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lunes, 30 de noviembre de 2020

DUELO POR UN CODORNIZ INMORTAL

 

Hijo mío, cercano corresponsal:

 

Te informo, para que nos demos el pésame mutuamente, que hoy hacia las 3.45 de la tarde, hora universal, falleció lastimosamente nuestro famoso codorniz blanco, tras unos días de dura enfermedad,  durante los cuales sobrellevó su agonía con talante esponjado y heroico. Sus ojos, empequeñecidos por la longevidad, bregaban por permanecer encendidos procurando no perder los míos que también luchaban por retener viva su imagen. Y así, entornados y con sus plumas extremas tocando el suelo, sus horas finales fueron corriendo ligero como si la muerte se afanara por hacerme el mal de quitarle una vida a mi vida, porque, a decir verdad, la vida de uno no es sola sino suma de tantos seres importantes, como lo era precisamente esa mascota diminuta y emplumada.

 Yo estuve ahí, velando, de guardia, dolido como el amigo que no quiere que parta su amigo fiel, junto a su jaula, donde pasó prisionera buena parte de su vida, exceptuando esas bendiciones para él, cuando tú, amante de la libertad y libre expresión, lo sacabas a las matas del patio, a los pasillos hogareños donde saboreaba las travesuras de una vida sin normas y con desacato a las quejumbres de una madre.

  Estuve ahí dándole ánimos, hablándole como a un cristiano, alisando sus marchitas y curtidas plumas, agradeciéndole los años bonitos e interesantes que estuvo en nuestra casa, al lado de sus dos también dilectos congéneres con quienes siempre mantuvo divergencias estruendosas  de espacio y batallas de decisiones opuestas.

  Estuve ahí entonces recordando los comienzos de las noches cuando tenía que ponerlo urgente a buen recaudo, bajo un canasto o dentro de una caja como a los presidiarios que dan guerra y se les envía a la mazmorra, para evitar que lanzara al aire sus desenfrenados e indefinibles graznidos que siempre asumimos como expresión suya, vital, de codiciar amores de  codorniz en celo, o ansia colérica de ser libre y montaraz. 

Estuve ahí haciendo memoria de cuando él servía de exposición excepcional de codorniz blanco ante los turistas curiosos, que se sorprendían de su genio inquieto y bravucón. Fueron muchas las veces que se arriesgó a escaparse de la jaula mientras la gata rondaba su vecindario y nosotros teníamos que jugarnos también la vida para atraparlo antes de que ocurriera una tragedia.

  Hacia las tres y cuarenta y cinco trató por última vez de levantarse del piso, en un esfuerzo desesperado por escabullirse de la muerte, aleteando contra el papel de su jaula. Lo cubrí entonces cariñoso con los dedos de mi mano derecha, rogándole de corazón que no se muriera, que se quedara, que el mundo no iría a ser el mismo sin él, ruegos y razones que ya fueron absolutamente inútiles, porque su muerte ya estaba decretada para ese momento. Así fue como sus últimos movimientos se fueron extinguieron, quedando de medio lado, con el pico hacia mí.

 

                                                                             

Recordaré, por siempre, mi corresponsal, de este buen amigo blanco emplumado, el codorniz excepcional, los momentos suyos de celebración cuando lo liberaba del presidio pequeño y lo depositaba en su prisión más grande. Alzaba entonces las alas y las batía mirando hacia arriba, con el pico entreabierto, en ademán misterioso de entonar un himno de ovación espiritual.

 Lo siento también por ti, porque has perdido como yo, también una compañía, un regalo proveniente de las jaulas únicas de codornices blancos. Lamento mucho que haya emigrado a las dimensiones misteriosas de la muerte hasta donde nuestra voz y entendimiento no alcanzan. Y así haya sido, para muchos, una simple e insignificante avecilla, para nosotros, fue como una heroína de plumas blancas que nos granjeó alegrías y emociones con su existencia y su carácter alebrestado. 

Y hasta nos dio lecciones de vivir con entusiasmo,de hacer las cosas con energía y a plenitud, en las cosas pequeñas y en las grandes, así fuera expulsando la tierra de las matas o corriendo desaforadamente por entre las yerbas o por todos los pasillos de la casa. 

 Ojalá hubiera cielo para él y para todos los que lo imiten. Yo creo, mi corresponsal, que nuestro codorniz puro y santo, ha hecho méritos suficientes en esta tierra y bien se lo merece.

 ¡Para nosotros consuelo, y para él, paz en su tumba!

sábado, 15 de agosto de 2020

SI PIDEN ES PORQUE NECESITAN (ULTIMA VERSIÓN)

 En medio de la visita, al llegar a la cocina, se quedó detallando con disimulo la alacena. Al final, extrajo un billete de su flaca cartera y pronto se lo extendió  a la dueña de la casa: “Gracias por ser adivino, –repuso ella, sonriente y gratamente sorprendida–, no quería confesarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”

Por Lebb

  Una de las lecciones funcionales más cotizadas de la valiosa herencia moral de mi padre fue precisamente la de no desatender las peticiones de cuantos estaban pasando dificultades.  La de ofrecer rápida asistencia a las personas urgidas, pidieran ayuda de viva voz o  con meros gestos o con sólo pupilas elocuentes.

Y, además, había que hacerlo bien, sin hacer preguntas ni, menos, poniendo mala cara. El aporte de nuestro lado podía ser de diferente estilo o naturaleza, material, financiero, espiritual, hasta psicológico. Dependía entonces del instante, de la clase de necesitado que tuviéramos en frente y de los recursos que también estuvieran a nuestro alcance.

Tampoco tuvo la obsesión del ahorro enfermizo o la mentalidad egoísta de capitalizar a despecho de quien necesitara del saldo de su cartera. Por el contrario,  le abundaron las buenas intenciones y el aporte modesto de su parte, rápido y festivo a quien se lo solicitara bien de viva voz o con señales de humo.

Recuerdo nítidamente el suceso que dio origen a la oración proverbial de arriba:

 “Si piden es porque necesitan. Y hay que hacer algo al respecto”

Frase que a su vez nos alentó en broma a inventarnos otra, justo cuando atisbábamos a los pollitos bullangueros del patio, y es esta otra, –no consagrada por los refranes mundiales–: “Si pía es porque necesita”. Muy cierta también como nos lo reitera la tonada infantil: “Porque tienen hambre, porque tienen frío” Y hay que hacer algo al respecto también.

El episodio ocurrió una tarde mientras él marchaba con paso animoso por una de las principales calles empedradas del pueblo. Un fulano, de aspecto deprimente, se le atravesó bruscamente, suplicándole con las manos:

―“¡Por el amor de Dios, –le dijo casi gritando–, deme plata, necesito comprarme un pan, llevo semanas sin comer nada”.

Y él, ni corto ni perezoso, sin peros o ira alguna, desenfundó la cartera y extrajo de ella los únicos dos mil pesos  que llevaba consigo  –mucho dinero para la época–, y se los entregó deprisa al supuesto muerto de hambre.

A uno de nosotros, frente a la escena, se le despertó el mal genio, el celo interno contra las cosas mal hechas, y, justo cuando mi padre guardaba la cartera vacía, lo cuestionó inmediatamente: 

“¿Por qué bota la plata así, papá –le dijo con voz cruel– Ese tipo la usará seguramente para comprar cerveza o cigarrillos”. Mi padre, impávido y con la serenidad de haber hecho lo correcto, le replicó como un santo: “Si pide es porque necesita”.

Sabía, sin ser ducho en Escrituras, convertir en hechos el dictamen del libro de los Proverbios: “Nunca niegues un favor a quien te lo pida, cuando en tu mano esté el hacerlo”.

Nos comentaría, llegada la noche, en torno a la mesa, al partir el pan, que ya el uso o el abuso que el beneficiario haga con nuestras ofrendas o con nuestros servicios no es propiamente de nuestra incumbencia: “Eso ya pertenece al criterio de cada uno. Y cada quien dará cuenta de sus propias decisiones. No le corresponde a mis bondades saber y enjuiciar las probables maldades que  otros hagan con ellas”. 

