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miércoles, 13 de julio de 2011

¡MADRE, NO HAY SINO UNA!

Por Lebb

Cuenta uno de los folclóricos humoristas que una vez una buena maestra de una escuela, precisamente en mayo, les asignó a los estudiantes la tarea de redactar una composición tierna, linda y simpática que rematara con la consabida frase: "Madre no hay sino una", frase que siempre ha puesto de relieve la importancia y el valor excepcional de las madres, así como el necesario sentimiento de gratitud, aprecio y honra singulares hacia ellas.

Al dia siguiente, entonces, en la clase de Castellano, a la solicitud de la maestra, uno de los estudiantes más juiciosos y aplicados, frente a sus atentos compañeros, declamó lo siguiente:

"Tengo una madre bella

que me quiere y ayuda,

que se muere y desvela

por verme lleno y feliz

como nadie lo hace

en el mundo por mí;

es conmigo tan única

que puedo decir con premura

que Madre no hay sino una!

La profesora muy complacida aplaudió al niño junto con los demás compañeros y lo felicitó por contar con una madre ideal.

En seguida, otro chico, ante la petición de la maestra, tomó la palabra y dijo:

Eres sol que ilumina mis caminos,

el mar donde mi alma desemboca,

el ser en quien se apoya mi vida...

Cuando el mundo me interroga

Si hay dos seres grandes como tú,

Respondo con voz trémula de una:

¡No, Madre no hay sino una!

Los niños y la maestra con ellos, muy emocionados, aplaudieron la composición. Y, al igual que al primero, le puso cinco en la planilla de los indicadores de desempeño y lo felicitó repetidamente por alabar a una madre tan sublime.

Finalmente, le correspondió el turno a uno de los chicos más intranquilos del salón, firmante asiduo del Observador disciplinario, quien, puesto en pie, aferrado a su cuaderno, empezó a leer su composición:

"El otro día en mi casa de invasión

mi madre alegre con dos amigotas

celebraba ruidosa y con palabrotas

de las madres la especial celebración.

Entonces, ya bastante alegrona,

para honrar a las compañeras,

protestó con rejo y gruñona

que urgente fuera al congelador

por una ronda de cervezas...

Fue cuando, al abrir la puerta,

me quedé allí sufrido y yerto,

Entonces grité con amargura,

angustia infinita y con apuro:

!Ay, Madre, no hay sino una!

Mientras sus compañeros reían fuerte aplaudiendo mucho, la maestra, por su parte, sin hacerle reparos o correcciones, también marcaba un "chulito" en la planilla de calificaciones, signo de que el niño había cumplido la tarea, así hubiera puesto una coma de puntuación después de "madre", trastornando bastante la sintaxis de la última línea. Pero no se le pasó por la cabeza felicitarlo como a los otros dos por tener también una madre tan humana y tan real como el mundo donde él había nacido y estaba viviendo.

Era claro también que el chico inteligente entendía bien la importancia de resaltar la existencia excepcional de las madres mediante ese verso trillado "madre no hay sido una", sólo que a él le había tocado precisamente una gustosa de la cerveza y de otras tentaciones mundanales. No era por lo visto una mujer de amores poéticos, con credenciales celestiales. La maestra lo entendería después, cuando en su alcoba, en el colchón, reconocería que las madres en su mayoría son mujeres con cualidades naturales y con defectos sobresalientes, pero que cumplen con sacrificio su papel en la crianza y en la formación de su prole, tal como inclusive lo hizo la de ella, cuya tumba visitaba seguido.

Al día siguiente, entonces, felicitó al muchacho por su creatividad y por tener una madre especial, alegre y, sobre todo, de genio enérgico.

domingo, 5 de junio de 2011

HUMOR

Cómo se dice disparo en Árabe?
Ay-Ba-la-Bala.

* ¿Cómo se dice adivino en Japonés? Kómo sabe.

* ¿Cómo se dice bésame, en Árabe?
Mójame lajeta.

* ¿Cómo se dice café amargo en Japonés?
Takara lazúcar

* ¿Cuál es el colmo de un pollito?
Tener plumas y no poder escribir.

* ¿Por qué creen que las mujeres mueven la cabeza cuando piensan?
Para que las dos neuronas que tienen hagan contacto.

* ¿Qué le dijo el café al azúcar?
Sin ti mi vida es amarga.

* ¿Qué le compraste a tu mujer en estas fiestas?
Una cadena espectacular, ¿y tú?
No, yo todavía la puedo dejar suelta.

*¿Cómo se dice huérfano en chino?
Chinchupale y chinchumale
.

El difícil arte de “manejar” el verbo “manejar”

Por Lebb

Aunque es rico saber que en nuestro idioma disponemos de inagotables expresiones con las cuales podemos manifestar de infinitas formas cualquier pensamiento, en ocasiones caemos en la repetición y en la monotonía semántica. He aquí un buen ejemplo de eso.

A quienes se dejan “manejar” por este verbo manipulador dedico con amor gramatical estas líneas a ver si se liberan un poco de él y son más felices con tantos otros términos que bien pueden expresar mejor sus intenciones. Pueden optar por la sinonimia o simplemente por citar las actividades por su verdadero nombre; de tal modo que si quieren referirse a “manejar” el martillo, digan más bien “martillar”; o “manejar” el taladro, digan ´”taladrar”. Prefieran “esgrimir la espada”, es vez de la forma trillada “manejar la espada”. Al hijo podemos sugerirle que “administre” mejor su tiempo, en lugar del prosaico “Maneje mejor el tiempo”. Y así como el marinero hábil “gobierna” el barco, en vez del simple “maneja” el barco, damos paso a la mayor precisión del hecho y una mejor descripción del evento. Al incorporar en el habla o en el escrito, la rica y precisa variedad del diccionario estaremos “dominando” (no sólo manejando) el arte de la comunicación.

