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lunes, 14 de abril de 2025

¡TE HIZO A TI!

  "Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; ¡dadles vosotros de comer!"

 De pie, frente al Sagrario, un discípulo elevaba a Dios sus últimas quejas, casi a punto de abandonar su fe. Como un jeremías irreverente se lamentaba, a viva voz, de la supuesta inoperancia del corazón bondadoso de Dios, en estos términos: 

 "A mí me parece que tú, ¡Oh Dios misericordioso! ―gemía para sus adentros―, te muestras sordo y ciego ante tantos males, abusos y conflictos que abruman este mundo". 

"Con seguridad ―siguió murmurando ante el Santísimo―, si bajaras reencarnado otra vez del cielo y te ocuparas personalmente de obras imposibles para nosotros, como, por ejemplo, las de sanar enfermos, la de resucitar muertos, la de saciar con peces y panes a las multitudes; o la de imponer la paz total por toda la faz de la tierra, se acabaría la indiferencia hacia ti y aumentaría la fe en tu existencia". 

"Si así lo hicieras, —parecía concluir triunfante el devoto, con su osada propuesta— lógicamente, nuestra fe sería muy grande, te alabaríamos mejor y, además, predicaríamos entusiastas tu evangelio de vida eterna a todas las personas que, de inmediato, se volverían fieles devotos tuyos".

Sucedió entonces que Dios, (habituado desde siempre a las necias quejumbres de sus criaturas), le envió, como en los tiempos de los profetas, un emisario suyo, en la persona de otro seguidor de Cristo; al cual nuestro primer discípulo lo tenía en alta estima por ser buena gente, por sus altas virtudes, como, por ejemplo, la de gozar de buen oído y la de mantener gran curiosidad informativa por la conducta humana. Emergiendo entonces de entre las altas cortinas que rodeaban el Sagrario, desde donde venía espiando, se aproximó al hombre, que permanecía de pie, como el fariseo del templo y, tras saludarlo religiosamente, le comentó en tono comprensivo:

"Me doy cuenta de que estás muy indignado por la supuesta ineficacia de la omnipotencia de Dios ante el creciente número de desgracias y penalidades que asedian a la humanidad”.

Extrañado por la inesperada intromisión de su amigo, el hombre le preguntó en seguida si estaba de acuerdo en que Dios, "en quien hemos depositado toda nuestra fe, calla, permite y deja pasar, sin intervenir para mejorar el mundo".

Su amigo, sin responder a su pregunta y sin abandonar el buen genio, lo invitó a salir del templo, con ánimo de hablar sobre el asunto mientras daban un paseo y disfrutaban de la frescura y belleza del paisaje. Aceptando la invitación, alzó un pequeño morral donde llevaba viandas para su casa, se persignó de rapidez, y, tras media vuelta, buscó la salida. Camino a la puerta, en términos conciliadores, su amigo retomó la charla, diciéndole: 

“Creo que más bien tú supones que Dios calla, permite y deja pasar, sin intervenir para mejorar el mundo, como lo imaginaron aquel día los discípulos en la barca durante la tempestad en el mar de Galilea, mientras Jesús dormía. 

Una vez en el atrio del templo, creyeron estar seguros de las gracias de un sol pleno y de las bendiciones de la creación entera; pero, las cosas no se veían nada inspiradoras, porque el día estaba levemente lluvioso y sombrío. No obstante, los dos peregrinos recorrieron inicialmente unas calles angostas y empedradas de la aldea y, luego, enfilaron sus pasos peregrinos por un sendero ancho y espacioso, flanqueado unas veces por chozas, otras por árboles, a veces por nada. 

Al cabo de unos minutos de marcha, descubrieron en la nada del camino, a una niña desgreñada, andrajosa, hecha una sopa, que extendía sus manos suplicantes a quienes pasaban implorando de ellos el "amor de Dios" para salvarse de su miseria mortal. Pero, nadie se conmovía, nadie le ofrecía nada, todos pasaban de largo, sin reparar en ella. Fue una experiencia aterradora para el peregrino, el cual, con el corazón a punto de infartar, codeó al compañero, gritando: 

“¡Abre los ojos, amigo, y dame la razón: Estás observando cómo Dios, que lo ve todo, parece no importarle que la gente rehúse proporcionarle ropa, comida, albergue a esta niña que se está muriendo de hambre: debería enviarle desde el cielo, por lo menos, un ángel caritativo con un manto repleto de alimentos, ¡con un vestido para que...! —Y se interrumpió desfallecido por la decepción— ¡Definitivamente el caso de esta niña es humanamente insoluble, y él, consciente de eso, no hace nada! En cambio, si quiere que creamos en Él, en su amor, ¡en su Providencia!”.