Quien lo había cuestionado horas antes en la calle, no tuvo valor ahí en la mesa para controvertir su manera de aplicar en la vida diaria el imperativo de la caridad. Y aunque no era hombre de jaculatorias y de prédicas, ese era uno de sus  recursos para que nosotros filosofáramos bien en cuanto a la convivencia con los demás.

Pero, como buen maestro, no lo hizo una sola vez. Posteriormente nos enseñó el mismo tema, por si lo habíamos entendido mal o lo habíamos olvidado. Cambió eso sí la metodología y el recurso didáctico.

Ya no fue en la calle, sino durante  la visita a la casa de una de sus vecinas. Tras la rutina del saludo y la charla de rigor, se quedó examinando a través de sus lentes espesos y discretos las cosas en torno suyo como para que ellas mismas en lugar de sus dueños, le dijeran cómo estaba allí la situación. Remató su comedida inspección frente a la alacena. Fue ahí entonces cuando extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella, sonriente y gratamente sorprendida–, no quería confesarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”  Nosotros nos quedamos con muchas ganas internas de censurarlo, porque la señora tenía hijos grandes que deberían socorrerla; y un marido que también ganaba. Pero tanto éste último como aquéllos, tal vez no tenían ni ley ni consciencia, o quizá no les alcanzaban sus ingresos; lo cierto es que la condenaban a pasar penurias. Sin embargo, ninguno de nosotros se atrevió a reprochar su actitud desprendida. Ya sabíamos cuál era su mecanismo de defensa. Además, la lección estaba ya aprendida: “Si pide es porque necesita. Y algo hay que hacer al respecto” . 

Ahora, cuando él ya no está físicamente con nosotros, me sigue cautivando la escena de las cluecas y sus crías que descubro por ahí de paso por las veredas. A veces, me detengo, iniciando un elemental proceso de escucha y observación. Soy testigo entonces del piar escandaloso de los pollitos que sobresaltan a sus nobles madres gallinas. También sigo notando que, en vez de la indiferencia e incluso de la rabia de sus progenitoras, éstas, sin demora ni distracciones, corren a ofrecerles gusanitos o lo que tengan a su disposición. Me da finalmente una especie de alergia en los párpados que se agitan para impedir que las lágrimas acompañen una nostalgia preciosa del legado paterno: “Si piden –fueron sus palabras– es porque necesitan. 

Pero hay más, aparte de los pollitos. Ahora, ya con muchos años encima, parece repetirse conmigo una escena similar a esa de aquella tarde, en las calles empedradas  de mi pueblo ancestral, cuando a mi padre lo abordó un sujeto sospechoso de necesidades. 

Sucede que alguno de mis hijos o cualquier otro observador, me reprueban con voz o con mirada rayada cuando respondo con monedas o palabras sanas a quienes, con estampa dudosa, limpian cristales o hacen rogativas por sus vidas al lado de los espejos retrovisores de mi auto.

Sepan entonces que me manejo así porque quiero ser honesto heredero del patrimonio moral de mi padre, quiero ojear sin muchos protocolos la facha y las circunstancias de los demás, a ver si les falta algo y yo puedo en modo alguno hacer algo.

Yo, pecador, me confieso que no lo hago bien. Sigo en la lucha y en el intento. Pero, siempre estará ahí vigente el alma ilustre de mi padre para confortarme e instruirme, para recordarme con nostalgia:

“¡Si piden –de forma directa o sobreentendida– es porque necesitan. Y tú debes hacer algo al respecto!”

jueves, 7 de mayo de 2020

"SI PIDEN ES PORQUE NECESITAN"


En medio de la visita a la casa de una de sus vecinas, mi padre se quedó examinando las cosas a su alrededor como para que le dijeran cómo estaba ahí la situación. Al final, como conclusión, extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella gratamente sorprendida–, no quería contarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”         

Por Lebb                                           


   Una de las lecciones prácticas más cotizadas de la valiosa herencia moral de mi padre fue precisamente la de no desatender las peticiones verbales de cuantos estaban pasando privaciones, la de ofrecer pronto asistencia a las personas necesitadas, pidieran ayuda de viva voz o la pidieran así fuera sólo con la mirada.

   Y, además, había que hacerlo bien, sin hacer preguntas ni, menos, mala cara. La ayuda de nuestro lado podía ser de diferente tipo, desde material, financiera, espiritual, hasta psicológica. Dependía entonces del momento, de la clase de necesitado y de los haberes al alcance de la mano.

   Mi noble progenitor nunca se bañó en dinero, tampoco tuvo el vicio del ahorro obsesivo, menos administró un supermercado de gran superficie. Sin embargo, le abundaron eso sí las buenas intenciones y el aporte modesto de su parte, rápido y festivo a quien se lo solicitara de voz o con un mero gesto de necesidad.

   Recuerdo vivamente la ocasión providencial que dio origen a la frase proverbial de arriba, “si piden es porque necesitan”. Y la que provocó que nosotros acuñáramos en son de broma, mirando a un pollito bullicioso del patio, esta otra: "Si pía es porque necesita".

   El episodio ocurrió mientras él marchaba despreocupado, con zancadas atléticas por una de las calles principales del pueblo. Fue cuando se le aproximó un fulano maloliente, quien, con voz lastimera le pidió dinero:

   ―“¡Por el amor de Dios, para comprarme un pan, porque en todo el día no he comido nada”.

   Y él ni corto ni perezoso, sin objeción alguna, desenfundó la cartera, extrajo de ella los únicos dos mil pesos  que llevaba consigo   –mucho dinero para la época–, y se los entregó deprisa.

   A uno de nosotros, al ver la escena, se le despertó el mal genio, el juez interno alérgico a las injusticias, y lo criticó inmediatamente: “¿Por qué bota esa plata –le dijo con voz cruel– Ese tipo la usará seguramente para comprar cerveza o vicio”. Mi padre, sin inmutarse y con la arrogancia sana de quien es consciente de haber hecho lo correcto le replicó como un santo: “Si pide es porque necesita”.

   Sin ser pastor o teólogo él sabía aplicar a la realidad el dictamen del libro de los Proverbios: “Nunca niegues un favor a quien te lo pida, cuando en tu mano esté el hacerlo”.

   Nos comentaría después, al atardecer, en torno a la mesa, que ya el uso o el abuso que el beneficiario haga con nuestras ofrendas o con nuestros servicios no es propiamente de nuestra incumbencia: “Eso ya pertenece al criterio de cada uno. Y cada quien dará cuenta de sus propias decisiones. No le corresponde a mis bondades saber y enjuiciar cuanto otros hagan con ellas". Quien lo criticó no tuvo ánimos para controvertir su manera de aplicar en la vida práctica el mandamiento de la caridad. Y aunque no era hombre de rezos, de jaculatorias y de prédicas, nos iba adoctrinando con experiencias y ejemplos vivientes. 

  En otra ocasión, en medio de la visita a la casa de una de sus vecinas, mi padre se quedó examinando las cosas a su alrededor como para que le dijeran cómo estaba ahí la situación. Al final, como conclusión, extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella gratamente sorprendida–, no quería contarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”  Nosotros nos quedamos con ganas internas de criticarlo, porque la señora tenía hijos grandes que podrían y deberían socorrerla; y un marido que también ganaba. Pero tanto éste último como aquéllos no tenían ni ley ni consciencia. Sin embargo, ninguno de nosotros se atrevió a censurar su actitud. Ya sabíamos cuál era su mecanismo de defensa.

   Cuando él ya no estaba definitivamente con nosotros, íbamos al corral de las aves en busca de un elemental ejercicio de escucha. Escuchábamos entonces el piar escandaloso de los pollitos que sobresaltaba a sus pobres madres gallinas. Nos dábamos cuenta de que, en vez de la indiferencia e incluso de la ira de sus progenitoras, ellas corrían a ofrecerles gusanitos o lo que tuvieran a su disposición. Nos sonreíamos al recordar nostálgicos aquellas palabras memorables de nuestro padre: "Si piden es porque necesitan". 

