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domingo, 28 de febrero de 2016

HUMOR ANTIGUO

¨ Hijo mío, dime una mentira con una sola palabra: 


             -Papá.


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¨ ¿Cómo se dice abuelito en chino ? Tá chochito.

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¨  ¿Como se dice señora en chino?
        Ya'ta usá

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¨ ¿Espejo en Japonés?
- AHI TOY..!!
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¨  ¿Qué les llega a las mujeres
una vez al mes y les dura tres días?
El sueldo del marido.

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Tomaron una foto sin FLASH y Flash se fue enojado.


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¨     ¿Qué pregunta trascendental le hace una pulga a otra pulga?
¿Habrá vida en otros perros?

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¨    En el desierto, una serpiente le pregunta a la otra:
-Oye, Somos venenosas?
-Claro!, somos serpientes de cascabel, 
¿Porque lo preguntas?

-Es que me mordí la lengua!

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¨  Una vez un borracho en un bus le toca el busto a una mujer, y ésta muy enojada lo regaña:
-Maldito borracho, ¿por qué no pone la mano en otra parte?
-¡No me tiente, señora, no me tiente que ganas no me faltan!

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 A un borracho que estaba en una esquina se le acerca un policía y le pregunta:
- ¿Que hace usted aquí?
Y el borracho le contesta:
Es que veo a las casas dando vueltas y estoy esperando que pase la mía,  para no caminar mucho.



martes, 26 de enero de 2016

Todos somos “ricos”

Producir y dar, claves del éxito en la vida

La verdad es que todos somos RICOS en muchos campos y estamos llamados a distribuir a los demás nuestras riquezas, quienes a su vez deben hacer otro tanto con la riqueza individual que les ha correspondido

Muchas cosas buenas observó la boba en el bobo en aquel cuento y en aquel pueblo, según me contaban las reporteras informales, porque durante el noviazgo lo quiso cristianamente y lo cultivó con paciencia y bondad, hasta ser capaz de ponerle el lazo religioso frente al altar mayor de la Iglesia.
(Según los informes de la prensa no escrita el hombre estaba tan distraído
justamente en el instante trascendental del “Acepta a fulanita por esposa”, que la novia, algo alarmada, tuvo que darle un severo codazo para hacerlo volver a la realidad. El Padre muy comprensivo con el novio repitió entonces la consabida pregunta y fue cuando él dio una respuesta que se hizo famosa en toda la comarca y trascendió los tiempos: “¡Sí, Padre –dijo– siga diciendo que a mí me gustan todas esas ‘vainas’!” )

Pero ya fuera de chiste y hablando en serio, está comprobado que todos somos valiosos en muchos aspectos y que el progreso de una sociedad o de una empresa se basa en reconocer y dejar actuar las competencias del otro, sin envidias o recelos, primando el bien común y el desarrollo colectivo. Cuando alguien niega su aporte personal o entierra su riqueza interior o impide que los demás lo hagan, está contribuyendo culpablemente no sólo a su fracaso existencial, sino también está impulsando el empobrecimiento social al generar mezquindades y egoísmos morbosos.

A este respecto, hace poco los lecheros hicieron algo verdaderamente escandaloso. Por exceso de producción no pudieron vender toda la leche. Tampoco pudieron guardarla, no estimaron rentable para la industria regalarla siquiera, optaron más bien por botarla en las alcantarillas. (Los chicos acuñaron hace rato un término para este clase de tipos, los llaman precisamente “malas leches”.) Pero es algo parecido a lo que hacen algunas personas ricas no sólo con los bienes materiales, sino también con los bienes morales, intelectuales y virtuales. Se lo guardan todo, se engordan sólo ellos, como el rico Epulón, no comparten, dejan que se desperdicien sin beneficiar a nadie.

Volviendo al cuento de arriba, el supuesto bobo no era un rico heredero ni manejaba una hacienda ni siquiera un carro pirata. No ostentaba lógicamente un alto cociente intelectual, ni había sacado puntajes llamativos en la prueba Saber 11. Pero yo creo que era –para empezar– millonario en glóbulos rojos. O, como dice la canción, era rico en sentimientos y en cumplimiento. Le resultó trabajador a esa mujer afortunada, además de considerado, casero y –cosa de admirar– fiel. (Esas “vainas” sí no le gustaban) Tampoco era amigo de farras y de vicios. Tampoco le gustaban esas “vainas”. Y eso era lo importante para la recién casada: que él la amara, la respetara y estuviera dispuesto a vivir para ella, para el hogar, para los hijos. Tarea enorme para el hombre, por supuesto, porque ella era enorme, de esas mujeres como la suegra de Condorito que uno exclama, al verla: “mejor la visto pero no la mantengo, mejor la salto en vez de darle la vuelta”.


Cuando no se es bobo ni pobre en ese sentido de los amores se ostenta poder para darle sentido a la vida, se tiene valor para afrontar los desafíos y gracia para enriquecer el entorno.

Cuando yo pienso en los estudiantes se me rebota la sana envidia por cuanto ellos, aparte de tener una inmensa capacidad amatoria, son hábiles en muchos campos: Son creativos, emprendedores, no son bobos para nada. Y así sean algunos un poco locos en disciplina y en aplicación para los estudios, cuentan con el perfil perfecto para ser triunfadores.

