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lunes, 29 de noviembre de 2021

¡Adiós, Mia bella!


Nos asustó su tamaño y la facha de pocos amigos. 
Era una enorme “bola de pelos”; madre hacía rato, 
de ascendencia extranjera, 
de caricias pocas, mirada intimidante. 
Aún así la hicimos parte de la familia. 

“No pueden tenerla más” –Nos contaron–, porque la dueña de la gata va a tener un hijo y las señoras de experiencia, incluso el médico, advierten que Mía Bella (así se llamaba la minina, que realmente era bella), esparce pelos por todo el mundo, –dictaminaron– y eso le puede provocar una enfermedad delicada llamada toxoplasmosis”. 

No muy exacto por cuanto el parásito que la propicia no se halla propiamente en sus pelos. De todas maneras, la futura madre, con el pesar de varias mujeres importantes de su casa, decidió buscarle a Mía Bella un digno hogar sustituto donde la adoptaran y la mimaran como a una reina, título nobiliario que no figuraba en ningún documento, pero que ella se lo había ganado por su porte, por su caminar leonino y esa mirada dominante de soberana.

Ganamos por suerte ese concurso, el de ser la mejor opción del hogar sustituto para Mia, y entonces, con la señora de la casa, nos fuimos a recogerla prontamente al apartamento donde había pasado la primera parte de sus mejores años: su infancia, su desarrollo y el proceso de su maternidad, cuyo fruto fue un cachorrito encantador, el cual obtendría poco después la nacionalidad gringa. No lo conocimos. Pero, según las noticias de la época, era fino y divino; y creo que pagaron mucho por él. Ojalá esté todavía vivo y no sepa la muerte de la mamá.

Cuando llegamos al apartamento nos tenían listo el trasteo de Mia Bella, su casa de madera, un bolso con ventana transparente, así como el resto de sus enseres personales. El tamaño de la gata nos alarmó, así como su pinta de enojo perpetuo. Era una colosal “bola de pelos”, de caricias pocas y de enorme mirada intimidante. Aún así, iniciamos el proceso de intercambio de propiedad o de paternidad, empacando en el bolso a la recién adoptada, subiéndola al vehículo con su trasteo para llevarla a su nueva residencia. Agradecimos el regalo a la primera dueña de Mia, que se quedó apesarada; mientras nosotros nos marchábamos emocionados, como si nos hubiéramos ganado un trofeo. 


Ya en casa, le organizamos su “apartamento”, con su alcoba-comedor (ver foto, ahí está en la puerta), servicios y juguetes. Y nos turnábamos para atenderla lo mejor posible, para alzarla, jugar, consentirla, –para no hablar largo– para amarla como a un lindo juguete viviente.  Desde esa fecha del 2013 hasta el 28 de este octubre, (día de su triste adiós definitivo, tras soportar los últimos meses un cáncer de huesos demoledor), contamos ocho bonitos años, durante los cuales ella nos compartió sus gustos, sus caprichos, sus costumbres, su gestos particulares de afecto gatuno y de interés por nuestras labores habituales. Le gustaba meterse en las cajas de cartón, tal vez, porque sus instintos atávicos le recordaban las cuevas de sus ancestros. Hacía respetar su territorio emitiendo un gruñido característico de rechazo a los visitantes que no eran de su agrado, quienes, primero, saltaban asustados, pero, después se sorprendían fascinados por su belleza y pagaban por verla de cerca y sobarle la cabeza. (No se podía, era temerario, las uñas afiladas y veloces  de Mia olían a peligro). Le apetecía el sol del andén para broncearse, el amor de las macetas para las siestas, subirse al sofá de la sala a retorcerse, los tapetes cálidos, las cobijas elegantes, para desparramarse ahí, despidiendo un montón de pelos rubios. Ese vicio suyo alentaba el alboroto y los regaños de la señora de la casa, frente a los cuales Mia Bella se quedaba en suspenso como si entendiera y, en seguida, escapaba a lugares más seguros. Por el contrario, mi hijo mayor que mantuvo hacia ella un afecto admirable, la invitaba condescendiente a su alcoba y le permitía subirse a la cama a dormir allí o a mirar por la ventana hacia la calle como una abuelita chismosa a ver que noticias bajaban o subían.


Muchas más cosas podría contarles de la biografía de Mia, pero no hay aquí mucho espacio para hacerlo... Queda tarea para más adelante. Al terminar las dolientes labores de sepulturero, en la finca de mi hermano, dediqué unos segundos solemnes a observar su tumba. Creí escuchar el dulce tintineo de campanas celestiales, pero, en realidad, eran unos carillones melodiosos colgados del techo de la casa vecina que se columpiaron con las brisas de la tarde. Pero los tomé como un homenaje póstumo a la noble difunta. Recordé entonces cómo en su lecho de muerte le acariciaba la frente con la izquierda y el lomo con la derecha repitiéndole una y otra vez: ¡Gracias, Mia Bella, por haber compartido tu amistad, tu presencia, tus encantos, tu vida con nosotros! Luego, mirando hacia arriba, agregaba: ¡Gracias, Dios de la vida y de los bienes, por haberlo hecho posible! Vuelto nuevamente hacia ella, conmovido hasta las lágrimas, le susurré: “¡Adiós,  Mia Bella!” Ya sus pupilas lucían inmensamente negras.
                                                                                                                         

¡Este reloj es un paquete!

 Con aire capitalista detalló  su compra: un enorme reloj con el cual pensaba cronometrar el mejor registro del campo al pueblo y ufanarse de esa joya delante de la gente.  Horas de camino después, en la plaza, tuvo  una sorpresa: Había “volado” desde la montaña remota al parque en un solo minuto. Algo malo pasaba pues con el tiempo o... con el reloj.

El tío Benito fue famoso, (al menos en nuestro mundo familiar), por ser un sufrido varón, fiel a la jornada dura del campo, a los ajetreos hogareños, y por profesar una fe de carbonero en las personas, al borde de la bobada, tal como se lo criticaban con burla, cada rato, sus otros hermanos, como por ejemplo, Valentín, –hombre reseñado por las observadoras comunicativas, como muy “ofensivo”–, con quien precisamente sostenía frecuentes discordias verbales rayanas en boxeo público a campo abierto.

Una vez precisamente ese fresco lo ultrajó con sus malcriados comentarios sobre una de sus actuaciones, mientras paladeaba uno de sus habituales tintos, hasta el punto de hacerlo vociferar groserías comunes del medio, mal hábito del cual se cuidaba bastante. Aprovechó entonces el tal Valentín para reírsele feo en la cara y  amonestarlo, en tono sacerdotal: 

“¡No debes ser  tan groserito, don Benito, eso es muy malo para la fe, la salud y para los oídos del prójimo!” 

Como réplica, el tío Benito, rojo de ira, explotó  contra el suelo la taza del tinto, desafiándolo inmediatamente, a un combate cuerpo a cuerpo.

“¡Cuando quiera!” —acordó ficticiamente el guasón, porque sus secretas intenciones no eran enfrentarlo, sino más bien, evadirse con disimulo de la escena.

“¡No perdamos tiempo, Valentín! Vamos a pelear”  Porfió Benito, pero, el hermano, que no era belicoso, sino hecho para las bromas pesadas, acabó por batirse en retirada, dejándolo ahí amargado y chillando solo.

Pero tal vez la anécdota que se inscribió en los anales de la familia con rasgos indelebles fue aquélla que nos narraba jocosamente nuestro padre, con su singular estilo picaresco. 