   Y, ahora, cuando tengo ya muchos años encima y cuando alguno de mis hijos o cualquier otro observador, me mira mal cuando respondo materialmente a las peticiones de cualquier necesitado callejero, de facha sospechosa, recuerdo con orgullo y sentimiento de gratitud a mi padre por haberme dejado, entre otras lecciones, esa de examinar la situación de los demás, a ver si necesitan algo de mí para yo responder enseguida con lo que soy o esté a mi alcance. Me parece verlo, en un pedestal, como una estrella, diciéndome como un sabio: 

   "¡Tú solamente debes hacer el bien, sin mirar a quien. Las preguntas y los juicios  sobre cómo gastan los bienes los otros, son competencia únicamente de los jueces". 

martes, 26 de noviembre de 2019

¿Por qué no decirles más cosas positivas a las personas?

Deberíamos incluir  en los manuales escolares, en los reglamentos y objetivos académicos no sólo el mandato del buen trato verbal, sino también la obligación moral de dedicar frases bonitas y energizantes a los compañeros y al resto de los humanos


   La palabra positiva es un gran potenciador lingüístico bueno, bonito y barato que deberíamos emplear en todo momento con las personas que nos encontramos a diario, sin necesidad de que estén cumpliendo años o sea el día del amor y la amistad o que se estén casando o que vengan de un velorio. 

   Toda ocasión, como lo vienen haciendo algunos usuarios de las redes, es válida y oportuna para ejercitar esa especie de apostolado de la palabra amable transmisora de energía, gracia y bendición a sus destinatarios. Si bien es cierto que el silencio tiene validez en contadas circunstancias, en la mayoría de las veces es preciso romperlo –como se rompe la indiferencia–, con palabras elocuentes, energizantes, con potestad para subirle la moral a quien lo necesita o aún cuando creemos que no lo necesitan. Aun si esto último fuera cierto,  lo necesitamos entonces nosotros para hacernos bien, porque quien bendice cuerpo ajeno gana igualmente indulgencias para el propio.

   El beneficio es pues recíproco. La palabra oportuna, edificante, tiene la propiedad de vigorizar la autodignidad, tanto de quien la produce como la de quien la recibe. Incluso hace algo más todavia: precipita  el buen entendimiento y la convivencia productiva con nuestros pares y aun con los extraños. Y –para que rejuvenezcas– mejora la salud y te dá más años de vida. Eso es lógico porque si hablas bien, te sientes bien y te llevas bien con todo el mundo, no tendrías enemigos que te persigan, te amarguen la mente o te... acorten los años.
   Con los seres que apreciamos o amamos, funciona aun mejor. Dedicarles a los amigos comentarios amenos es abonar el cultivo de esa amistad, (bien común), de una forma divertida, fácil y económica. El intercambiar palabras bonitas, sinceras y operantes, –en el círculo de quienes se aman y están juntos–,  es incluso imperativo, porque mantiene prendido el interés sentimental recíproco, agiganta la atracción y predispone a la alegre intimidad apasionada. 

   Obviamente los enamorados mudos tendrán que hacerlo a su manera: con señales, gestos y dedos positivos. Pero el hecho de que un enamorado disponga del perfecto don de la  palabra, pero no lo utilice ingeniosamente con su pareja, eso sí es definitivamente imperdonable o indicio alarmante de que sus sentimientos supuestamente verdaderos son sospechosos y habrá que investigar. 

   Y, por último, ya pasando al campo escolar, escuchamos unas palabras positivas y de esperanza de los estudiosos de la neurociencia, quienes afirman que el uso de un lenguaje positivo en la boca de profesores, padres de familia, directivos, de los chicos mismos, repercute directamente en el buen funcionamiento de sus cerebros. Eso es muy bueno. Lo estábamos esperando y lo seguimos esperando. 

   Ellos, –los observadores neurocientíficos–, argumentan que todas las palabras, tanto positivas como negativas, están cargadas emocionalmente, formando parte de la inteligencia emocional, aquélla que nos permite gestionar nuestros sentimientos y los de los demás. Agregan que las emociones hacen reaccionar a las neuronas incrementando la atención, revelando creatividad, haciéndolas trabajar más rápido y con mejores resultados. (Lo que tanta falta hace en nuestras aulas).

   También el hecho de hablarles en buen tono y en buenos términos a los estudiantes para que se fermenten en ellos el ego sano y las emociones positivas favorece la capacidad ética de compartir, haciendo que el individuo se vuelva más colaborativo y disciplinado. Se trata entonces de despertar, a partir de estímulos verbales apropiados, emociones positivas que aceleren las virtudes cerebrales y aumenten la conciencia, la atención y la memoria. En teoría, se cosecharían mejores resultados académicos si con actitudes verbales positivas se lograran activar en ellos emociones tales como el entusiasmo por el estudio, la alegría de saber, las ganas de aprender, el ánimo de trabajar, de tener éxito.

   O sea que, tras un largo rodeo, han llegado a la consabida conclusión de que los chicos requieren motivación para poder lograr éxitos académicos. Motivación que puede lograrse repotenciando el discurso,  liberando la eficacia original de las palabras como aquellas del Génesis, pronunciadas en pleno desconcierto del caos: “¡Hágase la luz!” Y la luz se motivó. Y se dejó ver. Y dejó que viéramos todo en su verdadero color y dimensión.
 
   Ejemplo contundente de cómo la palabra verdadera, bien construida y bien pronunciada puede acabar provocando cambios cósmicos maravillosos en el mundo y en las personas. Y en nosotros está el poder hacerlo. 

jueves, 26 de octubre de 2017

¡Enseñar al que no quiere!

Un promotor de mártires propuso a sus colegas la siguiente obra académica, de carácter penitencial, suficiente para santificarse en el magisterio: 
"Enseñar al que no quiere aprender ni le gusta estudiar y, encima, es alborotado"



   Para algunos el éxito del proceso enseñanza-aprendizaje NO depende necesariamente de métodos o de recursos didácticos; sino más bien de la voluntad y del corazón de los estudiantes. He aquí -aseguran- la prioridad. Lo demás es añadidura.

   "Frente a sus alumnos, un buen amigo, último modelo, exhibía sus mejores atributos de maestro. A su diestra, un amplificador japonés tronaba al son de su voz catedrática. Un proyector de tres mil lumens destellaba contra una pantalla teatral en lugar de tablero. En el aula espaciosa se inhalaba una brisa fresca, ensoñadora, celestial, acondicionada para  pieles calenturientas. Los pupitres no eran de aquéllos  de antaño, mendicantes y de dura tabla, sino sillones espumosos y reclinables, -incluso automasajeadores-, donde, de hecho, se acunaban a sus anchas los delicados cuerpos estudiantiles pudiendo disfrutar estos lindos protagonistas de la educación, no sólo del hechizo de sus celulares o de los deleites de la amistad con sus vecinos, sino también  de goma de mascar, colombinas o de crujientes palomitas de maíz. Entretanto el maestro, el menos interesante de la representación, se seguía desgastando inútilmente delante de ellos.

   A la izquierda de este actor, sobre una mesa de filigrana, con normas de calidad extrema, su plan de área, de clase, de mejoramiento, de vida, sus índices sintéticos, etc., etc. Redoblaba enseguida sus esfuerzos por cautivar el interés de los presentes para que asimilaran satisfactoriamente los contenidos sobre los cuales iban a interrogarlos en las pruebas Saber, Pisa y Pasa y otras por enumerar.

   Sin embargo, -añadía nuestro narrador, con aire de pesadumbre- contra la lógica elemental, contra la tecnología sofisticada, aun contra la voluntad divina, la mayoría de los jóvenes de esta ficción no aprendían nada, pocos aprendían poco.

   Los investigadores del lugar pretendían explicar el fenómeno aduciendo que a los jovenes les faltaba 'cultura de estudio', genes activados para el conocimiento, neuronas con vocación para el aprendizaje, presencia básica de disciplina, hasta carga de energía cerebral suficiente... Nuestro apóstol no les creyó y optó más bien por prepararse más y mejor: hizo un doctorado en TIC, una especialización en REDA, volvió a ser doctor en currículo y motivación escolar y magister en... en... muchas cosas más.

