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viernes, 7 de octubre de 2011

Te invitamos a relacionarte más con Interlebprensa. Sigue el enlace:

http://interleb.galeon.com/

EL BUEN HUMOR HACE MUCHA FALTA...


  • Qué le dice un frentudo a otro frentudo?
  • ¡Enfrentémonos!

  •  ******
  •  ¿Qué es lo peor que le puede pasar a un enano?
  • Que un policía le diga ALTO.

  • ******

  •  ¿Saben cuál es el colmo de un perdedor? Que su esposa se llame Victoria.

  •  ******

  • Ya deja de tomar Pedro, te estás poniendo borroso.

  • *********
  •  Era una señora tan fea, pero tan fea, que cuando fue a un concurso de feos le dijeron:
  • "Lo sentimos, no aceptamos profesionales"

  • *********
  •  
  • ¿Qué le dijo una planta a otra planta?
  • ¡Nos dejaron plantadas!

  • *********

  • ¿Cómo le ayuda el hombre a la mujer en la cocina?
  • Levantando los pies para que ella barra.

  • *******

  •  Oye Jaimito, ¿copiaste el examen de Juanito?
  • No, maestra.
  • ¡Claro que sí, y no me mientas! Donde Juanito puso "no sé", tú pusiste "yo tampoco”

  • ********


  • ¿Cómo se dice fosforo en Chino?
  • Sakallama.

  • ******

  •  ¿Cuál es el juego de los egoístas?
  • El yo-yo.

  • *****

  •  ¿Qué es mejor, una pila o una mujer?
  • Una pila, porque al menos tiene un lado positivo.
  •  


martes, 4 de octubre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

¿NOVIAZGOS DE CHICOS SIN EL FACTOR SEXO?
Selena Gómez se mostró partidaria de conservarse virgen durante su noviazgo y en constancia se puso un anillo de pureza. Tras hacerse novia de Justin Biever, chico afamado e intenso, apareció en público feliz y sin el anillo, ¿Habrá renunciado acaso a su voto de castidad? 
Por Luis Eduardo Botello B. 

Cuenta la misma leyenda del otro día, pero en otra versión, que una vez existió en una región cercana muy conocida un maestro común y corriente que se creía no sólo chistoso con sus discípulos, sino que también se las daba de admirador de la belleza donde quiera se encontrara y lógicamente hablador del amor, tema divino, causa de la dicha de existir.