Según él, un amigo (de los que lo quieren a uno, no para el bien, sino para tumbarlo, es decir, para engañarlo), le ofreció a lo paisa, con tintes de ganga, un reloj de amplia esfera, con manecillas amarillentas, de cuerpo igualmente dorado: “¡Bañado en oro! –le aseguró el ostentoso vendedor- importado de la USA, futurista, sólo para los ricos e inteligentes que puedan darse el lujo de comprarlo!”

No tuvo que esforzarse tanto el farsante para que el tío Benito, –que ni le preguntó qué era eso de la USA–, acabara por soltarle unos buenos billetes a cambio de semejante “joya”. 

Y entonces, ni corto ni perezoso, se lo estrenó feliz a la mañana siguiente. Lo fijo a las seis de la mañana, según el reloj campanero de la finca, lo ajustó a la muñeca, lo detalló soberbio, y emprendió rápidamente el camino hacia el pueblo. Quería establecer un nuevo record de tiempo entre la casona del Edén y la plaza de mercado donde pensaba entonces también agitar el pulso a diestra y siniestra para que a la luz del sol se encandilaran sus compatriotas con los destellos de su presea dorada.

Una vez en la plaza concurrida, con aire capitalista,  detalló  su última y costosa adquisición, a fin de  ufanarse de haber logrado el mejor registro del campo al pueblo ese día de mercado. Eso, por una parte. Y, por otra, para exhibirlo vanidoso a los espectadores. Sin embargo,  apenas giró la muñeca y miró el reloj, se quedó petrificado. Estaba frente a un misterio inaceptable: Había literalmente “volado” desde la fría montaña remota al parque en sólo sesenta segundos: Eran pues -según su preciado cronómetro- las seis y un minuto.

Algo muy malo pasaba pues con el tiempo o... con el reloj. “Yo creo que con el reloj más bien. –pensó para sus adentros–. Comprobó al instante, indignado, que las manecillas del reloj estaban, igual que él, paralizadas, no por la emoción que lo embargaba, sino porque su mecanismo chino no era compatible con la dinámica imparable del tiempo. Fue entonces cuando, desconsolado y maldiciendo la malicia humana que se aprovecha de los ingenuos, definió con realismo lo que el capitalismo le había hecho comprar: 

“Lo que realmente pasa -se dijo  dolorido en su conciencia- es que ¡este reloj es un paquete! (Para decir: Puro tamaño pero nada que trabaja).

Luego fue a refugiarse a la sombra de una banca solitaria del parque a rumiar su pena y a esperar que se le iluminara el seso sobre qué hacer con “el paquete”, o sea con esa cosa costosa que le dijeron que marcaba exactamente la hora pero que en realidad ni siquiera fue capaz de andar más de un minuto. 

Mientras él piensa ahí sentado un momento, les cuento que nuestro padre solía repetir mucho sus historias y las mezclaba unas con otras -o mi mente tal vez lo hace-pero lo cierto es que, al parecer, el tío Benito, después de serenarse y de pensar un rato ahí en el escaño, como no podía sujetar del cuello al estafador para estrangularlo, acudió más bien pacíficamente al relojero del pueblo para que le revisara el reloj y se lo pusiera a andar de nuevo, si era posible. (Eso fue lo que decidió ahí en la banca). 

Cuenta mi padre que cuando entró Benito al taller del tiempo, aquel artista de arreglos, tomó el reloj con elegancia y lo destapó magistralmente. Tras un minucioso examen ocular mediante una lupa gruesa, se lo llevó a los labios para aplicarle el remedio: un severo soplo. 

De una, como en los viejos tiempos del Génesis, cuando el barro cobró vida con el soplo divino, el rutilante reloj reanudó sus tareas naturales de marcar el tiempo. Quedó Benito otra vez buenamente pasmado con el suceso y de nuevo con el alma en el cuerpo le preguntó al relojero cuánto le debía. Imaginaba que de pronto el buen hombre sonreiría amable y generoso y le diría: “¡Nada! Y él contestaría suspirando de satisfacción: “¡Muchas Gracias!” Pero no fue así. El relojero, mientras reorganizaba los utensilios de su mesa de operaciones, le respondió como un profesional: “¡Son cien pesos!” (Plata para la época). Perplejo entonces el tío Benito le reclamó:

“¿Tanto por un simple soplo?

“Te cobro no tanto por el soplo, -Le aclaró el soplador-, cualquiera puede soplar. Te cobro porque yo sabía que debía soplar, y dónde soplar, cómo y en qué dirección soplar. Yo estudié bien ese arte de soplar como relojero, mi soplo, contenía el dinamismo que resucitó al reloj. ¿Por qué entonces no cobrar?

Una vez más le pareció al tío Benito estar frente a un noble hablador, que, así no más, con un simple soplo, le había reparado el reloj. Le dió entonces los cien pesos, se reajustó de nuevo el gran reloj en la muñeca y, tras darle las gracias al predicador, se fue rumbo a la plaza de mercado. Pero allí ya no tuvo la alegría y las ganas de exhibir su monumental presea dorada a sus conciudadanos. (Dudaba ya de su amor por ella). Ojeó una vez más las manecillas y supo que estaba andando. Y así se la pasó ese día atisbando ansioso a cada paso la cara del reloj no fuera a pedir otro soplo. No supimos si algún día después se encontró de nuevo con su amigo vendedor. Y si al reloj le siguieron gustando los soplos para seguir viviendo.

Aprendimos, como seguramente lo hizo el tío, que siempre habrá sobre la tierra presas fáciles para las redes de los arácnidos humanos, bromistas que gocen a costa nuestra; pero que siempre habrá la forma de no morir en sus redes y de aprender de todas esas experiencias flojas. 

En eso ayudan los psicólogos de esta época estresante; (Y ganan billete) se la pasan “soplando”, impartiendo alientos de vida a quienes buscan bienes para sus males y escape a las trampas de sus prójimos. 

Pero, sobre todo, querrán dejar de ser “paquetes” para la sociedad: 

Pura fachada.. pero de servicio y eficiencia, pocón, pocón.


domingo, 29 de agosto de 2021

El difícil arte de “manejar” el verbo “manejar”

 Aunque nos aseguran que nuestro idioma dispone de inagotables expresiones con las cuales podemos manifestar de infinitas formas cualquier pensamiento, en ocasiones caemos en la repetición y en la monotonía semántica. He aquí un buen ejemplo de eso y de cómo podemos emplear la pluralidad de las palabras para superar ese "aburrimiento" o rutina verbal

Por Lebb

A quienes se dejan “manejar” por este verbo manipulador dedico con amor gramatical estas líneas a ver si se liberan un poco de él y son más felices con tantos otros términos que bien pueden expresar mejor sus intenciones. Pueden optar por la sinonimia o simplemente por citar las actividades por su verdadero nombre; de tal modo que si quieren referirse a “manejar” el martillo, digan más bien “martillar”; o “manejar” el taladro, digan ”taladrar”. 


Prefieran “esgrimir la espada”, es vez de la forma trillada “manejar la espada”. Al hijo podemos sugerirle que “administre” mejor su tiempo, en lugar del prosaico “Maneje mejor el tiempo”. Y así como el marinero hábil “gobierna” el barco, en vez del simple “maneja” el barco, damos paso a la mayor precisión del hecho y una mejor descripción del evento. Al incorporar en el habla o en el escrito,  la rica y precisa variedad del diccionario estaremos “dominando” (no sólo manejando) el arte de la comunicación.