No faltará algún lector indomable que me revire diciendo que no se va a dejar “manipular” (no digo manejar) por mis palabras. Líbreme Dios de pensar siquiera en eso de “esclavizar”, (no digo manejar),– las mentes ajenas. Yo sólo quiero que ni el gato afirme que “maneja” muy bien su maullido. Ojalá diga que “maúlla” muy bonito. Y el perro grite que “ladra” como nadie, en vez del soso: “Yo manejo el ladrido”. Y si el guepardo está escuchando también podrá pregonar que no existe un félido como él capaz de desplazarse a velocidades impresionantes, en lugar de anunciar con simpleza que “maneja” mejor la velocidad.

Tratemos de esquivar la repetición de este verbo, incluso cuando queramos revelarle al mundo que ya podemos “manejar” el carro., digamos más bien con orgullo que ya sabemos “conducir” nuestro Mercedes Benz. Este verbo, como algunas mujeres insoportables, pretende “mangonear” (no use manejar) a los hablantes exigiéndoles que se “manejen” bien, en lugar de que “se comporten a la altura”. Querrá que sigamos pobres en el “uso” (no utilice manejo) del verbo, inactivos en el “liderazgo” (no diga más manejo) de los grupos. Y ya para finalizar este “tejemaneje” del verbo, pidamos a quienes “disponen” del poder, (no a los que manejan el poder de la palabra) que ayuden a fomentar la aplicación de la sinonimia y de la diversidad creadora. Que así como el computador “procesa” (no maneja”) infinidad de datos, así también nuestro cerebro y nuestro espíritu también “elaboren” (no manejen) otras fórmulas ingeniosas, con las cuales podamos sazonar la convivencia, podamos enriquecernos y gestionar (no “manejar”) decididamente nuestros destinos.

jueves, 2 de junio de 2011

¡Bienvenido OBSERVADOR doce


La próxima semana entra en circulación el OBSERVADOR en su edición doce

*El trajín diario de quienes circulan por las terribles y mal llamadas carreteras de Girón hacia sus veredas más importantes.

*La excepcional importancia de las autoras de nuestros días.

*El peligro de amar a ciegas, sin valorar debidamente a la persona idealizada

*El humorismo eterno de un padre único.

*El horóscopo celta tiene tu arbolito.

*Notas curiosas.

*Muchos otros temas valiosos.

