En esta ocasión el pensionado se remontó a varios recuerdos enriquecedores, entre ellos, (uno en la finca de El Edén), escuchando de su padre el relato del joven campesino y su pacto con el diablo)
Y otro, más adelante en el tiempo, cuando asiste a sus primeras intenciones de llegar al altar... como cura, en el naciente seminario redentorista de La Mata, ahora, san Alfonso, en Piedecuesta
13. LA FRUSTACIÓN DE LOS CARBONES
Y LOS PRIMEROS ANTOJOS VOCACIONALES
Desde allá, —como escribíamos antes—, desde la finca del Edén, en el Gramalote antiguo, el pensionado, la madre y sus hermanos, comenzaron a deleitarse con los dones narrativos del jefe de la familia, don Marcos, bien en torno a la mesa, listos a saborear un chocolate espeso, con pan y queso manufacturados en casa, a la luz palpitante de una lámpara de aceite; o bien, afuera, en uno de los corredores de la finca, expuestos al amor fresco del atardecer.
Era entonces el momento afortunado para que los ex comensales, a fin de burlar el aburrimiento y no irse prematuramente a la dureza de las esteras, dieran vuelo a la costumbre de conversar según sus antojos, de poner atención a las historias o de buscarle incluso juego e ingenio a las sombras y a las siluetas temblorosas proyectadas por las velas en los muros. Gustoso momento hogareño para gastar bromas y pasarla bonito en buena compañía. Fue desde allá entonces, por ausencia de luz eléctrica, de radio o televisión y de otras distracciones modernas, que el pensionado empezó jocosamente a capitalizar la sección humorística de sus memorias.
Recién comenzaba a hablar, todos le lanzaban una mirada de distinción como a patriarca de la narrativa, de memoria sorprendente y estilo jovial, que se carcajeaba con ganas hasta de sus propios chistes.
"Entonces aquella noche –comenzó diciendo el cuentero– en un monte muy retirado de aquí, bajo el medio resplandor de la luna, se le apareció a un joven llamado Juan el mismo diablo, tal como lo describe la imaginación popular, como un ser alto, de facciones aterradoras, huesudo, de piel bronceada, y con el par de alas deshechas de ángel caído.
"El
chico que se jactaba de no tenerle miedo a nada ni a nadie, —incluso exigía que lo llamaran como al héroe del oeste, Juan Sin Miedo— había criado fama de perezoso para todo, y de negado —según el boletín de la escuela— para el estudio. Sin embargo, se había empecinado en ir
hasta ese lugar, (eso sí no le daba pereza) a invocar al diablo, noche
tras noche, con insistencia y devoción, dizque para proponerle al jefe del
averno un negocio, o —como lo llaman con propiedad—, para hacer un pacto con él, a fin de obtener tres deseos
instantáneos por el precio de su alma: oro en abundancia, poder y placer
de por vida.
"Las lenguas inventonas de la comarca lo habían convencido de que en ese monte aterrador, no sólo habitaban almas en pena y espíritus errantes, sino que también hacía presencia allí el mismísimo demonio, siempre y cuando alguien lo invocara con obstinación, hacia las doce de la noche. Y en esta media noche del cuento, por fin, ocurrió el 'milagro' satánico, gracias a los ruegos porfiados del tal Juan Sin miedo: Se le presentó pues, de la nada el diablo, en medio de estrepitosas llamaradas que despedían un terrible olor a azufre.
"Una vez al frente suyo, esa figura bronceada y flacuchenta le preguntó con voz cavernosa:
"¿Me quieres, muchacho? Y él, aunque estaba asustado, lo disimuló—y, aguantándose las ganas de salir despavorido, le contestó:
"¡Claro que sí"
"¿Para qué me quieres? —Preguntó de nuevo el diablo.
"¡Quiero tener mucho oro, placer y ser poderoso en este mundo!"
"¡Ah, conque esas tenemos, jovencito! —Continuó diciéndole el diablo, con ironía y prepotencia— ¿
Para eso no más me quieres y estabas buscándome? Es eso todo lo que quieres tener y ser en tu vida? ¿Riqueza, placer y poder?" —Y sin esperar réplica, empezó a dar vueltas en torno suyo, mirándolo de arriba abajo, convenciéndose a si mismo: "¡Este chico es un buen candidato para rostizar en las llamas eternas!"
"Fue entonces cuando, —tras hacerle prometer fidelidad a su nombre y vida eterna con él—, le mandó que cerrara los ojos unos instantes. Luego, recibió la orden de abrirlos. Fue cuando ambos se encontraron ante una enorme montaña de infinitos carbones tan negros como jamás se habían visto en la tierra. El muchacho por lógica natural se sintió bastante desilusionado, porque lo que estaba esperando era otra cosa."