No faltará algún lector indomable que me revire diciendo que no se va a dejar “manipular” (no digo manejar) por mis palabras. Líbreme Dios de pensar siquiera en eso de “esclavizar”,  (no digo manejar),– las mentes ajenas. Yo sólo quiero que ni el  gato afirme que “maneja” muy bien su maullido. Ojalá diga que “maúlla” muy bonito. Y el perro grite que  “ladra” como nadie, en vez del soso: “Yo manejo el ladrido”. Y si el guepardo está escuchando también podrá pregonar que no existe un félido como él capaz de desplazarse a velocidades impresionantes, en lugar de anunciar con simpleza que “maneja” mejor la velocidad.

Tratemos de esquivar la repetición de este verbo, incluso cuando  queramos revelarle al mundo que ya podemos “manejar” el carro., digamos más bien con orgullo que ya sabemos “conducir” nuestro Mercedes Benz. Este verbo, como algunas mujeres insoportables, pretende “mangonear” (no use manejar) a los hablantes exigiéndoles que se “manejen” bien, en lugar de que “se comporten a la altura”.  

Querrá  que sigamos pobres en el “uso” (no utilice manejo) del verbo, inactivos en el “liderazgo” (no diga más manejo) de los grupos. Y ya para finalizar este “tejemaneje” del verbo, pidamos a quienes “disponen” del poder, (no a los que manejan el poder de la palabra) que ayuden a fomentar la aplicación de la sinonimia y de la diversidad creadora. 

Que así como el computador “procesa” (no maneja”) infinidad de datos, así también nuestro cerebro y nuestro espíritu también “elaboren” (no manejen)  otras fórmulas ingeniosas, con las cuales podamos sazonar la convivencia, podamos enriquecernos y “gestionar” (no “manejar”) decididamente nuestros destinos.

 

miércoles, 12 de mayo de 2021

EL LOBO SAMARITANO

Por Lebb

Un maestro inolvidable le proponía a su discípulo vivir  nuevas experiencias para que avanzara en su perfeccionamiento personal... 

 Por eso un día lo hizo salir del salón de clase para que se fuera de turismo espiritual por los pueblos cercanos a presenciar casos reales de comportamiento tanto humano como animal y sacara de todo eso conclusiones importantes para su vida.

El alumno entonces, feliz por no tener que estar metido en esas cuatro paredes, dejó la escuela, se terció un morralito con algo de merienda, y se fue a viajar de pueblo en pueblo. 

Lo primero que encontró y le hizo tanta gracia en una de aquellas comarcas, fue el caso excepcional de una perrita que recién había tenido cachorros propios, pero que también acogía en su regazo y amamantaba igualmente a un gatico enclenque y abandonado  que por desgracia había perdido en un accidente a su natural progenitora. La madre adoptiva atendía al pequeño minino de la misma forma como a un hijo suyo y hasta le lamía de arriba abajo su cuerpecito sin importarle que se le quedaran pegados sus pelos a la lengua. 

Indudablemente la escena –muy tierna, por cierto–– constituía un admirable ejemplo de solidaridad animal impresionante. Pero eso fue poco comparado con lo que más adelante descubrió. Y fue el  caso de un lobo temido en la región, el cual, al atardecer, le llevaba nada más ni nada menos que comida fresca a un enorme tigre malherido, abandonado a su suerte, que bien podría ser su gran enemigo, de no ser por esas circunstancias adversas. 

Este caso jamás registrado le costó tanto creerlo que tuvo que repetir la observación los tres días siguientes. Y, de hecho, regresó la tarde del otro día para ver si el comportamiento del lobo respondía a la casualidad, a la mera coincidencia o, más seguramente a una estrategia malintencionada de esa fiera peligrosa. Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía: el lobo, –malvado para muchos pero una bendición para el tigre–, le traía parte de la cacería tenaz de la jornada y se la depositaba cerca donde el felino desvalido podía devorarla. 

Pasaron los días y el acto de caridad animal se repitió de un modo idéntico hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar la comida por su propia cuenta. Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, exclamó entusiasmado:

–¡La salvación del mundo es un hecho! 

Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo podemos hacer nosotros, las personas". Y decidió enseguida hacer un experimento para probarlo.

 Se tendió entonces debajo un arbolito, junto a un camino muy transitado, no sin antes ponerse unas ropas andrajosas, enlodarse la cara y el cuerpo y poner cara de enfermo estúpido. Y se quedó así "sufriendo" entre gemidos, simulando las mayores penas del mundo, al acecho de que la caridad humana se le manifestara explosivamente. 

Sin embargo, transcurrieron lentamente las horas de soledad y aburrimiento, una tras otra, hasta el ocaso, sin que nadie, similar al lobo samaritano, se acercara a enterarse de sus males y se impusiera la tarea de remediarlos, al estilo de la parábola. Aunque la verdad es la cosa no estuvo tan mal, porque sí hubo excepciones por parte de algunos curiosos que de rapidez arrojaron algunas monedas a sus pies y se esfumaron. 

Hacia las siete de la noche, comprobó no aquello de que "la salvación del mundo es un hecho", sino de que sus asentaderas estaban muertas de sueño y de que su estómago se le retorcía maldiciendo el experimento de su dueño. 

Tuvo naturalmente que levantarse con las fuerzas que le quedaban e irse a buscar mangos o lo que fuera al interior de un huerto cercano. Pero de allí tuvo que salir como centella porque unos perros cuidanderos le mordieron precisamente las que estaban "muertas de sueño". Y así, con hambre y con heridas integrales de alma y cuerpo, se fue a dormir debajo de un puente.

A la mañana siguiente, maltrecho y pensativo, volvió a la presencia del maestro, a la Escuela, de la cual había extrañado la seguridad de sus muros, convencido de que la humanidad malvada era peor que las bestias y que no tenía salvación ni cura, que Dios "más bien debería destruirla y hacerse una mejor".

 Tan pronto remató el relato de su agridulce experiencia, el sabio Maestro sonrió a sus anchas satisfecho de que su alumno hubiera tenido unas clases prácticas de vida y sufrimiento. Sin discursos, amonestaciones o moralejas, aconsejó a sus otros maestros y condiscípulos que le brindaran las mejores atenciones al chico que "estaba lejos y había vuelto, que se hallaba experimentando pero que ahora sufría las consecuencias para su bien".

 Le hizo preparar un buen baño, una suculenta cena y un buen lecho donde descansar del viaje. A la mañana siguiente, mientras desayunaban, le comentó: 

––¡Ya sabes la metodología para la salvación del mundo! Los necesitados, los perdidos, los depresivos, los abandonados son muchos, sobran y sobran. Pero, los samaritanos, llamados a la primera línea de atención, de ayuda y socorro son pocos, excepcionales, providenciales...

 ¡Tú debes estar precisamente en ese grupo, porque no has venido a que te atiendan, a que te sirvan, a que te compadezcan, sino a todo lo contrario!

No estaba muy seguro de escuchar bien a su maestro. Lo que sí sabía era que ahora tenía que aprovechar perfectamente las atenciones que le estaban ofreciendo.



viernes, 4 de diciembre de 2020

Un maestro para aprender a TOMAR DECISIONES INTELIGENTES en la vida.

Si ubico este caballo aquí, sucede que el alfil del contrario lo captura; además pierdo el dominio de toda una hilera importante. Entonces mejor desplazo el peón que neutraliza la acción del malvado alfil. Pero si amenazo al rey con la torre de mi derecha, lo conduzco casi a una rendición segura, con el apoyo de la Reina. DECISIÓN PRECISA: muevo la torre.