Y tal como les comentaba el otro día, han quedado cosas curiosas sobre él como la anécdota de que una vez se le acercó una chica juiciosa con sus libros y un organizado fajo de papeles y le dijo:
--Vengo, maestro, a que me revise.
––Él se puso entonces las gafas, abrió ampliamente los ojos y la miró de arriba abajo, haciéndose el alarmado y a la vez el provocado, y le respondió:
––Chica, por favor, no seas tan lanzada. ––A lo cual, ella, brava como lo eran las mujeres de esa tierra, con toda razón le reclamó:
--A ver, maestro, póngase serio.
–– ¡Ah, ya entiendo, jovencita! ––El maestro se disculpó–– Es que como no te explicaste bien desde el principio. Lo que quieres es que te revise los trabajos de los últimos días. Sin embargo, ––continuó diciéndole mientras la detallaba con respeto–– veo que eres una chica espléndida y responsable. Pasas la primera revisión. ––Y continuó:
––¿Apellido?
––Plata.
––¡Definitivamente vales en oro lo que pesas! ¡Lástima que no seas más gorda! ––Puso más cara de brava. El maestro  siguió interrogando:
––¿Taller de verbos?
––¡Sí!
––¿Ejercicio de análisis de lecturas?
––¡Sí!
Y aquí el maestro se detuvo y se quedó mirando al techo suspirando. Ante lo cual la discípula le preguntó porqué esa cara de bobo satisfecho. Y él mirándola la dijo una de las frases que más él repetía por ahí:
––¡Es que a mí me encanta que las mujeres me digan que sí!
––¡Bueno, Maestro, ––concluyó finalmente la chica–– Hay que tenerle a usted mucha paciencia. Y él asintió con la cabeza, no sin antes decirle:
––¡Que todo sea por AMOR AL ESTUDIO!
Fue cuando otra chica del grupo al escuchar la palabra "amor" le pareció fácil cambiar el tema y pedirle al maestro que les platicara sobre cómo habían sido sus amores y noviazgos en el pasado. Sin hacerse de rogar empezó a comentarles:
––En nuestra época ––un poco más acá de la prehistoria–– la mayoría de los novios adolescentes experimentábamos las más gozosas sensaciones de la vida por la bendita culpa del amor. No a expensas de las caricias excesivas que intercambiábamos por ahí en los rincones oscuros o por el ejercicio táctil exagerado que hacíamos con ellas por allá en los potreros, sino más bien porque éramos víctimas felices de las estupendas reacciones químicas de nuestros corazones, un tanto cándidos y fáciles de halagar con sonrisas azucaradas, miradas hipnóticas y con tal o cual mimo breve y en gracia de Dios. Todo parecía limitarse a disfrutar emociones celestiales, a vibrar de arriba abajo por el solo hecho de estar lindos uno frente al otro, empalmando huellas digitales, juntando castamente los labios, concibiendo planes, forjando ilusiones mutuas o proyectos felices en presente y en futuro.
––¿Cree, maestro, que han cambiado para mal los noviazgos de hoy día? –– Le preguntó de nuevo la chica.
––Creo que sí, por cuanto, hoy día, ––tal vez por las costumbres sociales tan liberadas, por los medios de información que ensalzan el erotismo y la sensualidad––, muchos jóvenes supuestamente enamorados y algo mundanales hasta se burlan de aquellos noviazgos para ellos ridículos y anticuados. Optan más bien por añadirle a los suyos una cuota mayor de manoseo y exploración propios de parejas ya versadas en las artes amatorias. Y de ahí a agregarle el factor sexo a su relación hay un pequeño paso.
Aquí el maestro se quedó pensando en las parejas de colegiales que él había conocido durante sus años de trabajo. Y se maravillaba de que muchas de ellas, las que más se engolosinaban con los besuqueos y las meloserías, no habían ni terminado su ciclo básico de estudios, los frutos de su efervescencia fecunda ya estaban volantones, y ellas, tiernas todavía, vivían solas o cambiando de parejas; y aquellos novios en el pasado tan devotos que se sentaban justo frente al colegio en las graderías de la cancha a charlar y a ser zalameros con sus chicas,  no se dejaban después atrapar en ninguna parte y por supuesto no les daban ni para la leche de los críos.
––Maestro, ––lo rescataba de sus pensamientos otra joven que estaba a la escucha–– ¿todavía cree que se puede sostener un noviazgo sin incluir el factor sexo al que se refiere?
––Los observadores de este fenómeno creen que no sólo es recomendable sino también posible mantener noviazgos juveniles vacunados contra las practicas sexuales sin sacrificar el ser felices, gozar y desarrollarse como personas. Y de hecho hay jóvenes  simpatizantes de la castidad, como un estilo de vida responsable y apropiado para alcanzar sus proyectos, sin involucrarse en traer chicos al mundo antes de tiempo y en circunstancias desventajosas.
––Me consta  ––comentó la interlocutora–– que esa virtud de la virginidad es muy rara hoy dia en nosotras las mujeres. Como nota curiosa al respecto, supe por Internet que a esta famosa actriz Selena Gómez, a sus 16 años, expresó en público su firme decisión de no tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Claro que fue antes de conocer a su Justin Bieber. Para ese entonces se puso su anillo de castidad como símbolo de su compromiso de virginidad prematrimonial. Últimamente, a sus 18 años, apareció de la mano con su joven amor, pero sin el anillo de pureza. ¿Será que se le cayó o que se le embolató la virginidad con las caricias del intenso Bieber?
––Él parece ser el que no se resiste a los encantos corporales de su novia ––concluyó diciendo el maestro––. Sin embargo, muchos jóvenes hoy día tienen la suficiente personalidad para distinguir y separar relación de noviazgo y relación sexual. Sus principios  morales y creencias maduras les permiten establecer límites y pautas a los actos de su vida. Saben que el noviazgo, a diferencia del matrimonio, no es entrega total. Y que no está pasado de moda, no es obsoleto, ni es un oso, llegar de novios puritos al altar. ¿Qué opinas? ¿Muy trabajoso?
––¡Lo veo exigente y complicado! Pero posible.––replicó la chica con una bellísima sonrisa virginal.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Gran éxito del OBSERVADOR 13

Fue muy bien recibido y con buenos comentarios la última edición de la principal publicación de INTERLEBPRENSA

¡GRACIAS ENTONCES, AMIGOS, POR SU ACEPTACIÓN E INTERÉS 

domingo, 21 de agosto de 2011

EL GURÚ CHANCERO DEL AMOR

Por Lebb, editorial del OBSERVADOR TRECE

El amor continúa siendo la energía fundamental de la persona, sin la cual, su vida carecería de sentido válido, de atractivo, de productividad y sobre todo de verdaderos placeres.

