebb

Una vez llegó al confesionario una linda penitente sin fe y sin remordimiento de nada que le manifestó al sacerdote que ella, además de pura belleza, no tenía ningún pecado porque no había hecho nada malo a nadie.

 Fue cuando, para su sorpresa, el confesor le replicó que precisamente no hacer nada por los demás es uno de los mayores pecados que pueda cometer el ser humano: "porque quien pudiendo hacer el bien y no lo hace, comete pecado por omisión", le aclaró citando a un célebre apóstol.

La muchacha se quedó pasmada un instante pero en seguida respondió que no estaba obligada a dar porque en su vida había recibido bien poco de sus padres y hermanos. Pero el cura la atacó de nuevo citando palabras de otra celebridad según las cuales todos estamos obligados a ponernos al servicio de los demás con los talentos multiformes que hayamos recibido. Pero la chica alegó otra vez que no le constaba haber recibido gracias o dones de nadie y que por lo mismo y tanto no estaba obligada a ayudar a nadie.

Pero el cura, como obstinado guerrero espiritual, contraatacó diciéndole a la falsa penitente que también su Maestro había curado a los ciegos que no veían nada bueno a su alrededor ni personas, animales o cosas que les hubieran hecho más grata y feliz la vida. La joven por fín guardó silencio y se sintió más bien ciega y paralítica, pecadora y moribunda. Poniéndose entonces la mano en el pecho bajó la vista y exclamó: "¡Yo pecadora me confieso..."

 El cura enseguida trazó en el aire una gran cruz orando para sus adentros: "¡Señor, haz que tus hijos veamos!"