Pero no basta tanta belleza, es preciso que asuman la conciencia de esa dignidad y obren en consecuencia. Que demuestren que tienen calidad humana, y que no es necesario sacudirlos y estrujarlos para que le administren al mundo las rentas de tantos bienes recibidos.

Mi madre –ya para terminar por hoy– allá en su finca mantenía un gallinero muy productivo. Las gallinas saraviadas eran, como dicen por ahí, las más “picadas” por su habilidad de poner huevos diariamente. No había necesidad de llorarles  para que cumplieran sus deberes naturales. Sin embargo, había otras gallinas un poco más lentas y rogadas a las cuales ella las suspendía de las patas palpándolas por allá, como una experta, para concluir : "Esta tiene huevo para mañana!” O en el peor de los casos, dictaminaba: “En cambio ésta NO tiene huevo!” Y lo trágico era que si la plumífera  persistía en no dar frutos, en no mostrar su producción interna, acababa en la olla, bailando fúnebre en el sancocho.

Una lección un poco dura para quienes todavía no somos conscientes de cuán valiosos y aportantes debemos ser para “la humanidad agobiada y doliente”. Ahí es, pues, donde se encuentra la clave de la activación de la vida: En producir y en dar.

Esas cosas y otras nos decía el profesor de religión y de Ética allá en mi Escuela primaria, varios siglos atrás. Me inspiraban personalmente tanto tales discursos que me transportaban en las alas de la distracción hasta el infinito (Y más allá). Por suerte, el compañero de al lado, cuando veía que el docente se acercaba, me codeaba fuerte despertándome. Descendía entonces del infinito para exclamar delante de mi inolvidable preceptor: "¡Profesor, Sí, sí, siga diciendo que a mi me gustan todas esas 'vainas'"

miércoles, 20 de enero de 2016

HUMOR Y FRASES MEDITABLES

· La dama insiste:
¿Por qué, papi, no nos vamos a vivir a un apartamento más caro?

En esas suena el teléfono y el señor responde. Luego cuelga y le dice a la señora:

Se cumplió tu deseo, mami. Viviremos en un apartamento más caro: 

¡Nos acaban de subir el arriendo!

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·        Estaba Venancio pintándose los dientes con esmalte de uñas blanco, en eso llega su mujer inteligente y le pregunta:

—¿Qué haces Venancio?

—Pues, poniendo esmalte en mis dientes Manolo, que más. No ves que el otro día compré una pasta de dientes y en la caja decía que los dientes con esmalte son más resistentes, y no entran caries.

—Ay Venancio, si serás bobo, cómo se te ocurre. Estás grave, no es con esmalte blanco, es con transparente para que se conserve el color original de tus dientes.

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·  ¿Cuál es el colmo de una botella?
Resfriarse, por dormir destapada.


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·    Una chica le pregunta al novio: 

—¿Qué te gusta más: mi belleza, mi sobrada inteligencia, mi modestia o algo más? 

Y el chico le contesta: Algo más: Tu sorprendente imaginación.



                                                       Meditables

·  Si quieres saber cómo será tu novia en el futuro, sólo tendrás que analizar a tu suegra.


· El hombre hace cualquier cosa con tal de hacer el amor, incluso enamorarse. La mujer hace cualquier cosa con tal de enamorarse, incluso hacer el amor.


· La felicidad no es un destino sino un camino.

· Detrás de una mujer fea, siempre hay una amiga linda.


· Las mujeres son como las busetas. Nunca hay que correr detrás de ellas. Mejor aguardas, porque siempre vendrá otra.

· La mujer se casa pensando que el hombre cambiará, el hombre se casa pensando que la mujer no cambiará. Ambos se equivocan.

· Nadie puede herirte sin tu consentimiento.

· Si no puedes cambiar el mundo, no dejes que el mundo te cambie a ti

 

 



miércoles, 21 de octubre de 2015

ORIGEN DEL APELLIDO RARO: "BOTELLO"

(Unidad investigativa Interlebprensa)

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Este no es un apellido como para burlarse imaginando que es un apodo o que está relacionado con la embotelladora de Santander, es, — muy por el contrario—,    un apellido ilustre de una familia fundada en el siglo XIV por don Alonso Tello de Meneses, hombre rico de Portugal, a quien por su caballerosidad y heroísmo lo llamaban “el buen Tello”, en portugués “Boo Tello”, de cuyas dos palabras se formó el bello apellido en cuestión.
Sus ramas se extendieron por España,  las islas Canarias y América. Los caballeros de este linaje se establecieron en el interior de Colombia, más que todo por los lados del hoy Norte de Santander, (Gramalote, Lourdes, Arboledas, Cúcuta), a mediados del siglo XVII.

Los miembros de este distinguido linaje vieron confirmada la hidalguía de su apellido en los diferentes estamentos nobiliarios y militares de Portugal y España.

Hoy día este noble linaje sigue extendiéndose por todas partes, dejando su huella como “buenos Tellos”, es decir “Botellos”, por su brillante pasado, su productivo presente y su prometedor futuro.




lunes, 12 de octubre de 2015

"¿Mil pesos nada más por un simple soplo?"

Por Lebb

El histórico relojero, con la maña propia de sus largos años de oficio, destapó el reloj, y tras observar con magia sabia las entrañas del mecanismo, tomó aire y sopló sobre los engranajes exactos...