Hubo un silencio tan profundo que hasta las gotas de la lluvia retumbaban al chocar contra el suelo. Fue cuando el amigo, como el profeta que "denuncia a su pueblo sus delitos y a la casa de Jacob sus pecados", le empezó a explicar las verdaderas exigencias de la misericordia divina ante la cual se doblega un corazón creyente. Pasó a decirle cómo la fe no se demuestra con meras palabras o puras oraciones ante el Santísimo, sino que asume forma y sustancia mediante la realidad de las obras. "Muéstrame tu fe muerta sin obras —le citó a Santiago—, que yo con mis obras, te probaré mi fe".

Pero el discípulo seguía enfadado y terco, sin atender razones teológicas, que no fueran las del apóstol Tomás, que exigía ver las obras de Dios para creer. Para él era Dios el que antes debía actuar directamente, cuando el prójimo experimentaba necesidades extremas que no podían seguramente satisfacer sus otros prójimos, como en el caso de la multiplicación de los panes, o de la resurrección de Lázaro o del hijo de la Viuda. Y alzando el rostro hacia el cielo, desafiante y rudo, exclamó al Infinito, al Omnipotente:

"¿Qué has hecho en el caso de esta niña y de su familia a punto de perecer?" Y se quedó como a la espera de una respuesta. Mientras tanto, le iba siendo oneroso el peso del morral con el mercado para la casa, e intentaba como descargarlo. Repitió de nuevo la pregunta, por si acaso la divina Providencia estuviera aparentando indiferencia. Fue cuando, inspirado providencialmente su amigo, le respondió en su lugar, diciéndole: "¡Claro que ha hecho algo! Ha hecho mucho: ¡Te ha hecho a ti!" 

El Espíritu que estuvo presente en la santificación del caos, el mismo que protagoniza las teofanías, que hace sabios a unos, y héroes a otros, que “llama a las cosas que no son para que sean”, hizo el resto en el corazón del discípulo.

Apenas oyó la frase “¡Te ha hecho a ti!”, regresó presuroso al lado de la chica, se despojó del morral, y lo depositó emocionado en sus brazos suplicantes. Con una sonrisa y sin palabras ella le expresó un gracias profundo, y, además, lo granjeó con un gesto de admiración hacia él primero; y luego hacia el Cielo que se iluminó con un relámpago.
 
Cuando sobrevino el trueno, el amigo del discípulo comprendió que Dios seguía “trabajando”, mediante las buenas acciones de sus embajadores, como lo ha hecho siempre y lo seguirá haciendo. En cuanto a su amigo, es seguro que no volverá a permanecer soberbio quejándose ante el Sagrario, sino más bien, de rodillas, "bendiciendo su nombre y cantando sus alabanzas", porque sus obras lo acompañan.
 

martes, 11 de febrero de 2025

FIDELIO SE VUELVE MUY VIEJO


Fidelio es un joven genial que marcha un poco perplejo por su mundo.  Y es precisamente a través de sus sueños enrevesados como revela sus inquietudes, sus anhelos, su mezcla, en fin, de sabias chifladuras e intensas pasiones por la vida. He aquí uno de ellos, que lo tuvo precisamente ahora en la celebración de los abuelos... ¡Analízalo!


Por Lebb

Fidelio se halló, de buenas a primeras, al pie de unas extensas colinas, casi desérticas, iluminadas de amarillo por unos rayos de sol poniente medio hundido en espesas nubes grises.

 Empezaba a sorprenderse de la soledad y de los aullidos del viento, cuando percibió a lo lejos unas figuras oscuras y encorvadas subiendo despacio y difícilmente hacia el sol, como trepando hacia su ocaso.  

Nuestro joven experimentó una extraña mezcla de terror y, a la vez, de melancolía. Esas siluetas se le antojaron moribundos que ascendían gimiendo hasta el elevado horizonte a morir dignamente acompañados por el sol.

 Y sí, efectivamente, eran ancianos esas sombras, pero estaban tan faltos de vigor que apenas avanzaban milímetros en su desesperada faena en pos del ocaso teñido de arreboles. Tanto fue el pesar de Fidelio y la fuerza mental en favor de los abuelos heroicos para que alcanzaran el sol, que cayó de rodillas sobre la hierba escasa y amarilla como cediendo a un peso insoportable de años infinitos de miseria y frustraciones.

 Se dio cuenta con horror que había entonces avejentado y que experimentaba en su humanidad los males severos de sus largos años. "Tengo sed", se quejó desesperado buscando en torno suyo, con ojos despavoridos dónde saciarla. 

