Cuando el ratoncito descubrió la trampa donde podría terminar trágicamente sus días, corrió espantado donde los amigos en busca de su apoyo moral y material: Uno tras otro, indiferentes, fueron sacándole el quite a su problema hasta que ––lamentablemente–– pasó lo que tenía que pasar...
Versión Lebb para el OBSERVADOR 16
Cuenta la fábula que un día un ratón, a través de la puerta de su madriguera, observó que los dueños de casa, un granjero y su esposa, habían recibido un paquete especial que contenía nada más ni nada menos que una sofisticada trampa para estrangular indeseables ratones.
Horrorizado hasta los huesos, corrió por toda la estancia, pálido de miedo en busca de sus amigos, gritando que con la presencia de aquel siniestro mecanismo en la casa, había llegado el fin del mundo. La primera en recibir la noticia fue la gallina en el corral, la cual se le quedó mirando con ojos prepotentes que parecían decirle:
––¡No exageres! Yo no veo que eso constituya para mí un gran problema. Para ti, tal vez. Pero, ese hecho de que los patrones hayan traído una trampa para ti, no representa para mí ninguna amenaza. Me resbala. Y ahora ––lo despachó de una–– piérdete porque tengo cosas que hacer ––y siguió picoteando los maíces del suelo.
El ratón entonces se fue donde el marranito y le comentó muy preocupado el asunto: ––¡Amigo mío, han traído una ratonera a la casa, ¿sabes lo que significa para nosotros?
–– ¿Para NOSOTROS? Eso es mucha gente ––se admiró el marranito–– ¿Y una ratonera? Por favor, ––le replicó el cerdo sin inmutarse lo más mínimo" "–– Eso a mí no me desvela ni me asusta. Tú si deberías cuidarte el cuello. Y ahora ––lo apartó con una pata–– discúlpame, porque tengo que revolcarme un poquito en el barro. Me lo recetó la bonita veterinaria de la vereda.
Sin darse por vencido, el ratoncito fue donde el toro que pastaba felizmente junto al arroyo, y le contó también la noticia de la ratonera que habían comprado los dueños de la granja. Ante lo cual, el mamífero lo miró con esos ojos grandes y fríos, y mientras rumiaba las frescas yerbas, le replicó:
––Muuuy interesante tu problema, pero a mi no me toca. Me preocupan más las noticias sobre las fiestas bravas, la prohibición del toreo y esas cosas... ¡Tú sabes! Así que te vas por donde viniste, porque no quiero ni puedo hacer nada con respecto a tu caso. –– Y, lo despachó de una.
Entonces el ratón, sin insistir más buscando otros amigos, volvió a su madriguera desanimado, desilusionado y, lógicamente, muy hambriento. La sola presencia de la trampa montada frente a su modesta residencia lo llenaba de estremecimiento y estrés. Resolvió además no salir en toda la noche para no exponerse al peligro.

Con todo y eso, la mujer no se recuperaba de la picadura. En seguida, uno de sus consejeros le sugirió que también le dieran a la paciente carne frita de cerdo gordito. Y él, ni corto ni perezoso, mandó otro verdugo con un cuchillo a la marranera, donde estaba revolcándose el otro amigo del ratoncito. Y lo sacrificó, inmediatamente.

Por su parte el ratoncito, seguía muy conmovido y triste los acontecimientos de la granja, sin poder hacer nada para evitarlos. Pero, para tranquilidad suya, porque no hay bien que por mal no venga, el hombre muy apenado y arrepentido por haber traído ese artefacto de tragedia ––o sea la ratonera–– ordenó que lo arrojaran a la basura y jamás volvieran a montar trampas en la casa. Esa noche, guardando el debido duelo por sus amigos que ya no estaban, salió campante a la despensa a llenar su barriga. Dicen que alguna vez escribió en sus memorias, al revisar aquellos tristes sucesos, que cuando a uno le hablen de problemas de otros y de peligros ajenos, sobre todo de los amigos, uno debería también preocuparse y hacer algo por ellos; porque “cuando hay una ratonera en la casa, ––así concluía–– toda sus moradores corren peligro.”
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