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jueves, 2 de abril de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (PARTE QUINTA)

 Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante

5. PISANDO DE NUEVO SU TIERRA NATAL

En este momento, el rector, una vez liquidadas las viandas del almuerzo,  —observen los platos y las bandejas—, se acerca medio pensativo a entregarle el wiski al pensionado emigrante, como ofrenda de gratitud y aprecio por sus servicios prestados como profesor de inglés, de religión y ética, por espacio de 21 años en el colegio Llano Grande. 

Entre aplausos de los asistentes, el pensionado, con facha de interna felicidad, recibió el obsequio del wiski. Expresó las gracias protocolarias y prometió para sus adentros, como un abstemio indomable: "¡Pondré esta botella elegante en la repisa de mi improvisado bar como trofeo, junto a la que me regaló hace unos diciembres el compadre David, ¡que en paz descanse!" Acto seguido, le dio vuelo a una antigua ilusión: "¡Ojalá, viniera acompañada, en atención a tantos años de docencia, de un diploma de reconocimiento, porque una placa al lado de la placa de doña Ligia, ni soñarlo!".  

El compadre en mención, levantó en alto a Sergio, su hijo mayor en el baptisterio de la iglesia Nuestra Señora de la Paz, después de que el finado padre Marcos lo ungiera como nuevo miembro de la Iglesia. Lo escogieron sus padres para tan alto ministerio por estar precisamente adornado de grandes virtudes: Hombre espontáneo y correcto en su trato y en sus asuntos, gustoso de los buenos vehículos. Como socio de su esposa Raquel se consagró fielmente, durante muchos años, a la administración de un almacén importante de llantas. A ellos acudía el pensionado, en compañía de sus hijos, cuando necesitaba préstamos inmediatos sin fiadores. Y ellos, cual ángeles bancarios, no sólo le disipaban las sombras de las deudas o le potenciaban su capacidad de invertir; sino que también granjeaban a sus hijos con grandes billetes. Se habían hecho amigos años atrás, por medio de su señora Ruby, quien ofició de secretaria del párroco del Gaitán, Pedro Elías, cuando ellos, (David y Raquel), muy ennoviados, solicitaron los servicios eclesiásticos para casarse. Ella, entusiasta y muy comedida, como ha sido siempre, les aceleró los respectivos trámites. 

A partir de ahí una relación de amistad importante y beneficiosa, empezó a consolidarse entre las dos parejas, (hasta el compadrazgo), que se festejaba en cualquier fecha con mutuos obsequios, con licores y tamales, hasta la llegada fatídica del Covid-19, cuando tuvieron que parar y aislarse. A partir de ese entonces se interrumpió el contacto con ellos, hasta varios años después, cuando el pensionado se enteró, para pesar y duelo tardíos, que la comadre, con dificultades para recordar, estaba aislada en un apartamento de la ciudad, por intereses egoístas de su hijastro; mientras que, en el césped de Las Colinas, sufría por sobresalir una lápida medio perdida, marcada sencillamente con el nombre de David Guarín. El pensionado bastante afectado volvería costumbre ir a esa tumba, a dedicarle a su amigo un responso en agradecimiento póstumo, por haber sido con él y con su familia un gran ser humano, de palabra y de obra. Así que, la reliquia de su  wiski, de algún diciembre, no podría quedar en mejor compañía que con la botella ilustre donada por sus compañeros. Hasta los podría ver, en su imaginación nostálgica, reflejados en su espeso vidrio verde.

Y mientras acababan de repartir los regalos a los otros profesores emigrantes, el pensionado iba detectando a los colegas que habían venido a su despedida. Entre ellos, los dos coordinadores de las secciones, el profesor Alex, (rebautizado por el bromista flojo, con el alias de Portálex, porque solía llevar su media mañana al colegio, en un portacomidas); y el profesor Doyler, con su porte animoso de nortesantandereano, junto con las aplicadas secretarias, los apreciados docentes de la primaria, la profesora ecológica, así como las catedráticas de los números, el rumboso docente de Química, el titular de la Sabiduría, entre otros compañeros que por emoción de la despedida, no consigo acordarme de sus nombres. Desde luego, faltaron muchos a la reunión, como pasa siempre. Algunos por razones muy válidas: negocios, citas, indiferencia, mejores ocupaciones. Pero, aun así, también se unieron en espíritu a la cruzada de que sus compañeros se fueran del colegio bien comidos y regalados. Buen gesto que también se aplaude y queda permanente en alguna parte de la memoria.  