No todo era tan malo para Fidelio en esta pesadilla, porque, descubrió enseguida, cerca de donde se hallaba postrado, un arroyo que bajaba serenamente desde las montañas. Se arrastró lo más ligero que pudo hasta su orilla y se inclinó entonces sobre el espejo del manantial a matar la sed no sin antes detallar horrorizado las hondas arrugas en su cara y sus manos esqueléticas. Sobrepuesto a la depresión de ver su cuerpo tan achacado sumergió furioso sus labios trémulos en el agua y tomó tanto que secó la fuente.  Luego, oyó en su interior una especie de orden: "¡Levántate y anda!" Obedeció lenta y sufridamente. Cuando ya se había levantado, alzó la vista y ya no detectó figuras oscuras y encorvadas subiendo despacio y difícilmente hacia el sol, como trepando hacia su ocaso.

Habían desaparecido todas esas sombras y él era el único que trepaba hacia el ocaso, a compartir la muerte del sol. Se le cuajaron las últimas lágrimas no más al salir de sus ojos porque andaba inmensamente solo, con apenas alientos de moverse, sin asomos de ilusión que no fuera el morirse desolado y rápido. Le dolieron en los huesos los recuerdos cuando disfrazado de Power Ranger correteaba por la estancia, saltando muros y blandiendo heroicamente su enorme espada de juguete. 

 Ahora, para su desespero, hasta el bastón se le escurría de las manos sudadas. Le crujían en los huesos los recuerdos cuando su padre lo encaramaba en las rodillas a contarle cuentos y a derrocharle caricias a la vista de la hermana mayor y de la madre, que celebraban la escena con chistes y amplias sonrisas.

Lo lastimaron, en fin, las imágenes luminosas de su juventud cuando rodeado de alegres amigos festejaban juntos los cumpleaños, las conquistas, los triunfos de un equipo, la Navidad y el año nuevo, o detallaban las crónicas del barrio, o se sobresaltaban con las noticias locas del mundo. 

No sabía precisamente si era gracia o desgracia haber superado en años a sus amigos ya sepultados. No sabía si había entendido alguna vez el sentido y la gracia de haber pasado por el mundo. Le pareció que había desperdiciado muchas posibilidades de protagonizar eventos importantes en el escenario de su historia.

 Tanto afectaron a nuestro anciano Fidelio, la mezcla de sus demoledores recuerdos y sus remordimientos, y tanta su vana longevidad, que no pudo alcanzar la cima de la montaña,  a compartir el ocaso del sol, que aparatosamente se derrumbó de bruces sobre la hierba. Quiso entonces voltearse hacia el cielo, porque siempre le habla gustado hacerlo, desde chico cuando se bebía los vientos y se calentaba, barriga arriba, contemplando el firmamento, pero, ahora, era incapaz de hacerlo. La corta hierba reseca le chuzaba los ojos, le cepillaba cruelmente las narices y le taponaba macabramente el escaso aire de los pulmones.

Doña Ruperta, la coautora de sus días, para fortuna suya, vino a recogerlo, a levantarlo, porque se había caído de la cama, precisamente de narices, enredado entre sus colchas. Menos mal que era duro de chatas y no más se le sumieron un poco no más.

 -¡Huy! madre, -Exclamó Fidelio, mientras se incorporaba- ¡Es muy duro llegar a viejo! ¡Terrible! ¡Insoportable!

Doña Ruperta se quedó pasmada, sin atinar a explicarse las palabras de su hijo. Sin embargo, se sonrió y lo ayudó a meterse de nuevo bajo las cobijas.

¡Te quiero, mi vieja, y te admiro y te felicito -le dijo exaltado finalmente- y te acompañaré hasta el final, amándote comprensivo hasta mucho más allá de tu ocaso.

 Ella no entendió eso del "ocaso", pero presumió que era una hermosa expresión y se retiró risueña imaginando que su bello y amado Fidelio había nacido para lograr muchas cosas en su vida y quizá también para ser un gran poeta.

 



viernes, 19 de abril de 2024

LA CONVERSIÓN AL PETRISMO Y LA APOSTASÍA DE DON PEPE (parte 1)

 Don Pepe, un ciudadano de sano perfil, se dejó convencer de que el petrismo humano era el cambio hacia la salvación bendita del país. 
"¡Combatiremos—le predicaron fogosos en la campaña electoral— la corrupción y los vicios de la actual democracia, con las promesas 
de nuestro venerado candidato: Vamos a tener una sociedad feliz en la cual todos compartiremos todo, a nadie faltará nada, el poder será nuestro, las riquezas serán mías y tuyas. Nadie estará arriba, nadie estará abajo. Todos viviremos sabroso”. Don Pepe, en el acto, entusiasmado hasta los huesos, se convirtió en petrista.