lunes, 18 de abril de 2011

LOS 20 MOSCOS Y PREPARANDO SU DESGRACIA

Hacendosas llamaban las abuelas a las personas que se acomedían a la prestación de servicios varios en la casa. Eso y más eran los miembros de la generación de nuestro padre, como factor común, aunque también como ahora existían muchas excepciones; pero no se refería el término tanto a los menesteres mujeriles como trapear, barrer, restregar ollas y platos. Esos trajines no eran concebidos aptos para el consumo masculino de energías. Pero sí otros menesteres hogareños como pintar paredes y enseres, ajustar puertas; o apersonarse de ministerios artesanales como componer un perol averiado, una porcelana desportillada, un techo caído o una canal con gotera tal como lo quiso hacer Marbolleán, –así firmaba sus escritos domésticos– una mañana con poca suerte, o mejor, con poco equilibrio, porque no más cuando se aprestaba a revisar de cerca el cuerpo del delito, se vino escalera abajo, tal vez por omitir las normas básicas de mirar bien donde se pisa.
Lógicamente estallaron las alarmas en la casa, el asombro y la angustia por parte de nosotros. Nuestra madre, mujer de gran control emocional, un poco menos dramática, acudió presto en su ayuda con la diligencia visible que calificaba a las mujeres de su generación también. En contraste con nosotros que no pasamos del simple mantener la boca asombrada y los músculos completos inmóviles, característica casi exclusiva de las estatuas. (De ahí que muchas madres acuñaron la expresión para los hijos que no se acomedían a nada: "No se queden ahí como estatuas. Hagan algo").
Ella lo levantó y se lo llevó con ayuda de vecinos solidarios a la sala de emergencias del consultorio del doctor Lozano. Urgía que le revisaran toda su mumanidad, después de semejante suelazo, sobre todo una oreja por donde parecía brotar sangre aterradora.
Siguieron minutos largos transformados luegos en horas de suspenso y de espera ansiosa, hasta que por fin nuestra madre cruzó el umbral de la casa con los primeros informes médicos. Uno de nosotros, preocupado por la suerte del accidentado se apresuró a preguntarle a tan inolvidable y buena samaritana –fue una pregunta que hizo célebre entre nosotros a ese muchachito de entonces–. Y la pregunta fue: "Y ¿qué le dijo Lojano?" Vino la natural corrección de los otros que como siempre creían saber más y mejor el idioma que Cervantes: ¡Mira, chinito, no se dice LOJANO!
Pero en esas, sin haber llegado la respuesta, apareció nuestro padre con una venda exagerada a la altura de la oreja derecha si mal no recuerdo que no le impedía presentarnos una sonrisa socarrona de oreja mala a oreja buena. "¿Quieren saber –preguntó– que me hizo el doctor?"
Todos movimos de arriba abajo la cabeza y él entonces nos propinó una especie de cocotero verbal, –o sea coscorrón verbal– diciéndonos: "Me sacó veinte moscas de la oreja"
Quien había preguntado de nosotros se quedó como el estudiante que jamás estudió las figuras literarias ni esas cosas del lenguaje figurado, se quedó pasmado. Sí, literalmente pasmado: "¿Cómo así? ¿Le sacó veinte moscas de la oreja? Y ¿cómo lo hizo", Se atrevió a salir del pasmo porque ese dato entrañaba un misterio científico, profundo y desafiante.
Y otra vez los sabihondos semánticos lo estrujaron –o ¿lo estrujamos?– con nuestras rudas correcciones idiomáticas. "¡No seas tonto –creo que le dijimos– no se refiere a las moscas del comedor!"
Creo que este hermano, un poco más arriba mío, a estas alturas de la vida tampoco recuerda que nuestro padre, tomando del pelo, quería darnos a entender que el médico, por hacerle una simple curación, le había pelado veinte valiosos pesos que a la fecha representaban de pronto medio salario mínimo o cuanto él se ganaba durante toda una jornada de sudores. Pero ese era nuestro padre. Era como él mismo lo reconocía con humor: "Mamoncito, Mamoncito".
Luego, por la noche, –nosotros sentados a su alrededor y él, en el centro, sin demostrar congoja por la caída,– nos contaría la historia de un tal Valentín, el cual, una mañana de fiesta, tras una recia alborada de morteros y voladores, se dedicó a inspeccionar los alrededores de la finca:
"Más tarde –narraba nuestro padre– lo veríamos sospechoso, saliendo y entrando de la cocina, sin razones aparentes, como si estuviera tramando algún tipo de conspiración o estrategia de espionaje. Iba luego hasta una mata de plátano, donde rápidamente se camuflaba entre sus hojas. Pero, así son las cosas cuando están para suceder. Insisto en que uno no debe ser 'impávído' , es decir, no callarse y guardarse las 'vainas'. Uno debe ser comunicativo"
(Insistía en ese punto y nuestra madre lo secundaba, porque sabía que cuando los hijos hacen las cosas a escondidas –sin contarle a nadie e incluso sin cómplices– corren el riesgo de meter las patas. (Eso exactamente decía: meter las 'patas' o meter las 'quimbas', apuntaba en otras ocasiones empleando un sinónimo, algo así como meter las patas con todo y zapatos.)
"Pero también andábamos muy entretenidos nosotros –remataba la historia nuestro padre– también "impávidos" porque a nadie se le ocurrió parar al pequeño sospechoso para interrogarlo sobre sus entradas y salidas".
Hasta que por fin, el asunto misterioso literalmente reventó: Allá, en el fondo detrás de la mencionada mata de plátano, se escuchó una soberbia explosión. Y, tras ella, en medio del humo y del chispero que generó el colosal estropicio, apareció tiznado y doliente el malaventurado valentín con un pedazo de veladora en la mano.
Fue cuando la tía Josefa, cuando todos todavía estaban pasmados por el estruendo, comentó con su voz grave, lenta, mamona y detectivesca:
"Yo sí veía que Valentín entraba y salía. Pues qué iba a ser: Estaba preparando su desgracia"


LA ABSOLUCIÓN DEL AMERICANO

Editorial del OBSERVADOR ONCE

Muy convencido de que la presencia y la virtud de un estadounidense genuino me servirían de afrodisíaco para que mis estudiantes aumentaran su apetito por el aprendizaje del inglés, conquisté a uno de esos monos del Norte para que con esa misión viajara conmigo hasta la vereda en la cual se hallaba ubicado el colegio donde laboraba hace ya muchos años, en un lugar remoto del mundo, "de cuyo nombre no quiero acordarme".

La mañana escogida para la experiencia–, el ilustre importado soñó con acomodarse en la silla esponjosa de un campero elegante de mi propiedad, (suponía que yo había superado ya el subdesarrollo, gracias precisamente a la educación), pero como no era así y apenas tenía para pagarle el mero puesto en un bus pequeño, ruidoso, saltón, tuvo entonces que resignarse a hacer el viaje acosado, en un puesto duro, incluso con las rodillas aprisionadas contra el espaldar del pasajero de adelante que tampoco estuvo a gusto con las zancas punzantes del gringo.

El sufrido bus, como lo hacía habitualmente debía abrirse paso hasta el colegio por una trocha pedregosa, plagada de escombros, basuras y cráteres lunares. Y, era entonces cuando el Americano, al brusco son de los baches y al cruel compás de los vaivenes, cada que los amortiguadores gruñían, brincaba hasta el techo o se balanceaba hacia los lados. Yo, inquieto y asustado, lo detallaba no fuera de repente a salir despedido del vehículo. (¡Imagínense, no le había sacado Seguro!). Fue entonces cuando me lanzó el primer comentario, casi como un grito de angustia y socorro: "Hey, First, We've to fix this!" ("¡Primero debemos arreglar esto!") A lo cual, medio entendiendo, le contesté: "Yeah, Yeah! Tomorrow We'll do it!" (Que quiere decir, ¡yes, yes, mañana lo haremos!).

Pero quedaron resonando las palabras del norteamericano en mi cerebro como maracas, pues para él –como lo entendí después– era inconcebible que la ruta hacia un centro de estudio y cultura, presentara un estado tan salvaje y primitivo, no sólo a causa de un liderazgo defectuoso de los políticos del momento, sino también porque los actores principales de la región ––entre ellos naturalmente nosotros–– no estábamos desplegando suficiente actividad en ese aspecto. No era admisible para él, agente de desarrollo y cambio, que la educación de ciudadanos con valores totales no se tradujera, gracias a su gestión y protagonismo, en obras materiales de mejoramiento y bienestar con respecto a los entornos donde ellos existían y se movían.

