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lunes, 23 de febrero de 2026

MEMORIAS DE UN PENSIONADO (Parte tres)

 Mucho antes de llegar la fecha de su adiós laboral, nuestro pensionado había anhelado pronunciar ese día, delante de sus compañeros, un discurso histórico; sin embargo, por falta de elocuencia, de seguridad o de tiempo, sólo articuló unas contadas palabras para el olvido, no sin antes andar y desandar, en su mente, por el vasto universo de sus memorias, antes de trasegar a su retiro mundanal, como quizá lo hacen los agonizantes de quienes se asegura que, en sus últimos segundos, toda su vida, como si fuera una película, se les pasa por delante

3. DE REGRESO A SUS RAÍCES

Se le pasaba entonces por delante de sus ojos mentales el viaje que hizo a su pueblo original a mediados del 2022. Desviando su Ford de la Central, poco antes de llegar a Pamplona, había tomado un carreteable, (que no se recomienda), hacia Cucutilla; donde se quedaría una noche, antes de seguir para Arboledas. Desde hacía mucho tiempo había abrigado la esperanza de andar libre como un niño, otra vez, por las calles de su población natal, por cuanto ella, además de ser la depositaria de sus más tiernos recuerdos, había sido no sólo asiento y desarrollo de la abundante familia Becerra de su señora madre, sino también la cuna de la nueva estirpe boteliana, de la cual sería, con el pasar de los años, el último varón, gracias a la llegada, en su respectivo momento, de su coartífice masculino, don Marcos, proveniente de Gramalote, otro municipio especial que también llegaría a ser protagonista de esta historia. 


He aquí, el municipio cafetero de Arboledas, en el Norte de Santander, a 75 kilómetros de Cúcuta, pasando por El Zulia, Santiago y Salazar de las Palmas y cercano luego a Cucutilla. Nos dividimos los siete hermanos las patrias chicas entre Gramalote y Arboledas, lindos pueblos del Norte de Santander.

Mientras rodaba a paso de tortuga por la carretera, infestada de baches, brincando y penando en los tramos perversos, se le vinieron a la cabeza muchos recuerdos. Por ejemplo el de que su padre les había confiado a él y sus hermanos, información interesante del pasado de la familia Becerra, como por ejemplo, la de que ella, Alejandrina, cuando la conoció, era una joven buena moza, (forma ancestral de decir decentemente que una mujer era de buen ver y decente), además de hogareña y de recias virtudes, que había nacido el día de la Inmaculada, en 1912, en el piadoso hogar campesino de don Primitivo y de doña Raimunda Sandoval, ocupantes de una casa grande y bonita, que dominaba una de las esquinas del parque principal. Que también eran dueños de una finca cafetera próspera, llamada La Reforma, a escasos kilómetros del pueblo, donde crecían ricos frutales, caña y plátanos y se hacía panela, (si mi debilidad por la dulzura no recuerda mal); pero sobre todo, se cosechaba religiosamente uno de los mejores cafés de la región. 

"Claro que a nosotros -recordaba- nos correspondía la pasilla, esos granos defectuosos y casi vanos que sobraban tras la purga que muchos dedos, (entre ellos los de mis hermanos y los míos), hacían de la producción total de las pepas, volcadas sobre largas mesas. Esa pasilla iba a un saco exclusivo para ella y terminaba en el fogón casero, a puñados, dentro de un tiesto que despedía, como incensario, espirales de humo embriagadores, mientras se bronceaban al compás de manos que, musicalmente, los alborotaban.

Una vez tostados permanecían un rato en reposo y cuando ya las manos podían apañarlos, a nosotros, los musculosos, nos correspondía también ordenadamente triturarlos en el viejo molino corona para convertirlos en el adorable polvo negro, el cual, mezclado con agua panela hirviente, se transformaba en ambrosía que nos forzaba a torcer los ojos al cielo, sobre todo a la hora grata de estrenar las luces de un nuevo día.

 A los granos bien dotados, por su parte, les aguardaba un futuro distinto. Iban a parar a costales de alto linaje que se inflaban hasta los bordes, tras extensas faenas. El tío Luis los almacenaba en un sitio propicio y, llegada la hora, con paciencia y ciencia, los aseguraba sobre las bestias previamente aparejadas. Pero mientras hacía eso, sacaba a relucir su resabio de todos conocido, el de hablar solo y en voz alta, como para acompañarse a sí mismo. Decía: 'Ahora tengo que ir al pueblo a la Federación de Cafeteros. Después de que lo pesen en la romana (la báscula) y me paguen, entro a la Caja Agraria y luego voy a la plaza de mercado. ¿Tengo algo más que hacer?' Nosotros contemplábamos el monólogo y sonreíamos comprensivos"

Este pintoresco tío Luis era un hombre de pocas palabras para los demás, de aspecto delgaducho, de rostro serio, gustoso de enfundarse en ropa blanca, de ajustarse bien las alpargatas, de ceñirse a lo bien el machete a la cintura. Todos lo celebraban como labriego honesto y fiel cumplidor de sus deberes como administrador. Jefe por antonomasia, por cuyos méritos se acuñó una directiva un poco paradójica, bien conocida en el ámbito familiar: "Lo que diga Luis", denotando con ello que había que consultarlo antes de hacer cualquier cosa, incluso había que hacerle caso. 

