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miércoles, 29 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte siete)

 Anheló pronunciar en el almuerzo de su despedida laboral, delante de sus compañeros, un discurso histórico; le fue imposible por falta de talento, por psicología, por tiempo; sólo pudo articular unas cuantas palabras para el olvido. No obstante, la magia de la ocasión le permitió sumergirse en sus recuerdos existenciales, antes de pasar al retiro pensional, como quizá lo hacen los moribundos de quienes se asegura que, en sus últimos instantes, toda su vida se les pasa por delante

6. Botellito y su escudo; dolores de la madre y del hijo mayor

Y, en efecto, en esos últimos instantes de la despedida, a la vista de sus extrañadas colegas de inglés y matemáticas, se le pasaron por delante las fachas de sorpresa de tan lindas compañeras cuando por primera vez escucharon el principal apellido del pensionado. Empezaron a pronunciarlo en diminutivo, (y se les quedó la maña), intentando suavizarlo porque creían que era una especie de apodo. Se dirigían diplomáticamente entonces al pensionado, diciéndole: "Botellito ésto, Botellito aquéllo". Le correspondería entonces al botellito paciente ponerse en la tarea de explicarles a ellas y a cuantos se mostraban asombrados por la existencia del masculino de botella, como apellido, que descendía nada más y nada menos que de la añeja clase alta portuguesa. 

"Este es, les escribió en su blog, después de haber escudriñado las raíces de su árbol genealógico, de la mano de Edgar, el sobrino más ansioso por saber de sus ancestros—, Este eun apellido de mucho abolengo. Propiedad de una familia fundada en el siglo XIV por don Alonso Tello de Meneses, hombre adinerado de Portugal, a quien por su caballerosidad y heroísmo lo llamaban 'el buen Tello', en portugués 'Boo Tello', de cuyas dos palabras se formó el respetable apellido en cuestión. Sus descendientes se extendieron por España,  las islas Canarias, Brasil y por varios países de América, hasta llegar a establecerse en el interior de Colombia, inicialmente en asentamientos como Cúcuta, Gramalote, Lourdes y Arboledas, a mediados del siglo XVII. Hoy día esta noble casta sigue extendiéndose por todas partes, con personajes que dejan su huella como 'buenos Tellos', es decir como “Botellos”, por su lustroso pasado y su destacado presente. Tuvieron lógicamente su escudo de armas, similar al de la gráfica".

Se quedó el pensionado en ese entonces con la duda de que esa especie de panegírico sobre su apellido de noble cuna hubiera sido exitoso, por cuanto muchos profesores continuaron, sin venia alguna, llamándolo Botello; incluso los alumnos frescos omitían el habitual, profesor, para llamarlo directamente Botello, con airecillo burlón. La profesora de Biología que a veces los sorprendía en esas, los corregía diciéndoles: "¡Llámenlo como debe ser! ¡Díganle: Profesor Luis Eduardo!" Ella misma y algunos otros queridos profesores lo hacían, como gesto de cercanía. La memorable compañera Cecilia Salas, (q.e.p.d.), también se dirigía a él utilizando sólo los dos nombres. En el extremo estaban algunos bromistas que exageraban hasta la irreverencia, cuando él ingresaba al salón o pasaba por los pasillos, saludándolo, a voz en grito: HolaBotellón!". Con indulgencia entonces y mirada serena, les devolvía el saludo con normalidad, mientras comentaba para sus adentros: "Tienen razón, soy uno de los Botello más grandes del linaje. Punto y aparte. ¡Vamos a clase!".

Y, otra vez, el magín del pensionado encendió la máquina del tiempo, para ubicarlo sorprendentemente dos años adelante, en pose protocolaria para una foto con la familia de la exprofesora de biología, delante de su finca de recreo, compartiendo escenario con las dos profesoras mencionadas al principio de este capítulo. Una de ellas, con sus padres; la otra, con su hija danzarina, la internacional pole dancer; más el próspero profesor filósofo, con su señora e hija; más el ocurrente profesor de Español con sus primorosas dos gotas de agua. La finalidad de tan sensacional ágape familiar, con aroma navideño, era precisamente reavivar las brasas, medio apagadas por la distancia y el tiempo, de la amistad que se cultivó entre ellos, durante mucho tiempo, en Llano Grande, el colegio veredal donde precisamente el pensionado ejerció sus labores como docente  de inglés por más de veinte años. Una vez conseguido el objetivo de tan afortunado suceso, y antes de la separación inexorable, los asistentes se apresuraron a tomarse las fotos indispensables con sus móviles, para que las evidencias felices quedaran congeladas, como con vida eterna. Ésta es entonces una de esas evidencias. Lógicamente el pensionado quedó muy agradecido con el evento y recordará siempre a sus protagonistas estelares. 