Recuperó entonces su danzante vida la espiral; el áncora, su vaivén; el espíritu del viejo reloj su ritmo de antaño, revitalizando sus ancestrales rutinas. Mi padre, al contrario de ese mecanismo, se quedó sin cuerda, paralizado, admirado... 

Por fin pudo, tras segundos largos, quejarse por un cobro algo exagerado para ese tiempo:
"¿Mil pesos nada más por un simple soplo?"
A lo cual, el relojero, con visible desagrado, replicó con la seguridad de un profesional:

"¡No se cobra el simple soplo, (eso lo puede hacer cualquiera); sino el saber soplar donde se tiene que soplar! (Eso lo hacen pocos). Pero para eso hay que tener talento y, sobre todo,  estudiar."

"Además, -siguió diciendo con aires de predicador- saber soplar es arte divino: Dios sopló en la nariz del hombre y le dio 'aliento de vida' . El Maestro lo hizo sobre sus apóstoles y les trasmitió Espíritu. Y el profeta Ezequiel, en el valle de los huesos secos, rogó a Dios y éstos, tras un ruido, se juntaron formando cuerpos. Pero todavía no andaban como este reloj antes. Fue cuando sopló el espíritu sobre ellos y ellos revivieron. Debería cobrar más por mi 'soplo'".

Entonces mi padre, que era buena "paga", sacó la cartera y le canceló al viejo relojero.
Cuando ya estuvimos solos e íbamos camino a casa se volteó hacia nosotros todavía malhumorado y, apuntándonos con el índice repetidas veces, nos conminó: "!Ustedes también deben estudiar, porque ya se dieron cuenta, lo que hizo y dijo ese tipo. El que sabe se defiende. El que no sabe lo engañan. El que sabe "jode" Y al que no sabe lo "joden" (así lo dijo con esa palabra dura y grosera).

Ya por la noche, llegada la calma de la oscuridad, y con el ánimo en reposo nos aconsejó que no utilizáramos palabras groseras en nuestro hablar, -como él- para referirnos a personas o a las conductas de las mismas, porque eso habla muy mal de nuestra personalidad y, por ende, de nuestras obras.
"Si no lo creen -terminó diciéndonos- escuchen esta anécdota ocurrida en la pequeña iglesia de Pueblo viejo, (así se llamaba el pueblo donde estudié la dentistería" (Odontología):

Se arrodilló un feligrés compungido ante el cura a delatar sus pecados. Y en un momento dado, confesó:
"Me acuso, Padre, que digo cada rato la palabra "jediondo" al perro, al gato, a todo el mundo: "jedionda" le digo a mi mujer, jed...

"¡Detente, hijo mío, -le ordenó severamente el confesor, añadiendo de inmediato un piadoso disuasivo de fe:

"¡Hijo mío, cada vez que pronuncias esa horrísona palabra, el Ángel de la Guarda, al instante, se aleja de tu lado siete leguas".

El impresionable penitente abrió desmesuradamente los ojos espantado, sin poder controlar el comentario en voz alta, que sacó de sus meditaciones a los orantes del templo: "¡Ah, Jediondo, de rendirle!"

sábado, 10 de octubre de 2015

La "chinita" que atrapó al "chinito" mejor cotizado

Gracias a una "matica" (que no era tan matica) quien no era princesa logró persuadir al  príncipe bueno (que no era tan bueno), de que ella era la chica ideal para él y, sobre todo, la precisa para el Reino

Se cuenta que muy lejos en el tiempo y en la distancia, allá en la fabulosa China, un príncipe de la región norte del país estaba ya maduro para ser coronado rey; (nada que ver con ese otro "maduro" mal vecino). Pero que precisamente se había dilatado esa ceremonia porque el joven no cumplía con un pequeño detalle legal, a saber: "Debe estar casado". Él era el soltero más codiciado del continente, duro de atrapar, sin novia oficial, solamente contaba con buenas amigas o amigas buenas, pero que de ahí a comprometerse con cualquiera de ellas había una inmensidad.

 Entonces como China lo necesitaba rey y él no quería hacer reina a cualquier hija de vecina, resolvió, en un arranque de sagacidad soberana, convocar un "reality" (No estaban de moda en esa época, pero él como buen chino se lo inventó desde allá). Decidió proponer pues una competencia entre todas las muchachas de la corte, bonitas y feas,  ricas y pobres, tontas y listas, para ver quién sería digna de su propuesta matrimonial:
"Me casaré --anunció--con la pretendiente que sea capaz de resolver un desafío. Y estáis  (No era para nada  español, pero hablaba así con el "vosotros") estáis invitadas a una reunión especial para que conozcáis de qué se trata. No faltéis!"

Una buena mujer, empleada en el palacio hacía muchos años y ágil comunicadora, fue de inmediato a contárselo a su hija, una dulce virgen virtuosa de belleza infartante (recuerden que esto es puro cuento), quien desde hacía mucho rato profesaba un amor ardiente, secreto y soñoliento por el príncipe, tanto que se pasaba todas las noches ardiendo, secreteando y soñando con él. (No sé a qué horas dormía).

Micaela, nombre con el cual distinguimos a nuestra heroína, al oir de la madre la promoción imperial, brincó hasta el techo azuzada por la esperanza de poder al menos contemplar al príncipe en persona. (Es que la esperanza es como un resorte en la vida. Por eso fue que Tristancho, un vecino mío, se murió de desánimo. Lo abandonó la Esperanza. Ese era precisamente el nombre de su amor).