Lo más impactante ocurrió días después de su fanática conversión, cuando uno de los fervientes petristas se presentó risueño en la puerta de su casa, y lo saludó sospechosamente cariñoso:


—Compañero, don Pepe,-empezó diciendo—, ¡qué bien que tú y yo pertenezcamos al gobierno del cambio! Este pueblo y la nación en general, a la luz de la fe socialista, serán el paraíso, por cuanto aplicaremos sus principios, uno de los cuales, establece el imperativo de compartir con alegría lo que se posee con quien no tiene esa dicha, Y como tú tienes dos burros —continuó diciendo mientras miraba ansioso hacia el solar—, y yo no tengo ninguno, tú deberías compartir conmigo uno de ellos. Yo quedo muy contento. Tú quedas doblemente feliz, porque hay 'más alegría en dar que en recibir'.


Pepe vaciló unos instantes porque no estaba entrenado para desprenderse de sus bienes así de fácil. Mucha plata le habían costado a él y a su mujer sus dos burros, que eran como socios claves de su empresa familiar; pero, para probar su lealtad a la ideología del caudillo, para que hubiera paz total con su vecino, terminó accediendo a sus pretensiones:


–Si eso es así, –le dijo dócilmente– ¡llévate uno!


Y el vecino, al instante, sonrió satisfecho, porque el socialismo había funcionado, a la perfección, para él. De inmediato, fue y enlazó feliz al mejor burro de los dos y se lo llevó corriendo a su casa, (tanto como el burro podía hacerlo, obviamente).


Al caer la tarde, la mujer de don Pepe volvió a la casa y, como es de suponerse, se dio cuenta de la ausencia del animal y, de una vez, puso su grito en el cielo, llamando a descargos al primer sospechoso de la desaparición del burro:


–Pepe, —lo interpeló— ¿Dónde está mi burro? Yo dejé esta mañana aquí dos burros... (O, ¿tres?) El tuyo está ahí, el de orejas más largas; el mío, ¿a dónde se fue?


Don Pepe, mirándola temeroso y con la sensación de haber sido mañosamente engañado, le refirió en detalle cuanto había pasado con el vecino socialista, de que con su dulzonería verbal en materia de compartir, de ser iguales en tenencias y ambiciones, lo había convencido de regalarle a él, supuesto pobre copartidario, uno de sus burros, a fin de que el generoso sistema pudiera proclamar sus ideales de armonía social perfecta, eliminando la explotación, superando el desequilibrio y transformando la sociedad de menesterosa y esclava en un reino de abundancia y libertad.


–¡Eso es pura m... –se contuvo y se corrigió– m...mera basura de palabras! Te han tumbado.


Sin embargo, don Pepe, todavía con fe partidista no desconfiaba completamente del vecino, deseaba creer que él había obrado por claros impulsos dogmáticos políticos y no por bajos instintos de un ladrón de burros. Entonces su mujer, como buena santandereana, captó por telepatía sus ondas cerebrales encontradas, es decir, se dio cuenta de que su marido ingenuo aún conservaba esperanzas de que las intenciones del vecino habían sido cristianas, y, por eso, le propuso:


–Si tanta es tu fe en esos bellos principios socialistas, pon a prueba entonces los dogmas petristas del vecino: Me consta que él tiene varias vacas allá en su establo, y nosotros no tenemos ninguna. ¡Ve, pues, devuélvele las lindas palabras de compartir con alegría y demás, y, enseguida, pídele que comparta también contigo una vaca!


Y así convino don Pepe, con la moral en alto, por efecto de sus ilusiones petristas. Fue entonces en seguida hasta su casa, lo saludó potencialmente cariñoso desde la puerta y, acto seguido, comenzó su discurso:


—¡Copartidario! ¡La paz total esté contigo! —procuró ser muy convincente—,Como tú invocas los sueños de igualdad, los imperativos de compartir y otras pautas del bien común, quiero hacerte la solicitud de que, como tú posees varias vacas y yo no tengo ninguna, compartas conmigo, por lo menos, una de ellas.


Fue entonces cuando el vecino, con mirada siniestra, dejando escapar una risita burlona, le contestó: 


–¡No, compañero, don Pepe! Es que no te había explicado completamente de qué manera se manejan íntimamente algunos principios dentro del sistema. Por ejemplo, —ahondando más en la ideología de nuestro estado socialista—, ese principio de compartir con quien no tiene, solamente funciona cuando se trata de burros. Por eso a mí me funcionó. Pero para ti no funciona, porque yo, por una parte, soy de la élite del partido; y, por otra, tengo vacas. Por lógica partidista, no estoy obligado a compartirlas.