  Por Lebb

Me refutará el poco amigo de los peones y de todo el resto de mi ejército que eso se vale para el juego, porque la vida, al contrario, es cosa seria y las decisiones personales no constituyen una diversión, sino una muy grave responsabilidad.

De acuerdo. La vida no es un ajedrez. No soy rey, ni mi vecina una reina. Pero mi existencia y la de mi vecina son verdaderos campos de acción que exigen de nuestras voluntades e inteligencias determinaciones constantes, sencillas o complejas para que funcionen apropiadamente. Sin decisiones no hay acciones. Y sin acciones somos difuntos. Jugamos ajedrez moviendo piezas pensando, calculando, midiendo riesgos, contando cuadros, proyectando resultados dos, tres, cuatro movimientos adelante. Alzamos los ojos más allá del primer cajón, porque el peligro puede estar en el cuadro negro un poco más adelante. Cuando la vida de mi Reina es amenazada, mi corazón resuena por dentro como campana de Catedral. Me recojo y concentro como fiera mental furibunda, para pensar en la más contundente decisión que preserve a mi majestad. Cuantas veces la vida nos plantea desafíos que amenazan nuestros más preciados bienes espirituales o terrenales, ante los cuales tenemos que hacer movimientos sagaces y certeros. Definitivamente, el ajedrez es un verdadero método para aprender el arte más complejo y poderoso como es el de evaluar la realidad en su justa medida antes de tomar decisiones apropiadas.                       

Es redundancia señalar las desastrosas consecuencias de los errados movimientos mentales. Incluso hay disparates que uno comete una sola vez en la vida puesto que cobran muy caro, no un patrimonio, no una carrera,  no un amor, sino la propia la vida. Hay otras decisiones tan malas que, una vez tomadas, al igual que un cáncer, nos arrastran  poco a poco a una destrucción segura. Y si vamos repasando la lista de los acomplejados que desfilan por el mundo, de los fracasados que gimen por todas partes, de los inútiles que pisan infructuosamente esta tierra, vamos descubriendo en la base de sus desdichas y quejumbres las evidencias de sus males como producto de haber aplicado en el pasado  decisiones irreflexivas, torpes y equivocadas.

Para el despistado que observa y habla ligero como su cerebro, el ajedrez es una manera insípida, tonta y vana de perder el tiempo. Para él ni siquiera es juego ver a dos solemnes meditabundos que apenas tienen ojos miopes para un tablero y escasamente mueven una mano. Sin sudores, sin agitaciones, sin arrancar del público aplausos o emociones. Hay que revelarle que ahí en la mesa del juego, frente a frente, hay dos cuerpos como en suspensión, cuyos cerebros libran una guerra de decisiones que van y vienen como misiles o como guantes de púgiles. Hay que decirle, cuando en verdad se está ejecutando religiosamente el rito de la contienda, que si los pensamientos de los jugadores pudieran materializarse harían un estruendo insoportable como de armaduras que chocan. Pero lo más importante es hacer notar que los jugadores están ejerciendo una de las mayores facultades divinas, a saber: de una forma autónoma, inteligente y responsable están tomando determinaciones vitales en serie y en serio. Si el observador cayera en la cuenta de lo grave, de lo peligroso, de lo dramático, de lo apoteósico que es tomar y aplicar decisiones humanas, lo menos que podría hacer sería arrodillarse a venerar a los dos hombres que piensan como dioses griegos antes de mover a sus criaturas, es decir, a sus piezas. Y aunque terminarán por imponerse de un lado o de otro los movimientos más eficaces, él concederá igual devoción tanto al uno como al otro, porque los dos manejan cerebros y espíritus igualmente prodigiosos.

Deberíamos,  sin argumentar demasiado,  reconocer en el ajedrez a un maestro efectivo y ameno que nos adiestra en la labor  del pensamiento preventivo, antes de la acción efectiva; promoviendo por lo tanto la buena costumbre de pensar bien y pausadamente antes de dar pasos importantes que afectarán incluso de manera crucial el destino de nuestras propias historias, o por lo menos,  provocarán el éxito o el fracaso de proyectos que escalonan la realización personal.

Es curiosa la actitud de los principiantes en la disciplina cuando solamente les preocupa  echar a la loca las fichas hacia delante, sin percatarse de la proximidad de un tonto Mate pastor. No saben qué hacer. Miran hacia los lados como buscando un soplón que decida por ellos. Es cuando uno advierte que igual les pasa a quienes no se entrenan apropiadamente para utilizar el cerebro en la toma de las decisiones que los afectarán de una u otra manera: se convierten en presas fáciles de los intereses egoístas de otros que para mal sí saben utilizar la cabeza.

El aprendiz es cándido y la medida de su pensamiento no supera el movimiento inmediato de un peón. Cuando aprenda será muy listo y saludablemente malicioso. Sus pensamientos medirán en su objetiva  dimensión y riesgo las intenciones encubiertas del oponente astuto. Una habilidad fundamental para bandeárselas con éxito en un mundo tan competitivo como engañoso.

El aprendiz temerá perder fácil sus piezas sometido a la humillación de un rival demoledor. Pero le servirá de remedio para no ser orgulloso, sino humilde mientras mejora sus habilidades de juego. Después, cuando ya detecte las intenciones del oponente con anticipación y, en consecuencia,  efectúe movimientos efectivos, su autoestima estará en la cumbre y su mentalidad será la de un triunfador. Valores muy importantes para sortear con altas opciones de victoria todo el ejército de asechanzas y desafíos que nos propone actualmente la vida.

Este maestro -o sea el ajedrez-, nos va enseñando también que habrá momentos duros y difíciles, habrá que perder piezas costosas o sacrificar de forma aparentemente inútil otras, dentro de la estrategia general por controlar el tablero. Una lección inapreciable para no desesperar en la vida cuando perdemos seres extremadamente valiosos, o cuando, en aras de resultados beneficiosos para el espíritu o para el desarrollo personal o de la comunidad que nos rodea, nos toca renunciar a ciertos bienes, a ciertas comodidades legítimas o a ciertos placeres bonitos.

Nos va a enseñar la importancia absoluta de concentrar la fuerza mental, de consagrar hábilmente el poder humano a la sabiduría de una decisión. Nos ejercita en el arte difícil de administrar la soledad, porque quien juega ajedrez  está realmente solo, a merced de sus habilidades mentales, de su ingenio personal y de su carácter. Pero esto no quiere decir que propicie el individualismo o el egocentrismo, sino que exalta la conciencia de la individualidad, de la exclusividad de la persona humana. Una lección muy significativa en este mundo inclinado a la masificación o al culto de la personalidad ajena, a la pérdida de la identidad propia. Quien juega tiene un nombre, tiene funciones, tiene poder, puede y debe decidir, gobierna, organiza, administra... y aunque pierda el juego, después de exprimir su talento personal, es un verdadero héroe porque ha combatido valientemente.