Cuenta una chancera y tal vez imaginaria leyenda que una vez existió en una región desconocida un hombre muy dedicado la mayor parte del tiempo a la teoría del amor, y en menor tiempo también a la práctica. Todos, en especial las mujeres, –por eso tenía tantos envidiosos– acudían a él para consultarle sobre ese asunto tan apasionante como trascendente para la vida, sin el cual, según su misma opinión, la existencia de las personas podría padecer de grave falta de sentido, de atractivo, de productividad y sobre todo de verdaderos placeres.
Y de hecho, venían a visitarlo personas ansiosas de llenar vacíos existenciales, hombre y mujeres que bien podrían tener bienes de otra naturaleza, pero que, sin embargo, adolecían de la presencia del amor verdadero en la profundidad de sus corazones. O que amando mucho recibían poco o no recibían nada en correspondencia; o recibían, para deshonra y furia, solamente ingratitudes o, lo que es peor, cachos. Iban, pues, en busca de su palabra, y no de quereme, de sortilegios o de rezos; porque, a decir verdad, la palabra acertada y a tiempo del sabio es más poderosa que cualquier polvillo mágico de la bruja Celestina o de cualquier otra.
Pronto fue conocido, en la comarca, no se sabe si en son de broma o tal vez en serio, como el gurú alegre del amor. Y, de hecho, bien pudo haber sido las dos cosas, porque –tal como lo explicaba en sus charlas– el amor es un vocablo de mil y más sinónimos que no es capaz de registrarlos diccionario alguno. A veces es chanza. A veces, mandamiento. A veces, exigencia. Otras, licencia. A veces, es piropo azucarado directo al corazón. O, por el contrario, es mirada elocuente directa a los ojos. A veces se declara con sonrisas bellísimas escapadas del alma, allí en el quicio de una puerta o desde la reja de una ventana. Otras veces, habla demasiado. O lo opuesto: se calla. La mayoría de las veces se materializa y se hace feliz y efectivo a través de las obras, los gestos, las ofrendas...
Pero mejor volvamos a la leyenda del gurú chancero del amor, del cual quedaron anécdotas interesantes que trataremos de contar y de aprovechar. Como, por ejemplo, aquella según la cual en cierta ocasión una mujer joven, muy agraciada y digna obviamente de ser amada, se presentó a compartir con él las furtivas penas de amar sin ser igualmente amada. Una vez en su presencia el maestro se le quedó mirando y ––como era muy enamorado, no podría ser de otra forma, al fin y al cabo era el gurú del amor–– le dijo:
––Aguarda un momento y me pongo las gafas"
Ella le preguntó que para qué necesitaba las gafas. A lo cual respondió en seguida:
––!Ah, mujer linda, pues para VERTE MEJOR"
Y listo ya con las gafas se le quedó mirando alarmado y luego prorrumpió gozoso:
––Oh, mujer, ahora sí veo claro: Eres excepcionalmente divina.
El rostro de la chica entonces se iluminó con una de sus más fascinantes sonrisas. Y de allí arrancó toda una disertación sobre las cualidades de la consultora, las maravillas de su personalidad hecha para amar y sobre los augurios felices que la vida le tenía reservados tan pronto tocara a su puerta el amor auténtico de un príncipe que seguramente vendría en camino. (De pronto en un Mercedes Benz).
En otra ocasión, en una de sus breves conferencias bromistas sobre la importancia de mantener encendida la lumbre de los sueños en la vida, les contaba a sus discípulos que había tenido precisamente la noche anterior un hermoso sueño:
––Soñé que estaba en el paraíso, –les dijo– bajo una luz destellante y al ritmo de una música tan preciosa como imposible en esta tierra. Lógicamente estaba rodeado de ángeles. Uno de ellos, con la mejor sonrisa que he disfrutado en mi vida, al igual que su mirada celestial––, era, nadie menos que mi dulce y bella secretaria. Lo único aburrido y aguafiestas fue que en ese momento lamentablemente me desperté.
Al salir del recinto, junto a la puerta, juiciosa, sentada en su pupitre, descubrió a una chica que había estado pendiente de su presencia y de sus palabras y fue cuando el gurú del amor, le preguntó:
––Yo te conozco de antes. ¿Cierto? Estoy seguro.
Y ella, medio seria y con los ojos fijos en él le respondió que no era posible.
––¡Ah, ya recuerdo, –contestó el maestro– te conocí en mi sueño: Tú eras mi secretaria.
El amor entonces se hizo en ella sonrisa. Sonrisa intensa y especial como ningún gurú del amor o de cualquier otra materia haya visto en este mundo. Este es precisamente, como él lo explicaba, otro sinónimo del amor por la vida que tanta falta hace en las relaciones interpersonales para que los engranajes laborales funcionen mejor y los miembros de las comunidades se sientan más entusiasmados y a gusto.
En otra ocasión, revisando las calificaciones de sus estudiantes, otra chica se le acercó y le preguntó:
––Maestro, ¿qué le debo? Y él, hurgando su bolsa, haciendose el muy buscador, sacó la respectiva carpeta de notas e hizo que miraba concienzudamente entre líneas, mientras iba diciendo:
––Esto no, esto no, esto tampoco. Esto menos...Ah, ya sé...
Se detuvo y la miró fijamente a los ojos como si estuviera enamorado ––eso es deducible, al fin y al cabo era el gurú del amor–– y le respondió:
––Solamente me debes el corazón.
La chica sonrió brevemente y a la vez le replicó:
––Se lo quedaré debiendo para siempre.
A lo cual el gurú chancero del amor respondió, aparentando cara de lamento y despecho:
––He ahí el gran problema de mi vida. La ausencia de tu corazón en el mío.
Pasó a comentarle entonces que jamás el corazón debería estar vacío de amor y ocioso de practicarlo. Un ser humano perezoso de amar y solo a la espera de que lo amen gratis es terreno abonado y fértil para las amarguras, las decepciones y para la atrofia de todas sus grandes capacidades y valores.
Agregó que llenar de amor en esta vida a tantos seres vacíos de afecto, llenos de necesidades y ansiosos de aceptación, es todo un excelente proyecto de vida.
Terminaba diciendo a sus discípulos, tan capaces de dar y compartir, que nadie, ni por chanza, debería decirle hoy a la sociedad, presa de males y hartos desamores, esa frase tan odiosa:
"Le quedaré debiendo mi corazón para siempre".