En la parte de atrás, mientras seguíamos nuestro viaje tan sísmico y con vallenato estridente en los parlantes del bus, los estudiantes viajeros como nosotros reían a gran volumen y charlaban con entusiasmo, completamente acostumbrados al mal estado de la vía y ajenos obviamente a la problemática de las piedras, del polvo y de los huecos tenaces. Los demás pasajeros ya teníamos también los riñones bien entrenados y las narices con filtro. Después comprendería –soy de reacciones mentales demoradas– cómo existen pueblos cuya democracia es frágil y de pésima memoria, que aceptan mansos y mensos la miseria administrativa y la inoperancia escandalosa de los jefes que ellos mismos han escogido. (El colmo masoquista es que los reeligen hasta por cinco veces o más.)

Pero el cuento hasta ahora empieza. Cuando ya estábamos próximos al colegio, en los últimos treinta metros, unas depresiones abismales, hicieron que el bus al estilo mátrix detuviera el tiempo. Lo detuvo tanto que alcancé a meditar que si los conocimientos y las competencias adquiridas no ayudan a mejorar las condiciones de vida transformando la realidad, si no sirven de estímulo y aun de herramientas para resolver los problemas de malestar y de baja calidad de las circunstancias, merecen ser perentoriamente replanteados.

Pero adelantemos bastante la historia: Cuando el norteamericano tuvo ganas de refrescarse y de hacer una sencilla necesidad del cuerpo, (después de conversar animadamente con los estudiantes sobre la maravillosa importancia de hablar Inglés en este mundo globalizado, para conocer culturas, intercambiar experiencias, viajar y ser ciudadanos prestantes del mundo, etc., etc.), se quedó frenado, frente a las puertas del baño, ante los tubos sin grifos y sin agua, tratando de no respirar siquiera... ni de hablar tampoco.

Después, anduvo por los corredores sembrados de papelitos y restos multicolores... Y tampoco dijo nada. Desmenuzó con los dedos la tierra reseca de una jardinera vacía y luego llegó hasta la cancha donde unos chicos jugueteaban con una garra que alguna vez en otra reencarnación había sido balón. Pero tampoco dijo nada.

Yo me creí en la necesidad de hacer algo. Entonces, antes de que siguiera observando y se le ocurriera alguna sugerencia ingrata contra nuestro glorioso colegio, poseedor también de muchas virtudes, me adelanté a comentarle, señalando las nubes negras con ademanes de experto en el clima, que iba a llover muy pronto: "it's going to rain very soon. Isn't it?!" (Le dije en mi modesto inglés)

Al punto y con cierta picardía en sus ojos azules, el visitante me replicó: "It's better, because there is no water in the bathrooms" ("¡Es mejor que llueva, porque no hay agua en los baños!) ("Besides it's very good for all the plants you're growing here" (Además es muy bueno para todas las plantas que cultivan aquí")

Sonreí seriamente mientras iba desgranando en mi conciencia los pecados de obra y omisión cometidos como docente, especialmente por no ser impulsor de cambio. Luego, de manera inconsciente, como en la Misa, me llevé la mano derecha al lado izquierdo, justo sobre mi apenado corazón, y musité piadosamente: "¡Mea culpa, mea culpa!"

El mono que sabía también Latín y tenía buen oído, rió en inglés y comentó jocosamente en Castellano:

"Tus pecados están perdonados. Pero no vuelvas a pecar...

Y agregó: La Educación debe ser considerada como una gracia y como un poder. No como vana teoría de números o letras inaplicables; debe generar resultados: arreglar espacios, componer la vida de las personas, impedir la existencia de esquemas que las martiricen o empobrezcan. Incluso, fomentar ámbitos estimulantes de creatividad y producción"

No consideré erradas estas ideas del gringo para quien educar era similar a evangelizar. No tomé como sátira ni mala educación el que hubiera aludido con humor y precisión a los efectos de una educación que sólo se limite a buscar la potencia de la teoría, el almacenamiento de ideas o el solo trámite de sentimientos infecundos al margen de los problemas reales del medio. No nos estaba pidiendo que necesariamente dejáramos las aulas para empuñar los picos y las palas y nos pusiéramos a construir un acueducto, o nos pusiéramos con carretillas a tapar los huecos endiablados de la carretera. Seguramente estaba pensando en una educación que suscitara en los estudiantes un vigoroso espíritu productivo, de liderazgo, actuante, no indiferente a la problemática del entorno.

Pero tampoco me parecieron descorteses las insinuaciones realistas del americano sobre nuestra condición institucional en ese entonces, porque es necesario, como el ciego de nacimiento, empezar a reconocer con realismo los defectos y las fallas.