   Y, volvía motivado una y otra vez a las aulas y siempre le sucedía lo mismo: Sus estudiantes seguían, como de costumbre, de ferias y fiestas en los salones lujosos, bien equipados, sin querer y sin poder aprender.
Fue hasta cuando conoció en un taller milagroso a un tal Roger que cambió un poco esa mentalidad suya de super prepararse por los siglos de los siglos, para seguir siendo el mismo y haciendo lo mismo.

   Este personaje, --cura entre otros títulos--, le predicó que para muchos peritos en materia educativa el éxito de la acción enseñanza-aprendizaje NO depende ni exclusiva ni necesariamente de los métodos o de los recursos didácticos empleados; sino más bien –incluso en un porcentaje determinante- de la voluntad, del corazón y del empeño que los estudiantes demuestren durante el proceso. He aquí -aseguran- la prioridad. Lo primero es añadidura. 

   Y luego, a solas, Roger oyó en confesión al atribulado docente que se sentía un tanto pecador por no lograr volver sabios a sus alumnos ni conseguir que el índice sintético de calidad de la Institución ascendiera hasta las nubes. “¡Acúsome, padre, -le susurró contrito al oído- de no ser capaz de cumplir la espiritual obra de misericordia que me obliga a enseñar al que no sabe”. Fue entonces cuando ese hombre de fe en las causas perdidas lo tranquilizó y animó a continuar sus faenas académicas con la mentalidad férrea similar a la de aquel sembrador terco que va esparciendo la semilla por una variedad de terrenos aun contra la amenaza de que no fructifique o lo haga a medias.

   Sin embargo, cuando el penitente le mostró el video de su estéril experiencia de maestro y le dibujó la idiosincracia de sus pupilos, Roger se rascó levemente la cabeza medio calva y sentenció: "Amigo mío, el aprendizaje sucede cuando alguien quiere aprender, no cuando alguien quiere enseñar. Y teniendo esto en cuenta, y aconsejando de paso al sembrador, conviene preparar previamente a los destinatarios de la siembra del conocimiento.  Tú has querido fervorosamente enseñar y, de hecho, lo has intentado con PTA, TIC y TLJ (Todos Los Juguetes), hasta el extremo. Casi hasta morir en el intento. Pero, ellos, por su lado, no te han correspondido, porque se nota a leguas que no saben ni responden. Por lo menos no quieren aprender lo que tú te obstinas  en enseñar. Esta relación de enseñanza-aprendizaje es similar a la de pareja: si se aspira a besos comunes, a pasiones recíprocas, los dos tienen que querer. Ambos deben poner de su parte todas sus partes: labios, corazón, piel, y 'muchas cosas más'".

   Tras una leve pausa durante la cual nuestro colega iba pensando y rezando por sus estudiantes para que se convirtieran del no querer al sí querer, Roger continuó: "Es primordial disponer el ánimo, la voluntad y la conciencia de los estudiantes, antes de proponerles la opción de aprender. Es decir, primero hay que convertir el estudio en una provocación; en una seducción, la preparación académica. Cosa fácilísima para una dama con muchos encantos cuando de seducir a un hombre se trata. Basta no más que, tentadora, se le pase una sola vez por delante. Y en el acto, ese hombre, quizá por adrenalina o por crudo instinto, se aprende de memoria la geografía de su cuerpo, además de su número telefónico, así ella se lo dicte entre los dientes. Pero en nuestro caso es un poco más trabajoso persuadir a los estudiantes del gusto y del placer que depara el estudio. -Y alzando el tono de su voz, interpeló al penitente-: ¿Qué decidir entonces?"

   Nuestro amigo, en son de respuesta, adujo que algunos observadores atribuyen el origen del No querer aprender a la familia, a los genes, a la sociedad, a las flaquezas propias del ser humano que incluyen claramente los pecados capitales, entre los cuales sobresale la pereza, gestora de ignorancia, de omisión, entre otros males.
Roger retomó su discurso añadiendo que no es de docentes decentes  considerar el pasado y las experiencias malignas que haya tenido una persona para etiquetarlo de incapaz para aprender y tener éxito, hoy. La historia incluso ha demostrado que muchos de los grandes hoy han sido zarandeados rudamente  en el ayer. 
Más bien es preciso recurrir a razonamientos existenciales persuasivos con los estudiantes para que vengan al colegio no sólo por costumbre generacional, por socializar con amigos, o para conseguir primeros amores, segundos o terceros; sino que, con prioridad vienen a entrenar su mente y su espíritu para darle gloria, orientación y pasiones a su vida. "Nada es más penoso e infecundo -dictaminó- que pretender enseñar matemáticas, Español,  inglés, o lo que sea, a quienes no le ven gracia ni valor ni uso a cuanto se les propone que aprendan. Se desgaritan más bien hacia la indisciplina, hacia las aplicaciones lúdicas del celular, hacia el vaivén alimenticio y charlatán de sus mandíbulas. Prefieren volverse adictos al rebote del balón, a la evasión de clase, de tareas, de hacer bien las cosas. Sin ideales y metas bien definidas en materia de estudio, el joven es peor que un botecito de papel en medio de una crecida del Río de Oro: A todo pretende sacarle chiste bobo, todo es jolgorio para él, el resorte  que realmente lo impulsa, no es el querer aprender ni ser responsable como estudiante, es graduarse y ser plenamente un mamagallista feliz".

  Roger detuvo la palabra, cerró los ojos y entrecruzó los dedos como si implorara por quienes se dedican a predicar el Reino de Dios y su justicia, y consiguen que poco o nada cambie. Al cabo de tan piadosos segundos, abrió los ojos y exhortó a nuestro amigo, a titulo de penitencia:

  "Os propongo, finalmente (Roger es español, usa 'vosotros')  a ti y a tus colegas la siguiente obra académica, de carácter penitencial, suficiente para santificaros en el magisterio: 

"Enseñad al que no quiere aprender ni le  gusta estudiar y, encima de eso, es alborotado. Captad primero su voluntad, el querer y el gusto por el estudio, por el saber y el poder que otorga la sabiduría. Haced que ellos se quieran y  quieran. El aprendizaje entonces se irá construyendo y avanzando sobre ruedas con el protagonismo ante todo del estudiante, (a ritmo autodidacta), sin tanto formato y plantilla, incluso con metodologías simples y hasta con recursos didácticos muy pobres".

   Y, por último, levantando los ojos y la mano hacia las alturas, le impartió la bendición deseándole que el poder, la sabiduría y hasta la suerte lo acompañaran en esa severa misión de "enseñar al que no quiere aprender ni le gusta estudiar y, encima de eso, es alborotado"

miércoles, 11 de octubre de 2017

"¡A LOS EFÍMEROS NO NOS VAN A OLVIDAR!"

 Por Lebb

Según la leyenda, hay ninfas especiales que sólo disponen de 24 horas para ser felices; sin embargo, una vez su Rey, al alba de tan maravilloso día, se levantó de mal humor, con cara de funeral; fue entonces.. 

 Cuando en una asamblea les comunicó a la reina y a los súbditos su profunda preocupación:

"Nos quedan contadas horas de vida: -les dijo con los sentimientos propios de un condenado a pena capital- Si bien es cierto que pronto dejaremos el charco para volar frenéticos en busca de pasión y sexo sin más afanes terrenales, al final, caeremos nuevamente al agua y moriremos para siempre... Y encima nunca nadie se acordará de nosotros"

Los efímeros escucharon atentos y con respeto las palabras trascendentales del Rey,  pero sin dejar de presaborear intensamente el placer del día que los aguardaba.

Tan alarmante era la facha del afligido en medio del tenso auditorio que hasta un chinche genial que pasaba por ahí de vago por la superficie del agua se le quedó intrigado mirándolo como un samaritano, porque sabía de sobra que ese primer día de primavera así fuera el último de los efímeros, era para ellos el más productivo, el que más agradecía el mundo. Día no apto ni siquiera para comer, ni para estudiar, menos para las palabras ni para contar leyendas como ésta; día sólo apto para la feliz pasión, para el multiforme sexo veloz con una y con otra, sin pausas ni resuellos.

