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miércoles, 2 de diciembre de 2020

"VEINTE MOSCOS POR LA OREJA"

Nuestro padre le había urdido una trampa semántica, le había jugado un truco mágico de palabras. (Una broma del decir). Y él había caído redondo. 

 Nos hallábamos a la expectativa en la puerta de la casa, ansiosos de que regresara de urgencias nuestro padre que se había caído de una escalera cuando intentaba encaramarse al techo a corregir unas tejas. Se había golpeado contra el piso por la zona del oído y en apariencia sangraba desde su interior. Tan pronto apareció, con una breve venda en la mejilla, se adelantó uno de mis hermanos y le preguntó impaciente qué le había dicho el doctor Lozano en el consultorio:

–¿Qué le dijo Lojano?” –Preguntó curioso mi hermano, alterando un poco el apellido. Entonces mi padre se le quedó mirando, con su bastante habitual tomadera de pelo y, con acento espeso, disimuladamente serio, le contestó: –No tenía muchas ganas de hablar, sino de actuar: ¡me sacó veinte moscos por la oreja!

–¿Veinte moscos? –se alarmó mi hermano por no tener ni una idea remota de cómo se había producido semejante fenómeno.

–¿Veinte moscos por la oreja? –Repitió como para él mismo, embargado por el misterio y la impotencia de resolverlo. Sabría luego, –para soltar la risa, por lo tonto y crédulo que había sido–, que nuestro padre le había urdido una trampa semántica, le había jugado un truco mágico de palabras. (Una broma del decir). Y él había caído redondo.

Pero antes de estallar de risa, él mismo, intrigado como estaba, nos solicitó en voz baja una junta urgente de hermanos para dejar clara la cuestión de qué realmente había pasado con el paciente de su padre, al cual dizque le habían sacado veinte moscos por la oreja.

Duró relativamente poco la junta fraterna porque algún hermano, de notable cacumen, se adelantó para revelarnos el verdadero significado de tal expresión, la cual, por razones naturales, no debía tomarse al pie de la letra; que simplemente la frase era una manera figurada o metafórica de decir cuánta plata le había sacado el médico por atenderlo, curarlo y ponerle la venda. 

Pasó a explicarnos que las interpretaciones justas de las expresiones también dependen del temperamento de quien las pronuncia, de su forma de ser, e incluso, las modifican y acondicionan sus gestos, su tono de voz, la calidad de sus miradas, hasta los sentimientos que los embargan al momento de pronunciarlas.

Otro hermano intervino al respecto, recordando un episodio auditivo de la tía Josefa, tía famosa por su sordera a medias, que hacía gozar a sus sobrinos cuando la llamaban por teléfono, recién que lo habían inventado. Confirmaban que, si uno no se asegura de haber interpretado con exactitud una intervención de cualquier hablante o emisor, corre el riesgo de responder cómicamente el mensaje como receptor y de quedar así a merced de la broma o del ridículo inmortal por no haber manejado bien el código. 

Evocamos entonces la figura de nuestro padre, su carácter juguetón, su tendencia habitual de sacarle gracia a todo. Mamá lo conocía mejor que nosotros y cuando terminaba alguno de sus apuntes chanceros, enseguida le añadía su propio comentario: “Siempre con su chistera por delante”. Y en esta ocasión, así estuviera golpeado, no iba a ser distinto, estaría también dispuesto a mandar su “chistera” por delante. Y fue cuando se quedó mirando a quién le había hecho la pregunta:

“¿Qué le dijo Lojano?”: Había broma en sus pupilas y seriedad postiza detrás de su voz cavernosa.

“Los conceptos, –insistió el hermano gramático–, además de su semántica propia, están sometidos, por lo tanto, a los modificadores que les apliquen los usuarios de la lengua con todo su ser.

–Y, concluyó: “A propósito de usuarios de la lengua–, hay quienes animan y ensalzan la vida, mediante el arte de hablar o de escribir. En oposición, existen otros que, bien podrían pronunciar o poner por escrito la palabra salerosa y favorable para bien de muchos, sin embargo, su egoísmo mental o la pereza para crear los paraliza y no hacen nada”.

Estuvimos de acuerdo, ya para cerrar la sesión, que nuestro padre estaba adelantado en el primer grupo, en el de quienes se inventan formas jocosas para decir verdades comunes que de por sí son normales y no tienen gracia mayor.

En cuanto al hermano, que temporalmente estuvo traumatizado, les cuento que, en este punto, dio rienda suelta a su risa, reconociendo, con algo de pena, que se había portado como un tonto al interpretar las palabras del papá en su estricto sentido material, a lo literal.

Él le había puesto una trampa semántica, le había jugado un truco mágico de palabras. Y, al voltear la cara y verlo fresco, charlando por ahí, yendo y viniendo como si nada hubiera pasado, se alegró más todavía, porque dedujo que, lejos de almacenar un supuesto mosqueral dentro de su cabeza, tenía inventiva, gracia lingüística y mucha vida productiva por delante, para bien de ellos y de muchos.

A partir de ahí ya estaría en mejores condiciones para entender a su padre y a muchas otras personas, es decir estaría mejor preparado para gestionar las comunicaciones interpersonales, destreza necesaria para convivir con éxito.

  Pero el asunto no llegó hasta ahí y se sepultó sin dolientes y sin historia. Mi hermano quedó con una especie de dulce estigma encima. Su frase: “¿Qué le dijo Lojano? Lo iría a perseguir de por vida como símbolo de una de sus intervenciones más famosas en la vida familiar. Y él cada vez que se la recordaran tendría que sonreír con pena feliz.

Tanto importan las expresiones originales de las personas ante determinadas circunstancias que incluso cuando uno las trae a la mente las invoca a ellas forzosamente.

Mi hermana mayor, por ejemplo, que le gustaba reírse mucho de las situaciones divertidas, cuando ya todos descansaban de las carcajadas y había silencio, comentaba a media lengua: “¡Eso sí fue pa’ lija!” Y volvían las risas. Y cada vez que quisiéramos recordarla con cariño y dicha, repetiríamos, con tonito especial, esa misma frase: “¡Eso sí fue pa’ lija!”

Y aquel otro hermano, no muy devoto del agua, que lo oíamos gritar en el baño: “¡la toalla, la toalla!”, siempre lo comparábamos con el boxeador angustiado que ya no quería más combate, sino que el entrenador mostrara rápido al juez la toalla de la rendición.

También, si tuviéramos la suerte de tenerlo vivo ahora, y le dijéramos, con ademán bromista: “¡La toalla, la toalla!”, iría a responder con grata sonrisa, pues tendría grabada en su memoria una de las mejores lecciones de nuestro padre según las cuales el lenguaje jocoso, las palabras alegres, los trucos semánticos, son sinónimos de la misma sal evangélica necesaria para sazonar divinamente el reino de los cielos. Si la tienes... Lo tienes. Sólo debes usarla y ya harás el bien.

 


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