Al final, tras sostener una charla larga al respecto y, cuando ya estábamos convencidos de que habíamos arreglado el universo, abordamos el bus para reiniciar la aventura del retorno.

sábado, 26 de marzo de 2011

PRIMERA SEMANA DE ABRIL


El OBSERVADOR ONCE

Hemos resuelto no hacernos esperar. Por eso ya está en construcción la entrega Once de tu periódico especial. Aquí te adelantamos la portada de esa poderosa edición.

sábado, 12 de marzo de 2011

Aprendiendo a valorar la vida

Editorial del OBSERVADOR 10 Por Lebb

LA LEYENDA DE LA LLAMA ESTRELLA

 Tras un tiempo de búsqueda e imaginación, aprendería finalmente a valorar la dimensión práctica de la vida, la cual, a pesar de sus dificultades y pesares, reserva a los humanos grandes esperanzas y realidades felices


 Cuenta una leyenda que un joven inca, por los avatares normales de la vida, había quedado solo en medio de los Andes y sin nada, con excepción de una vieja llama en cuya compañía resolvió emprender largas caminatas en busca de un sitio donde establecerse y poderle hallar sentido a sus fatigas sobre la tierra. Fue tal la unidad de la Llama y el joven en esas circunstancias que los dos terminaron incluso compartiendo en las noches frías el mutuo calor, el amor de los luceros y el ideal común de tener algún vez un hogar donde estuvieran a gusto, con más compañía y más amores.

 Sin embargo, una noche de las más ricas en estrellas, la llama no soportó la cuenta de los años y se durmió para siempre, dejando en consecuencia al joven inca sumido en otra de sus mayores tragedias.

 A la mañana siguiente, para honrar como se merecía su memoria, el fervoroso inca la sepultó junto a un helado arroyo y fue luego  a sentarse debajo de un árbol a llorar desconsoladamente.

 Así permaneció mucha lunas, contemplando una y otra vez la tumba de la llama, inmerso en pensamientos grises sobre la vida, la muerte, el destino humano, coqueteando incluso a la idea de sumergirse para siempre en las gélidas aguas del arroyo. Hasta que una noche, también rica en estrellas, su pasión y fantasía prodigiosas desencadenaron un colosal fenómeno cósmico. Observó entonces una gran explosión de destellos de horizonte a horizonte y en medio una estrella desprendida de alguna galaxia remota, que había descendido allí justo sobre aquella sepultura que adoraba.

 Acto seguido tomó la forma joven de la llama, su vieja amiga, y fue ágil hasta la orilla del arroyo a beber sedienta del agua fría. Al terminar lanzó una mirada al joven inca, con suave reproche por llorar tanto pero con afecto de quien deseaba verlo feliz. Y mientras saltaba al cielo, en medio de otro espectáculo de luces, fue dejando un reguero de lana en puros pedazos de fino algodón.

 A la mañana siguiente, –termina la leyenda– cuando el sol comenzaba su carrera, el muchacho se levantó animado a recoger toda aquella lana suave, tibia y de brillo semejante en sus manos al material íntimo de las estrellas.

 Olvidándose entonces del duelo, confortado por la visión de la llama, le pareció bien llevar esa lana al pueblo y venderla allí; donde efectivamente se la compraron a buen precio. Con ese dinero pudo negociar una casa y hasta le alcanzó para comprar una pareja de llamas jóvenes, los cuales tuvieron posteriormente varias llamitas bellísimas.

 A partir de allí el joven inca aprendió a valorar el sentido práctico de la vida, la cual, a pesar de sus dificultades y de sus pesares, tiene reservadas a los humanos grandes esperanzas y realidades felices. Jamás volvió a sentirse solo porque pronto consiguió una buena compañía y tuvo después, (como era de esperarse de un fecundo Inca), varios "inquitas" adorables. Claro está que jamás olvidó a la llama estrella, la cual como buena maestra le había "dictado" la mejor y más útil clase de su vida. Y sin palabras. Por eso, agradecido y con ojos de alabanza, solía atisbar en las noches estrelladas las profundidades del firmamento, sobre todo la vía láctea, porque seguramente por ahí andaba orbitando, sonriente y complacida, su eterna amiga: la llama Estrella.

 Yo pienso que también cuando alguien nos interrogue sobre razones para existir, tras la pérdida de cualquier amor o por desencantos de la suerte o por infortunios de familia, deberíamos mostrarles nuestros testimonios prácticos de vida o si no sencillamente contarles la leyenda de la llama estrella; porque es preciso fortificarles la voluntad de estar en el mundo el tiempo que les corresponda, a despecho de sus conflictos, de sus tragedias, para realizar sus sueños, para que recuperen la elemental alegría de vivir, tal como lo anhelaban quienes se inventaron una historia tan encantadora.

jueves, 3 de marzo de 2011

¡VUELVE EL PERIÓDICO!


¡Aquí está de nuevo el OBSERVADOR en su décima edición!
Una vez concluido el merecido receso de fin de año y comienzo del nuevo, InterLebprensa tiene el gusto de presentar la portada del periódico OBSERVADOR en su décima edición.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

EL MAGO Y EL RATÓN

Ese ratoncito recordaría años más tarde, cautivo en una trampa mortal y con la aterradora sensación de haber vivido en vano, el día aquel cuando acudió al mago de la región en busca de ayuda para dos de sus grandes problemas existenciales...

Versión Lebb

El mago entonces lo miró de arriba abajo intrigado de que un ratón tan insignificante viniera a pedirle solución a sus “pequeños” problemas ratonescos.

–Mis problemas grandes son dos –comenzó diciendo el paciente– : Les tengo pavor a los gatos y me gasto una enorme pereza hasta para abrir los ojos. Yo creo que si me convirtieras en gato se me acabarían los dos males.

El viejo sonrío para sus adentros, cogió de la mesa su varita mágica y mientras le tocaba con su extremo la cabecita, pronunció unas palabras como en griego, y de una vez el ratoncito quedó convertido en gato. Muy impresionado y agradecido, el antiguo roedor miedoso y perezoso pagó la cuenta con todos sus ahorros y salió de la cueva-consultorio del mago.