Tras dos años, estos amigos se reencontraron en la finca de la profesora Rosalba para atizar la amistad un tanto apagada

Pero como el tiempo no se estanca, una vez más, la inquieta imaginación del pensionado puso en marcha los engranajes de la máquina del tiempo, ubicándolo nuevamente en su patria chica, en enero de 1941, justo a un costado del parque, cuando los recién casados, don Marcos y doña Alejandrina, descendían del bus intermunicipal, a la vista de sus familiares más cercanos, los amigos más fieles y varios curiosos que los rodearon para desearles un matrimonio bienaventurado. En seguida, fueron a guardar las maletas para dedicarse a los trámites de entregar el local de la dentistería y, de trastear el instrumental y los enseres para la casa de la ahora señora de Botello.  

Hacia el anochecer, acabada la importante faena de ese día, fueron a dar una vuelta por el parque, aprovechando entonces no sólo para refrescarse con la brisa, sino también para apreciar las hileras floridas de las plantas. Fue asimismo motivo para detenerse al pie de las estatuas imponentes de la Santísima Trinidad y de la Señora de Fátima, con sus tres pastorcitos; al final, optaron por descansar merecidamente en uno de los escaños, bajo la mirada tímida de una farola romántica. Seguramente, en su charla tratarían asuntos varios, temas mundanales; pero doña Alejandrina, mujer de fe sencilla y de palabras precisas, evocaría necesariamente las imágenes queridas de sus padres, lamentando que no estuvieran allí para poder compartir con ellos el acontecimiento de su matrimonio. Habían sido asesinados hacía diez años, en la finca La reforma, por un grupo de fanáticos liberales, recién comenzado el gobierno de Enrique Olaya Herrera. Así que, a sus 18 años, experimentó la mayor tragedia de su vida, siendo el primer gran eslabón de la cadena de dolores que habría de soportar la señora de Botello. 

Otro eslabón de la cadena podría ser, tiempo más adelante, la extinción de su más preciada esperanza, la de ver a su hijo mayor convertido en sacerdote, después de que cursara ciclos de preparación en el seminario de Pamplona. Cuando ya el joven promesa estaba a las puertas de consagrarse, tras el año final de prueba en Cúcuta, les comunicó a su regreso que, había cambiado de intención y que ya, tras meditarlo calmadamente, no quería ser sacerdote. Colgó entonces los hábitos y se estableció en Bucaramanga, en casa de la tía Adela y sus primos, dedicándose a dictar clases en algunas instituciones. Fue, sin duda, una frustración para la señora Alejandrina, que había deseado verlo como sacerdote eterno ante el altar, y no como un maestro más delante de un tablero. Sin embargo, pudo superar el desencanto y asumir la gran diferencia, gracias a su fortaleza interna alimentada por su fe, por sus misas frecuentes y por su devocionario negro.

Pero las noticias indeseables volvieron a someter a prueba su aguante de madre, su resiliencia, como al justo Job. El nuevo profesor exseminarista, resultó dizque muy enamorado de una vecina de su tía; cosa que incomodó a doña Alejandrina, incapaz de descubrir en ella, los méritos básicos para ser tenida en cuenta, según su juicio, como candidata a la mujer con mejores calificaciones para su hijo. Sin embargo, el exseminarista miopemente enamorado, inexperto en asuntos funcionales de la vida, le pareció que esa sí era su chica, y su vocación en el mundo, era casarse pronto con ella para formar un hogar. 

Por su lado la muchacha, obstinada en no quedarse soltera, se mostraba con él muy querendona e interesante, mientras transcurría el noviazgo, hasta que consiguió seducirlo y llevarlo, como un cordero, al altar. Una vez casados, después de trajinados primeros meses de luna de miel, empezó a reflejar su verdadera identidad. En realidad, era dominante y santandereana en su forma de hablar, y así empezó a tratar a su marido habituado a obedecer sin chistar palabra. Con todo y eso empezaron a llegar los hijos; primero el Javier, luego la Cristina y finalmente la María Helena. Ya por este tiempo a él le salió trabajo en el Distrito de Cundinamarca y se fue, pero ella y sus tres hijos se quedaron viviendo en Bucaramanga. Era tanta la devoción de este hombre por su familia que cada fin de semana recorría en moto en ida y vuelta los ochocientos kilómetros que los separaban para venir a verlos. Por suerte, terminaron fijando su residencia propia en la capital donde el antiguo seminarista pasaría sus últimos años como profesor, resignado a su suerte, bajo el rígido bastón de mando de su señora Yolanda.

Todo empezaría a terminar definitivamente para él en julio del 91, (un año de racionamiento eléctrico), el día de la Virgen del Carmen, cuando, por una supuesta imprudencia suya con la estufa de gasolina, se desató un incendio casero que le causó quemaduras devastadoras en todo su cuerpo. A los dos días de martirio en cuidados intensivos, falleció. Contaba entonces con 47 años. El 20 de julio, curiosamente día de la independencia, su cuerpo fue a compartir la tumba con su madre Alejandrina, en los Jardines del Recuerdo. No se había podido elegir el lugar más apropiado que junto a ella, la gran madre que lo había amado tanto.

Fue el segundo en partir de la familia del pensionado, de los nueve originales, incluidos el papá y la mamá. Fue el hermano mayor en todo el perfecto sentido de la palabra; mayor en virtudes, mayor en amor hacia los padres y el resto de hermanos, hacia sus hijos, hacia su esposa, mayor en pasión hacia la vida.

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