Por lo demás, el ajedrez un ejercicio valioso de liderazgo. Quien practica el juego, es un General. Cuenta con  oficiales de poderosa jerarquía y con soldados de comprobado coraje. En la vida es de suma importancia sentirse y ser realmente caudillo del propio presente más que del destino. El ajedrecista está llamado a vivir intensamente el ahora y no el después. Él sabe que un movimiento falso ahora será una perdición luego. Piensas ahora en lo que más te conviene, o de lo contrario, deberás lamentarte después. Una enseñanza única, sobre todo para las mentes juveniles que se la pasan soñando en futuros mientras malogran o desperdician sus presentes. Allí en el tablero, mientras se ataca y defiende con las fichas, el jugador también va ejercitando estrategias acertadas para vencer sus miedos o sus vicios en la vida. Por ejemplo, dispone de un tiempo prudencial para cada jugada, la cual no podrá prorrogar indefinidamente, es decir, tiene como un horario, unas metas definidas, algo qué hacer. Eso sirve para que dejemos el pernicioso defecto de demorar el cumplimiento de nuestros compromisos. Si en la vida somos desordenados, el ajedrez nos enseña todo lo contrario. Tienes que organizarte, establecer metas a corto y largo plazo; tienes que concentrarte en los planes, en los ideales de tu vida. Pensar no sólo en reinas o en novias sino en otros aspectos muy importantes que pueden determinar tu éxito o tu fracaso en este mundo. Si eres bobo, no puedes jugar ajedrez y seguir siéndolo; porque el ajedrez es una cátedra de astucia y viveza. .

Dentro de los sesenta y cuatro cuadros se escribe toda una historia de desafíos y respuestas. De acciones y reacciones. De intereses que combaten, de especies que luchan demostrando la dignidad y la competencia por sobrevivir. Allí se cultiva y se fermenta la necesaria autoestima. Chocan sanos orgullos por ser dominantes. No hay campo para la autocompasión o para que los espíritus y las inteligencias se achiquen. Ahí combaten los mortales cerebros de dos T
itanes que en vez de una ruda y ordinaria confrontación física, prefieren con inteligencia medirse en un cuadrilátero dentro del cual solamente se valen los golpes del ingenio y la fortaleza de la sagacidad mental. Más que nadie han logrado conjugar magistralmente la combinación juego y vida; han mezclado, sin degenerar el producto, lo serio de la vida, con el placer del juego. No son simples hedonistas, no son simples jugadores. No pierden el tiempo. Lo invierten en su desarrollo personal.

Sus partidas son sesiones de lógica  (analiza causas y efectos); de matemáticas, cálculo y geometría (se navega entre números, variables, líneas y figuras); de milicia (es una guerra, conduces un ejército); de cacería (hay que oler las trampas del enemigo y colocar otras, montarle la persecución al rey hasta capturarlo como una presa codiciada); de ética (por la responsabilidad de trabajar mental y honradamente para conseguir resultados).

En definitiva, los jugadores asisten a una clase de múltiples contenidos y destrezas, al paso que emplean bien el tiempo entrenándose para enfrentar con eficiencia los numerosos y difíciles retos de la vida real... ¿Entonces, qué? ¿Jugamos una partida, o no? No tengas miedo, ambos ganamos.

 

jueves, 3 de diciembre de 2020

Fidelio y los molinos fantasmales

 

Fidelio es un joven genial que marcha un poco perplejo por su mundo.  Y es precisamente a través de sus sueños enrevesados como revela sus inquietudes, sus anhelos, su mezcla, en fin, de sabias chifladuras e intensas pasiones por la vida. He aquí uno de ellos, que lo tuvo precisamente ahora en octubre... ¡Analízalo!

Por Lebb


Ese día por la tarde, Fidelio tuvo que ejercitar los músculos de sus brazos, los bíceps y los tríceps entre otros, triturando en la máquina de moler –como se hacía a la antigua- los granos del maíz pilado, con el propósito de hacer las arepas para la multitud de su familia: 

–¡Apúrate, hombre de Dios! –Lo animaba la madre. Pero él no se daba por enterado; más bien, continuaba, en cámara lenta, girando la manivela:

 –¡Ya no doy más... he perdido mis poderes! –se disculpaba el cínico.

Y entonces la madre, en actitud humilde, continuaba desgranando pausadamente en la tolva de la máquina el blanco y paciente maíz de las arepas. Cuando ya estaba a punto de concluir la faena, se presentó, por infortunio, en la cocina, la hermana menor de Fidelio, quien, después de examinarlo despectivamente, de arriba abajo, con mueca incluida, gritó con voz aguda:

–¡Fidelito encontró por fin la profesión de su vida!

El muchacho, ante la provocación, la amenazó con sonrisita endiablada y, soltando el manubrio del molino, brincó hasta donde ella estaba para propinarle un sonoro coscorrón y, luego, como un resorte, se esfumó de la cocina. La desafortunada comentarista, sobándose la cabeza, alcanzó a perseguirlo unos cuantos metros, pero desistió enseguida debido a la velocidad portentosa de Fidelio. De remate, le correspondió terminar de moler el maíz.

Esa noche, –tal vez como escarmiento por haberse portado mal con la hermanita y por no cumplir con sus deberes–, a Fidelio lo atacaron otra vez las pesadillas. Ya había pasado varias noches sin esa penitencia, pero en esta ocasión volvió a soñar terrible, terrible. 

Soñó que era transportado al campo, a una finca bonita y fértil y que, después de atravesar un extenso patio, rodeado de jardines y de árboles, como los del paraíso, penetraba al interior ardiente y oscuro de una casona impresionante, de altos techos de donde descolgaban largas y sombrías telarañas, y en cuyos muros, agrietados y mohosos, se incrustaban por el extremo muchos tablones con un gran pie de madera al piso, iguales al de la cocina de su casa donde se fijaba el molino doméstico con destino al oficio decadente de hacer polvo el café tostado, la carne, el maíz y las energías de los muchachos. 

En esos tablones observó precisamente decenas de máquinas de moler, ya carcomidas, como si sus dueños siglos atrás, después de haberlas operado toda la vida, las hubieran por último arrumbado allí. Sin embargo, parecía que sus operarios ya muertos seguían allí, obstinados en seguir manipulándolas, ocasionando con eso un desesperante escándalo de metales oxidados. Mas luego, los molinos como si fueran automáticos, paraban sus giros estridentes permitiendo que, en medio de un silencio de sepulcro, irrumpieran en el recinto, provenientes de los jardines exteriores, un ejército de risitas felices, palmoteos y esa suma de trajines propios de los niños cuando se corretean mutuamente y se divierten afuera libres en el monte. Al cabo de unos instantes, como acatando una secreta orden militar, esas carcajaditas y todo el festivo ruido infantil cesaban de inmediato para dar paso nuevamente a los berridos internos de las destartaladas máquinas de moler.

Fidelio seguía de pie, observando las máquinas con ojos grandes y oídos abiertos, intentando interpretar el sentido de semejante y variada escena. Luego, armándose de un valor que ni él conocía, resolvió aproximarse a uno de esos mecanismos de bulla espontánea con el propósito de examinarlo a centímetros. Cuando inspeccionaba uno de ellos con su cabezota de signos de interrogación –así se veía él en los sueños– se inició una vez más y con mayor volumen el giro horrísono de las manivelas. Con un movimiento instintivo sujetó firmemente la manija para bloquear la rotación del molinete, lo cual le fue imposible. Para colmo de males, la mano se le quedó pegada y empezó a rotar al ritmo de la manivela, con toda su humanidad, una y otra vez. Transcurrido un tiempo, cuando ya fidelio tenía el esqueleto desbaratado, toda la chatarra de molinos se detuvo para dar paso nuevamente, desde afuera, a la rutina de las risas infantiles francas y animadas, como un coro desafiante a la suerte monótona del soñador. Ese tipo de alternancia lo tenía preocupado y lo hacía protestar desde el interior de su cerebro.  Aprovechó entonces uno de los recesos para intentar liberarse de esa rutina hostil y salir a los jardines a respirar el aire fresco y colorido, pero, al no poder zafarse del manubrio de su molino se vio condenado a permanecer ahí, encadenado, a merced de tal alternancia, –infierno y gloria– ahí girando y girando durante la medida de su pesadilla. 