miércoles, 13 de julio de 2011

¡MADRE, NO HAY SINO UNA!

Por Lebb

Cuenta uno de los folclóricos humoristas que una vez una buena maestra de una escuela, precisamente en mayo, les asignó a los estudiantes la tarea de redactar una composición tierna, linda y simpática que rematara con la consabida frase: "Madre no hay sino una", frase que siempre ha puesto de relieve la importancia y el valor excepcional de las madres, así como el necesario sentimiento de gratitud, aprecio y honra singulares hacia ellas.

Al dia siguiente, entonces, en la clase de Castellano, a la solicitud de la maestra, uno de los estudiantes más juiciosos y aplicados, frente a sus atentos compañeros, declamó lo siguiente:

"Tengo una madre bella

que me quiere y ayuda,

que se muere y desvela

por verme lleno y feliz

como nadie lo hace

en el mundo por mí;

es conmigo tan única

que puedo decir con premura

que Madre no hay sino una!

La profesora muy complacida aplaudió al niño junto con los demás compañeros y lo felicitó por contar con una madre ideal.

En seguida, otro chico, ante la petición de la maestra, tomó la palabra y dijo:

Eres sol que ilumina mis caminos,

el mar donde mi alma desemboca,

el ser en quien se apoya mi vida...

Cuando el mundo me interroga

Si hay dos seres grandes como tú,

Respondo con voz trémula de una:

¡No, Madre no hay sino una!

Los niños y la maestra con ellos, muy emocionados, aplaudieron la composición. Y, al igual que al primero, le puso cinco en la planilla de los indicadores de desempeño y lo felicitó repetidamente por alabar a una madre tan sublime.

Finalmente, le correspondió el turno a uno de los chicos más intranquilos del salón, firmante asiduo del Observador disciplinario, quien, puesto en pie, aferrado a su cuaderno, empezó a leer su composición:

"El otro día en mi casa de invasión

mi madre alegre con dos amigotas

celebraba ruidosa y con palabrotas

de las madres la especial celebración.

Entonces, ya bastante alegrona,

para honrar a las compañeras,

protestó con rejo y gruñona

que urgente fuera al congelador

por una ronda de cervezas...

Fue cuando, al abrir la puerta,

me quedé allí sufrido y yerto,

Entonces grité con amargura,

angustia infinita y con apuro:

!Ay, Madre, no hay sino una!

Mientras sus compañeros reían fuerte aplaudiendo mucho, la maestra, por su parte, sin hacerle reparos o correcciones, también marcaba un "chulito" en la planilla de calificaciones, signo de que el niño había cumplido la tarea, así hubiera puesto una coma de puntuación después de "madre", trastornando bastante la sintaxis de la última línea. Pero no se le pasó por la cabeza felicitarlo como a los otros dos por tener también una madre tan humana y tan real como el mundo donde él había nacido y estaba viviendo.