Don Pepe se llevó entonces con frustración las dos manos a la cabeza como para contener un fuerte trauma en su cerebro. Quiso por un instante coger piedras para arrojarlas contra la casa del vecino mostrando con destrozos su descontento, como lo hacen las primeras líneas belicosas del partido. Pero se contuvo. Decidió que volverse delincuente no era opción para él.  Prefirió más bien masajearse iracundo los pocos pelos de la cabeza,  desconsolado:


¡Mucho burro yo, y este tipo tan vaca! —Murmuró. Y a continuación, agregó, en un intento desesperado por achicar el problema—. Entonces, amigo, hagamos una cosa. Por lo menos, devuélveme el burro, porque ese le pertenece a mi mujer. Y ella no es petrista.


—¡Eso tampoco se va a poder! —le repuso el vecino, con amenazante acento militar—; por una sencilla razón ideológica. Para nuestro movimiento progresista, el hecho de compartir y luego quitar, se considera una grave traición al Sistema. Es lógicamente un retroceso. Un hecho doloso que puede castigarse con cárcel, con multas o cosas peores! –Y, tras decir esto, le dio con la puerta por las narices.


Don Pepe, ahí en ese instante, volvió a tener la tentación de coger piedras para vengarse del vecino, pero, se contuvo otra vez. Recordó y confirmó las palabras de su mujer. “¡Te han tumbado!”. Acertó a dar media vuelta, atontado, para regresar afligido a su casa. Había sido víctima de lobos locuaces con piel humana, abandonando su amor civil por la bella democracia, la cual, aun con sus naturales defectos, seguía siendo muy atractiva.


Apostató entonces de la falsa doctrina del cambio petrista para devolverse a sus creencias ciudadanas, haciendo entonces un franco propósito de enmienda antes de volver a la casa, a firmar la paz con la mujer acordando comprarle otro burro con algún préstamo o empeñando su vida. Enmienda sincera que consistía en volver a caminar derecho, a no creer en falsos redentores sociales y a salir en procesión ferviente por las calles, gritando con pancartas y consignas, exigiendo que la Democracia auténtica viva y no tenga cambio de reversa.   

 

viernes, 24 de noviembre de 2023

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Primera parte)

  Le fue imposible pronunciar en el almuerzo de su despedida pensional, delante de sus compañeros, un discurso histórico. Sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante... 



1. PRIMEROS RECUERDOS DE LLANO GRANDE - EL OBSERVADOR

Se acordó, por ejemplo, de aquellos minutos previos a la foto histórica del 98, de la primera promoción de los bachilleres del colegio, (cuya foto especial la tenemos arriba), cuando decidían el lugar más ameno para la misma, con el fondo ideal, con el espacio indicado. Él, nuestro docente en retiro, todavía muy joven y bien acicalado,  había llegado precisamente a mediados de ese año a encargarse de las clases de inglés de todos los cursos; y, por supuesto, estaba invitado a salir en la foto con el resto de la plana mayor de los docentes. El sitio elegido fue un bonito quiosco de una finca, justo al frente de la casona. 

A su diestra, —comenzando por ese lado  los profesores Josué, Alfonso y Manuel respectivamente, que se entendían muy bien. Luego, las profesoras Gilma, Cecilia Salas, (QEPD), —de inmortal recuerdo—; y, Oris, que también se llevaban muy bien. Y por último, en el extremo izquierdo, el rector de entonces, músico y compositor del himno escolar, don Heliodoro, —don Helio, con confianza—, el cual lo había recibido con franca alegría y lo había hecho sentir como en su casa. El docente lo recordaría por el hecho de que había sido el único administrativo que, en ceremonia especial, le había otorgado un diploma de reconocimiento por su labor. Después lo iría a aplaudir riendo, cuando entonara con su guitarra "tengo un carrito que se llama Pichirilo".

Luego, lo asaltó otro gran recuerdo, construido más adelante, cuando ya don Helio había pasado a la gloria... a la gloria del retiro irrevocable. Y fue en una de las sedes próximas a la Institución. Allí un fotógrafo curioso tomó la instantánea incluyendo otros docentes de la época, de caro recuerdo para el docente de nuestra historia. A su derecha, quedó Héctor, un profesor escritor muy aferrado al reglamento, ya, por supuesto, en el gremio de los pensionados. Y desde su izquierda, otros grandes amigos profesores, como Mariano, —todavía activo—, Rubén, ya del todo en su casa, después de trabajar muchos  años con los chicos más tiernos de la sede Chocoíta. 

En seguida, el profesor de gafas, Carlos, de mucha energía, hoy ya en la eternidad, patrocinador de los sueños publicitarios del docente de esta historia. Debajo suyo, el profesor Francisco, Pacho, de grato recuerdo. Y encima, el profe José, también gran amigo y animador de los buenos proyectos, en especial, del periódico El Observador, antes llamado el Informativo. Rematan la fila, los profesores Tobías, Euriel —de espíritu travieso–– y, finalmente, Elber. Debajo de Pacho, no podía faltar uno de los profesores más titulados y de grandes talentos, que pasó por la institución, el profesor Edgar Dorado. Guardándole la espalda al profesor Elber, está nadie menos que la rectora Ligia, quien relevó a don Heliodoro en la dirección del colegio. Retomó con mucha dedicación y esmero las riendas de la Institución que había impulsado y mejorado el inolvidable autor del "¡A la lid, estudiantes, marchemos!" e intérprete feliz del "Pichirilo que se enoja y no camina".