En la mañana, cuando su progenitora llamó a la habitación, Fidelio se encontraba ya despierto, pero exhausto y sudoroso, “obviamente por tanto giro”. No más al abrir la puerta, cayó de rodillas ante ella y le imploró demente:

–¡Por favor, madre, saca de esta casa ese artefacto de tortura!

La señora se quedó en suspenso unos segundos y luego le preguntó confundida:

–¿De cuál artefacto de tortura me estás hablando?

–¡No te hagas la que no lo sabes, me refiero a esa horrible máquina de moler!

–¿Y eso por qué razón, hijo mío? Creo que es una bendición. Para mí es lo último en tecnología. –Y el muchacho airado replicó de inmediato:

–Todavía no has visto nada. Pero la verdad es que ella representa para mí una rutina loca que me despersonaliza, me esclaviza, y no quiero llegar a la eternidad pegado a ese aparato ni a ningún otro, a nada ni a nadie.

La señora frunció el ceño alarmada internamente por sus chiflados antojos, pero como buena madre supuso que su hijo tenía alguna normal ventolera de adolescente o tal vez alguna fantasía perturbadora, y convino seguirle el juego sin saber bien las reglas:

–¡Seguro! –prometió con ademán serio– botaré ese molinillo viejo! No habrá entonces en esta casa más arepas ni café ni albóndigas de carne, a menos que me consigan todo eso ya molido y listo.

–Pero también reclamo –le exigió más Fidelio, no contento con eso solamente– una casa nueva y moderna, con todo nuevo, con jardines amplios a cielo abierto, todo nuevo, y, –levantó la voz para que escuchara la interesada– incluyendo ¡HERMANA NUEVA!

–¡Mejor, déjate de embelequerías, Fidelio! –lo regañó la señora, ya perdiendo el control–. Más bien, tiende la cama, lávate la cara, ponte las quimbas para que vayas a la tienda por el pan, la leche y…

–¡Detente, madre! –Rezongó Fidelio– ya conozco mi rutina tan bien como las vueltas de la vieja máquina de moler.

Como un robot enmohecido, lubricado con algunas lágrimas, comenzó a tender la cama procurando hacerlo por el lado por donde supuestamente jamás antes había empezado. 

Al fin y al cabo, sabía que ésto de vestir la cama y colaborar en las labores domésticas era conveniente y, por supuesto, más llevadero que exponerse a una condena de moler la nada del sinsentido, en oxidados molinos fantasmales.

Y mientras adelantaba esas pequeñeces la mamá lo seguía con la mirada. Iba pensando en que estaba creciendo rápido y que aspiraba tal vez prematuramente a ser autónomo y libre para ejercer, a voluntad, sus propios talentos y quizás –ojalá fuera así–, obrar cambios drásticos en las políticas administrativas del mundo. 

Se le ocurrió pensar en su foro interno que Fidelio atravesaba una etapa natural de su desarrollo y que no era ni necesario enviarlo al psiquiatra, a ese tal Botello, que no más se sentaba cómodo al lado del diván donde el chico le narraba sus supuestas pesadillas y preocupaciones, simulando tomar notas con aire de sabelotodo y, al final, no arreglaba nada.

Lo que no sospechaba la señora, sin fe en mí, es que, en cierto modo, yo sí soy omnisciente, “lo sé todo”. Y tiene razón en cuanto se refiere a su hijo: Está “haciendo progresos” –así justificamos nosotros los honorarios–, ronda por una etapa de gradual afirmación de su personalidad. 

Pero la verdad es que sí nos necesita a todos para formarse bien. A mí me necesita.  (Y yo lo necesito a él).

martes, 1 de diciembre de 2020

FRASES MEDITABLES y HUMOR




 

· Habla para que yo sepa que existes. (Sócrates)

· No hay personas ineducadas, todos estamos educados, con la diferencia que algunos estamos mal educados. (Brandon Kalel.)

· Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber. (Albert Einstein)

· Si quieres aprender, enseña. (Cicerón)

· El estudiante enamorado nunca llega al aprobado. (Maruchi)

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· La ley del estudiante: sacar el curso adelante con el sudor del de adelante. (Estudiante de atrás)

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· En primer lugar acabemos con Sócrates, porque ya estoy harto de este invento de que no saber nada es un signo de sabiduría. (Asimov, Isaac)

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·  Saber es acordarse. (Aristóteles)

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· Los sabios son los que buscan la sabiduría; los necios piensan ya haberla encontrado.

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· En asuntos de amor los locos son los que tienen más experiencia.

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BROMAS:

·  Me choca la gente que no da la cara. (Anónimo).

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·  Me encanta ir a la escuela.

       (Un piojo).

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·  ¡ Que hermosa es la humanidad! (Un caníbal.)

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·  Nosotras apoyamos la liberación femenina.

       (Cárcel de mujeres).

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· ¡No al paro! (Un cardíaco).

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.¿Sabes que mi hermano anda en bicicleta desde los cuatro años?

¡--Mmm, ¿ya debe estar muy lejos.

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· (Pregunta a un estudiante del colegio:

-Do you speak English?

-¿Cómo dice usted?

-Do you speak English?

-¡No lo entiendo!

-Le pregunto que si habla usted Inglés.

-¡Ah sí, claro, perfectamente!

lunes, 30 de noviembre de 2020

DUELO POR UN CODORNIZ INMORTAL

 

Hijo mío, cercano corresponsal:

 

Te informo, para que nos demos el pésame mutuamente, que hoy hacia las 3.45 de la tarde, hora universal, falleció lastimosamente nuestro famoso codorniz blanco, tras unos días de dura enfermedad,  durante los cuales sobrellevó su agonía con talante esponjado y heroico. Sus ojos, empequeñecidos por la longevidad, bregaban por permanecer encendidos procurando no perder los míos que también luchaban por retener viva su imagen. Y así, entornados y con sus plumas extremas tocando el suelo, sus horas finales fueron corriendo ligero como si la muerte se afanara por hacerme el mal de quitarle una vida a mi vida, porque, a decir verdad, la vida de uno no es sola sino suma de tantos seres importantes, como lo era precisamente esa mascota diminuta y emplumada.

 Yo estuve ahí, velando, de guardia, dolido como el amigo que no quiere que parta su amigo fiel, junto a su jaula, donde pasó prisionera buena parte de su vida, exceptuando esas bendiciones para él, cuando tú, amante de la libertad y libre expresión, lo sacabas a las matas del patio, a los pasillos hogareños donde saboreaba las travesuras de una vida sin normas y con desacato a las quejumbres de una madre.

  Estuve ahí dándole ánimos, hablándole como a un cristiano, alisando sus marchitas y curtidas plumas, agradeciéndole los años bonitos e interesantes que estuvo en nuestra casa, al lado de sus dos también dilectos congéneres con quienes siempre mantuvo divergencias estruendosas  de espacio y batallas de decisiones opuestas.

  Estuve ahí entonces recordando los comienzos de las noches cuando tenía que ponerlo urgente a buen recaudo, bajo un canasto o dentro de una caja como a los presidiarios que dan guerra y se les envía a la mazmorra, para evitar que lanzara al aire sus desenfrenados e indefinibles graznidos que siempre asumimos como expresión suya, vital, de codiciar amores de  codorniz en celo, o ansia colérica de ser libre y montaraz. 