Dicen que la madre, al ver  a su hija tan entusiasmada y con un gran chichón en la cabeza, (es que del brinco se golpeó contra el techo), trató de disuadirla con palabras racionales, pero no insistió mucho. Tal vez porque allá en las entretelas de sus ambiciones vitales, le resultaba grato convertirse también en la suegra del futuro rey.

Llegado pues el día del concurso, nuestra chica Micaela se bañó y se perfumó como nunca. Se puso su vestido solemne y se fue de rapidez para el castillo. Una vez allí detalló,  con cierto aire de envidia y temor, a sus competidoras quienes conforme a sus trajes primorosos y sus físicos glamurosos (todo me sale en oso) estaban muy bien equipadas para quedarse con el chino mejor cotizado del imperio.

Para acortar el cuento voy a suspender los protocolos, los besamanos, los discursos y solamente les voy a repetir las palabras del príncipe, que dieron inicio al desafío nupcial: "Daré a cada una de vosotras una semilla. --les dijo a las aspirantes a casadas-- Aquella que me traiga la flor más bella dentro de tres meses será mi futura reina, la emperatriz de China" Cada una entonces recibió su respectiva semilla y todas de inmediato se fueron corriendo a sus comarcas a sembrarlas y a cuidarlas.

Cumplido el primer mes y, a pesar del amor y el santo esfuerzo de Micaela, pasó lo que no debía pasar. (O ¿sí debía pasar?): No nació ninguna flor. Ni fea ni bonita. Llegó el segundo mes: Tampoco, ni fea ni bonita. Y, al tercer mes, sólo había tierra en la maceta y un desengaño endiablado en el corazón de Micaela. Pero, aun así, la osada chica, sin terror al ridículo, se presentó el día señalado en el palacio con su tiesto de mera tierra mientras que, por el contrario, las otras pretendientes del mejor chino del mundo, habían llegado con flores espectaculares en finas macetas.

Cuando el príncipe se presentó en la sala para evaluar las competencias laborales de las doncellas, se quedó pasmado: nunca había visto tantas bellas flores juntas. (pretendientes y maticas). Sin embargo, emitió su fallo, rápido y seguro, después de revisar uno por uno los respectivos materos de las concursantes: "La ganadora es la dama de la flor invisible", dijo.

Creo que están creyendo que Micaela brincó hasta el cielo. Pero no es cierto. Porque ella se quedó petrificada, inmóvil, sin entender las causas del extraño veredicto. Y así como ella estaba también el público y el resto de doncellas.

Viendo entonces que la audiencia con los ojos y el silencio exigía una explicación, el chino príncipe levantó la voz y les explicó:
"Esta dama honorable fue la única que cultivó con sinceridad y amor la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: la flor no está en la maceta, la flor es la honestidad y está en su corazón. Todas las semillas que entregué eran estériles. De tal manera que quienes trajeron flores están regando fuera del... (bueno, el principe no podía ser tan ordinario. Pero lo que quiso decir es que eran falsas. Y que en el imperio no había sitio para la corrupción, sino para la rectitud y el amor... (¡bonito discurso político!).

Y ahora sí, el final que nos gusta:
Micaela recobró la movilidad, las palpitaciones, todas las emociones y corrió entonces hacia el príncipe que la recibió con sonrisa, con amor instantáneo y los brazos abiertos. Se casaron muy pronto, se hicieron reyes, tuvieron hijos y fueron muy felices.

lunes, 7 de septiembre de 2015

HONOR Y PAZ EN LA TUMBA DE MI HUMORISTA FAVORITO

Por Lebb

Nuestro padre Marco Antonio Botello Uribe, hijo, -con orgullo para él–, de Gramalote, población amena del Norte de Santander, (destruída por la naturaleza y ahora en vía de resurrección), cumplió el pasado mes de julio, nueve años de eternidad, tras noventa y cinco años de trasegar por este mundo. (A él le encantaban estas palabras como “trasegar”, así su significado no se ajustaran mucho al dictamen del pequeño Larousse, del cual conservaba un vetusto ejemplar que ojeaba religiosamente con mucha frecuencia).

 Aparte de administrar con propiedad el lenguaje oral, también se dedicaba a redactar cartas o recuerdos con fervor admirable, a mano con su lapicero o "chuzando" con sus gruesos índices las teclas de su atronadora máquina de escribir. Gustaba de las tonadas románticas a pura voz o rasgando las cuerdas festivas del tiple. Al compás favorito de las cervezas, lo tramaban los versos de despecho.

Como fiel admirador del lenguaje florido y de sus autores, recitaba de memoria largas líneas inspiradas e incluso nos cantaba parte de las estrofas que alguna vez como conquistador entonó, bajo las ventanas de las mujeres de sus sueños.

   Pero indudable y definitivamente la parte más valiosa de su inmortal herencia espiritual, la constituyó su buen humor. Desde luego también fue serio, tuvo sus rabias, sus malas palabras y chinches en muchas ocasiones, –los Botello también heredamos eso–, como cualquier ser humano. Pero cuando se hallaba bueno y sano nos deleitaba con sus chistes recontados, con sus historias ya sabidas por el aire, sus cuentos, sus apuntes y bromas, unas veces relacionadas con su profesión de dentista o con el trato con sus amigos y vecinos.