  El chinche también sabía que por tradición milenaria, nadie, menos un rey, se había enfrascado en cuestiones filosóficas sobre el sentido y la brevedad de la vida, sino que más bien, como en la carrera de los cien metros, apenas medio llegaba el fulgor de la aurora, todos los efímeros y efímeras, feos o bonitos, gordos o flacos, abandonaban en estampida el abismo de las aguas del pequeño lago donde cual ninfas fantasmas habían estado esperando esa especie de resurrección a su vida sensacional, así tuviera la duración relámpago de un día.

Pero en esta ocasión para asombro de muchos hubo una especie de aguafiestas en la persona precisamente del Rey, a quien las generaciones venideras, no obstante, le tributarían honores, frente a una escultura suya, por cuanto gracias a sus afanes mentales, el universo se acordaría perpetuamente de todos los efímeros y de sus amores.

Pero fue también por los buenos oficios del chinche, el cual, tocado por el drama de sus prójimos, se prometió cabalmente: "¡Iré ahora mismo a ver al Duende sabio del bosque, a compartirle la inquietud de los efímeros". Y diciendo y haciendo -como deben encararse las amenazas de este mundo-- fue en busca de ese personaje, el cual, ajustándose con estilo las gafas, lo miró, lo saludó y le preguntó el motivo de su visita. El chinche, tras ese breve protocolo de saludo, pasó a describirle minuciosamente la situación de sus amigos los efímeros. Al final, el Genio, sin alargar la charla, meditó un poco y propuso una solución: "¡Construyamos entonces algo en su nombre, en memoria suya: un monumento, una creación, algo que para quienes queden en el mundo después de ellos, al pasar por delante suyo, les incite los recuerdos, les evoque su pasado fugaz pero feliz; y que incluso los haga rezar por ellos, por su eternidad!"

"¿Rezar por ellos? -inquirió extrañado el chinche- ¿O a causa de ellos?
"La vida es muy bella -prosiguió el Duende- y hay que ensalzarla con incienso eterno porque se lo merece, así se trate de la vida modesta de una efímera".

Seguidamente ordenó a quienes estaban a su alrededor que esculcaran todos los rincones del bosque con el fin de obtener cosas bonitas, curiosas, llamativas y que las juntaran en un paraje especial al lado del estanque sobre el cual justamente iban a gozar los efímeros la última maratón de amor reproductivo.
Y así lo hicieron en efecto: Reunieron en el lugar escogido detalles como una campanilla azul, una plumilla señorial, pomposos guijarros que fingían ser diamantes, esmeraldas, zafiros y rubíes; añadieron en cantidad piezas raras de belleza que jamás contemplaron los humanos, provenientes del fondo de las aguas o de los inéditos tesoros del bosque.

Cuando llegaron los últimos materiales de construcción ya el Duende, el chinche, toda su familia, los vecinos, habían avanzado magistralmente en la operación pro eternidad de los efímeros, de tal forma que muy pronto, aun antes de que las ninfas abandonaran las aguas para irse a emparejar con sus múltiples amantes, ya estaba terminada. Y de inmediato el ingeniero en jefe urgió a su buen amigo el chinche para que fuera a traer al Rey y a los efímeros con el propósito de  inaugurar con ellos la o
bra monumental.

Coincidió el momento del lanzamiento con el despegue de los efímeros del agua, los cuales fueron primero al lugar indicado, donde hallaron, para su satisfacción y placer, una mezcla entre jardín primitivo y un paraíso original, presidida por una efigie fulgurante del rey.

"Este memorial -les explicó a continuación el chinche- establecido en honor vuestro, os garantizará la eternidad en la mente del mundo.  Aquí, por parte de los constantes visitantes, habrá palabras para bendecir por siempre vuestro paso por el agua y por los aires. Y en sus mentes largos recuerdos continuos que refutarán la fugacidad de la vida".

 "Al Rey, de inmediato, se le desvaneció cualquier complejo sobre el doloroso pasar de este mundo al más allá. "¡Ahora podremos irnos en paz -declaró oficialmente- Nos recordaréis para siempre".
Finalmente el Duende y sus amigos les prometieron a estos fugaces mortales que de generación en generación ellos cuidarían el jardín. El monarca se regocijó una vez más con la escena y luego se remontó a las alturas con el resto de los efímeros impetuosos y ardientes a completar la grata vocación pasajera de crecer y multiplicarse por la faz de la tierra.

El cielo de ese día estuvo entonces nublado de pasión y de vida que propugnaba por eternizarse.
Pero también estuvo impregnado de muerte: Se desplomaban por ráfagas los efímeros en el sepulcro de las aguas, no sin antes pronunciar estas palabras de fe y  esperanza en su paraíso, una declaración de amor que escuchaban y ovacionaban el Duende y sus amigos:


"¡A los efímeros no nos van a olvidar!"

domingo, 12 de marzo de 2017

HUMOR DE CELOS Y OTROS DEMONIOS

*** Una mujer enferma de celos regaña al marido:
––Juan, anoche no encontré ningún pelo en tu abrigo, ¿acaso me estás engañando con una calva?

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 Llega un señor a su casa después de trabajar y le dice a su mujer:
- Mi amor, tengo un problema grave en la oficina.
Su mujer le responde:
- No te preocupes, gordito. No hay problema grande porque te quiero mucho. Es más: Nunca digas: "tengo un problema". Mejor dime: "tenemos" un problema.
A lo que el marido replica:
- Muy bien, querida. Entonces TENEMOS un problema embarazoso:  VAMOS a tener un hijo de la secretaria.

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*** Un tipo entra a una tienda de químicos y le pregunta a la vendedora:
––¿Tiene veneno para ratas?
––Sí,  lo tenemos  ––le responde muy atenta–– ¿se lo va a llevar?
Y el hombre malhumorado le contesta:
––¡No, claro que no, inteligente. NO me lo voy a llevar! ¡Mejor voy a traer a los ratones para se lo tomen AQUÍ!

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*** El hombre llega a la casa de su novia con un fabuloso ramo de flores y ella exclama movida por su alto sentido de observación:
- ¿Flores?
Y él, representando a un bobo satírico, le replica:
––¡No! ¡no!... míralas bien: ¡son zanahorias!

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*** En la cama nupcial, acababa de abrir los ojos el esposo Casimiro. Entonces su mujer, de nombre Sofía, le pregunta:
- ¿Ya te despertaste?
- ¡Nooo ! -–le responde el tipo bostezando–– Es que ahora me he vuelto sonámbulo. Y precisamente voy a comenzar uno de mis paseos nocturnos.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

“¿QUÉ PENSARÁ ESTE CHINITO DE LA VIDA?”

Por Lebb


Según el veredicto de mi tío Valentín a ese muchachito le hacía falta un ajuste técnico de tuercas  existenciales o la calibración total de los tornillos neuronales... 