A continuación, tuvo el jubilado un gentil pensamiento de elogio para los pensionados eméritos que habían partido antes que él, como doña Ligia, rectora por muchos años del colegio, doña Marlene, secretaria ejemplar de larga trayectoria, el profesor Víctor, Misael, Imelda, Mercedes, Lidia, Héctor, Felipe, Rubén, Rosalba, muchos otros cuyo recuerdo se ha ido desvaneciendo con el borrador del tiempo; pero que fueron personajes cuyas palabras y obras enriquecieron la historia de la institución, cada cual a su manera, . También hubo una mención póstuma, en su foro interno, para los compañeros que ya habían partido a la eternidad: "¡Animas benditas! —exclamó devoto—, que descansen en paz!". Entre ellos, el profesor de Corregidor, Jesús, (Chucho), de Carlos, de Antonio, de Cecilia Reyes, de Cecilia Salas, del tocayo Luis Eduardo, los cuales seguramente aparecerán más adelante en sus memorias por haber desempeñado roles protagónicos durante sus años lectivos en la institución.

Calle de las flores

Por ahora, volvamos al restaurante donde ya los diligentes meseros habían recogido los platos, vasos y demás utensilios de las mesas. Los profesores también alistaban sus cosas, las viandas que consumirían más tarde, sus bolsos y papeles. Algunos docentes aprovecharían estos minutos para sus discursos breves deseando al pensionado y a quienes se marchaban con él, éxito, bienestar y felicidad en su nuevo estilo de vida o en sus nuevos puestos de trabajo. Y finalmente el rector comenzó a improvisar sus bendiciones finales, antes de la marcha final. Les dimos las gracias y repartimos abrazos y besos. 

Fue entonces cuando la película del regreso del pensionado a su tierra natal, se reanudó en sus recuerdos, apareciendo de conductor, detrás del volante, girando a derecha e izquierda mientras la camioneta brincaba suavemente por una carretera destapada rumbo a Arboledas, sólo distante unos 18 kilómetros de Cucutilla, que traducido en tiempo equivaldrían a unos cuarenta minutos. 

Parque paradisíaco de Arboledas

Tal vez un poco más por cuanto el jubilado no es amigo de correr por las trochas y, encima, lo domina el antojo de bajarse del carro donde los paisajes embelesan, precisamente para deleitarse y almacenarlos luego en el corazón de su cámara.  
Interior de la Iglesia de la Santísima Trinidad

Pasados cuarenta minutos de rodar parsimonioso por una carretera de mediana reputación, el pensionado cruzó un pequeño puente sobre el río Arboledas, luego, a su derecha, vio la gruta de la virgen del Carmen y por la carrera primera ingresó muy emocionado al área urbana del pueblo. Doblando en la calle tercera creyó haber arribado al paraíso, pero en realidad había llegado al parque de su pueblo natal. La viva ilusión fue producida por su antigua fe en el encanto celestial de su pueblo, cuando lo recorría descalzo, gordito y feo. Lo de "descalzo" ya lo había superado. Igual que lo de "gordito", "En cuanto a la "feúra", se dijo, desahuciado, pero conforme: "¡Hasta la sepultura!".

Parqueó la camioneta a un costado y se dirigió en seguida a la Iglesia de la Santísima Trinidad. Allí pasó revista a los sitios significativos para él, como por ejemplo, la pila bautismal, donde lo iniciaron en su vida de fe, y el altar mayor donde comenzaría a ser asistente de la mayor celebración litúrgica de la Iglesia.

Una vez afuera, desde la parte alta del atrio empezó a detallar el parque. Lo adornaban altas y numerosas palmeras con cenefas verdes o blancas, flores variadas y plantas ornamentales, bancos de cemento, verdes y gruesos, custodiados por espigadas lámparas Allí, en el centro, donde confluían todas las sendas peatonales, sobresalía la estatua insignia de la población, la de la Santísima Trinidad. Al lado de otra de las sendas también se elevaba la imagen de la virgen de Fátima con sus tres devotos partorcitos.

En el extremo izquierdo del parque, divisó la casa de la esquina perteneciente en el pasado a la familia Becerra; siguiendo a mano izquierda, la calle de las flores. Hacia abajo una calle de gran recordación, mencionada por su padre, la de El Pailón, donde estuvo ubicado el Hotel Central, contiguo a la miscelánea de la futura señora Alejandrina de Botello. Esa tienda de artículos varios les proporcionaba pequeños fondos con qué sostenerse a quienes todavía estaban solteros, a la joven Aleja, de 28 años y a su hermano Luis Gorgonio, (¡Qué segundo nombre! Menos mal que lo llamaban por el primero). 

Del hotel Central era comensal el recién “graduado” de dentista, no de la universidad de San José, sino de la universidad de la vida, que venía a probar suerte laboral, a sus 30 años, con formato de solterón. Abrió pues un consultorio modesto justo al lado de la miscelánea a donde acudía, después de atender a pacientes ocasionales, a tomarse algunos tragos y a charlar con la dueña del local, dándose aires de conquistador.