Y fue allá en la finca del Edén, –la casa primera de mi padre–, tras la comida y a la luz trepidante de una lámpara de aceite, cuando la tradición forzaba a los ex comensales a conversar según sus antojos, a sacarle chiste incluso a las sombras, a gastar bonitamente el rato para no buscar tan temprano las esteras, fue desde allá entonces, por ausencia de luz eléctrica y por falta de otras entretenciones modernas, que nuestro padre grabó en su memoria buena parte de su repertorio.

De allá seguramente, cuando recién llegaba un automotor al pueblo, proviene el cuento de aquella señora que se entusiasmó a lo loco con ese aparato y hervía en ganas de montarse en él. Fue a la sazón cuando empezaron a circular los términos de chofer, de carro, palanca de cambios y de todas esas nuevas palabras que muchos escuchaban pero ni sabían cómo manejarlas. Entonces la señora en mención, –claro que mejor lo contaba mi padre– llegó tan exaltada al parque principal del pueblo, gritando: “¡Quiero montar en el chofer!” Seguramente el bendito chofer no se burló de ella, sino que más bien le explicó lo uno y lo otro y encima la dejó montar en el carro y se la llevó a dar una vuelta.

Pero al caudal del río de leyendas urbanas y silvestres, Marbolleán, como solía firmar sus escritos, lo iba acrecentando con sus propias vivencias. Por ejemplo, una vez fue acusado de agredir  al  sastre del pueblo y por tal motivo el alcalde lo citó a explicar su conducta.  A la citación se presentó con un tal Calixto Moros,  compañero de farra, medianamente letrado y sin pelos en la boca. En la audiencia  se acaloraron los ánimos y don Calixto no dejaba de hostigar a la parte acusadora. Fue entonces cuando el alcalde, en funciones de juez, a falta de martillo, palmoteó sonoramente la mesa y le impuso una multa de diez pesos –cifra respetable para la época– al improvisado abogado defensor de mi padre. Don Calixto, con sorna y dignidad postiza, sacó dinero de la cartera y alzando aún más la voz, dijo: “¡Aquí  tiene los diez pesos de la multa. Y aquí tiene otros diez pesos más, para que me deje seguir hablando!”

A nuestro padre lo entusiasmó tanto la actitud fogosa de su defensor, su palabra rápida y certera que de él nos dejó otros cuentos, como aquel cuando a su tienda del pueblo irrumpió con una pistola oxidada un mala paga resuelto a saldar una vieja deuda con su acreedor, no precisamente con billete sino con plomo. Como no era de imaginarse, el arma del desafiante había estado dormida mucho tiempo. Lo suficiente como para que la humedad pusiera óxido en sus entrañas. Resultó entonces que, tras ser accionada repetidas veces apuntando hacia el tendero, no disparó un solo tiro. Ante lo cual, don Calixto, imperturbable y pausado, extrajo de debajo del mostrador un revolver de cañón largo, usado mucho tiempo atrás en añejas batallas que ni la empuñadura desgastada recordaba. Encañonándo al mal pagador y mal disparador, con fingida pero creíble mirada asesina, le gritó en la cara: “Este sí prende”.

En verdad, no existían en la mente del bondadoso Calixto Moros intenciones criminales  de querer mandar a ese fulano al barrio de los acostados. Más bien, inclinando el arma, le hizo varios disparos alrededor de sus alpargatas. Santo remedio: el tipo aterrorizado bailó un rato antes de salir despavorido de la tienda. Poco tiempo después regresó al mostrador, no altanero, sino humilde y contrito, a pagar la deuda casi sin mentar palabra. Sus chocatos, otrora bailarines al son del plomo, no volvieron ni siquiera a pisar el fique del tapete de bienvenida. No podía ser de otra manera.

EL MEJOR RESTAURANTE FRACASA SI LOS COMENSALES SE PRESENTAN SIN HAMBRE

¿Estarán o estaremos en el lugar equivocado?


 Por Lebb

Puede resultar paradójico que un establecimiento de categoría y gran calidad en la preparación de los alimentos para la más variada y numerosa clientela se encontrara ante el problema tan absurdo como chocante de que algunos comensales se sentaran a la mesa sin apetito, sin gusto por ningún plato del menú y, encima de eso, se pusieran a jugar con las servilletas, a botar la sal, a engrudar la mesa con las salsas y a sabotear, de ribete, a los vecinos que sí se encuentran con hambre.

Si bien no es fácil encontrar clientes con ese tipo de conflicto estomacal, porque, aunque los haya, simplemente optan por no aparecerse en los restaurantes a exigir un plato para, como tontos, pagar y dejarlo.

 Pero trasladando el caso, a manera de una parábola evangélica, del restaurante, al colegio que ofrece la comida para la mente, los valores para el espíritu, las vitaminas para el cerebro, nos encontramos de frente con un problema gigantesco de ese tipo, ilógico y chocante: muchos de nuestros comensales que se sientan en nuestras mesas, frente al Menú académico y formativo, se muestran sin hambre y con pulgas en el cuerpo. Y, como propina, algunos de ellos, para no aburrirse, se ponen a jugar con los otros comensales, a sabotear el menú y a no dejar “comer” a quienes naturalmente vienen con esas intenciones.