“Pues le atormentaba –según el pensar de nuestro tío Valentín, de inmortal memoria-, una variedad de carranchín mental que lo empujaba a cometer travesuras extremas, como la de aquella vez cuando con una vela encendida salía múltiples veces de la cocina hacia la intimidad de un pequeño establo y volvía a entrar múltiples veces también con la misma vela apagada. Por sus temidos antecedentes ese “chinito”, (modo de referirse genéricamente a los pequeños no necesariamente oriundos del imperio chino), permanecía de continuo bajo la observación de las cámaras espías de sus hermanos, padres, y tíos y hasta vecinos con el propósito nacional de prevenir de su parte hasta atentados demoledores contra la casa o contra el medio ambiente. Más de una vez alguno de ellos, sintiéndose responsable de su destino, con aire de preocupación y de sabiduría, solía repetir para sus adentros haciendo eco por telepatía con los demás: “¿Qué pensará este chinito de la vida?”
Aquella vez, por lances bromistas del destino, falló el sistema íntegro de seguridad total, porque -no nos digamos mentiras- uno se cansa de estar encima de la gente, a la pata de lo que hace y no hace, así que sin querer, cualquiera se descuida y lo sorprende no sólo la delincuencia profesional o común, sino también los infalibles pecados veniales de cualquier cristiano o no cristiano. Y es que, además, hay que considerar que en este mundo, por lógica, los problemas no faltarán nunca, como los pobres y los tontos. Si no se presentaran habría que inventarlos, porque sin ellos a la vida de los humanos le faltaría sazón como a la comida el picante...”
Tuvimos entonces que interrumpir con un reclamo sonoro al narrador por irse por las ramas en vez de contar la historia del chinito travieso de una buena vez. Nos hizo caso con un “lo siento” y entonces retomó el hilo del cuento:
“Ya entonces, -volviendo a la narración- por enésima vez el “chinito” (cuyo nombre se reserva el anonimato) salió fugaz de la cocina con su vela encendida bregando a preservar el nervioso fuego con su manita derecha a ver si por fin lograba llevarlo con vida hasta el establo donde tenía, allá en lo más recóndito posible, un guardado explosivo. La noche anterior había sido una noche de pólvora y voladores y como siempre pasa hay algunos que caen a la tierra sin haber reventado en el cielo. Y el chico era por vocación uno de  los buscadores mañaneros de estos proyectiles abortivos que los recolectaban para darse el gusto de hacerlos estallar a su manera dándose sus propias mañas.
Pero no para todos pasó inadvertido el hecho de que el jovencito saliera y entrara de la cocina con su vela encendida y apagada. Había cerca de allí, sentada en su mecedora secular, la abuela, quien a través de sus cristales profundos, seguía al pequeño Prometeo en sus afanes por llevar fuego de la cocina a otra parte no precisamente para que sirviera como en la mitología al bien de los humanos, sino más bien para que se prestara a satisfacer el desvarío de un pequeño pirómano. Al verlo tan activo en su propio universo, ajeno a los consejos y guía de sus mayores, a la deriva como un gato callejero, se le quedaba mirando con ojos trascendentales aspirando a redentores, interrogándose a sí misma: “¿Qué pensará este chinito de la vida?”

No había disfrutado muchos vaivenes de su mecedora ni tampoco habían transitado muchos pensamientos veteranos por su cerebro cuando de pronto una tremenda explosión, allá a lo lejos, en el pequeño establo, estremeció la tierra y cuanto había en ella. Enseguida, un tropel aterrado de lugareños partió hacia el lugar del siniestro deteniéndose expectante al frente de la puerta del establo donde a los pocos y eternos segundos empezó a dibujarse ahí en el marco, en medio de una densa nube oscura de polvo y de humo una impresionante figura negra de lo que parecía un niño con pelo revuelto y enormes ojos blancos. Y, en el acto, los rescatistas lo tomaron en brazos y lo llevaron a las revisiones de rigor, las cuales por fortuna determinaron que el muchachito había resultado ileso del percance porque había tenido una suerte absoluta, de esas que no se repiten en la vida. 

Los investigadores también se ocuparon de averiguar qué había pasado con los protocolos de seguridad, quién había sido también responsable de que el “chinito” hubiera destruido el establo. La abuela tuvo que testificar en el caso, aduciendo que ella ciertamente lo había visto entrar a la cocina y salir muchas veces con una vela, pero que no estaba en condiciones de irse como un policía detrás suyo y que, a pesar de ser ignorada, trató de poner en alerta a otros, desde su mecedora, pero que éstos, sonriendo, pensaron que por ser viejita sólo estaba chocheando y no le pararon bolas. “¡Yo sí veía –fueron parte de su declaración que pasó a ser famosa en los expedientes históricos- que el chinito entraba y salía de la cocina. Pues qué iba a ser: estaba preparando su desgracia!”

Una vez sacudido del polvo, bañado y cepillado, con ropa remendada pero limpia tuvo que presentarse ante el  tribunal de la familia, a recibir las reprimendas de rigor y los sermones severos de la madre, del padre, de la abuela y de los hermanos mayores. Al concluir todo ese ceremonial que bien poco servía al muchachito para enmendarse de su saltarina vida, la abuela remataba la charla con la consabida frase: “Yo definitivamente no sé, ¿qué pensará este chinito de la vida?”

Poco tiempo después entraría a la escuela y como es de imaginarse, por su espíritu retozón, por su mentalidad   juguetona, por dedicarse a hacer de todo menos a estudiar, perdería su primer año. La abuela otra vez –por suerte estaba viva y tenía hasta buena salud- se quedaría oscilando en su mecedora secular, pensando como antaño y hablando en voz alta para sí misma: “¿Qué pensará este chinito de la vida?”.

Una y otra vez sería reprendido y le darían variedad de escarmientos. Sin embargo, así el párroco, los catequistas y hasta los profesores en la escuela lo adoctrinaran sabiamente en las buenas costumbres, los buenos hábitos, en la importancia de ponerle seriedad a la vida para tener éxito y ser feliz, el “chinito” no mostraría actitud de comprender ni disposición para cambiar sus descuadernados hábitos.

 Cuando perdió el segundo año, durante el cual fue suspendido, sermoneado, en vano, infinidad de veces por la coordinadora y la psicorientadora, en vano, por una experta psicóloga tras un proceso de seguimiento, la profesora directora de grupo heredó la consabida preocupación de la abuela que ya no se columpiaba más en la mecedora: “¡Yo no sé, -les comentaba entonces, secándose el sudor de la frente, con aire de cansancio extremo, a los sufridos padres- Yo, definitivamente, no sé ¿Qué pensará este chinito de la vida?” 

martes, 28 de junio de 2016

ASÍ CONTABA MI TIO VALENTIN

Comprobado que nadie está contento con lo que tiene. Con todo, las historias repetidas enseñan que cada quien posee el capital preciso para triunfar


A mi tio Valentín, sin haberlo conocido personalmente, lo he elevado en mi mente a la gloria de los grandes personajes, según lo que de él contaba mi padre. Nada letrado, todo sencillo y natural, como las aves del cielo o las cabras del monte; nada afanado por escuela, ni por arte, ni por prestigio ni por tesoros mundanales; todo dedicado a los sentidos rectos y a los afectos campechanos. Precisamente por esto, por su forma espontánea de ser, inauguró un estilo peculiar en la familia.  Muestra de ello, esa maña suya, al atardecer,  tras una jornada extenuante de sol y de surcos,  la de apostarse allá arriba en una de las lomas que miraba hacia la casa de campo, a gritar  a pulmón abierto: "¡Nacionales, tengan el chocolate listo!"

Por su palabra rápida y ocurrente, quizá por su pasión de protagonizar las charlas familiares en torno a la mesa, bajo la luz oscura de lámparas de aceite, lo consideramos el narrador elegido para que nos entretenga con historias de vida  simples e interesantes, como ésta de un conejito que vivía en el bosque, con todos los demás animales, todo lindo él y tal vez inteligente, pero que tenía un grave trauma psicológico: no era feliz.  Pero dejemos que sea él, mi inolvidable y fabuloso tío Valentín, quien continúe el relato.

Hubo una vez, como les venía diciendo, -y sorbía de la taza con denso placer campesino el chocolate espeso, (un enorme pedazo de queso de hoja y una arepa que se salía del plato esperaban su turno)- hubo una vez un lindo conejito en un bosque lejano que se encontraba muy triste y deprimido porque era chiquito y no podía defenderse de los demás y porque también había nacido, en un claro contraste con la naturaleza, con las orejas muy cortas. Un defecto que, cuando él se miraba en los espejos de un arroyo cristalino que por allí fluía lentamente, le recordaba un complejo de inferioridad insuperable desde que tenía uso de razón. (Los conejos y demás animales en este cuento ya cuentan con uso de razón).

 Al conejito orejicorto le hubiera encantado ser un león con sus zarpas, su melena y su fuerza. Soñaba en vano también con haber sido un tigre con su rapidez y destreza. Ansiaba con el hocico salpicado de lágrimas, llegar a ser un oso monumental, ante el cual el bosque se postrara respetuoso a su paso. Pero  en vez de eso, -y golpeaba despechado el pasto con sus felpudas traseras-, era un minúsculo conejo indefenso al cual quien quisiera podía lastimar. 

Por solidaridad natural todos los animales que lo conocian y apreciaban andaban alarmados con su comportamiento que ya rayaba en lo neurótico según el psiquiatra del bosque, un viejo búho que se la pasaba meditando arriba de un árbol no haciendo nada pero fijándose en todo el mundo.