Era claro también que el chico inteligente entendía bien la importancia de resaltar la existencia excepcional de las madres mediante ese verso trillado "madre no hay sido una", sólo que a él le había tocado precisamente una gustosa de la cerveza y de otras tentaciones mundanales. No era por lo visto una mujer de amores poéticos, con credenciales celestiales. La maestra lo entendería después, cuando en su alcoba, en el colchón, reconocería que las madres en su mayoría son mujeres con cualidades naturales y con defectos sobresalientes, pero que cumplen con sacrificio su papel en la crianza y en la formación de su prole, tal como inclusive lo hizo la de ella, cuya tumba visitaba seguido.

Al día siguiente, entonces, felicitó al muchacho por su creatividad y por tener una madre especial, alegre y, sobre todo, de genio enérgico.

domingo, 5 de junio de 2011

HUMOR

Cómo se dice disparo en Árabe?
Ay-Ba-la-Bala.

* ¿Cómo se dice adivino en Japonés? Kómo sabe.

* ¿Cómo se dice bésame, en Árabe?
Mójame lajeta.

* ¿Cómo se dice café amargo en Japonés?
Takara lazúcar

* ¿Cuál es el colmo de un pollito?
Tener plumas y no poder escribir.

* ¿Por qué creen que las mujeres mueven la cabeza cuando piensan?
Para que las dos neuronas que tienen hagan contacto.

* ¿Qué le dijo el café al azúcar?
Sin ti mi vida es amarga.

* ¿Qué le compraste a tu mujer en estas fiestas?
Una cadena espectacular, ¿y tú?
No, yo todavía la puedo dejar suelta.

*¿Cómo se dice huérfano en chino?
Chinchupale y chinchumale
.

El difícil arte de “manejar” el verbo “manejar”

Por Lebb

Aunque es rico saber que en nuestro idioma disponemos de inagotables expresiones con las cuales podemos manifestar de infinitas formas cualquier pensamiento, en ocasiones caemos en la repetición y en la monotonía semántica. He aquí un buen ejemplo de eso.

A quienes se dejan “manejar” por este verbo manipulador dedico con amor gramatical estas líneas a ver si se liberan un poco de él y son más felices con tantos otros términos que bien pueden expresar mejor sus intenciones. Pueden optar por la sinonimia o simplemente por citar las actividades por su verdadero nombre; de tal modo que si quieren referirse a “manejar” el martillo, digan más bien “martillar”; o “manejar” el taladro, digan ´”taladrar”. Prefieran “esgrimir la espada”, es vez de la forma trillada “manejar la espada”. Al hijo podemos sugerirle que “administre” mejor su tiempo, en lugar del prosaico “Maneje mejor el tiempo”. Y así como el marinero hábil “gobierna” el barco, en vez del simple “maneja” el barco, damos paso a la mayor precisión del hecho y una mejor descripción del evento. Al incorporar en el habla o en el escrito, la rica y precisa variedad del diccionario estaremos “dominando” (no sólo manejando) el arte de la comunicación.

No faltará algún lector indomable que me revire diciendo que no se va a dejar “manipular” (no digo manejar) por mis palabras. Líbreme Dios de pensar siquiera en eso de “esclavizar”, (no digo manejar),– las mentes ajenas. Yo sólo quiero que ni el gato afirme que “maneja” muy bien su maullido. Ojalá diga que “maúlla” muy bonito. Y el perro grite que “ladra” como nadie, en vez del soso: “Yo manejo el ladrido”. Y si el guepardo está escuchando también podrá pregonar que no existe un félido como él capaz de desplazarse a velocidades impresionantes, en lugar de anunciar con simpleza que “maneja” mejor la velocidad.

Tratemos de esquivar la repetición de este verbo, incluso cuando queramos revelarle al mundo que ya podemos “manejar” el carro., digamos más bien con orgullo que ya sabemos “conducir” nuestro Mercedes Benz. Este verbo, como algunas mujeres insoportables, pretende “mangonear” (no use manejar) a los hablantes exigiéndoles que se “manejen” bien, en lugar de que “se comporten a la altura”. Querrá que sigamos pobres en el “uso” (no utilice manejo) del verbo, inactivos en el “liderazgo” (no diga más manejo) de los grupos. Y ya para finalizar este “tejemaneje” del verbo, pidamos a quienes “disponen” del poder, (no a los que manejan el poder de la palabra) que ayuden a fomentar la aplicación de la sinonimia y de la diversidad creadora. Que así como el computador “procesa” (no maneja”) infinidad de datos, así también nuestro cerebro y nuestro espíritu también “elaboren” (no manejen) otras fórmulas ingeniosas, con las cuales podamos sazonar la convivencia, podamos enriquecernos y gestionar (no “manejar”) decididamente nuestros destinos.

jueves, 2 de junio de 2011

¡Bienvenido OBSERVADOR doce


La próxima semana entra en circulación el OBSERVADOR en su edición doce

*El trajín diario de quienes circulan por las terribles y mal llamadas carreteras de Girón hacia sus veredas más importantes.