 Si el caso se presentara en un restaurante corriente, a lo mejor el dueño, sin asumir el esfuerzo de persuadirlos de que sean buenos, como lo hace la mamá con sus críos inapetentes y rebeldes, que los “paladea” para que se tomen la sopa, simplemente llama a la policía para que saque del local a tan raros revoltosos.

 Una política en tal sentido, al interior de nuestras instituciones, lógicamente, no es la más recomendable por cuanto con ello no sólo estaríamos corriendo clientes necesarios para sostener la empresa educativa, sino que también estaríamos arriesgando nuestra vocación de formadores y dejando serias dudas sobre la competencia pedagógica. 

La única alternativa permisible es la de no sólo atender “la preparación de los platos” -los planes de estudio y demás quehaceres académicos-,  sino la de buscar la medicina para su anorexia estudiantil; o el tratamiento respectivo para que acudan al instituto como al lugar indicado donde encuentra complacencia para todos sus justos apetitos humanos e intelectuales. E incluso llegar hasta inventarse formas para que creen sentido a su vida y objetivos para sus energías existenciales. 

Las acciones encaminadas a despertar sus fibras del deseo por el aprendizaje o la pasión por su realización personal, han de ser frutos de la inventiva, y de la misión de todos los comprometidos en la empresa educativa. Pero, no bastan los discursos y los sermones. Ya no son suficientes las letanías tradicionales ensalzando las bondades de la virtud y de la ciencia. Muchos de nuestros jóvenes, merced a su inteligencia y vivacidad, aspiran a que les mostremos y los convenzamos de las maneras más satisfactorias de encauzar sus energías abundantes. 

Pero puede ser que ellos hayan venido al lugar equivocado donde no se les enciende el fuego del perfeccionamiento personal ni se les dá pábulo a sus ideales apetencias personales. O puede ser que nosotros, por falta de mejor preparación o de vocación pertinente, como les pasa a muchos ministros ungidos, no estemos en el sitio apropiado donde nuestras competencias laborales sean productivas y redentoras.

domingo, 9 de agosto de 2015

SOBRE UNA DECRETADA REVOLUCIÓN

Por Lebb

...quedó la incómoda sensación de que estaba decretada una inminente revolución en el colegio de la región, sobre cuyos efectos había temores, desagrados y desacuerdos. 


Una vez se reunieron a conversar un chef, un ganadero y un sabelotodo sobre el tema que estaba de moda en la región, precisamente sobre la inminencia de la instauración de la jornada única en el colegio por inspiración y mandato irrefutable del Ministerio respectivo. El sabelotodo comenzó diciendo que jamás había sabido de una ley aplicable exactamente igual en todos lados, que incluso “han existido leyes objetables –-decía— que  no deberían hacerse efectivas en muchas lugares porque simplemente allí no se cumplen los requisitos para hacerlas efectivas ni se dan las justificaciones que las ameriten”.

El ganadero, pensando seguramente en sus animales (era casado y con muchos hijos, pero él estaba pensando en los de silla y carga), intervino enérgicamente, diciendo: “Siempre ha sido resabio de muchos mandamases aparejar antes de traer las bestias”, refiriéndose con ello a que primero se deben establecer las condiciones previas y los arreglos básicos para que algo suceda o se realice: “El colegio  –puntualizaba—  no ofrece salones cómodos y frescos para que los estudiantes se sientan a gusto  y deseosos de aprender, tampoco tiene otros espacios alternos si se quiere variar la manera de enseñar. Hasta mi ganado tiene espacios para la siesta, para el amor y otros menesteres”.

“Tampoco existe –intervenía el chef— un restaurante competente para velar por tantos comensales. Pero tampoco hay personal suficiente que atienda y controle las mesas, ni tampoco el número completo de profesores bien adiestrados quienes allá en las aulas los hagan, en tantas horas de clase, pacientes, sabios y buenos para la vida”.

“Además de que el establecimiento no está preparado ni el personal tampoco —amplió el Sabelotodo— es aconsejable detenerse a pensar si la medida gubernamental de inflar la jornada realmente es un remedio para la enfermedad del bajo rendimiento académico, o simplemente es una política rentable para el gobierno y algunos otros, que se debe clavar cuanto antes como una estaca en el suelo de Llano Grande. Una pretendida panacea un poco amarga e indigesta para muchos que a la postre podría llegar a ser peor que la enfermedad”.

“¡No lo había podido decir yo mejor! —intervino el finquero— Pero además es preciso preguntarse de manera independiente, no oficialista, con sabiduría práctica, si esa jornada intensa, extendida, adicional, única o como quieran llamarla, contribuye efectivamente a mejores y mayores aprendizajes o, por el contrario, es, además de contraproducente, causa y razón de esfuerzos inútiles, de tiempo mal empleado tanto de profesores como de alumnos.

“Aquí estamos en el campo, —continuaba nuestro amigo el campesino— y con el horario alargado, los estudiantes deberían permanecer casi hasta las cuatro de la tarde en la Institución. Unos estarían llegando a sus casas hacia las seis de la tarde o más. Tomarían la comida a la ligera, harían algo de charla con los suyos, medio manosearían a sus mascotas, mirarían el televisor apagado y se irían a soñar con los deberes académicos del día siguiente. (A los profesores lógicamente se les trastornarían también los horarios personales. Sufrirían más de nervios y de angustias).