Pero como en este tierra no faltan los consultores gratuitos un azulejo se le acercó en esos momentos, cuando el conejito  acariciaba furioso el pasto con sus pezuñas, y le preguntó cuál era la causa de su berrinche. El conejito le respondió que estaba muy triste y decepcionado con la vida, que nadie lo quería, que estaba solo e indefenso en el mundo y que más bien, para solucionar sus problemas, se iba a botar al arroyo.

El azulejo volteó la vista hacia el tímido arroyuelo y sonrió para sus adentros (porque si lo hubiera hecho para afuera el conejito lo hubiera matado. Tanto era su coraje). Mientras sonreía entonces para sus adentros, el ave fingió comprensión y ternura, y como hacen los psicólogos, empezó a preguntarle por la mamá conejo, el papá conejo y toda la familia conejo, hasta que el paciente, a punta de respuestas, describió no sólo su genealogía conejil sino también la de sus vecinos y todos sus internos males. Ya al final, cuando el conejito estaba cansado de hablar, el azulejo que algo había aprendido en su corta vida, le aconsejo que no se quedara ahí desplomado, que más bien fuera a buscar ayuda profesional donde un sabio mago que vivía, subiendo y bajando varias montañas, a varias lunas de allí, para que él tratara de orientarle la vida o por lo menos le aplicara una inyección contra la depresión.

Ni corto ni perezoso, el conejito se secó las lágrimas, se sonó las narices, respiró profundo y se puso en marcha hacia la supuesta montaña donde residía el supuesto mago. Al dar el primer brinco, se volvió hacia el azulejo y lo miró con ojos agradecidos, pero también con  dudas y pereza, como diciéndose. "¿Yo... subir una, dos, tres montañas? ¡Ni porque fuera un canguro!"

Ya para entonces casi toda la comunidad de animales rodeaba a la avecilla que había asesorado certeramente al conejito acomplejado. Éste, viendo entonces a esa multitud que respaldaba sus intenciones de ponerse en camino, sin darle largas al asunto, retomó sus brinquitos hacia el norte, hacia donde se recortaba contra un cielo muy azul con pintas blancas una escalera de montañas impresionantes que parecían colgar del infinito.

Como le advirtió el azulejo, el conejo tuvo que brincar muchos días y muchas noches, tuvo que padecer lunas  insomnes y resistir soles calcinantes, hasta que por fin, acabadas todas las montañas, arribó a una caverna oscura y silenciosa donde habitaba en su sabia soledad y en su divino silencio un mago supuestamente todopoderoso, ante él cual, sin mediar protocolos o descansos, el conejito se inclinó a modo de saludo y le expuso el motivo principal de su visita.

Para su sorpresa el mago no pareció detallar su presencia ahondando todavía más el complejo de inferioridad de nuestro angustiado conejito. Se acercó entonces al mago y le alzó las pezuñas hasta la cara logrando que el hombre reaccionara como cuando a uno se le para una mosca en la cara.

Una vez concluida la enumeración de sus males el mago sonrió para sus adentros. Y como quien quiere quitarse de encima a alguien tedioso le dijo que para hacerle el milagro de convertirlo en tigre, en oso, o en cualquier otro imponente animal tendría que regresar al bosque de donde había venido y traerle las pieles de un cocodrilo, de una serpiente y de un mono. "Esto le llevará todo el resto de su vida, sin ocuparse de complejos tontos" -imaginó el mago-. Imaginó mal porque apenas acabó de hablar se puso en camino de regreso.

De nuevo entre los suyos el conejo les expuso las exigencias del mago. Fue entonces cuando, para sorpresa suya, el cocodrilo, el mono y la serpiente le dijeron al conejito que, por la amistad y el aprecio que le tenían, le prestaban sus respectivas pieles para que se las llevara al mago.

Cruzó nuevamente las montañas y se presentó ante el mago que no podia creer lo que veía. Pero como debía cumplir su parte, le contó el cuento del  ratón que él había cambiado en gato, en perro, en tigre y nuevamente en ratón, en vano, porque las transformaciones verdaderas suceden al interior de los corazones. Finalmente se le acercó, le impuso las manos, le dió un brebaje para que le crecieran las orejas, pero no lo hizo tigre, ni oso ni león.

 "¡Tú eres bueno -le dijo- pequeño sí, pero adorable. Tienes amigos que te aprecian y sacrifican por ti. Pronto tendrás orejas largas como alarmas contra tus enemigos. Pero realmente tienes lo necesario para ser feliz como eres y con lo que tienes!" Al conejito se le aguaron los ojos felices y agradeciendo al mago volvió brincando donde los suyos ya sin penas y sin complejos.

A su madre le decían "loca, en cambio a la mía, le decían "santa"

Mi amigo y yo tuvimos madres y maestras ejemplares vivas para siempre en nuestros recuerdos... Él me contó de la suya, y yo también le conté las maravillas de la mía.

   "A mi madre la llamaban loca -me cuenta-, pero realmente no era loca de atar, ni de encerrar. Era maestra. Y aunque los críticos al verdadero maestro lo pueden tachar de loco, ella no hacía caso de las críticas locas. Seguía hablando diferente y actuando a veces en contravía del sentido supuestamente común". En cambio la mía, -le comentaba yo- no era de palabra abundante y filosófica. Era más bien callada y de camándula. Pero por ese abundante silencio y el desgrane monjil de cuentas, bien pudimos decretar su beatitud antes que el Vaticano. 

   La madre de mi amigo, cuando éste bordeaba los diez años, en momentos de inspiración filosófica, le aseguraba que los "ojos sirven para escuchar". Por supuesto, el muchachito no descifraba todavía el lenguaje simbólico o las metáforas de un sabio sospechando en su lugar que la mente de su progenitora hacía travesuras con el significado de las palabras. En cambio la mía, no engrudaba de omnisciencia nada, era simple y directa. Nos dejaba más bien a nosotros revolcar la semántica de las cosas, como por ejemplo que las orejas también sirven para ver. Ambas, como suelen hacer todas las madres, bendecían a la vida. La mía, además, era devota, consagrada al hogar, iba a Misa y alababa a Dios por su bondad absoluta.

   "Cuando mi madre -añadía mi amigo- se despertaba de buen humor se ponía a cantar: "Hoy me he puesto mi vestido de veinte años". Si se desperezaba al revés, la endecha era: "¡Estoy revestida de tiniebla!". Las comadres si la escuchaban sonreían compasivas susurrando entre ellas: "¡Es una loquilla!". La mía, siempre madrugaba con entusiasmo, vestida de fe y paciencia y a lo mejor cantando religioso o mejicano: "¡Cuatro milpas tan solo han quedado en el ranchito que era mío...!"

   A mi amigo se le humedece la mirada cuando rememora la última escena con ella en su lecho de muerte: Lo llamó entonces a su lado, le apretó fuerte las manos y lo aconsejó a su manera, diciéndole: "No tengas pena, hijo, porque la muerte en realidad no existe". Él pensó comprensivo que ella hablaba así, sin lógica, porque ya no coordinaba los pensamientos, pero no. Había sapiencia extrema en sus palabras terminales: Pero eso lo comprendería mucho más tarde, bajo el peso de sus cincuenta años, cuando abriera el diccionario de los significados existenciales y tradujera las enseñanzas maternales de antaño:
 
   "Podríamos tener hoy 20 años felices-concluye- y al día siguiente ochenta años tristes. Todo depende de nuestro estado de ánimo que le pone color a los cristales a través de los cuales miramos la vida. Los ojos sirven para escuchar porque uno debe mirar con atención y corazón a quien nos habla. Y la muerte no existe, porque sencillamente sólo está muerto lo que ya no importa, lo que ya no sirve, lo que ya no recuerdas. Y mi madre pesa todavía un mundo en mi existencia, sus enseñanzas aún son actuales y sus recuerdos vibrantes saltarán siempre ante mi vista dondequiera que vaya.