Archivo. Antigua sede de Primaria al lado de la nueva construcción del colegio. 

 Ya estaba entonces en su sana concentración para iniciar el discurso, cuando se le vino a la mente una escena de celebración en la otrora sala de informática de la casona, donde funcionaba la sección de secundaria. Sus protagonistas también habían sido muy significativos en sus mejores años. Y el recuerdo no vino solo, vino con la imagen de ahí abajo:


El motivo fue algún cumpleaños y allí se encontraban, —de izquierda a derecha—, una bella auxiliar de la secretaría del colegio, Sandra; luego, la profesora Jazmín, el profesor Edgar, la profe de Biología de entonces, de nombre Eva, la profesora Cecilia Reyes, la cual, tristemente, nos dejaría del todo en el 2021. Luego, bien joven y consagrado, no sólo a la comida sino al trabajo también, el profesor charaleño Misael Araque.

Y, cuando ya creyó encontrarse listo para discursear, cobro importancia una memoria pilar en su vida de trabajo docente, la creación de una publicación impresa hacia septiembre del 2003, bautizada en sus pañales con el nombre de INFORMATIVO, la cual comenzó a aparecer con artículos, chistes, crucigramas y cuentos, entre otras cosas. Después de años cambió el nombre a Interleb prensa, y, a renglón seguido, Nuevo Colegial. Al poco tiempo, recibió el auto bautismo definitivo con el alias de El  Observador, del cual ya se cuentan 44 ediciones.


Todo un historial de grandes satisfacciones o decepciones, saboreó en el recuerdo el docente, antes de poder pronunciar su discurso. Vio la cara de alegría y entusiasmo de miles de jovencitos que adquirían la publicación, que la leían y la disfrutaban. Pero también lo atribulaba el convencimiento de que no había sido profeta en su tierra, de que había arado en el desierto o intentado "atrapar vientos", porque su institución y sus compañeros —salvo buenas excepciones— no le habían dado la importancia merecida, ni habían considerado y apoyado su valor educativo y cultural.  Pero terminó consolado y sonriente, pensando que, si bien no le llovieron alabanzas ni reconocimiento por su creación y difusión, de todos modos ahí estaba la obra realizada y esparcida en la historia del colegio, no como un virus, sino como fecunda semilla. Pero, ahora que tendría mejor y más tiempo, volvería sobre ese asunto y que tendría tiempo para meditar sobre la publicación, la cual, en vez de morir con su labor docente, debería resurgir con nuevo espíritu y semblante.

EL OBSERVADOR ha llegado a miles de jóvenes, que lo han disfrutado durante muchos años de su existencia, no sólo en el colegio donde ejerció su editor, sino también en muchos otros.

El Observador marcó un estilo y una sana costumbre. Fue una institución dentro de la Institución.

Y ahora sí se creyó preparado para hacer el discurso. Pensó que debía agradecer a su colegio, a su rector, a sus compañeros. Pensó que pesaban más las bendiciones recibidas por cada uno de ellos que las posibles indiferencias o faltas de aprecio o respeto. Quiso un abrazo espiritual para cada uno de ellos. Se sintió muy feliz por quedar libre de las ataduras de los horarios, de las notas, de las clases. Pero triste por no volver a tener tan cerca a tantos jóvenes inteligentes y llenos de entusiasmo. Por no formar parte del elenco docente, por ausentarse de la compañía de tantos amigos con los cuales su tiempo tenía tanto significado y entusiasmo. Esa amalgama de sentimientos encontrados lo paralizó de momento. Pero, en seguida, se reconfortó con el pensamiento de que la vida, considerada como un río, debía seguir su curso. 

Fue entonces cuando, deseando con fervor felicidad y éxitos a quienes debían continuar en la cruzada educativa por el bien y la formación de los jóvenes, con la frente en alto y seguro, sonrió para sus adentros. La decisión estaba tomada, se dijo a sí mismo: 

"¡Bienvenido, mi nuevo, grato y feliz Destino del ocio y la libertad!"

miércoles, 22 de noviembre de 2023

MI PERSONAJE INOLVIDABLE: MARIO ESTEBAN (2)

 La maestra, pensando dejar en la lona a su alumno más casposo, le lanzó un "gancho de derecha": “¿Sabes, Juanito –le preguntó–, qué  es pignórolo?” Él "esquivando el golpe",  respondió de una: ”¡Profe, ignórolo!” 