“En ese mismo sentido yo agrego —terció el Sabelotodo— que los jóvenes no tendrían la opción importante de ayudar a sus padres en los quehaceres domésticos ni en las labores que refuerzan el  potencial económico familiar. Por otra parte, carecerían de tiempo para continuar su preparación en el Sena, para sus aficiones deportivas o para adelantar proyectos de grado, de vida inclusive, personales o profesionales. Nada entonces de cursos de baloncesto, de vinicultura, de conducción, de jardinería, de mecánica ni menos de repostería por cuanto no tendrían tiempo para sus prácticas, tampoco para amasar, menos para hornear, casi ni para compartir los bizcochos con su familia y amigos”.

“No conviene entonces —sentenció el chef— que por servilismo a una ley humana cuestionable se prepare a la ligera una fórmula lesiva para dársela a una comunidad estudiantil con el argumento falaz de obtener una supuesta mejoría académica. Se estaría intentando aplicar una receta inadecuada que legitima una especie de servidumbre escolar donde el amo y señor sea estudiar, estudiar y estudiar; y no justamente ser, hacer y vivir”.

El granjero entonces aplaudió entusiasmado como cuando un político echa su mejor discurso. Pero el Sabelotodo, puesto en pie y pidiendo silencio, expresó:
“Siguiendo esta misma línea, no conviene tampoco forzar a unos jóvenes de poca vocación para el ministerio intelectual, a mayores y extendidas faenas mentales, cuando han nacido y heredado un espíritu práctico para la vida, un tanto esquivo a la disciplina del estudio y de la consagración académica. Si se pudiera lograr, asunto en el cual soy muy incrédulo, meterles más números en la cabeza, mayores palabras inglesas en la mollera, más datos sociales en sus discos duros neuronales, van a sentirse extraños como peces con escafandras en las propias peceras sociales donde tengan que nadar y alimentarse”.

Ni el cocinero ni el granjero entendieron del todo estas últimas palabras del Sabelotodo, pero creo que medio captaron a lo chapulín la idea de que “para qué un excesivo SABER intelectual, si lo que ellos necesitan es prepararse de forma real y práctica para la vida productiva, sin necesidad de enclaustrarse cinco años en una universidad y devolverse al rancho habiendo olvidado nociones útiles y pericias vitales como por ejemplo qué es un azadón y para qué sirve”.

“Lo que siempre he reconocido y debo añadirlo aquí: —Afirmó el chef, con aire de experto— nuestros muchachos, con muchas otras cualidades y valores, realmente no sienten gusto o no quieren sacrificarse estudiando mucho. No les nace. Son como “anoréxicos académicos”, no tienen “cultura de estudio”, como afirma alguien. Forzarlos a estudiar más en jornadas casi de tiempo completo es hasta dañoso. Si con el horario que tienen ahora evaden clases, llegan tarde, no atienden, se distraen, les importan más los celulares que la instrucción entonces, ¿para qué oprimirlos con un régimen de extrema exigencia académica? Compañeros de este sindicato, echarles más carga de ciencia a sus espaldas no garantiza mejores aprendizajes, es más bien una forma dictatorial de aburrirlos más, abocarlos a que se escapen más de las clases alegando dolores de cabeza, cólicos, o chikunguña contagioso, o lo que es peor, a que se fuguen para siempre del colegio”.

El turno fue finalmente para el granjero, el cual tomó la palabra añadiendo: “No conviene pensar ingenuamente que quienes son regulares con lo poco que estudian en el horario actual vayan a convertirse bajo un régimen escolar más intenso, en lumbreras de la ciencia, en superpoderosos para la prueba SABER. La experiencia de los siglos ha demostrado que quien es mediocre en lo poco es más mediocre en lo mucho”. Pero hay más. Se ha sabido que una de las mayores debilidades del colegio ha sido la indisciplina. Entonces, si en el horario actual es bastante, ¿cómo será en un horario alargado? Yo opino inclusive que con sólo una disciplina óptima y con el mismo horario de todos los tiempos podría alcanzarse mayores niveles de aprendizaje y formación. Pero estoy seguro que con la misma indisciplina, más horario intenso obtendríamos un acabose completo.

Y así siguieron hablando el campesino, el cocinero y el sabelotodo toda la tarde. Ahora me pregunto: ¿De dónde sacaron tanto tiempo para conversar sobre el tema, si el uno tenía que ordeñar vacas, arriar bestias, etc., el otro poner y zarandear las ollas y el tercero seguir sabiendo más todavía? De cualquier modo, ellos no pudieron arreglar el mundo con su charla, pero en el ambiente quedó la incómoda sensación de que estaba decretada una inminente revolución de horarios en el colegio de la región, cuyos efectos estaban generando temores, desagrados y desacuerdos.

Por otra parte, allá en el colegio, sonó el agudo timbre electrónico y el profesor de inglés, a las doce y tres cuartos, salió sudando de su salón de clase, mientras el termómetro registraba una temperatura cercana a los 35 grados. "De pronto esto serviría—pensó agotado y con hambre, mientras cerraba la puerta— para enseñarles a los estudiantes, mientras se abanican desesperados, expresiones como "Oh, here it's very hot. We need air conditioned!" En seguida pasó por su lado feliz y fresco su compañero de Matemáticas que le dijo entusiasmado: "Ya casi comenzamos la jornada única hasta las cuatro". Nuestro amigo que no estaba para bromas pesadas, se imaginó que para ese entonces su jornada estaría solamente a la mitad… Entonces casi se desmaya.

miércoles, 1 de julio de 2015

A estudiar más... ¡Y sí habrá realmente ganas!