*La excepcional importancia de las autoras de nuestros días.

*El peligro de amar a ciegas, sin valorar debidamente a la persona idealizada

*El humorismo eterno de un padre único.

*El horóscopo celta tiene tu arbolito.

*Notas curiosas.

*Muchos otros temas valiosos.

lunes, 18 de abril de 2011

LOS 20 MOSCOS Y PREPARANDO SU DESGRACIA

Hacendosas llamaban las abuelas a las personas que se acomedían a la prestación de servicios varios en la casa. Eso y más eran los miembros de la generación de nuestro padre, como factor común, aunque también como ahora existían muchas excepciones; pero no se refería el término tanto a los menesteres mujeriles como trapear, barrer, restregar ollas y platos. Esos trajines no eran concebidos aptos para el consumo masculino de energías. Pero sí otros menesteres hogareños como pintar paredes y enseres, ajustar puertas; o apersonarse de ministerios artesanales como componer un perol averiado, una porcelana desportillada, un techo caído o una canal con gotera tal como lo quiso hacer Marbolleán, –así firmaba sus escritos domésticos– una mañana con poca suerte, o mejor, con poco equilibrio, porque no más cuando se aprestaba a revisar de cerca el cuerpo del delito, se vino escalera abajo, tal vez por omitir las normas básicas de mirar bien donde se pisa.
Lógicamente estallaron las alarmas en la casa, el asombro y la angustia por parte de nosotros. Nuestra madre, mujer de gran control emocional, un poco menos dramática, acudió presto en su ayuda con la diligencia visible que calificaba a las mujeres de su generación también. En contraste con nosotros que no pasamos del simple mantener la boca asombrada y los músculos completos inmóviles, característica casi exclusiva de las estatuas. (De ahí que muchas madres acuñaron la expresión para los hijos que no se acomedían a nada: "No se queden ahí como estatuas. Hagan algo").
Ella lo levantó y se lo llevó con ayuda de vecinos solidarios a la sala de emergencias del consultorio del doctor Lozano. Urgía que le revisaran toda su mumanidad, después de semejante suelazo, sobre todo una oreja por donde parecía brotar sangre aterradora.
Siguieron minutos largos transformados luegos en horas de suspenso y de espera ansiosa, hasta que por fin nuestra madre cruzó el umbral de la casa con los primeros informes médicos. Uno de nosotros, preocupado por la suerte del accidentado se apresuró a preguntarle a tan inolvidable y buena samaritana –fue una pregunta que hizo célebre entre nosotros a ese muchachito de entonces–. Y la pregunta fue: "Y ¿qué le dijo Lojano?" Vino la natural corrección de los otros que como siempre creían saber más y mejor el idioma que Cervantes: ¡Mira, chinito, no se dice LOJANO!
Pero en esas, sin haber llegado la respuesta, apareció nuestro padre con una venda exagerada a la altura de la oreja derecha si mal no recuerdo que no le impedía presentarnos una sonrisa socarrona de oreja mala a oreja buena. "¿Quieren saber –preguntó– que me hizo el doctor?"
Todos movimos de arriba abajo la cabeza y él entonces nos propinó una especie de cocotero verbal, –o sea coscorrón verbal– diciéndonos: "Me sacó veinte moscas de la oreja"
Quien había preguntado de nosotros se quedó como el estudiante que jamás estudió las figuras literarias ni esas cosas del lenguaje figurado, se quedó pasmado. Sí, literalmente pasmado: "¿Cómo así? ¿Le sacó veinte moscas de la oreja? Y ¿cómo lo hizo", Se atrevió a salir del pasmo porque ese dato entrañaba un misterio científico, profundo y desafiante.
Y otra vez los sabihondos semánticos lo estrujaron –o ¿lo estrujamos?– con nuestras rudas correcciones idiomáticas. "¡No seas tonto –creo que le dijimos– no se refiere a las moscas del comedor!"
Creo que este hermano, un poco más arriba mío, a estas alturas de la vida tampoco recuerda que nuestro padre, tomando del pelo, quería darnos a entender que el médico, por hacerle una simple curación, le había pelado veinte valiosos pesos que a la fecha representaban de pronto medio salario mínimo o cuanto él se ganaba durante toda una jornada de sudores. Pero ese era nuestro padre. Era como él mismo lo reconocía con humor: "Mamoncito, Mamoncito".
Luego, por la noche, –nosotros sentados a su alrededor y él, en el centro, sin demostrar congoja por la caída,– nos contaría la historia de un tal Valentín, el cual, una mañana de fiesta, tras una recia alborada de morteros y voladores, se dedicó a inspeccionar los alrededores de la finca:
"Más tarde –narraba nuestro padre– lo veríamos sospechoso, saliendo y entrando de la cocina, sin razones aparentes, como si estuviera tramando algún tipo de conspiración o estrategia de espionaje. Iba luego hasta una mata de plátano, donde rápidamente se camuflaba entre sus hojas. Pero, así son las cosas cuando están para suceder. Insisto en que uno no debe ser 'impávído' , es decir, no callarse y guardarse las 'vainas'. Uno debe ser comunicativo"
(Insistía en ese punto y nuestra madre lo secundaba, porque sabía que cuando los hijos hacen las cosas a escondidas –sin contarle a nadie e incluso sin cómplices– corren el riesgo de meter las patas. (Eso exactamente decía: meter las 'patas' o meter las 'quimbas', apuntaba en otras ocasiones empleando un sinónimo, algo así como meter las patas con todo y zapatos.)
"Pero también andábamos muy entretenidos nosotros –remataba la historia nuestro padre– también "impávidos" porque a nadie se le ocurrió parar al pequeño sospechoso para interrogarlo sobre sus entradas y salidas".
Hasta que por fin, el asunto misterioso literalmente reventó: Allá, en el fondo detrás de la mencionada mata de plátano, se escuchó una soberbia explosión. Y, tras ella, en medio del humo y del chispero que generó el colosal estropicio, apareció tiznado y doliente el malaventurado valentín con un pedazo de veladora en la mano.
Fue cuando la tía Josefa, cuando todos todavía estaban pasmados por el estruendo, comentó con su voz grave, lenta, mamona y detectivesca:
"Yo sí veía que Valentín entraba y salía. Pues qué iba a ser: Estaba preparando su desgracia"