Estuve ahí haciendo memoria de cuando él servía de exposición excepcional de codorniz blanco ante los turistas curiosos, que se sorprendían de su genio inquieto y bravucón. Fueron muchas las veces que se arriesgó a escaparse de la jaula mientras la gata rondaba su vecindario y nosotros teníamos que jugarnos también la vida para atraparlo antes de que ocurriera una tragedia.

  Hacia las tres y cuarenta y cinco trató por última vez de levantarse del piso, en un esfuerzo desesperado por escabullirse de la muerte, aleteando contra el papel de su jaula. Lo cubrí entonces cariñoso con los dedos de mi mano derecha, rogándole de corazón que no se muriera, que se quedara, que el mundo no iría a ser el mismo sin él, ruegos y razones que ya fueron absolutamente inútiles, porque su muerte ya estaba decretada para ese momento. Así fue como sus últimos movimientos se fueron extinguieron, quedando de medio lado, con el pico hacia mí.

 

                                                                             

Recordaré, por siempre, mi corresponsal, de este buen amigo blanco emplumado, el codorniz excepcional, los momentos suyos de celebración cuando lo liberaba del presidio pequeño y lo depositaba en su prisión más grande. Alzaba entonces las alas y las batía mirando hacia arriba, con el pico entreabierto, en ademán misterioso de entonar un himno de ovación espiritual.

 Lo siento también por ti, porque has perdido como yo, también una compañía, un regalo proveniente de las jaulas únicas de codornices blancos. Lamento mucho que haya emigrado a las dimensiones misteriosas de la muerte hasta donde nuestra voz y entendimiento no alcanzan. Y así haya sido, para muchos, una simple e insignificante avecilla, para nosotros, fue como una heroína de plumas blancas que nos granjeó alegrías y emociones con su existencia y su carácter alebrestado. 

Y hasta nos dio lecciones de vivir con entusiasmo,de hacer las cosas con energía y a plenitud, en las cosas pequeñas y en las grandes, así fuera expulsando la tierra de las matas o corriendo desaforadamente por entre las yerbas o por todos los pasillos de la casa. 

 Ojalá hubiera cielo para él y para todos los que lo imiten. Yo creo, mi corresponsal, que nuestro codorniz puro y santo, ha hecho méritos suficientes en esta tierra y bien se lo merece.

 ¡Para nosotros consuelo, y para él, paz en su tumba!

sábado, 15 de agosto de 2020

SI PIDEN ES PORQUE NECESITAN (ULTIMA VERSIÓN)

 En medio de la visita, al llegar a la cocina, se quedó detallando con disimulo la alacena. Al final, extrajo un billete de su flaca cartera y pronto se lo extendió  a la dueña de la casa: “Gracias por ser adivino, –repuso ella, sonriente y gratamente sorprendida–, no quería confesarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”

Por Lebb

  Una de las lecciones funcionales más cotizadas de la valiosa herencia moral de mi padre fue precisamente la de no desatender las peticiones de cuantos estaban pasando dificultades.  La de ofrecer rápida asistencia a las personas urgidas, pidieran ayuda de viva voz o  con meros gestos o con sólo pupilas elocuentes.

Y, además, había que hacerlo bien, sin hacer preguntas ni, menos, poniendo mala cara. El aporte de nuestro lado podía ser de diferente estilo o naturaleza, material, financiero, espiritual, hasta psicológico. Dependía entonces del instante, de la clase de necesitado que tuviéramos en frente y de los recursos que también estuvieran a nuestro alcance.

Tampoco tuvo la obsesión del ahorro enfermizo o la mentalidad egoísta de capitalizar a despecho de quien necesitara del saldo de su cartera. Por el contrario,  le abundaron las buenas intenciones y el aporte modesto de su parte, rápido y festivo a quien se lo solicitara bien de viva voz o con señales de humo.

Recuerdo nítidamente el suceso que dio origen a la oración proverbial de arriba:

 “Si piden es porque necesitan. Y hay que hacer algo al respecto”

Frase que a su vez nos alentó en broma a inventarnos otra, justo cuando atisbábamos a los pollitos bullangueros del patio, y es esta otra, –no consagrada por los refranes mundiales–: “Si pía es porque necesita”. Muy cierta también como nos lo reitera la tonada infantil: “Porque tienen hambre, porque tienen frío” Y hay que hacer algo al respecto también.

El episodio ocurrió una tarde mientras él marchaba con paso animoso por una de las principales calles empedradas del pueblo. Un fulano, de aspecto deprimente, se le atravesó bruscamente, suplicándole con las manos:

―“¡Por el amor de Dios, –le dijo casi gritando–, deme plata, necesito comprarme un pan, llevo semanas sin comer nada”.

Y él, ni corto ni perezoso, sin peros o ira alguna, desenfundó la cartera y extrajo de ella los únicos dos mil pesos  que llevaba consigo  –mucho dinero para la época–, y se los entregó deprisa al supuesto muerto de hambre.

A uno de nosotros, frente a la escena, se le despertó el mal genio, el celo interno contra las cosas mal hechas, y, justo cuando mi padre guardaba la cartera vacía, lo cuestionó inmediatamente: 

“¿Por qué bota la plata así, papá –le dijo con voz cruel– Ese tipo la usará seguramente para comprar cerveza o cigarrillos”. Mi padre, impávido y con la serenidad de haber hecho lo correcto, le replicó como un santo: “Si pide es porque necesita”.

Sabía, sin ser ducho en Escrituras, convertir en hechos el dictamen del libro de los Proverbios: “Nunca niegues un favor a quien te lo pida, cuando en tu mano esté el hacerlo”.

Nos comentaría, llegada la noche, en torno a la mesa, al partir el pan, que ya el uso o el abuso que el beneficiario haga con nuestras ofrendas o con nuestros servicios no es propiamente de nuestra incumbencia: “Eso ya pertenece al criterio de cada uno. Y cada quien dará cuenta de sus propias decisiones. No le corresponde a mis bondades saber y enjuiciar las probables maldades que  otros hagan con ellas”. 

Quien lo había cuestionado horas antes en la calle, no tuvo valor ahí en la mesa para controvertir su manera de aplicar en la vida diaria el imperativo de la caridad. Y aunque no era hombre de jaculatorias y de prédicas, ese era uno de sus  recursos para que nosotros filosofáramos bien en cuanto a la convivencia con los demás.

Pero, como buen maestro, no lo hizo una sola vez. Posteriormente nos enseñó el mismo tema, por si lo habíamos entendido mal o lo habíamos olvidado. Cambió eso sí la metodología y el recurso didáctico.

Ya no fue en la calle, sino durante  la visita a la casa de una de sus vecinas. Tras la rutina del saludo y la charla de rigor, se quedó examinando a través de sus lentes espesos y discretos las cosas en torno suyo como para que ellas mismas en lugar de sus dueños, le dijeran cómo estaba allí la situación. Remató su comedida inspección frente a la alacena. Fue ahí entonces cuando extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella, sonriente y gratamente sorprendida–, no quería confesarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”  Nosotros nos quedamos con muchas ganas internas de censurarlo, porque la señora tenía hijos grandes que deberían socorrerla; y un marido que también ganaba. Pero tanto éste último como aquéllos, tal vez no tenían ni ley ni consciencia, o quizá no les alcanzaban sus ingresos; lo cierto es que la condenaban a pasar penurias. Sin embargo, ninguno de nosotros se atrevió a reprochar su actitud desprendida. Ya sabíamos cuál era su mecanismo de defensa. Además, la lección estaba ya aprendida: “Si pide es porque necesita. Y algo hay que hacer al respecto” . 