   A mi memoria vino también el momento trágico cuando estuve con mi madre agonizante en su lecho de hospital. Tras una breve sonrisa por mi presencia, se refirió a su grave estado, sin  proferir palabras trascendentales, sin solemnidad en su adiós postrero. Me quedé allí nomás confuso, sin sílabas coherentes, sin bendecirla, sin darle gracias, sin siquiera pedirle la bendición final. 

   Sin embargo, al igual que a mi amigo, sus enseñanzas vitales han marcado mi destino. Ella aún está en mi historia, puesto que sus recuerdos elocuentes resplandecen ante mis ojos a cada paso y me inspiran a cada rato. Las dos fueron madres excepcionales y maestras ejemplares. Y hemos venido a valorarlas en su justas dimensiones, cosa que no está bien, ahora cuando ya hay asomos de nieve en nuestros cabellos. 

   Mi amigo está dedicado ahora a las metáforas: es poeta. Y yo, al tablero: soy maestro. A él lo tildan en ocasiones de loco, por herencia materna. A mí, de santurrón, obviamente por no ser bien santo o bien loco.  Dos cosas muy semejantes.

lunes, 13 de junio de 2016

"¿Por qué será que mi chinito no aprende inglés?"

Quejumbre de una madre de familia con la imaginación cándida de que la culpa es del colegio, del profesor... menos por culpa  del  "chinito"; por cuanto el "chinito" tiene  SU herencia, la de ser MUUUUY inteligente...

Por Lebb

Frente a sus bulliciosos alumnos, el profesor de inglés remeda la voz gimiente de una madre de familia incrédula de que su hijo, tras "largos y sufridos años" de estudio en el colegio, no haya sido capaz de aprender el idioma gringo: "¿Por qué.. --El 'teacher' entonces gime-- "¿Por qué será que mi chinito...?"

Parodia entonces el profesor, con acento diabluno, a una madre de familia,  mirando fijamente al estudiante que está ahí en el salón holgazaneando delante suyo, entretenido con un celular o con su vecina coquetona, babeando un bombón, mientras las explicaciones, los ejercicios, la añeja pedagogía maternal del profesor, resbalan impunemente por sus fibras cerebrales, como si éstas estuviera engrasadas.

Gozan algunos chicos entonces con la improvisada escena teatral, otros se incomodan con ese tonito seudo mujeril del "teacher", mientras alguna de las chicas envalentonada grita desde el fondo: "Pero, ¿cómo vamos a aprender si usted no enseña nada?" El profe trata de salirse del hábito ante la crítica proferida precisamente por quien casi no viene a clase, por quien se evade y fomenta el despelote en el salón. Pero consigue calmarse y no revirar. Es entonces cuando el mejor alumno,  interesado en el tema, pregunta "sabiamente": "Y, profesor, cómo se dice 'Yo soy' en inglés? ¿Y qué es eso de 'Are'?  ¡Nosotros no lo hemos visto!"  

No han incluido todavía en su cerebro esa expresión "I am", menos todo el verbo clave para Shakespeare,  pese a que desde escolares de segundo primaria la vieron en el tablero, la repitieron del maestro y hasta lo apuntaron en el cuaderno manidas veces. Y ahora le echan la culpa a los profesores que no les enseñaron desde la infancia hasta estos días adolescentes de secundaria. El hecho es que no se les han quedado grabadas en la cabeza ni siquiera las palabras más comunes del cuerpo, del aula o de la casa.

A la par de todo lo anterior, algunos escolares manejan falsas expectativas pues imaginan que los aprendizajes se reciben como los vasos reciben el agua. Para ellos dominar el inglés es resultado de un don automático y merecido, obtenido del profesor, don gratuito que por magia poderosa, invade su cuerpo y llena su vida, concediéndole superpoderes para comenzar a hablar fluidamente el idioma antes extraño en absoluto, como los apóstoles lo hicieron en todas las lenguas el famoso día de Pentecostés. Falso: Los aprendizajes de los idiomas ni son gratuitos ni granjean automáticamente superpoderes para que hables y entiendas a todo el mundo. Los super héroes del aprendizaje fácil NO EXISTEN. Existen mejor los mártires del saber. Pregúnteles a los profesores, a los sabios "que en el mundo han sido".

 "Entonces, ¿por qué será que mi "chinito" no aprende Inglés? ". 
 Mis queridas madres, este fenómeno que las atormenta se explica casi solo,  por cuanto en la base de los aprendizajes siempre actúan motores esenciales del ser humano como la vocación, la voluntad, la disciplina, el esfuerzo, la auto dedicación, las buenas costumbres de estudio, los recursos, el tiempo, la motivación, el carácter... 

El colegio sólo ofrecerá ayuda limitada  y somera a las voluntades que quieran y puedan aprender. Los quehaceres de todo su proyecto educativo, de toda su esencia institucional, serán como semillas que caerán en las mentes de los jóvenes como en las eras de la tierra las semillas naturales para que ellos las asimilen y las hagan fructificar en los porcentajes que permitan sus voluntades y sus propios esfuerzos personales. El colegio será para los estudiantes, detrás de la familia, uno de sus primeros estímulos hacia el desarrollo de sus competencias humanas, laborales y culturales; nunca la plenitud de todos los bienes del mundo ni menos el responsable de su destino de ser sabio o ignorante, grande o pequeño, bilingüe o no bilingüe. 

"¿Por qué será entonces que mi chinito..." --vuelve a gemir sarcásticamente el "teacher" remedando mal la voz quejumbrosa de una madre preocupada por el escaso aprendizaje lingüístico de su niño inteligente--...

Yo creo, mi señora -ya para ponerme serio y para no extenderme tanto-, que su divino "chinito" no ha aprendido inglés ni lo aprenderá aquí por obvias razones. El dominar un  segundo idioma de la misma forma como medio se domina el primero (que dicho sea de paso el "dominio" de la lengua materna en nuestros jóvenes deja mucho que desear), exige de la persona entera dedicación, entusiasmo, amor, pasión y hasta locura por él y por cuanto significa. Es decir, implica sacrificio, tiempo, práctica, sumado a las capacidades mentales necesarias del "chinito", al cual le hacen falta precisamente uno que otro de estos vitales ingredientes. 

El  "teacher" mostrará el camino, pero no será el camino. Indicará las tareas y guiará el proceso, pero no hará las tareas ni llevará sobre sus espaldas al "chinito". Al final, éste último será quien deba aprender incluso a despecho de que haya sido guiado erradamente o de que el "teacher" haya sido muuuy malo. Es más, en un colegio "normalito", como dicen las comadres, jamás aprenderá a pensar, a expresarse, menos a suspirar en Inglés. 

Todavía más, en el horario figuran otras materias a las cuales deberá dedicarse, otras aplicaciones lúdicas y de servicio a quienes rendirles tiempo y adoración, amores que atender, gustos que satisfacer, gruñidos estomacales que acallar. Y para aprender el segundo idioma a cabalidad se precisa que el estudiante se inserte de tiempo completo, de la coronilla hasta las botas, en un hábitat donde impere el espíritu inglés, donde respire inglés, donde coma inglés, donde, en resumidas cuentas, le haga el amor al inglés. 

Así que, mi señora, como dicen los compadres, aquí hacemos lo humana y académicamente posible para que su angelito aprenda, pero no le garantizamos que lo logre por cuanto si bien necesitamos de la gracia de Dios, también es menester la gracia del niño, de su sacrificio, de su responsabilidad, de que él quiera, que ponga su voluntad, todo de su parte y de su ser.
  
"¿Por qué será... -gime por allá el programa de bilinguismo-- que los alumnos no aprenden inglés?" Repetimos: Hay que estudiar bastante, ser disciplinados en extremo, apelar a todas las ayudas y los recursos tecnológicos, poseer ciertas destrezas naturales que hagan posible el éxito del proceso. Y para muchos de nuestros chicos ese es un lenguaje cifrado, un código propio de otro  mundo. 

En cuanto a esa "metodología" de poner el libro bajo la almohada insertándose audífonos en las orejas para aprender  durmiendo me parece el método ideal para ellos. Los exámenes también los presentarían durmiendo. Y hablarían inglés también dormidos. No dudo que pueda servir de motivación subliminal. Pero aprender en vivo, en directo, y en verdad  exige mucho más que soñar y desear.