"Mi madre -pensaba el pensionado- lo tenía entre sus más caros afectos. Y seguramente eso determinó mi primer nombre. No se le conocieron romances, ni hijos naturales en Arboledas, en Barrientos ni en los pueblos circunvecinos. Menos se le notaron mañas suspicaces o pecados veniales: jamás una borrachera, ni la aspiración de un tabaco siquiera. Por eso y por ayudarnos a recolectar frutas, y a ser útiles y felices en la finca, lo considero uno de mis personajes inolvidables". 


El parque principal de Arboledas, en cuyo centro, se levanta una imagen  de la Santísima Trinidad, ícono de la fe que profesa la mayoría de su gente. Al fondo la iglesia parroquial que lleva el mismo nombre de la estatua religiosa. Impresiona la belleza y el mantenimiento de las sendas y de sus zonas verdes. 

Fue en estos momentos, cuando tuvo que detener la marcha antes de un riachuelo que invadía ampliamente la calzada, representando un reto extremo para la Ford, por las piedras y el barrial profundo. Imaginó desencantado que debía retroceder y rendirse, volver atrás a coger la ruta más larga por Cúcuta, Zulia, Santiago y Salazar de las Palmas y, por fin Arboledas. Fue entonces cuando, para honrar la memoria del tío Luis, descendió de la camioneta y dio unos pasos hacia el obstáculo, mientras se iba preguntando, en voz alta, "¿Paso o no paso?'¡Lo que diga Luis!'" Tras examinar el área, pisando aquí y allá, se contagió de audaz esperanza. Volvió entonces a la cabina y, tomando aire, empezó a hundir suavemente el acelerador, hablando otra vez en voz alta: "!Sea lo que Dios quiera!", como solía repetir la mamá. En seguida, otro proverbio del recuerdo, esta vez, de su padre, le dio el coraje que necesitaba: "¡Al mal paso, darle prisa!" Y así lo hizo. Un leve estruendo se produjo en la suspensión derecha del vehículo, seguida de una momentánea detención. Temió lo  peor, que se había estropeado alguna pieza de la amortiguación pero no fue así. El vehículo logró salir avante del atolladero, sin demostrar ninguna anormalidad mecánica.

Siguió entonces rodando y recordando que el papá había escrito, (porque él escribía bastante, declamaba versos, rasgaba el tiple, narraba muchos cuentos), que doña Alejandrina, de soltera -y ese dato se le había olvidado apuntarlo antes-, "fue maestra de escuela primaria en una de las fracciones del municipio (hoy mejor llamadas veredas). Pudo haber sido en la escuela rural de Cínera, fracción donde estaba localizada la finca". Eso aclaraba mejor su disposición natural para enseñarle a nuestro pensionado las primeras letras y los primeros números. También había sido educada con celo tradicional en la fe de sus ancestros: Con Rosario diario, Misa cotidiana en lo posible, aprendizaje y cumplimiento estricto del Catecismo del Padre Gaspar Astete. Por su parte, Don Marcos, de los godos de Gramalote, respetaba e incluso acolitaba sus manifestaciones religiosas, pero sin llegar a ser una especie de beato como ella.

    Y, como era de esperarse de un madre católica, sierva de su fe, nos sometía por sus respetables convicciones a practicar sus hábitos sacros, convocándonos, por ejemplo, todas las noches en la alcoba principal, al rezo obligatorio del Rosario. Proyecto en mi recuerdo el video asistiendo a una noche de esas, frente al altar doméstico, de crucifijo, de Virgen, de santos y veladora taciturna: Papá inmerso ya en las cobijas del sueño previo. Mamá en el borde de la cama, desgranando las gruesas cuentas de la camándula. Yo, sentado en un baúl cercano, musitando entre dientes las avemarías, al igual que mis otros hermanos, aperezados donde mejor se acomodaran sus asentaderas. Mientras íbamos coreando las '¡Ave, María, gratia plena!', distraídamente, nuestra imaginación volaba desenfrenada por los espacios siderales. Después del "¡Dadnos, Señor, buena vida, para tener buena muerte!" Mi hermano Mario, que se había aprendido, de la cabeza hasta la cola, las letanías largas de la Virgen, las encabezaba una tras otras, alternadas con nuestro coro "¡Ruega por nosotros!"  

Por otra parte, cumplíamos también el decreto de la Santa Iglesia, en cuanto a santificar las fiestas: "Oír Misa entera los domingos y fiestas de guardar". Nos era preciso también asistir a las catequesis de la parroquia, reverenciar a profundidad las solemnidades de semana santa, recibir, bien dispuestos, los sacramentos ordenados por la santa madre Iglesia, y, lo que no podía faltar, practicar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales.  


Este es el parque principal de Cucutilla, de clima medio y pobladores hospitalarios. La iglesia de la Inmaculada Concepción es reconocida por su tipo colonial de arquitectura con más de 220 años de historia.  

Ésta vivencia religiosa suya, podría también justificar el porqué el hermano mayor, Enrique Antonio, estuvo hasta bien avanzada su preparación sacerdotal en el seminario de Pamplona, antes de retirarse y casarse, no con mucho acierto. Y también  daría luces sobre cuáles podrían ser los resortes que movieron a este pensionado, a sus tempranos 14 años, a embocarse por el camino religioso también sin llegar muy lejos, salvo hasta el seminario de La Mata, con los redentoristas, en Piedecuesta; luego, hasta Granada, en el Meta; y hasta el noviciado salesiano, allá en la tierra hermosa de Llano Grande, Antioquia, para ser más preciso. Experiencias que si bien no convirtieron al pensionado en un presbítero o en obispo, le ayudaron positivamente en su preparación para la vida posterior.