Sin embargo, cuando llegó al vecindario se le cruzó por delante un perro de malas pulgas, de genio mafioso que lo invitó a las carreras. Fue entonces cuando el antiguo ratón –ahora gato– se orinó de miedo y fue a esconderse en el primer hueco que encontró.

Como era de suponerse regresó a la cueva del encantador a llorarle de nuevo una solución para sus problemas de miedo y de pereza. El abuelo como tenía tanta paciencia y ganas de plata también, volvió a tomar la varita mágica y con un pase mágico lo transformó en perro.

Y así recién convertido en un perro grandulón y, tras haberle firmado al mago un pagaré por la nueva consulta, se devolvió al vecindario. Sin embargo, por el camino le cogió una pereza tan tremenda que resolvió dormir una siesta larga bajo un árbol con tan mala suerte que un tigre hambriento le puso el ojo encima y por poco las garras. Un ruido a última hora lo despertó y espantado por la idea de morir tan joven, sus patas le sirvieron de alas.

Llegó prácticamente muerto del susto, otra vez, al consultorio del brujo y con voz entrecortada le pidió el favor de que:

–¡Rápido, rápido, señor mago, conviérteme en tigre!

El sorprendido hechicero le pidió al antiguo ratón, ahora perro, que tomara respiración y se calmara un poco por cuanto los hechizos no producen efecto en los arrebatados ni en los locos, “ni en los cuerdos tampoco” –esto último lo dijo para sus adentros. Hizo el ademán de consultar unos amarillos oráculos egipcios, torció los ojos como un poseso para invocar dioses del más allá y del más acá también. Y tomando de nuevo su prodigiosa varita mágica le tocó la testa y lo convirtió en tigre.

Para probar su nueva condición física el antiguo ratoncito rugió como lo puede hacer el más bravucón tigre de la selva. Pero antes de irse, el mago le hizo estampar su garra derecha en un documento a modo de otro pagaré. (Aclaro que el brujo fiaba las consultas pero cobrando bonitos intereses. Además toda transformación generaba recargos. Por lo tanto, el ratoncito se estaba endeudando peligrosamente). Pero al nuevo tigre tampoco le importaba hipotecarse con tal de superar mágicamente sus complejos de vida

Nuevamente, pues y con aire triunfal, se dirigió al bosque, ahora con cara de tigre.

No obstante su nuevo físico, y sin sospechar que en octubre se juega a los disfraces, el antiguo ratoncito –ahora tigre–, mientras iba por las sendas hermosas del bosque bañadas de sol y salpicadas por las sombras ondeantes de los árboles, sintió tanta y tanta pereza, como una agonía, que no pudo resistirse las ganas de irse a recostar contra un tronco. Y allí, bajo el amor del cielo, se quedó profundamente dormido.

Pero no por mucho tiempo, por cuanto lo despertaron el estruendo y la algarabía de unos disparos y los perros de unos cazadores. Aterrorizado hasta los huesos se levantó a escapar por la espesura, saltando charcos, brincando cercas, dejando hasta fibras de corazón en el camino. Por fortuna, pudo librarse de los cazadores no sin rasguños, magulladuras y con varias uñas faltantes, y llegar nuevamente a la cueva del mago, el cual lo recibió en la puerta, con cara de mucha preocupación: jamás había tenido a un cliente tan insatisfecho con su trabajo, tan inconforme con todos los encantamientos, tan incorregible como ese ratón miedoso.

–Por la pinta y la prisa que traes –le dijo malhumorado– supongo que ahora vienes a que te convierta en cazador o en escopeta, o ¿me equivoco?

El antiguo roedor no sabía responder. No sólo le faltaba el aire y las fuerzas físicas, sino que también le escaseaban las ganas de pedir más magias o que lo bañaran en agua de yerbas o le echaran sahumerio contra su mala suerte. Ninguna transformación parecía surtirle efecto.

–Tu problema –concluyó diciendo el brujo, que también sabía dar buenos consejos porque había leído mucho. Por eso la importancia de leer– es que naciste con un corazón de ratón. Y mientras en tu pecho palpite tal corazón, no dejarás jamás de tener miedo. Ahí también anida tu pereza hacia la acción, hacia el cambio, hacia la productividad de la vida. Me da mucha pena contigo, amigo, pero si hay cosa en este mundo que yo no puedo ni me atrevo a hacer es la de cambiarte el corazón, ratoncito. De nada valen las varitas mágicas, ni Harry Potter, ni técnica alguna de encantamiento. Solamente lo puedes hacer tú solo.

Diciendo estas palabras ingresó a la cueva y salió en seguida con la bendita varita mágica y con un grueso libro envejecido. Palpó suavemente con su extremo la testuz del falso tigre y pronunció unas palabras como en griego, entrecerrando los ojos como un santo. Y lo convirtió, esta vez en medio de una explosión de humo, nuevamente en ratoncito.