LA ABSOLUCIÓN DEL AMERICANO

Editorial del OBSERVADOR ONCE

Muy convencido de que la presencia y la virtud de un estadounidense genuino me servirían de afrodisíaco para que mis estudiantes aumentaran su apetito por el aprendizaje del inglés, conquisté a uno de esos monos del Norte para que con esa misión viajara conmigo hasta la vereda en la cual se hallaba ubicado el colegio donde laboraba hace ya muchos años, en un lugar remoto del mundo, "de cuyo nombre no quiero acordarme".

La mañana escogida para la experiencia–, el ilustre importado soñó con acomodarse en la silla esponjosa de un campero elegante de mi propiedad, (suponía que yo había superado ya el subdesarrollo, gracias precisamente a la educación), pero como no era así y apenas tenía para pagarle el mero puesto en un bus pequeño, ruidoso, saltón, tuvo entonces que resignarse a hacer el viaje acosado, en un puesto duro, incluso con las rodillas aprisionadas contra el espaldar del pasajero de adelante que tampoco estuvo a gusto con las zancas punzantes del gringo.

El sufrido bus, como lo hacía habitualmente debía abrirse paso hasta el colegio por una trocha pedregosa, plagada de escombros, basuras y cráteres lunares. Y, era entonces cuando el Americano, al brusco son de los baches y al cruel compás de los vaivenes, cada que los amortiguadores gruñían, brincaba hasta el techo o se balanceaba hacia los lados. Yo, inquieto y asustado, lo detallaba no fuera de repente a salir despedido del vehículo. (¡Imagínense, no le había sacado Seguro!). Fue entonces cuando me lanzó el primer comentario, casi como un grito de angustia y socorro: "Hey, First, We've to fix this!" ("¡Primero debemos arreglar esto!") A lo cual, medio entendiendo, le contesté: "Yeah, Yeah! Tomorrow We'll do it!" (Que quiere decir, ¡yes, yes, mañana lo haremos!).

Pero quedaron resonando las palabras del norteamericano en mi cerebro como maracas, pues para él –como lo entendí después– era inconcebible que la ruta hacia un centro de estudio y cultura, presentara un estado tan salvaje y primitivo, no sólo a causa de un liderazgo defectuoso de los políticos del momento, sino también porque los actores principales de la región ––entre ellos naturalmente nosotros–– no estábamos desplegando suficiente actividad en ese aspecto. No era admisible para él, agente de desarrollo y cambio, que la educación de ciudadanos con valores totales no se tradujera, gracias a su gestión y protagonismo, en obras materiales de mejoramiento y bienestar con respecto a los entornos donde ellos existían y se movían.