Ahora, cuando él ya no está físicamente con nosotros, me sigue cautivando la escena de las cluecas y sus crías que descubro por ahí de paso por las veredas. A veces, me detengo, iniciando un elemental proceso de escucha y observación. Soy testigo entonces del piar escandaloso de los pollitos que sobresaltan a sus nobles madres gallinas. También sigo notando que, en vez de la indiferencia e incluso de la rabia de sus progenitoras, éstas, sin demora ni distracciones, corren a ofrecerles gusanitos o lo que tengan a su disposición. Me da finalmente una especie de alergia en los párpados que se agitan para impedir que las lágrimas acompañen una nostalgia preciosa del legado paterno: “Si piden –fueron sus palabras– es porque necesitan. 

Pero hay más, aparte de los pollitos. Ahora, ya con muchos años encima, parece repetirse conmigo una escena similar a esa de aquella tarde, en las calles empedradas  de mi pueblo ancestral, cuando a mi padre lo abordó un sujeto sospechoso de necesidades. 

Sucede que alguno de mis hijos o cualquier otro observador, me reprueban con voz o con mirada rayada cuando respondo con monedas o palabras sanas a quienes, con estampa dudosa, limpian cristales o hacen rogativas por sus vidas al lado de los espejos retrovisores de mi auto.

Sepan entonces que me manejo así porque quiero ser honesto heredero del patrimonio moral de mi padre, quiero ojear sin muchos protocolos la facha y las circunstancias de los demás, a ver si les falta algo y yo puedo en modo alguno hacer algo.

Yo, pecador, me confieso que no lo hago bien. Sigo en la lucha y en el intento. Pero, siempre estará ahí vigente el alma ilustre de mi padre para confortarme e instruirme, para recordarme con nostalgia:

“¡Si piden –de forma directa o sobreentendida– es porque necesitan. Y tú debes hacer algo al respecto!”

jueves, 7 de mayo de 2020

"SI PIDEN ES PORQUE NECESITAN"


En medio de la visita a la casa de una de sus vecinas, mi padre se quedó examinando las cosas a su alrededor como para que le dijeran cómo estaba ahí la situación. Al final, como conclusión, extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella gratamente sorprendida–, no quería contarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”         

Por Lebb                                           


   Una de las lecciones prácticas más cotizadas de la valiosa herencia moral de mi padre fue precisamente la de no desatender las peticiones verbales de cuantos estaban pasando privaciones, la de ofrecer pronto asistencia a las personas necesitadas, pidieran ayuda de viva voz o la pidieran así fuera sólo con la mirada.

   Y, además, había que hacerlo bien, sin hacer preguntas ni, menos, mala cara. La ayuda de nuestro lado podía ser de diferente tipo, desde material, financiera, espiritual, hasta psicológica. Dependía entonces del momento, de la clase de necesitado y de los haberes al alcance de la mano.

   Mi noble progenitor nunca se bañó en dinero, tampoco tuvo el vicio del ahorro obsesivo, menos administró un supermercado de gran superficie. Sin embargo, le abundaron eso sí las buenas intenciones y el aporte modesto de su parte, rápido y festivo a quien se lo solicitara de voz o con un mero gesto de necesidad.

   Recuerdo vivamente la ocasión providencial que dio origen a la frase proverbial de arriba, “si piden es porque necesitan”. Y la que provocó que nosotros acuñáramos en son de broma, mirando a un pollito bullicioso del patio, esta otra: "Si pía es porque necesita".

   El episodio ocurrió mientras él marchaba despreocupado, con zancadas atléticas por una de las calles principales del pueblo. Fue cuando se le aproximó un fulano maloliente, quien, con voz lastimera le pidió dinero:

   ―“¡Por el amor de Dios, para comprarme un pan, porque en todo el día no he comido nada”.

   Y él ni corto ni perezoso, sin objeción alguna, desenfundó la cartera, extrajo de ella los únicos dos mil pesos  que llevaba consigo   –mucho dinero para la época–, y se los entregó deprisa.

   A uno de nosotros, al ver la escena, se le despertó el mal genio, el juez interno alérgico a las injusticias, y lo criticó inmediatamente: “¿Por qué bota esa plata –le dijo con voz cruel– Ese tipo la usará seguramente para comprar cerveza o vicio”. Mi padre, sin inmutarse y con la arrogancia sana de quien es consciente de haber hecho lo correcto le replicó como un santo: “Si pide es porque necesita”.

   Sin ser pastor o teólogo él sabía aplicar a la realidad el dictamen del libro de los Proverbios: “Nunca niegues un favor a quien te lo pida, cuando en tu mano esté el hacerlo”.

   Nos comentaría después, al atardecer, en torno a la mesa, que ya el uso o el abuso que el beneficiario haga con nuestras ofrendas o con nuestros servicios no es propiamente de nuestra incumbencia: “Eso ya pertenece al criterio de cada uno. Y cada quien dará cuenta de sus propias decisiones. No le corresponde a mis bondades saber y enjuiciar cuanto otros hagan con ellas". Quien lo criticó no tuvo ánimos para controvertir su manera de aplicar en la vida práctica el mandamiento de la caridad. Y aunque no era hombre de rezos, de jaculatorias y de prédicas, nos iba adoctrinando con experiencias y ejemplos vivientes. 

  En otra ocasión, en medio de la visita a la casa de una de sus vecinas, mi padre se quedó examinando las cosas a su alrededor como para que le dijeran cómo estaba ahí la situación. Al final, como conclusión, extrajo  de su flaca cartera el único de sus billetes y se lo extendió a la señora: “Gracias por ser adivino, –repuso ella gratamente sorprendida–, no quería contarlo, pero la verdad es que lo necesitaba”  Nosotros nos quedamos con ganas internas de criticarlo, porque la señora tenía hijos grandes que podrían y deberían socorrerla; y un marido que también ganaba. Pero tanto éste último como aquéllos no tenían ni ley ni consciencia. Sin embargo, ninguno de nosotros se atrevió a censurar su actitud. Ya sabíamos cuál era su mecanismo de defensa.

   Cuando él ya no estaba definitivamente con nosotros, íbamos al corral de las aves en busca de un elemental ejercicio de escucha. Escuchábamos entonces el piar escandaloso de los pollitos que sobresaltaba a sus pobres madres gallinas. Nos dábamos cuenta de que, en vez de la indiferencia e incluso de la ira de sus progenitoras, ellas corrían a ofrecerles gusanitos o lo que tuvieran a su disposición. Nos sonreíamos al recordar nostálgicos aquellas palabras memorables de nuestro padre: "Si piden es porque necesitan". 

   Y, ahora, cuando tengo ya muchos años encima y cuando alguno de mis hijos o cualquier otro observador, me mira mal cuando respondo materialmente a las peticiones de cualquier necesitado callejero, de facha sospechosa, recuerdo con orgullo y sentimiento de gratitud a mi padre por haberme dejado, entre otras lecciones, esa de examinar la situación de los demás, a ver si necesitan algo de mí para yo responder enseguida con lo que soy o esté a mi alcance. Me parece verlo, en un pedestal, como una estrella, diciéndome como un sabio: 

   "¡Tú solamente debes hacer el bien, sin mirar a quien. Las preguntas y los juicios  sobre cómo gastan los bienes los otros, son competencia únicamente de los jueces".