"Pero se abstuvo de reclamarle o de mostrarle su desilusión, porque bien sabía que estaba tratando con un ser poderoso con fama de malas pulgas. Optó entonces por bajar la vista resignado, hacia los carbones cercanos a sus pies aguardando la explicación del diablo o su siguiente jugada".
Pero el diablo nunca es claro en sus intenciones. Menos en esa ocasión. Simplemente le exigió que se arrodillara a recoger todos los carbones que bien quisiera y los guardara en los bolsillos del pantalón. Con la pereza que lo caracterizaba, con el asco que le era propio, con el mal genio que había nacido con él, recogió murmurando poco menos de tres carbones diminutos. Volviéndose al demonio se atrevió a comentarle en tono de desencanto, que definitivamente no había nacido para ser carbonero.
"El diablo no le contestó nada, no lo regañó, ni lo motivó a recoger más carbones: pero, —para sus adentros—, se dijo que esa actitud estúpida del chico era genial para un futuro habitante de sus infiernos. Acto seguido, le ordenó nuevamente que cerrara los ojos y esperara un rato antes de abrirlos otra vez. Pasado un buen rato, al abrirlos, contempló el paisaje nocturno como si nada hubiera pasado. La media luna brillante, seguía campante arriba del cielo esparciendo sus rayos de plata por todas partes.
"Acordándose de lo sucedido, rápidamente introdujo las manos en sus bolsillos para revisar si estaban ahí los sucios carbones que había recogido o, si por el contrario, se lo había imaginado todo. Se percató, consternado que no estaban allí los insignificantes carbones, sino que en su lugar se habían convertido en piedritas de oro, conservando su mismo tamaño".
"Fue entonces cuando pegó el grito más dolido y feroz que ser humano haya escuchado alguna vez:
"¡Malaya!, ––su chillido llegó hasta el cielo–– malaya, no haber echado más carbones al bolsillo!".
Aquí estallaron no sólo las risas del narrador, al cual le pareció muy gracioso el chasco del muchacho, sino también se sumaron las opiniones por montón del auditorio. Muchos comentaban si realmente el pacto se cumplió, si el diablo lo engañó, de si Juan, después de morirse, tendría que irse para el infierno; de qué tendría que hacer el muchacho para deshacer los efectos del pacto, etc.
La que sí intervino fue la madre, ––una vez acalladas las voces–– para ocuparse de una de las moralejas del cuento. Recuerda el pensionado que ella las convertía en lecciones religiosas para que sus hijos se encaminaran por las sendas de la virtud y del trabajo honesto. Con el "¡Malaya!" del muchacho, por ejemplo, procuraría inculcarles la lección de no dejar pasar jamás las oportunidades sin aprovecharlas, ya que no abundan en la vida. El muchacho de la historia —insistía doña Aleja—representa el modelo negativo, —que se debe rechazar como una peste— por su pereza, por su repulsa hacia el trabajo y por su mal carácter. Al igual que los supuestos pactos con el diablo, los cuales consideraba meros recursos lingüísticos para darles mayor interés a ese tipo de cuentos de horror que podrían usarse para moralizar y consolidar la verdadera fe en el Dios cristiano.
Esas lecciones y la piedad que la madre mostraba las tendría bien en cuenta el pensionado, que lejos de estar considerando pactos maléficos con el diablo o con el mundo, estaría más bien dispuesto en su corazón a encauzar su vida por sendas religiosas, más que por caminos profanos. También había forjado esa decisión la influencia de su hermano mayor, que no solamente los preparaba a él y a sus hermanos menores, para cantar villancicos, personificando pastorcitos, delante de los pesebres del vecindario en las novenas de Navidad, sino que también velaba por sus buenos modales cristianos.
En verdad, la vocación a la vida sacerdotal de su hermano mayor, que no llegó a cristalizarse, encendió la suya débilmente allá en su interior, porque aquél manifestaba a través de su forma de ser y de sus obras que tal ideal era digno de seguir. Al pensionado y a sus hermanos, el entonces seminarista, los granjeaba con pequeños regalos en las fechas especiales, (casitas e iglesias de cartón para armar, ovejitas, pastorcitos de caucho, una pequeña coca de madera que todavía conserva).También contribuiría al incremento de su gusto vocacional, ese empeño suyo de darles clases de canto utilizando pequeños cuadernos diseñados por él donde recopilaba multitud de canciones que todavía se recuerdan como:
“¡Matemos el pollo, matémoslo ya,
Nunca más dirá, Ko ko ri, ko ko ra…!”
"Soy pirata y navego en los mares,
donde todos respetan mi voz...",
"¡Pasó ya el crudo invierno,
y con él pasaste tú,
y a Mayo ya retorna
el canto del cucú!",
"¡Pobre Tom, pobre Tom, pobre tonto, pobre tonto, pobre Tom!"...
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