Por Lebb

Los hinchas del horario extendido están pregonando que ahora sí van a llover las bendiciones al sistema educativo colombiano, como por ejemplo, el descenso de la deserción escolar, el ascenso en los resultados académicos, el bálsamo de la violencia escolar. Otros mesías, no menos triunfalistas, profetizan que incluso también caerán los indicadores de embarazo de las colegialas... Y no faltan los pronósticos de los analistas bromistas que también predicen que hasta el mercado de la despensa va a rendir más, y que habrá por fin mayor paz en los hogares... ¿Será posible tanta belleza?


(Bueno, eso último de la alacena y de la paz sí lo aceptamos como correcto, porque aplicamos la lógica espontánea:  si los estudiantes prácticamente se van a vivir  al colegio entonces no dispondrían de mucho tiempo en su casa ni para requisar el mercado, (en el colegio les darían todo), tampoco para despilfarrar allá luz, agua o internet inalámbrico. Y, en segundo lugar, darían menos motivos a las iras paternas y a las controversias fraternales; no les alcanzaría el tiempo para las peleas callejeras ni para juntarse con los vagos viciosos del vecindario... (Eso suena genial). 
Pero, en perjuicio, no tendrían, entre muchas otras cosas, tiempo disponible para mimar a las mascotas que se deprimen a causa de la soledad, como lo denuncia el estudiante de arriba en su cartel de rechazo a la jornada única.)

  Lo que todavía no nos convence es el punto según el cual la deserción escolar por efecto de la jornada única va a disminuir. Argumentan que es preciso desarrollar proyectos sobre el uso del tiempo libre para que no piensen en abandonar. Pero ¿para qué proyectos si es que con ese horario de casi todo el día no les va a quedar tiempo para desarrollarlos? (A no ser que sean proyectos de fin de semana o nocturnos).

Custodiar a estos estudiantes más tiempo en el colegio haciendo más de lo mismo o forzándolos a estudiar más si apenas son capaces de estudiar lo mínimo, acabaría por producir catastróficamente el efecto contrario: Mayor deserción. O, por lo menos, más ausentismo.
 
  La más valiosa tesis del gobierno en este asunto es que la jornada extendida va a multiplicar el buen desempeño estudiantil. Sin embargo, la calidad académica no siempre ha sido producto de la cantidad de tiempo en un aula de clase; más bien ha sido efecto de la calidad de un tiempo razonable dedicado al aprendizaje con juicio y con interés. Es más, la excelencia académica, hunde sus raíces en la motivación intrínseca del estudiante, en su voluntad y concentración. El tiempo no lo es todo en el proceso hacia mejores resultados académicos. Puede ser que esas horas adicionales, como algunos docentes comentan, no representen puntos positivos en materia de calidad, si se sigue haciendo al interior de las instituciones lo mismo de siempre, en más horas; si persisten las mismas rutinas de enseñanza, los mismos recursos y los mismos docentes sin actualización profesional. Los mismos con las mismas darían los mismos resultados.

  En cuanto a que la jornada completa disminuirá los índices de agresividad escolar, los realistas son escépticos. ¿Será que a más horas de clase menos violencia escolar? ¿Será que al intensificar español, inglés, ciencias y matemáticas se resolverán los añejos problemas de bullying, de acoso y agresividad que tanto aquejan ahora a nuestros escolares?

 Es un desatino presumir que con más horario escolar las instituciones automáticamente se volverán lugares pacíficos, inmunes a la violencia rampante del país y ajenas a los abrumadores abusos intrafamiliares. La premisa de que "más tiempo en la escuela evita que los niños se desarrollen en esos entornos violentos en los que crecen" (la propia sociedad a la cual pertenecen y la propia familia de la cual son miembros) deja en el aire una sensación de que el gobierno quiere convertir a los colegios en guarderías o refugios blindados contra la realidad exterior.

  Hay más funciones para el colegio. También deben ser entidades de control de la natalidad. Deben pues generar mecanismos de protección para que las adolescentes vivan y disfruten la sexualidad pero sin quedar embarazadas. Suponen que las colegialas, como pasarán más tiempo en el colegio bajo el cuidado de sus sacrificados profesores, estarán más protegidas contra los embarazos precoces. (Un gasto necesario entonces: Instalación de cámaras de seguridad en sitios amorosos estratégicos).
 Definitivamente la campaña de la jornada única parece campaña política: llena de promesas y de quimeras para que las instituciones como novias feas digan sí a sus pretendientes. 

  No somos refractarios a las buenas intenciones del gobierno, en el sentido de propender por mayor calidad académica. Sin embargo, no comulgamos piadosamente con sus estrategias para materializarla. 

En nuestro medio concreto, consideramos un deber sagrado hacer campaña de la buena en aras de una cultura de estudio, para despertar en los estudiantes el apetito por el saber y el aprender, por infundir en su cerebro la voluntad de forjarse ideales y ser disciplinados para conquistarlos. Mientras ellos sigan distraídos, con aire juguetón e inmaduro, chateando o navegando con su celular, imaginando que el colegio es un hospedaje a donde se viene más que todo a comer, a jugar, a tener amigos y a conquistar amores prematuros, no habrá jornada corta ni larga que sea efectiva para elevar el bajo coeficiente de desempeño académico.