En la parte de atrás, mientras seguíamos nuestro viaje tan sísmico y con vallenato estridente en los parlantes del bus, los estudiantes viajeros como nosotros reían a gran volumen y charlaban con entusiasmo, completamente acostumbrados al mal estado de la vía y ajenos obviamente a la problemática de las piedras, del polvo y de los huecos tenaces. Los demás pasajeros ya teníamos también los riñones bien entrenados y las narices con filtro. Después comprendería –soy de reacciones mentales demoradas– cómo existen pueblos cuya democracia es frágil y de pésima memoria, que aceptan mansos y mensos la miseria administrativa y la inoperancia escandalosa de los jefes que ellos mismos han escogido. (El colmo masoquista es que los reeligen hasta por cinco veces o más.)

Pero el cuento hasta ahora empieza. Cuando ya estábamos próximos al colegio, en los últimos treinta metros, unas depresiones abismales, hicieron que el bus al estilo mátrix detuviera el tiempo. Lo detuvo tanto que alcancé a meditar que si los conocimientos y las competencias adquiridas no ayudan a mejorar las condiciones de vida transformando la realidad, si no sirven de estímulo y aun de herramientas para resolver los problemas de malestar y de baja calidad de las circunstancias, merecen ser perentoriamente replanteados.

Pero adelantemos bastante la historia: Cuando el norteamericano tuvo ganas de refrescarse y de hacer una sencilla necesidad del cuerpo, (después de conversar animadamente con los estudiantes sobre la maravillosa importancia de hablar Inglés en este mundo globalizado, para conocer culturas, intercambiar experiencias, viajar y ser ciudadanos prestantes del mundo, etc., etc.), se quedó frenado, frente a las puertas del baño, ante los tubos sin grifos y sin agua, tratando de no respirar siquiera... ni de hablar tampoco.

Después, anduvo por los corredores sembrados de papelitos y restos multicolores... Y tampoco dijo nada. Desmenuzó con los dedos la tierra reseca de una jardinera vacía y luego llegó hasta la cancha donde unos chicos jugueteaban con una garra que alguna vez en otra reencarnación había sido balón. Pero tampoco dijo nada.

Yo me creí en la necesidad de hacer algo. Entonces, antes de que siguiera observando y se le ocurriera alguna sugerencia ingrata contra nuestro glorioso colegio, poseedor también de muchas virtudes, me adelanté a comentarle, señalando las nubes negras con ademanes de experto en el clima, que iba a llover muy pronto: "it's going to rain very soon. Isn't it?!" (Le dije en mi modesto inglés)

Al punto y con cierta picardía en sus ojos azules, el visitante me replicó: "It's better, because there is no water in the bathrooms" ("¡Es mejor que llueva, porque no hay agua en los baños!) ("Besides it's very good for all the plants you're growing here" (Además es muy bueno para todas las plantas que cultivan aquí")

Sonreí seriamente mientras iba desgranando en mi conciencia los pecados de obra y omisión cometidos como docente, especialmente por no ser impulsor de cambio. Luego, de manera inconsciente, como en la Misa, me llevé la mano derecha al lado izquierdo, justo sobre mi apenado corazón, y musité piadosamente: "¡Mea culpa, mea culpa!"

El mono que sabía también Latín y tenía buen oído, rió en inglés y comentó jocosamente en Castellano:

"Tus pecados están perdonados. Pero no vuelvas a pecar...

Y agregó: La Educación debe ser considerada como una gracia y como un poder. No como vana teoría de números o letras inaplicables; debe generar resultados: arreglar espacios, componer la vida de las personas, impedir la existencia de esquemas que las martiricen o empobrezcan. Incluso, fomentar ámbitos estimulantes de creatividad y producción"

No consideré erradas estas ideas del gringo para quien educar era similar a evangelizar. No tomé como sátira ni mala educación el que hubiera aludido con humor y precisión a los efectos de una educación que sólo se limite a buscar la potencia de la teoría, el almacenamiento de ideas o el solo trámite de sentimientos infecundos al margen de los problemas reales del medio. No nos estaba pidiendo que necesariamente dejáramos las aulas para empuñar los picos y las palas y nos pusiéramos a construir un acueducto, o nos pusiéramos con carretillas a tapar los huecos endiablados de la carretera. Seguramente estaba pensando en una educación que suscitara en los estudiantes un vigoroso espíritu productivo, de liderazgo, actuante, no indiferente a la problemática del entorno.

Pero tampoco me parecieron descorteses las insinuaciones realistas del americano sobre nuestra condición institucional en ese entonces, porque es necesario, como el ciego de nacimiento, empezar a reconocer con realismo los defectos y las fallas.

Al final, tras sostener una charla larga al respecto y, cuando ya estábamos convencidos de que habíamos arreglado el universo, abordamos el bus para reiniciar la aventura del retorno.