Precisamente ese ratoncito recordaría años más tarde, cautivo en una trampa mortal y con la aterradora sensación de haber vivido en vano, el día aquel cuando acudió al mago de la región en busca de ayuda para dos de sus grandes problemas existenciales. Y ahora enfrentaba la evaluación de su vida, ya sin mago y sin sortilegio alguno que le sirviera para justificar su paso por el mundo. Y la asfixia continuaba. Y el terror lo invadía. No le había valido ser tigre, por lo menos en apariencia, porque el problema suyo era de corazón. Y el corazón guarda fiel memoria de los defectos más profundos y obstinados. Se lo dijo el anciano mago antes de blandir la varita mágica sobre su cabeza. Pero entonces, ¿por qué no se cambió el corazón? Si el brujo se lo dijo y se lo repitió: “Tu problema es que naciste con un corazón de ratón. Y mientras en tu pecho palpite tal corazón, no dejarás jamás de tener miedo. Ahí también anida tu pereza hacia la acción, hacia el cambio, hacia la productividad de la vida. Me da mucha pena contigo, amigo, pero si hay cosa en este mundo que yo no puedo ni me atrevo a hacer es la de cambiarte el corazón, ratoncito. Solamente lo puedes hacer tú solo.”

martes, 9 de noviembre de 2010

El mundo tragicómico de los borrachitos

Han inspirado chistes, bromas y anécdotas que nos han hecho sonreír. Sin embargo, frecuentemente son protagonistas de grandes errores y tragedias.

Por Lebb

Cuentan que un borracho llegó a su casa en la pura madrugada, haciendo escándalo como es típico en la mayoría de ellos, y empezó a gritar:
“¡Reinita, ábreme la puerta, le traigo flores a la mujer más linda”. Obviamente la sufrida y cándida mujer bajó corriendo, abrió la puerta y le preguntó ansiosa, al supuesto galán:
–¿Dónde están mis flores? –A lo que el borrachito, sin vergüenza y haciéndose el loco, contestó:
–¡A ver, a ver, un momento, y ¿dónde está la mujer más linda?
El chiste no cuenta el resto, pero todo parece indicar que la mujer por lo menos le propinó unos inolvidables escobazos al borracho chistoso de su marido quien, como hacen por ahí muchos fulanos, gastan en trago todo el sueldo, son pasados con cuanta desocupada se les ofrece, descuidan el hogar, no ven por los hijos propios ni por los otros, manejan ebrios y hasta le buscan camorra a los malandrines del barrio.
Pero, las cosas tragicómicas no paran ahí. A muchos el alcohol en exceso les agiliza la lengua, es decir, se vuelven elocuentes. El tímido se torna atrevido y el serio, le da por creerse gracioso. No es raro que se sientan como si hubieran escapado de una prisión y que actúen con libertad exagerada.
A este respecto las lenguas cuentan que una vez dos borrachos iban caminando por el parque, así a bandazos, a tontas y a locas, –como caminan los borrachos– cuando de pronto pasa junto a ellos una señora muy gorda, que llevaba una sombrilla en la mano. Uno de ellos, el más atrevido, le dice al otro:
–¡Mira, ahí va un tanque!
La señora que no gozaba de buen genio lo escuchó y de una le descargó un sombrillazo en la cabeza. Fue entonces cuando el primer borracho agregó:
–¡Y es un peligroso tanque de guerra!
Claro que existen muchas personas capaces de tenerles paciencia a los borrachitos aparentemente inofensivos, como aquella otra señora que se paseaba con su hermosa hija a quien un borracho fresco y “verde”, al pasar por su lado, dijo en tono de enamorado:
–¡Adiós bizcocho!
La señora entonces halagada, creyéndose blanco del piropo se devuelve y le pide repetición:
–¿Qué dijo?
A lo cual el borracho le contesta, señalando a la bella chica de 18:
–Dije bizcocho, doña, bizcocho, no dije pan integral. El pan integral me enferma.
Pero ahí sí se le saltó el mal humor a la dama, la cual le reclamó, en voz alta:
–¿Me está tratando de fea? ¿No se ha mirado al espejo? ¡Usted es un borracho!
Y el borracho con la sonrisa tonta que los caracteriza, le comentó en la cara:
–¡Sí, es cierto, pero a mí se me pasa mañana! A usted, ¡Nunca se le pasará lo fea!
Esa es otra nota de desprestigio para los borrachines. No respetan a nadie. No respetan reglas. Ni un semáforo en rojo. Como ese homicida en potencia que una vez fue detenido por un policía de tránsito por ir en contravía y terminar estrellándose contra un poste:
-¿No vio acaso la flecha? –lo recriminó entonces el agente, preparando el talonario de comparendos.
–¡No, mi general, –respondió el borracho– tampoco vi al indio que la disparó.
Pero ya para terminar y hablando en serio. Desafortunadamente, los alcohólicos empedernidos han sido protagonistas de cantidad de tragedias que la Prensa incansablemente registra todos los días.
Para nadie es un secreto que Colombia es un país muy afectado por el alcoholismo, donde fácilmente vamos a encontrar en las vías de las ciudades y en las carreteras conductores ebrios, destructores y homicidas en potencia y en acción de inocentes peatones y de sobrios conductores.
Los juzgados se congestionan con ese tipo procesos contra personas responsables de graves destrozos en propiedad ajena y muerte irreparable de valiosas vidas humanas.
También hay gente en la cárcel que recuerda sus tragedias cuando ebrios discutieron por bobadas hasta la muerte. Y, lógicamente hay muchas lápidas en los cementerios porque unos borrachos celosos atacaron a sus mujeres, a sus hijos, a sus amigos. O se suicidaron porque en medio de su embriaguez no hallaron caminos de solución a sus problemas, ni otro chance sentimental a sus vidas de despecho. O simplemente murieron víctimas de los efectos del licor sobre el organismo, por daños en el hígado, en el páncreas, por problemas digestivos, por cánceres o problemas cardiovasculares, entre otros.
Pero no necesariamente los borrachitos escriben biografías plagadas de chistes simples, o historias de grandes crímenes. Muchos de ellos son personas que se consumen en el anonimato, que van quemando torpemente millones de neuronas día tras día, a manos del licor, en rituales permanentes de charlas estériles y de vidas improductivas que no benefician a nadie. Se podría decir que son como desertores simplones de la historia.