Indudablemente, –por ser legítimo heredero de la vena humorística de nuestro padre–, a mi hermano risueño le gustaba intervenir durante nuestras charlas familiares, con su  ya conocido y aplaudido repertorio.

En esta ocasión, nos trasladó al aula de clase de nuestra época, mientras la férula reposaba intimidante sobre el escritorio de la profesora dictadora. No tanto porque fuera déspota o nada democrática, sino porque en su habitual metodología nos dictaba los conceptos y el conocimiento de los libros, aunque a veces, podíamos verla y sentirla como la monarca detentando ella sola los tres poderes del estado. Tal vez no nos volvimos eruditos, es decir, sabelotodos; pero sí memorizamos asuntos académicos importantes y de bastante uso en la vida cotidiana. Y también se nos quedó impregnada en las fibras el imperativo de la disciplina so pena de sufrir las consecuencias en las manos o en la piel; en las notas y en las nalgas porque nuestros papás secundaban a los maestros cuando de sus bocas brotaban descontentos y ayes por nuestros alocadas conductas en las aulas o fuera de ella.

También era frecuente que el profesor se tomara muy en serio al alborotador incorregible, buscando la forma de meterlo en cintura, con cualquier medio a su alcance, como en esta oportunidad referida en broma por mi hermano, cuando la maestra, inspirada por cierto diablito interior, quería hacer quedar mal ante la clase a un pequeño revoltoso, de la primera línea: (De hecho, estaba sentado en la primera línea de pupitres). 

“¿Sabes, Juanito, –lo interrogó entonces la maestra, porque ya había explicado en el tablero el acusativo y el dativo–, qué  es ‘pignórolo’? Imaginaba que el chico iba a tomarse un tiempo largo para pensar, mientras sus compañeros sentirían pena por él; así escarmentaría. Pero no fue así. Juanito, que no era ni corto ni perezoso en asunto de disturbios, replicó al instante, para que sus compañeros festejaran: “¡Profe, Ignórolo!”.

La clase sonrió gracias a que la respuesta rimaba con la pregunta; y que, además, aunque parezca mentira, los que se consideran "calmados" se inclinan por acolitar a los alborotadores. 

Este fue uno de los chistes “especiales” tomado del inventario humorístico de mi hermano, que le escuchamos varias veces, pues era muy dado a sacarle chiste a todo, a descubrir el lado jocoso de las situaciones serias, como aquélla que tuvo con nuestro padre a quien estaba visitando y de quien recibió la invitación a festejar el feliz reencuentro con un aguardiente. Sin recordar nuestro padre que había almacenado alcohol medicinal en una botella de una marca conocida, le llenó una copa con su contenido y lo exhortó al brindis: “¡Hasta el fondo!” —Exclamó.

Nos contaría riendo después nuestro hermano esa abrasadora experiencia cuando aquel trago bajó dramáticamente a sus entrañas. Pero luego, para que la función no quedara incompleta, nuestro padre, en seguida, encontró el licor auténtico, colmó una nueva copa con su contenido y se la ofreció. Nunca antes una medicina de esa naturaleza había sido tan efectiva, al bajar por el gaznate de un humano. La reunión terminó entonces feliz y memorable, en un ambiente de ocurrencias y anécdotas, elemento natural donde se movían los dos como peces en el agua. 

De ahí en adelante, cuando una circunstancia suplicaba un brindis, levantaban entonces las copas y, antes de apurar el trago, exclamaban “¡Este sí es del bueno!” Sobrevenían luego las carcajadas antes de continuar hablando.

miércoles, 5 de julio de 2023

¿Cómo van los valores en educación?

 No sólo a las áreas de Ética y religión les toca la tarea de ayudar en la construcción de la ciudadanía y de la personalidad de los estudiantes, es producto de todo el pensum académico institucional


Mi amigo Frank siente un gusto muy sincero por las caricaturas. Dice que a veces, en lugar de ponerse a leer un largo artículo, prefiere más bien sonreír pensando o pensar sonriendo, en el contenido de ellas, porque tienen la propiedad de exagerar una realidad de fondo, de criticar inquietamente,  con humor a veces incómodo, estados significativos del mundo real donde nos movemos y existimos. No sólo para que hagamos lo del bobo, el cual únicamente se queda con la sonrisa larga y el pensamiento inútil, agregando: “Siga diciendo que a mí me gustan todas esas vainas”; sino para que revisemos tales aspectos de la vida, y nos den ganas como de modificarlos para bien.