domingo, 3 de octubre de 2010

TODOS SOMOS BUENOS


La verdad es que todos somos buenos para muchas cosas y la sociedad se beneficiaría enormemente si todos aportáramos la cuota de esfuerzo y desempeño que nos corresponde. Por eso es necesario aprender a valorar lo positivo y las grandes capacidades de las personas, impulsarlas y dejarlas funcionar

Cuenta la parábola que una vez un burro se miró al espejo de cuerpo entero y se vio entonces todavía joven y bello (bueno, no tan joven ni bello, pero sí aun con ganas de seguirle el paso a alguna burrita de la comarca y capaz todavía de trotar a su ritmo por el mundo).
Sin embargo, su patrón –y eso se lo habían contado con pelos y señales los chismosos del bosque– no pensaba lo mismo, por aquello de que una cosa es la que piensa el burro y otra quien lo está enjalmando. Y en este caso su amo estaba pensando que el desvalorizado asno ya estaba “quemado” –así se le dice a quien por los años o por la rutina o la pensión o cualquier otro virus laboral ya no luce competente–, que estaba más bien “listo pa’ la foto” ––como canta el vallenato––, es decir, estaba preparado más bien para evolucionar en jamón en una salsamentaria clandestina, si su carne pasaba la prueba mínima de calidad; o si no para volverlo pellejo, si es que también pasaba la evaluación mínima del curtidor, quien lo enviaría tras un breve proceso de “mutación” física a la fábrica de taburetes rústicos.
Pero como dije al principio, el pollino al contemplar su enorme estampa en la luna, (en la luna del espejo, por supuesto) desestimó en absoluto los conceptos de su hasta entonces dueño y señor y le importaron un rábano los planes criminales que aquél ya había preconcebido para su humanidad. Fue entonces, según cuentan los hermanos Grimm, cuando resolvió invocar el poder de su auto estima para valorarse a si mismo y reciclar –como repite el profesor ecológico– uno de sus sueños mejor protegidos, como era el de convertirse en un músico cotizado (de por sí ya era un excelente rebuznador), precisamente en la hospitalaria población de Bremen, academia de maestros musicales de la época en la cual vivía nuestro burro genial.
Pero, la cosa no para ahí. Don Burro –hay que comenzar a llamarlo con respeto– comienza a ver valores en los colegas que encuentra a su paso. En el perro echado ve otro genio en potencia. Igualmente en el gato melancólico y en el gallo acomplejado; todos ellos tildados por sus propietarios de inservibles y sobrantes. De ahí que, con la certeza de que todavía tenía derecho y poder de escribir historia (bueno , por lo menos, un cuento), consiguió persuadirlos en su camino a la libertad de que ellos tenían vida por delante y muchas cualidades aún por utilizar.
Todos parecían castigados por sus amos por cuanto éstos mostraban una especie de ignorancia o desconocimiento hacia sus valores y más que todo porque no le hallaban ahora uso práctico a los mismos, habiendo alcanzado madurez en su especialidad y experiencia invaluable durante sus años de trabajo tenaz, sobre todo el gato que se desvelaba acosando ratonas.
Lo propio experimentan quienes han laborado como docentes o empleados en los colegios o en las empresas. Dotados de brillantes aptitudes, también se convierten en agentes rutinarios del quehacer común sin pena ni gloria. Los jefes no logran ponerse al tanto, no consiguen informarse para qué son buenos sus empleados, entonces dejan perder como el agricultor buenas cosechas por no sembrar bien, por no cultivar adecuadamente sus facultades.
Afortunadamente, el “caballo gris” –como bautizó el gallo a su amigo el burro en quien reconoció aquellas cualidades del buen líder para quien todos sus compañeros son buenos y valiosos– les iluminó el cerebro -como decía mi abuela–y ellos entonces pudieron a su vez recuperar la conciencia de su dignidad con la auto estima y entregarse a la misión de buscar la definitiva realización de sus gustos finales.
Supongo que ya a estas alturas conoces la historia de estos supuestos músicos de Bremen para quienes la búsqueda de la felicidad musical fue simplemente un pretexto para lograr, unidos en el empeño y en la combinación de sus capacidades individuales, condiciones óptimas de vida.
Pero el punto final de todo este cuento, mi buen amigo, –perdóname si soy repetitivo– es que todos somos buenos para muchas cosas. No hay que esperar por los siglos de los siglos a que nuestros padres, profesores o administrativos se inclinen ante nuestros valores y nos brinden en bandeja reconocimiento y condiciones doradas para su desarrollo y productividad.
Despertemos el tigre que hay en nosotros, es decir, avivemos el liderazgo propio, creamos en nosotros mismos, pongamos al servicio de los demás los multiformes talentos que nos adornan. Me llamó sobremanera la atención el dibujo que encabezó el artículo en la portada donde todos los chicos, ante la pregunta del profesor, levantaron delirantes las manos ansiando responder primero. Fue entonces cuando se me prendió el bombillo y me dije: ‘Realmente todos somos buenos’.
Por eso no deberías perder ninguna evaluación, porque evaluar es valorar. Y como tú vales tanto y lo que haces también, se supone que –así no te sepas el verbo To be–, deberías tener buena nota. (¿Será posible tanta belleza?)