Para Quino, –comenta Frank–, el asunto de los valores de los jóvenes es competencia prioritaria de la familia, de ahí que presente la figura paterna en su relevante función de inducir valores en sus hijos, no sólo verbalmente, sino, sobre todo, con actitud y muestrario. Dicha tarea la compartirá el docente, por vocación o por salario, cuando estos chicos entren a formar parte de los grupos escolares. Frank estima que el egoísmo se infunde en el ser humano, desde sus primeros meses de chupo, volviéndose código en su desempeño de interacción social, bien en la misma escuela, en la casa y en el exterior.

Comenta asimismo a Matador, quien, con estilo algo descarnado, bosqueja contradicciones o desnuda eufemismos. A quienes presentamos valores nos asalta con la sorpresa de que los resultados en efectivo contradicen violentamente a los teóricos. La responsabilidad individual parasita de la ajena, –o sobrevive a expensas de lo que el otro hace–. Y el seudo convencimiento de que somos respetados o apreciados se nos revela como un auténtico engaño, graficado cruelmente con una caricatura dentro de la misma caricatura. Para Quino, los medios de comunicación e información se erigen como maestros colaboradores en la enseñanza de los valores predominantes en la actual sociedad, en cuanto a cultura, relaciones sociales y llenado de cerebros. 

Frank supone que unos padres y unos maestros achican su misión pedagógica al sólo “indicar”, como lo hace el padre, que también señala así a unos maestros de escuela, –de hecho, a ellos los llaman “guías”–, porque se obligan a indicar información.   Vivimos, pues, en medio de engañadores, –concluye Frank–, como la rica abuela testadora, que por suerte no ve a sus Pinochos de narices ambiciosas y sonrisas maquiavélicas. 

El contraste curioso lo ejemplifica el niño con cara inocente, que se deja tomar de la mano, en actitud desinteresada. Ajeno a la conducta tendenciosa de sus familiares, sin proponérselo, protagoniza la mejor estrategia para quedarse seguramente con la herencia de la abuela.

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domingo, 9 de abril de 2023

Ya no tiene cómo mantener a sus 102 herederos

 El elevado costo de vida lo ha obligado a cerrar 

la productiva fábrica de hacer hijos


Observé allá en Uganda, en Butaleja, a un asombroso, pero ya estresado agricultor de 67 años, que tiene,  —para que te asustes—, 12 esposas, 102 hijos y 568 nietos.

Se llama, para más señas, Mzee Musa Hasahya y empezó a los 16 años su apasionante vida productiva en el pueblo de Lusaka, al contraer su primer matrimonio. Y digo primero, porque le siguió gustando “esa vaina de casarse”, como decía el bobo del cuento; y, de hecho,  lo hizo una segunda vez, una tercera, una cuarta... Para resumir,  lo hizo once veces más, hasta completar ese record nupcial que le granjeó tantos muchachitos, con tantas madres propias para unos y adoptivas para otros.

La poligamia legal en Uganda le permitió consumar ese tipo de hazaña machista y, aunque creció en la escasez y casi en la nada, Mzee pronto se las arregló para cambiar su extrema pobreza en capital y en prestigio, alcanzando incluso éxito político, convirtiéndose en presidente de su aldea. (Nunca antes en una posesión –me contaron los periodistas, – se habían visto tantas primeras damas juntas).

Pero te estarás preguntando porqué a nuestro amigo le gustaba harto esa manía de casarse tanto y de hacer excesivo ejercicio conyugal. Pues sencillo: Tenía una especie de trauma generacional, o de obsesión paternal. Creía que, con esos dos hijos no más que tenía con la primera, no era suficiente para garantizar la perpetuidad de su clan. Además su padre también había tenido sólo dos hijos y ese número amenazaba seriamente la continuidad de su apellido sobre la tierra. De esta manera, el agricultor ugandés empezó a pasarse incansablemente de cama en cama no sólo para que sus esposas no se sintieran solas y expuestas a ser infieles, sino también para acrecentar su descendencia. (Algo enrazado, parece, con el famoso Abraham que también bíblicamente tuvo tantos hijos como las arenas de las playas del mar). “Naturalmente, –me explica el prolífico Mzee– cuando ya se baja la materia prima viril, la alarma se activa para que los hijos asuman su rica tarea de seguir “multiplicándose y llenando la tierra”. Pero sin obsesión ni constancia excesivas. “Porque –concluye sabiamente–, la crisis  económica que vive el mundo también tocó nuestra puerta y hay que ser ya austeros y medidos. Y de hecho, ha reunido a toda su tropa, como arriba en la foto, para echarles un discurso de inteligencia sexual, entre otros temas, para que opten por la planificación familiar, que ya el clan Muza, por ahora está a salvo, y que más bien piensen en cuidar y atender a la prole medida que ya tienen... Que los manden a estudiar para que prefieran más los placeres espirituales, los bienes del conocimiento, más que las dulces tentaciones mundanales.